El Agora de Atenas Grecia Antigua Funcion Publica y Social Reuniones



El Agora de Atenas – Grecia Antigua –  Función Pública y Social

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Atenas Grecia Antigua

Atenas la más grande ciudad de la Hélade, no ofrece a sus visitantes más que la red de sus callejas tortuosas bordeadas de casas bajas, mal alineadas, con las fachadas sin ventanas.

Al lado de El Pireo, Atenas parece una ciudad antigua, donde la higiene y el urbanismo son desconocidos. No hay acera ni iluminación durante la noche. Las casas son a menudo covachas: sólo algunos metros cuadrados para familias enteras. Hasta las moradas de los atenienses pudientes, tienen dimensiones modestas.

En la planta baja, algunas habitaciones (sala de recepción, sala reservada para las damas) se abren sobre un patio interior rodeado de columnas. Están construidas con materiales tan frágiles que un ladrón, antes que forzar la puerta, prefiere agujerear el muro: gana mucho más tiempo.

El lujo no es para los particulares. A los atenienses, por otra parte, les gusta vivir al aire libre. Una muchedumbre bulliciosa llena las calles y sobre todo el Agora, recorre la plaza sombreada de plátanos, los pórticos y los edificios oficiales: el Senado, o Bulé, y la Tholos, donde los magistrados de turno, los pritanos, cenan y pasan la noche.

En el centro del Agora se levanta el altar de los doce dioses, de donde irradian todos los caminos. El Agora es el centro de la ciudad y un mercado permanente. Con el canto del gallo empiezan a llegar los campesinos, los hortelanos, pescadores; traen liebres o tordos, frutas y pescados. Los comerciantes de la ciudad desembalan sus mercaderías, los cambistas, es decir, los que cambian monedas, instalan sus mostradores.

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Los clientes afluyen (son nada más que hombres), se saludan, se intercambian noticias y mercaderías. Los arqueros escitas circulan para mantener el orden. En los días en que se reúne la Ecclesia (en la época de Clístenes, diez veces al año, cuarenta veces en tiempos de Feríeles) se tienden cuerdas a través de la plaza y el gentío debe deslizarse hacia el Pnix. Con el calor del mediodía, la agitación disminuye; los hombres se acuestan en el suelo para dormir a la sombra de las columnas. De noche la muchedumbre invade los pórticos y parlotea, ávida de noticias.

La ciudad carece de agua y verdura, pero a sus puertas se extienden hermosos paseos. El Iliso corre a la sombra de los álamos, el jardín de Academos, a la vez santuario y parque público, ofrece a los atenienses sus bosquecillos sagrados , sus frescas  y amplias avenidas y sus terrenos para la práctica del deporte.

PARA SABER MAS…



ATENAS era la más rica y la mayor de las ciudades-estado. Sus habitantes practicaron una forma primitiva de democracia (gobierno del pueblo).

ASAMBLEAS ATENIENSES
Todos los atenienses varones y mayores de 18 años tenían derecho a votar y a hablar en las asambleas que se celebraban unas 40 veces al año. Las mujeres y los esclavos no tenían estos derechos. Las asambleas se celebraban en el Pnyx, una colina cerca de la Acrópolis, la alta ciudadela que domina Atenas. En estas asambleas se tomaban las decisiones más importantes para el gobierno de la polis.

DEBATES POLÍTICOS
En ocasiones se congregaban hasta 6.000 ciudadanos en estas reuniones, que podían durar varios días. Se dice que un famoso orador ateniense, Demóstenes (h. 383 a.C.-322 a.C.), practicaba sus discursos en la costa intentando que su voz no quedara sofocada por el ruido del mar. Si el número de asistentes a una asamblea era muy reducido, una policía especial recorría las calles de Atenas para reunir a los ciudadanos.

RESPONSABILIDADES CIVILES
Los ciudadanos atenienses también se tenían que encargar de las tareas civiles. La mayoría de los cargos públicos, desde magistrados hasta generales, se asignaban mediante sorteos y cada año había más de 1.000 vacantes.

OSTRACISMO
Una vez al año se convocaba una asamblea para discutir si algún ciudadano había representado una amenaza para la estabilidad de la polis. Aquellos que eran declarados culpables podían ser condenados al ostracismo (destierro) fuera de Atenas por un período de hasta 10 años. Los ciudadanos votaban a favor o en contra de este castigo escribiendo los nombres de los inculpados en trozos de cerámica rota llamados ostraka. Muchos ciudadanos prominentes fueron enviados al exilio, entre ellos el historiador Tucídides (muerto h. 401 a.C.).

EL OLIMPO, MORADA DE LOS DIOSES
Entre Tesalia y Macedonia hay un monte de casi tres mil metros de altura en el cual los antiguos griegos creían que se reunían sus grandes dioses a deliberar, en simposios amenizados con néctar y ambrosía («ámbrotos«, inmortal), alimentos que tenían la virtud de conferir inmortalidad.

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El omnipotente padre de los dioses era Zeus (Júpiter), y sus atributos, el águila y el rayo. En su honor fue erigido en el siglo v a. C, en Olimpia (Peloponeso), un templo en cuyo interior estuvo la famosa estatua esculpida por Fidias; cada cuatro años se celebraban los Juegos Olímpicos, que fueron un conjunto organizado de ceremonias y fiestas dedicadas a Zeus. La esposa de Zeus fue Hera (Juno), protectora del matrimonio y la dignidad femenina.

Hestia (Vesta) era diosa protectora de las virtudes domésticas y del hogar. Su emblema: el fuego sagrado que ardía en su honor sobre un altar, y que nunca debía ser extinguido.

Poseidón (Neptuno) era el dios iracundo del mar. Se lo representaba con un tridente, y en su honor se celebraban en Corinto los Juegos ístmicos.

Deméter (Ceres), hermana de los dioses anteriormente citados, era representada con una hoz y una gavilla. Fue la diosa de la fecundidad de la tierra, y en su honor se celebraban las fiestas eleusinas, las que, por su carácter místico, se llamaron también «misterios» eleusinos.



Atenea (Minerva), nacida del cerebro de Zeus, patrocinaba la guerra; y, como enea nación de la sabiduría, protegía las ciencias y las artes. Fueron sus atributos la lanza, la rueca y la lechuza. El Partenón de Atenas le estaba dedicado como protectora de la ciudad, y en su honor se celebraban las fiestas panateneas.

Febo (Apolo), dios del Sol, que protegía las artes, era representado con una lira y las sienes orladas con laureles. En su honor se erigieron los templos de Delfos y Délos, y se celebraban los juegos píticos.

Artemisa (Diana), personificación de la Luna, que la protectora de la caza y la castidad. Se la representaba con un arco en la mano, junto a un ciervo.

Hefesto (Vulcano) era el dios del fuego, forjador de metales y protector de la industria. Era imaginado con su martillo junto a la fragua.

Ares (Marte), dios de la guerra, era representado con su casco y su escudo.

Hermes (Mercurio), el mensajero divino que tenía alas en los pies, protegía a los retóricos, comerciantes y ladrones.

Afrodita (Venus), uno de cuyos emblemas fue la paloma, era la diosa protectora de la belleza y el amor, nacida de la espuma del mar.

Además de estos doce grandes dioses ingresó tardíamente en el Olimpo Dionisos (Baco), dios de la  fertilidad, la vid y el vino. Al comenzar cada primavera se celebraba su resurrección.

LOS ORÁCULOS
Los griegos estaban persuadidos de que todos los sucesos de la vida dependían inexorablemente de la voluntad de los dioses. Para descubrir ese designio sobrenatural consultaban a adivinos que vaticinaban tomando como presagios el vuelo de las aves, los sueños, u observando las entrañas de los animales. También eran consultadas ciertas profetisas llamadas sibilas, y los oráculos.

Los oráculos eran las respuestas de los dioses que, según se creía, éstos revelaban en sus santuarios; y, por extensión, se llamaron también así los lugares elegidos para estos prodigios. Y el más famoso de la antigüedad fue el de Apolo, en Delfos.



En él, la pitonisa, sacerdotisa encargada de recibir el mensaje divino, sentada en un alto trípode, aspiraba las emanaciones que salían de una grieta de la tierra e ingería narcóticos; así entraba en trance; y entre delirios y convulsiones profería frases incoherentes que los sacerdotes recogían e interpretaban como respuesta emitida por el dios al consultante.

En el agora, política y comercio: Al noroeste de la ciudad se encuentra la tradicional agora. Pero, en el s.V, la actividad comercial predomina en ella sobre la actividad política. Con el desarrollo económico, el abismo entre ciudadanos y comerciantes se ha acrecentado. Los ricos propietarios prefieren a la sazón reunirse en los gimnasios, donde tienen la seguridad de no encontrarse más que con personas de su rango. Clubes, partidos y facciones pululan por doquier.

El creciente número de privilegiados ha conducido al ateniense a renunciar en mayor o menor medida al ideal de la participación directa. El resto de la ciudad no es más que un confuso amasijo de pequeñas viviendas de madera o de ladrillo desecado, con estrechas callejuelas en las que ricos y pobres se codean compartiendo la misma incomodidad.

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Pero tales inconvenientes no pesan sobre el ánimo de los ciudadanos, y la parte fundamental de sus vidas se desarrolla en la calle. En el s.V, el ciudadano de Atenas emplea sus fuerzas más bien en una actividad febril que en la vida contemplativa preconizada por sus filósofos, participando en todos los aspectos de la vida política y buscando sistemáticamente el diálogo con los demás ciudadanos

 

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