Alfonsina Storni Resumen de su Vida y sus Obras Poetisa Argentina






Alfonsina Storni: Resumen de su Vida y Sus Obras Poetisa Argentina

Resumen Biografía de Alfonsina Storni
Fue la suya una vida azarosa, marcada por el sacrificio, el dolor y la lucha. Fiel a sí misma hasta sus últimas consecuencias, persiguió incansablemente la poesía y la autenticidad; búsqueda insaciable que la empujó a una muerte trágica.

“Qué ejemplo va a ser para nuestras niñas una mujer que tuvo un hijo de soltera?
¡Y que hizo versos tan atrevidos!”

Alfonsina StorniEl encendido alegato de una de las contertulias convenció, esa tarde de 1939, a las damas de la Comisión Directiva del Consejo de Mujeres de Rosario: el homenaje que un grupo de profesoras y alumnas de la casa pretendía rendir a Alfonsina Storni en el primer aniversario de su fallecimiento no debía realizarse. Y no se realizó.


El episodio, minimizado por el tiempo, proporciona sin embargo la idea de una atmósfera, de un clima -prejuicioso, estrecho- a través del cual Alfonsina hubo de abrirse paso durante toda su vida. No le resultó fácil.

Fueron demasiados los desafíos que lanzó a lo largo de su carrera literaria. Su libertad de criterio, sus desafiantes actitudes, su empecinamiento en enfrentarse con las rígidas convenciones sociales de la época, le valieron antipatías y condenas.

Por eso imponer su controvertido estilo poético en el mundo de las letras, alcanzar el halago del reconocimiento público y, sobre todo, sentirse aceptada por los demás, fue un esfuerzo que acabó por fatigarla mortalmente.

DE PÁMPANOS Y MELANCOLÍAS
La capital de San Juan recibió por segunda vez a Paulina Martignoni y Alfonso Storni cuando regresaron en 1896 de Europa, dispuestos a luchar por una vida mejor. Traían consigo a su tercera hija, Alfonsina, nacida cuatro años antes en un cantón de la Suiza italiana.


De Suiza la poetisa conserva solo visiones borrosas. En cambio las imágenes de San Juan se perfilan en su memoria con mayor nitidez: “Crezco como un animalito, sin vigilancia, bañándome en los canales, trepándome a los membrillares, durmiendo con la cabeza entre pámpanos (…) A los seis años hurto, con premeditación y alevosía, el texto de lectura con el que aprendí a leer (…) A los ocho, nueve y diez años miento desaforadamente: crímenes, incendios, robos que no aparecen jamás en las noticias policiales”.


La niña miente para dar un poco de sabor y excitación a un mundo cada vez más gris y amenazante. Su padre, hasta entonces empeñoso industrial, se había transformado de pronto en hosco y malhumorado, y terminó abandonando el cuidado de sus negocios. La situación económica de la familia se derrumbó, y en 1901 el matrimonio Storni decidió mudarse a Rosario.


Allí abrieron un bar al que con un jirón de nostalgia denominaron “Café Suizo”. Dos precarias habitaciones en el fondo del local albergaban al matrimonio, a las dos hijas y al varón. Empeñosa, Alfonsina lava copas y sirve las mesas hasta bien entrada la noche. Pero el esfuerzo resulta inútil: Alfonso decae definitivamente y fallece en 1906, dejando a la familia en la indigencia.


Son tiempos que marcarán para siempre a la adolescente de , 14 años. Su única vía de escape a la opresiva situación es la fantasía transmutada en decenas de papelitos con pbritas de teatro y poemas tristes donde se habla de muerte y cementerios. “Desde entonces -escribirá Alfonsina- los bolsillos de mis delantales, los corpiños de mis enaguas; están llenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como migas de pan”.

Pero la mayor parte del tiempo se le va en otros menesteres: empieza a “coser para afuera”, y se emplea como operaría en un taller de confección. Hace por entonces una fugaz incursión como actriz teatral, pero al año debe reconocer su fracaso.

En 1910 obtiene -el título de maestra rural en la Escuela Normal Mixta de Coronda. Para pagarse los estudios ha trabajado como celadora en el mismo instituto por un sueldo que apenas le permite sobrevivir en la máxima estrechez. Consigue un puesto de maestra en Rosario y algunos de sus poemas dejan de ser privados y aparecen en las revistas Mundo Rosarino y Monos y Monadas. Pero estas creaciones menores dejan paso a una creación y una responsabilidad mayor: va a tener un hijo.
Enfrenta la situación sin remilgos, según su costumbre. Embarazada y soltera viaja a la Capital Federal, adonde llega en 1912. El 21 de abril nace su hijo.

LOS AÑOS DUROS
Los primeros tiempos en Buenos Aires no resultaron más fáciles que los de Rosario. Con su hijo a cuest

tets

as debió trabajar de sirvienta, como cajera en una farmacia, como Ofendedora en una tienda y en otras ocupaciones por el estilo. Salta de un empleo a otro; las leyes de entonces protegen poco a los trabajadores y nada a las trabajadoras, sobre todo si son madres solteras. Por fin obtiene un empleo como corresponsal en una firma importadora, y en su tiempo libre compone su primera obra, “un pésimo libro de versos -dirá más tarde-. ¡Dios te libre, amigo, de La Inquietud del Rosal! Pero lo escribí para no morir”.

El libro -algunas cosas “demasiado audaces” para la época que allí figuran- le cierra las puertas de su empleo pero le abre las de las peñas y cenáculos literarios. En la casa de Horacio Quiroga, en el atelier de Quinuela Martín, en el café Tortoni, en las reuniones que organiza el grupo Signo en el hotel Castelar, olvida un poco la época en que se preocupaba por las cuestiones sociales, y aquellos primeros de mayo en los que solía repartir panfletos anarquistas.


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Sus nuevas amistades le permiten convertirse en colaboradora de algunas revistas de moda -La Nota, El Hogar Mundo Argentino, Atlántida-, y obtener finalmente un puesto de maestra directora del Colegio Marcos Paz y, más tarde, ingresar como celadora de la Escuela de Niños Débiles del Parque Chacabuco. El Dulce Daño (1918), Irremediablemente (1919) y Languidez (1920) consolidan definitivamente su prestigio poético. La consagración llega al serle otorgado el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura, ambos en 1920.

Para entonces, Alfonsina es una de las personalidades descollantes en las veladas que tenían lugar en el subsuelo del café Tortoni. Allí solía poner punto final a interminables discusiones estéticas subiendo al estrado y recitando algunos de sus poemas.

EL TEMOR Y EL VIGOR
Los agradables momentos de las tertulias, empero, se alternaban con largas temporadas de soledad y depresión. Entonces frecuentaba la Vuelta de Rocha, o la confitería Munich en la Costanera Sur, y pasaba horas y horas absorta en la contemplación del río. Eran períodos en que se abandonaba a los temores y manías persecutorias que la habían acompañado siempre.

Entre tanto, su poesía mejora de libro a libro. Si desde el principio en toda su obra está presente el sentimiento, es evidente que a medida que pasa el tiempo crecen su dominio del idioma y sus recurso. Porque Alfonsina Storni no había nacido con habilidad para versificar; sus poemas son conquistas, muchas veces trabajosas, pero siempre plenas de originalidad y sinceridad. En 1925, cuando aparece Ocre -que pronto es editado en España y traducido a otros idiomas-, ya es un nombre consagrado en las letras.

Su fibra de artista, sin embargo, se muestra en un cambio de estilo que sorprende a todos: Mundo de los siete pozos, quedata de 1934, y Mascarilla y Trébol -su última obra- desorientan a los críticos, que no logran ponerse de acuerdo sobre su importancia. El martes 18 de octubre de 1938 toma un tren que se dirige a Mar del Plata.

 Durante los últimos años Alfonsina ha soportado golpes verdaderamente demoledores: en 1935 han debido extirparle un tumor canceroso del pecho, y al suicidio de Horacio Quiroga -un amigo entrañable cuya desaparición la afecta profundamente- en 1937 se suma, el 3 de febrero de 1938, el de Lugones. Ella se queja ahora de un ganglio inflamado. Últimamente ha estado leyendo obsesivamente tratados de medicina, intentando averiguar detalles sobre sus males, reales o imaginarios.

En Mar del Plata se aloja en una pensión donde ya ha estado otras veces y toma dosis cada vez mayores de calmantes, hasta que finalmente dejan de surtir efecto. El sábado 22 envía a La Nación su poema Voy a dormir. El lunes un dolor que le paraliza el brazo le impide escribir. El martes 25 sale de la pensión a la una de la madrugada. Algunos transeúntes la ven deambular por la playa.

Al día siguiente un diario local publica esta noticia: “Sobre la playa La Perla apareció esta mañana el cadáver de una mujer como de cincuenta años, de cabellos blancos, muy menuda y pobremente vestida. Recogido por marineros de la subprefectura, el cadáver fue conducido a la morgue del hospital para su reconocimiento, pues no llevaba encima documento alguno”.

Cuenta Diego M. Zigiotto, en su libro “Historias Encadenadas de Buenos Aires“,  que una importadora de aceite de oliva, llamada BAU necesitaba una especie de publicista y Alfonsina se presentó como aspirante a aquel puesto, siendo la única mujer entre centenares de hombres, y nos dice: “Los responsables no quisieron atenderla, justamente porque era una mujer; pero insistió tanto que finalmente la entrevistaron. Le tomaron un examen que consistía en la redacción de una carta comercial y dos avisos: uno para publicitar el aceite y otro para una marca de yerba. Inmediatamente consiguió el puesto; sin embargo, debió aceptar la mitad del salario que cobraba el empleado anterior, por el simple hecho de ser mujer.

Mientras redactaba cartas y avisos publicitarios, compuso los poemas que publicó, en 1916, con el título de “La inquietud del rosal”. Ella contaría años después cómo era su ambiente de trabajo en ese lugar. “Estoy encerrada en una oficina; me acuna una canción de teclas; las mamparas de madera se levantan como diques más allá de mi cabeza; barras de hielo refrigeran el aire a mis espaldas; el sol pasa por el techo pero no puedo verlo; bocanadas de asfalto caliente entran por los vanos y la campanilla del tranvía llama distante. Clavada en mi sillón, al lado de un horrible aparato para imprimir discos, dictando órdenes y correspondencia a la mecanógrafa, escribo mi primer libro de versos, un pésimo libro de versos. ¡Dios te libre, amigo mío, de ‘La inquietud del rosal’! Pero lo escribí para no morir”.
 

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
Wikipedia





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