Asesino Insolito Muerte de por Gula Fallecimiento por Exceso de Comida


Asesino Insólito: Muerte de por Gula Fallecimiento por Exceso de Comida

El asesino que invitaba a los hombres a cenar hasta que morían
Difícilmente pueda encontrarse mejor alimento para la imaginación en los anales del crimen o de la cocina que la historia del asesino francés Pére Gourier.

gula, asesino insolitoLa historia de la «cuisine» francesa está llena de personajes increíbles: Louis XIV, el Rey Sol, cuyo estómago era tres veces más grande que el de un hombre común; el chef Vatel, que se suicidó cuando le salió mal un banquete que él había preparado; el gourmand Desessart, cuyo estómago era tan grande que un oponente a duelo dibujó graciosamente un círculo sobre él puesto que el primero estuvo de acuerdo en que ése sería su único blanco; el cocinero anónimo que sirvió «Sesos de burro a la Diplómate» a Napoleón III; el chef Jules Maincave, quien inventó entre otros manjares la manteca de cacahuete y la sopa de gelatina.

La lista es interminable, pero ningún gourmand o asesino francés fue más increíble que Gourier, quien invitaba a los hombres a cenar hasta que morían.

Gourier, conocido en la historia sólo como Padre Gourier, asesinó realmente a sus muchas víctimas dándoles de cenar. Su técnica no tenía nada que ver con un veneno raro o con algo ilegal. No, Gourier, un rico terrateniente, siempre se mantenía estrictamente dentro del marco de la ley. Cada año elegía una víctima y la mataba en la mesa de cena. A veces le llevaba un año, otras veces le llevaba dos meses, pero Gourier se las ingenió para dar muerte a 7 o 9 hombres antes de ser descubierto.

El método de Gourier consistía en saciar a sus invitados con comidas ricas y pesadas no una vez sino todos los días en todas las comidas durante el tiempo que le llevara matarlos. La gula y la glotonería eran sus cómplices. Puesto que podían comer cuanto quisiesen, sus víctimas comían felices todo lo que podían.

El dinero no tenía importancia para Gourier. El maitre del hotel y los camareros del Brébanl, el Véjour, el Tortoni’s, el Café de París y otros caros restaurantes parisinos conocían bien a Gourier. Los camareros descubrieron inmediatamente el gusto de Gourier por el asesinato pero no podían hacer nada al respecto.

El gourmand comenzó a jactarse de sus hazañas. Aparecía repentinamente con un nuevo invitado y el camarero le preguntaba por su compañero de la noche anterior. «Oh, lo he enterrado esta mañana», decía Gourier. «No era nada extraordinario Lo obtuve en menos de dos meses». Cayó a causa de su jactancia y no porque lo atrapara la ley. Gourier halló su fin a manos de un tal Ameline, el segundo asistente del verdugo público.

Eugéne Chavette, el hijo de Vachette, el propietario de un restaurante, realizó un estudio exhaustivo del caso hacia fines del siglo XVIII, pero nunca pudo determinar el primo nombre de Ameline ni si había sido el 7.°, 8.° o 9.° «invitado» de Gourier. Quizá Gourier haya pensado que resultaba irónico pasar de verdugo a víctima.

Si así fue, la elección demostró ser más irónica de lo que pudiera imaginar. En primer lugar, Ameline tenía un apetito aún mayor que Gourier. Aquellos que observaron a este hombre juraban que debía tener  huecos que le sirvieran de estómagos de reserva. Gourier le dió de comer durante un año y luego durante otro. Ameline se veía mas saludable que nunca y no había aumentado ni una libra. Gourier elegía los platos más pesados, platos que él mismo digería trabajosamente, pero que Ameline aún apetecía después de la tercera o cuarta porción. El asesino prometió que mataría a Ameline como a los otros aun que en ello empeñase toda su fortuna. Pero no había reparado cu un segundo factor.

Ameline conocía los planes de Gourier y estaba preparado para morder la mano que lo alimentaba. Christian Guy, en su History of French Cuisine, sugiere que algún mozo pudo haberlo prevenido, pero sea como fuere, Ameline, siguiendo un plan propio, desaparecía periódicamente durante 2 o 3 días para purgar su estomago con aceite de castor y otros laxantes. Las excusas que daba eran siempre verosímiles y Gourier nunca sospechó nada de él. 

Gourier tuvo su fin gracias al verdugo asistente, pero no en la guillotina. Ocurrió una noche en el restaurante más caro de París. Esa noche Ameline se sentó a comer solomillo y como siempre los hacía sin esfuerzo mientras Gourier intentaba en vano alcanzar a su invitado. Pero finalmente la carrera demostró ser excesiva, pues, Gourier, después de haberse servido la 14° porción, comenzó a ponerse rojo y luego blanco. Ameline, que cortaba su 15° porción, soltó una carcajada cuando Gourier echó atrás la cabeza, pensó que que su anfitrión estaba a punto de estornudar. Pero entonces  se inclinó hacia adelante.

Sin poder hablar intentó incorporarse pero no pudo, sus ojos y su boca estaban por cerrarse para siempre. Sus labios esbozaron una sonrisa irónica mientras caía sobre el piano. El gourmand asesino debe haber pensado que era de lo más apropiado que él tuviera su justo postre durante el curso de su última  comida.