Los Códices Mayas Sistema de Escritura Maya Cultura Maya Ciudades



Los Códices Mayas – Sistema de Escritura

Los códices: Los códices o “libros de pinturas” fueron redactados por sacerdotes, eruditos y sabios para la educación de los jóvenes y la conservación del patrimonio tradicional de la cultura nativa.

En ellos se combina la escritura pictográfica con la ideográfica y la fonética. Objetos directamente representados, símbolos y sonidos ayudaban a recordar los grandes temas históricos, mitológicos, litúrgicos, jurídicos. Su comentario y la memorización de los textos sagrados, cantares, himnos y leyendas eran la base de la educación del México antiguo.

Bernal Diaz del Castillo y Hernán Cortés dicen que había bibliotecas con centenares de códices. Como tantas otras obras de cultura, en su mayoría Los Códices Mayas Sistema de Escritura Maya Cultura Maya Ciudadesfueron destruidos por los conquistadores.

Unos pocos, sobre todo por el cuidado de algunos misioneros, pudieron salvarse. Otros fueron escritos bajo influencia española y cristiana.

En 1520 Cortés envió al emperador Carlos V un barco cargado de tesoros de oro, plata y joyas aztecas y también dos libros de códices, que causaron la admiración del gran humanista italiano Pietro Mártire, que vivía en la corte española.

Estos códices eran “libros” hechos  de una larga tira de papel fabricado con la corteza del amate, o con la fibra del maguey, o con piel de venado.

Los más recientes son de tela de algodón o de papel europeo. Se conservaban doblados en forma de biombo o acordeón, protegidos por tapas de madera que les daban la apariencia de un volumen, a veces grande, otras mediano y aun pequeño.

Actualmente se conservan en las bibliotecas de Europa y América más de cincuenta códices del México antiguo, de los cuales más de una docena son ciertamente originales prehispánicos. La Biblioteca Nacional de París guarda quince códices; la Bodleiana de Oxford, cinco; la Vaticana, cuatro; la del Museo Nacional de Antropología de México, catorce.

Hay bibliotecas que tienen un solo códice, pero de gran valor. Por ejemplo, la Biblioteca Laurenciana de Florencia posee el famoso Códice Florentino; la Biblioteca Nacional de la misma ciudad custodia el no menos célebre Códice Magliabecchi; la Nacional de Viena dispone del Vindobonense; la del Palacio de Borbón es depositaria del Códice Borbónico y la del Palacio Real de Madrid cuida del Códice Matritense.

Ejemplares de otros códices interesantes se hallan en Berlín. Dresde, Bolonia, Basilea, Tulane (EE.UU.), Nueva York y en bibliotecas mexicanas del Distrito Federal, Puebla, Morelia y Oaxaca.



Estos códices resultan fundamentales para conocer las culturas prehispánicas. Son fuentes insustituibles, aun mal estudiadas y escasamente aprovechadas, para reconstruir el pasado de altas civilizaciones que dejaron pocos documentos escritos, en algunos casos sin descifrar.

Los temas de los códices varían. Los mayas son astronómicos, de gran significación religiosa. Los códices nahuas —los más numerosos: quedan unos treinta sobre asuntos prehispánicos y muchos otros sobre temas poshispánicos— se refieren a la astronomía y el ritual, pueblos y tributos, hechos históricos, plantas medicinales, mitología, genealogía, geografía y topografía. Los seis códices de la cultura de Puebla y Tlaxcala tratan temas astronómicos, incluyendo a veces referencias mitológicas no desdeñables. Los códices mixtecos, tarascos y cuicatecos son predominantemente históricos.

El mero hecho de que estos tesoros artísticos e históricos se encuentren dispersos en veinticinco bibliotecas distintas de Europa y América, amén de las dificultades intrínsecas de su interpretación, ha sido grave obstáculo para que pudieran ser aprovechados por los estudiosos del pasado mexicano. La tarea de copiarlos y reproducirlos en forma de libro moderno, salvo alguna excepción de fines del siglo XVIII, por lo demás muy deficiente, comenzó en las primeras décadas del siglo pasado.

Es justo recordar en esta ocasión el nombre de Edward King, vizconde de Kingsborough, quien, siendo estudiante en Oxford, se entusiasmó tanto con los antiguos manuscritos mexicanos consultados en la Bodleiana, que dedicó su vida y su fortuna a editarlos. En 1831 aparecieron siete volúmenes en folio —uno de ellos el Códice Borgia—, ilustrados por Agostino Aglio, y después de la muerte de Kingsborough, dos más.

Este murió de tifus el 27 de febrero de1837, a los cuarenta y dos años, en la prisión de Dublín, donde lo habían encerrado por las deudas contraídas en la edición de los códices. Su obra, no obstante los defectos debidos a la imperfección de la técnica de su época, tiene el mérito de haber ofrecido a los americanistas un material difícil mente accesible, aún hoy consultado para comparar las copias de Aglio y el original tal como se conserva después de un siglo, que no ha transcurrido sin causar nuevos deterioros.

Fuente Consultada: Enciclopedia de Historia Argentina Fascículo I

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