Principales Sucesos en la Décadas del 50 y 60

Principales Sucesos en la Décadas del 50 y 60

CRÓNICA DE LA ÉPOCA:
La Persecución al Comunismo:

Cuando en 1945 Truman ordenó la destrucción de Hiroshima y Nagasaki con las dos únicas bombas atómicas entonces disponibles, muchos vieron en aquellos holocaustos de dos ciudades con todos sus habitantes una brutalidad innecesaria —Tokio estaba ya gestionando desesperadamente su rendición—, sólo explicable como una severa advertencia a Moscú.

¿Fue, en realidad, como se ha sostenido desde entonces muchas veces, el primer acto de la "guerra fría"?.

Como Moscú no pareció impresionarse mucho ni cedió un ápice en sus rígidas actitudes, la excitación en Estados Unidos aumentó rápidamente.

La Unión Soviética dejó de ser el "valiente aliado" para convertirse en el "enemigo potencial" frente al que todas las precauciones eran pocas.

Empezaron las diatribas antisoviéticas y las recién nacidas Naciones Unidas se convirtieron en el escenario de virulentas grescas oratorias.

Aparecieron una serie de "ideólogos" que justificaban cualquier medida que se tomara en defensa de la "amenazada democracia" contra la "infiltración comunista".

El mundo seguía agitadísimo.

En Washington se votaban uno tras otro crédito para la defensa y se aprobaba el Plan Marshall de ayuda económica para evitar que la postrada Europa occidental, en la que había fuertes partidos obreros, cayera en poder del comunismo.

En China se ayudaba a Chiang Kai-shek, cada vez más enzarzado en su lucha contra Mao Tse-tung y su gente.

Seguía confiándose, sin embargo, en el "monopolio de la bomba atómica" que Estados Unidos ejercía.

Algunos hablaban inclusive de una "guerra preventiva", que, al amparo de este monopolio, metiera en cintura a Moscú antes de que fuera tarde. Entretanto se multiplicaban las precauciones para que ningún "secreto atómico" llegara a los soviéticos, a los que se describía con frecuencia como incapaces de dominar la alta tecnología atómica.

De poco servía entonces que se dijera, inclusive por el mismo Einstein, que la desintegración del átomo no era ningún secreto desde comienzos del siglo y que cualquiera a quien se procuraran los costosos medios necesarios podía fabricar bombas como las de Hiroshima y Nagasaki.

Ser científico en Estados Unidos comenzó a ser casi tan duro y arriesgado como ser comunista.

El año 1949 fue en más de un aspecto un año decisivo. Porque, entre otros importantes acontecimientos, presenció la derrota final de Chiang Kai-shek y el nacimiento de la República Popular China.

Y presenció también, mientras se organizaba rápidamente la alianza militar de la NATO y se creaba la República Federal Alemana, el estallido de la primer abomba atómica soviética.

¡Había desaparecido el monopolio atómico de Estados Unidos! Comenzó una frenética carrera nuclear. No había tiempo que perder.

Porque al año siguiente comenzó la guerra de Corea. Washington, entonces dominante en la organización mundial, consiguió, al amparo de un error táctico de Moscú —se había retirado del Consejo de Seguridad como protesta contra los obstáculos que se ponían al reconocimiento del Pekín comunista como representación de China—, llevar la bandera de las Naciones Unidas a la península asiática.

Pekín era un "agresor". La guerra de Corea —1950-1953—, muy cruenta, de muchos vaivenes y terminada en una especie de empate, supuso para Estados Unidos, lanzado a un nuevo esfuerzo bélico, un período de prosperidad económica, pero también puso de manifiesto que el "peligro comunista" se acentuaba.

Perdido el monopolio atómico, había que ganar a los soviéticos en la carrera nuclear.

Tenía que producirse la bomba H, infinitamente más poderosa que la bomba A.

A la bomba atómica, producto de la "fisión" del átomo, sucedería la bomba de hidrógeno, producto de su "fusión", con una bomba atómica como detonante.

A los kilotones sucederían los megatones. Y, al mismo tiempo, se desarrollarían, utilizando los servicios del ex nazi Wernher von Braun, el creador de la V-2, los proyectiles balísticos intercontinentales, capaces de arrojar las bombas en cualquier lugar del planeta.

Pero ¿quiénes habían facilitado a los soviéticos, considerados tan primitivos, los secretos de la bomba atómica?.

Y ¿no resultaba sospechoso todo aquel que, amparándose en un falaz pacifismo, se opusiera a la carrera nuclear y propugnara un entendimiento con Moscú que la evitara? .Hubo dos casos dramáticos Principales Sucesos en la Décadas del 50 y 60 que contestaron a estas preguntas y pusieron al mismo tiempo de relieve el ambiente de histeria en el que ya la voz irónica de Joseph R. McCarthy parecía dominarlo todo.

Uno de estos casos fue el matrimonio formado por Ethel y Julius Rosenberg.

Eran judíos, y no faltaban quienes recordaran las prevenciones de Hitler sobre la "conspiración judeo-marxista". Estos Rosenberg tenían algunos amigos entre el personal de la embajada soviética en Washington y de la delegación soviética ante las Naciones Unidas en Nueva York. El FBI investigó sigilosamente.

Finalmente se detuvo al matrimonio. Se le acusó de espionaje, de haber entregado a sus amigos soviéticos documentos relacionados con la bomba atómica. Poco importaba que los documentos base del proceso fueran de escasa importancia y estuvieran a fácil alcance de muchos. Aunque siempre protestaron de su inocencia, Ethel y Julius fueron condenados a muerte.

Ocurrió luego algo que sacudió a todas las conciencias.

Se comunicó a los condenados, ya entre rejas inmediatas a la cámara de ejecución, que, si admitían su culpabilidad, el presidente Eisenhower estaría dispuesto a hacer uso de sus facultades de clemencia.

Transcurrieron varios días muy tensos.

Con temple impresionante, los Rosenberg resistieron todas las presiones e insistieron en su inocencia. Fueron electrocutados el 20 de junio de 1953.

A su entierro apenas se atrevieron a asistir una docena de personas.

Sucesos del siglo xxEl segundo de estos casos fue el de J. Robert Oppenheimer, uno de los físicos más destacados de Estados Unidos y uno de "los padres de la bomba A".

Había sido profesor de la Universidad de California y director del laboratorio de Los Álamos, donde se habían perfeccionado los artefactos que habían destruido a Hiroshima y Nagasaki. Estaba al frente del grupo de científicos que asesoraban a la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos.

Se declaró contrario a la fabricación de la bomba H. insistió en que debía negociarse con Moscú para poner término a una carrera que, a su juicio, llevaba a la humanidad a su perdición.

Discutió ásperamente con su colega Edward Teller, para quien la bomba H debía constituir la prioridad máxima.

En el ambiente imperante, el pacifista Oppenheimer se hizo más que sospechoso. El 13 de abril de 1952, fue separado de todos sus cargos.

Al margen de todos los equipos científicos dedicados a las aplicaciones prácticas de la física nuclear, quedó condenado a vegetar hasta su muerte. El maccarthysmo estaba triunfando en toda la línea.

En 1952, como una nueva advertencia a Moscú, Truman, ya en las postrimerías de su mandato, anunció que Estados Unidos estaba en posesión de la bomba H.

El correspondiente estallido de produjo, después de una serie de preparativos espectaculares, en el atolón de Eniwetok, en el Pacífico, el 19 de noviembre. Fue imponente.

Pero ¿quién pudo imaginarse que los soviéticos harían estallar su primera bomba H, sin espectacularidad alguna, apenas transcurridos ocho meses desde Eniwetok, exactamente el 12 de agosto de 1953? McCarthy tronitó como nunca.

La witchhunt, la "caza de brujas", se hizo furiosa. Pasó el tiempo.

Terminó la guerra de Corea.

Eisenhower proporcionó la paz, no totalmente satisfactoria, que había prometido para alcanzar la Casa Blanca.

No era la victoria a la que, según el general Mac Arthur, nada podía reemplazar. Y en seguida sobrevinieron la derrota de los colonialistas franceses en Dien Bien Phu y los acuerdos de Ginebra de 1954.

Washington se sintió obligado a llenar el hueco que Francia dejaba en el Sudeste de Asia.

Iba a comenzar otra "guerra local", tan desastrosa en tantos aspectos, tan larga que todavía dura: la de Vietnam. McCarthy seguía lanzando acusaciones a diestro y siniestro.

Estaba ya en vísperas de su caída.

Llegó el año 1957 y el mundo se vio sacudido por el primer Sputnik.

Había comenzado la era espacial. ¡Y eran los soviéticos quienes la habían inaugurado! Se había pasado de los proyectiles balísticos intercontinentales a los satélites artificiales de la Tierra.

Había que comenzar otra carrera. Y que acostumbrarse a vivir en en incómodo "equilibrio del terror".

Para entonces, sin embargo, Joseph R. McCarthy ya había desaparecido del escenario político norteamericano y el marccarthysmo, con su frenesí persecutorio, había caído en el descrédito.


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