Vida de los esclavos en las plantaciones Esclavos Rebeldes Rebelión






Vida de los Esclavos en las Plantaciones

LA VIDA DE LOS ESCLAVOS EN LAS PLANTACIONES EN EL SUR DE LOS ESTADOS UNIDOS: En los años de la década de 1850 los hacendados practicaban la suntuosa hospitalidad que exigía su posición social. Muchas de las casonas simulaban ser plantaciones, pero en realidad se mantenían gracias a las verdaderas plantaciones lejanas, en la zona algodonera, en la costa del arroz o en los campos de azúcar de Louisiana. Empero, dependían en su totalidad de la fuerza de trabajo de los esclavos.

La Casa Grande Algunos propietarios habitaban mansiones, erigidas según un estilo clásico que posteriormente se conocería como “griego renovado”. Esta elegante casona del Míssissippi data de 1850.

Pero no todos los hacendados vivían tan fastuosamente. Muchos habitaban casas simples o, incluso, una “cabaña doble”: dos estructuras adyacentes de troncos con un corredor de ventilación entre ellas, unidas por un techo común. Algunos se dedicaban más a criar cerdos y vacas, que a cultivar la tierra. Había terratenientes que, en vez de trabajar, se dedicaban a la diversión. Pero era más común el hacendado escrupuloso y trabajador, que se entregaba por completo a las cosechas, la mano de obra y la contabilidad.

Con frecuencia, los pequeños propietarios supervisaban personalmente las labores de plantación, cultivo y cosecha; inspeccionaban a diario las labores en el campo y supervisaban a caporales y capataces, que generalmente eran esclavos de confianza. Los dueños de extensiones mayores contrataban supervisores, a quienes daban detalladas instrucciones por escrito sobre el manejo de los esclavos y la administración de las plantaciones.

Si trabajaban para amos codiciosos, los esclavos generalmente eran obligados a trabajar en cuadrillas, siguiendo una rigurosa rutina. Los despertaban con campanas o trompetas; luego, los peones iban al campo donde, de acuerdo con el cultivo y la estación, llevaban a cabo una diversa gama de labores requeridas para el éxito de la empresa.

Tras una corta pausa a mediodía, los peones retomaban el trabajo hasta el anochecer: sólo entonces volvían a sus chozas. Ahí dedicaban un rato a sus huertos, donde cultivaban verduras para complementar su ración semanal de un saco de maíz y dos kilogramos de tocino por peón. Las esclavas trabajaban en los campos al igual que los hombres, además de encargarse de cocinar para la familia, de la limpieza doméstica y la crianza de los hijos, que comenzaban a trabajar desde los 10 años. Ancianos y ancianas tenían las obligaciones de hilar, reparar cercas y vigilar a los niños más pequeños.

No todos los esclavos de las haciendas eran peones. Muchos trabajaban en la mansión del amo como mayordomos y cocheros, o camareras, cocineras y lavanderas. Los sirvientes iban mejor vestidos y alimentados que los peones; algunos se consideraban a sí mismos como esclavos-aristócratas. Las haciendas más grandes también disponían de alhamíes, carpinteros, toneleros y herreros.

Esclavos rebeldes - Castigo a los esclavos

Castigo corporal Ante su amo, que fuma un puro, azotan a una esclava atada a un poste; también está presente su familia, que mira con azorada resignación. Delitos como la indiferencia o la desobediencia eran castigados hasta con 20 azotes.


La esclavitud era un sistema de coerción inhumano. Los amos controlaban a las cuadrillas con azotes en público, o bien los encadenaban o los encarcelaban. Los humillaban, obligándolos a vestir ropas femeninas o a realizar tareas indignas.

Pocos amos ejercían el control mediante recompensas. Algunos proporcionaban vacaciones, nombramientos de conductor o trabajos especializados, o bien, ropa, comida y tabaco adicionales, mayores parcelas para los huertos y la venta de los excedentes. Incluso unos cuantos concedían permisos para salir de la plantación o estimulaban la educación formal, que estaba prohibida en muchos estados.

En cierto modo, lo más cruel de la esclavitud era la total alteración de la vida familiar. Los amos acababan las familias, al vender a esposos e hijos por separado. Tales ventas eran, a veces, un castigo, pero con frecuencia, eran el dictado de las circunstancias financieras de los propietarios.

Para muchos esclavos, la vida en las plantaciones sureñas era intolerable; huyeron hacia la libertad de los estados más al norte y a Canadá. La mayoría se liberó gracias al viaje que realizaban por el llamado “tren subterráneo”: una organización secreta que los escondía; les daba comida, ropa y cobijo, y la oportunidad de emprender una nueva vida en mejores condiciones.

Esclavos en las Plantaciones

Usando gorros para protegerse del sofocantes sol de Lousiana los esclavos cañeros trabajan sin cesar durante 12 horas, para hacer un pequeño descano cada varias horas. Vivían en humildes chozas de troncos y ladrillos.


Anuncio Publicitario


Los fugitivos aprovechaban la oscuridad para escapar; con frecuencia se disfrazaban con bigotes, pelucas, velos, e incluso polvos faciales, para hacerse pasar por blancos. En la jerga ferroviaria, se les llamaba “pasajeros” o “carga”. Las casas, bodegas, granjas, cuevas y graneros donde se ocultaban eran las “estaciones”, y “conductores”, todos aquellos que los ayudaran. El “tren” tuvo su máxima actividad entre 1840 y 1860, cuando anualmente un millar de esclavos viajaron por la red clandestina tendida entre 14 estados del norte, incluyendo Illinois, Indiana y Ohio, cuyas fronteras con el sur constituían la división geográfica y cultural entre norte y sur.

A veces, los fugitivos efectivamente bajaban en tren, aunque la mayoría se desplazaba a caballo o en carreta. acompañados de guías.

El “tren” contaba con muchos simpatizantes. Entre ellos, la novelista Harriet Beecher Stowe, cuyas experiencias con prófugos le inspiraron la vigorosa novela antiesclavista, La cabaña del tío Tom, publicada por entregas en un periódico, entre 1851 y 1852. El poderoso mensaje propagandístico de la novela creó conciencia en toda la nación: hizo de la esclavitud uno de los principales motivos para que se iniciara la Guerra Civil.

La indignación de la escritora Stowe fue desatada por la infame ley de esclavos prófugos, promulgada en 1850: dictaba que todo aquel que ayudara a un fugitivo podía ser multado sobremanera y encarcelado por seis meses. Si no arrestaban a un fugitivo, los policías podían ser multados hasta por 1,000 dólares. De ser atrapado, el esclavo no tenía derecho a recibir la ayuda de un abogado defensor ni a juicio ante un jurado.

La ley fue condenada por los liberales, y aprovechada por mercenarios cazadores de hombres, generosamente recompensados por cada esclavo recapturado. Aun después de abolir oficialmente la esclavitud en 1865, los negros sufrieron la marginación a la que los sometían reglamentos como las llamadas leyes “Jim Crow”, que buscaban perpetuar la segregación racial, o a través de organizaciones como el Ku Klux Klan.

Fundado en Tennessee, en 1866, como un club social de veteranos confederados, el Klan se modificó política y racialmente al año siguiente, al fijar como objetivo la supremacía blanca. Sus miembros, vestidos con túnicas blancas, perseguían a los negros libres: los azotaban y asesinaban en una serie de salvajes incursiones nocturnas.

Sin embargo, el régimen de crímenes y secuestros del Klan desembocó en su disolución en 1869; fue prohibido por una ley que decretó la ilegalidad de privar a todo ciudadano —blanco o negro— de sus derechos civiles.

Fuente Consultada: Hábitos y Costumbres del Pasado Reader´s Digest





OTROS TEMAS EN ESTE SITIO



Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *