Biografia de FLORENCE NIGHTINGALE Pionera de la Enfermeria Moderna






Carlota CordayFlorence NightingaleAna FrankMaría Antonieta

Resumen Biografía de Florence Nightingale
Criada en la comodidad de un hogar burgués, su férrea vocación y su carácter la llevaron a elegir la dura y abnegada vida de enfermera. A pesar de su precaria salud y la oposición de los propios médicos, asistió a los heridos en el campo de batalla, dirigió hospitales y renovó el concepto de la enfermería, hasta entonces primitiva y poco eficaz, convirtiéndola en auxiliar de la medicina.Florence Nightingale

Hubiera podido ser monja, pero había nacido en la Inglaterra anglicana y por temperamento se hallaba muy lejos de la sumisión. Más afinidad tenía tal vez con Juana de Arco, por su sentido de realización, su capacidad de hacer, de ejercer un destino para el que -según confesó alguna vez- se sentía llamada por Dios.

“El 7 de febrero de 1837 Dios me habló y me llamó a su servicio”. No era una revelación interna: había oído “una voz objetiva, exterior, que le hablaba con palabras humanas”. Tenía por entonces 17 años, y volvió a oír voces en otros tres momentos cruciales de su vida: antes de ocupar su puesto en el primer hospital inglés en que prestó servicios; un año después, antes de salir para Crimea, y en 1861, tras la muerte de su gran amigo, Sidney Herbert, secretario de guerra del gabinete británico.

Su padre era propietario de una mina de plomo que le reportaba rentas abundantes y le permitía disfrutar con holgura de la vida, los viajes, el arte y hasta la política. Su madre, ocho años mayor que él, era una mujer muy de su tiempo y de su clase.

La hija fue bautizada Florence porque había nacido el 12 de mayo de 1820 en la ciudad de los Mé-dicis, durante un largo viaje de los Nightingale por Europa continental y sobre todo por Italia, donde vivieron tres años. Pero la familia pronto regresó a Inglaterra, a la vida cómoda y placentera de las recepciones elegantes y las amistades numerosas.

Florence y su hermana compartieron su educación, la vida hogareña, el latín y el griego, pero “Fio”, más independiente, más apegada al padre, en aquel ambiente frívolo y romántico escuchaba “el llamado de Dios” o pensaba en estudiar matemáticas. Pero no por eso huía de las reuniones, los encuentros brillantes, los flirts o las conversaciones refinadas.

En uno de los viajes de su familia al continente europeo, Florence conoció en Ginebra a un amigo de su padre: el historiador italiano Sismondi, exiliado en Suiza por la persecución austríaca, hombre excepcional que no podía soportar el sufrimiento ajeno.

Causó una gran impresión en Florence, que sin embargo seguía sin conocer el significado del llamado de Dios que había sentido. La muchacha detestaba la vida hogareña, pero no podía menos que admitir que muchas cosas del ambiente familiar seguían gustándole. Hasta que la crisis de 1842 en Inglaterra empezó a mostrarle de cerca los sufrimientos humanos. Alrededor de la casa de campo en que vivía con su familia pudo ver enfermedades, pobreza y desesperación. Le pareció falso todo lo que se decía y no fue capaz ya de soportar que se siguiera gozando de tantas cosas “mientras la tierra sigue su camino a través de las estrellas impasibles, en el silencio eterno, como si no ocurriese nada. La muerte parece menos temible que la vida”.

Hacia 1844 empezó a pensar en los hospitales como una misión a la cual dedicar su vida. En otro de los viajes de su familia al continente europeo insistió en visitar el hospital de Kaiserswerth, en Alemania, que ansiaba conocer desde hacía tiempo. No llegó a atender allí a los enfermos, pero pudo apreciar la obra benéfica que realizaba la institución. Se sintió tan valiente “como si nada pudiera ya volver a acongojarla”. Y en menos de una semana escribió a toda prisa un folleto de más de 30 páginas informando a las mujeres ricas “que viven en Inglaterra en una ociosidad atareada, enloquecidas por no tener algo que hacer”, de la labor y la felicidad que les esperaba en Kaiserswerth.

Aunque a su madre todo eso le pareció una vergüenza, una deshonra, en cuanto pudo, Florence regresó a Kaiserswerth. “No existía el cuidado de los enfermos -escribió muchos años después- la higiene era horrible y el hospital lo peor de la ciudad, pero en ninguna parte he conocido un tono más alto, una devoción más pura que allí.” Tuvo que volver a su casa, sin embargo, reclamada por su madre, que seguía siendo dominadora.

Por dos años vivió tironeada por las circunstancias hasta que consiguió incorporarse a las Hermanas de Caridad de París como inspectora a cargo de la reorganización del hospital católico. Su condición de protestante y de hija de una familia inglesa acomodada no era la mejor recomendación para las señoras de la ^omisión, pero la insistencia de Florence pudo más.

Por fin en 1853 dejó definitivamente el hogar de sus padres para ocupar un puesto estable en un pequeño hospital londinense, para “Damas en Circunstancias Penosas”. La situación de las enfermeras y de los hospitales no había mejorado en lo más mínimo, y los Nightingale se horrorizaron de la vocación de la hija, pues eran realmente lugares de miseria y degradación. La más absoluta falta de higiene y de instalaciones sanitarias se evidenciaba en un nauseabundo “olor a hospital”.

Las enfermas provenían de los estratos más bajos de la sociedad, y las enfermeras llegaban a la promiscuidad total, pues sin lugar para dormir o descansar, recibían y cocinaban en los dormitorios miserables de las enfermas, cuyos lechos a menudo compartían. Florence se ocupó de reorganizarlo todo: desde reformar el edificio hasta la atención de los pacientes, y eso aun durante una epidemia de cólera.

Pero fue en la guerra de Crimea donde se hizo famosa. Sidney Herbert, miembro del gabinete real, conocía sus méritos y su vocación, admiraba a Florence y era su amigo personal. Pensó inmediatamente en ella cuando desde la península rusa llegaron las peores noticias sobre la situación de los soldados ingleses heridos en Scutari, privados de toda asistencia hospitalaria, sin camas, ropas ni alimentos. “¿Por qué no tenemos nosotros hermanas de Caridad?”, preguntaba The Times. Y allá fue Florence Nightingale, invitada por el secretario de Guerra, junto con 38 compañeras de labor. Solo catorce de ellas eran enfermeras profesionales; las demás eran de instituciones religiosas.

Los heridos y enfermos -más de cinco mil-, semidesnudos, yacían en largas hileras sobre los pisos sucios de grandes habitaciones en ruinas. Se cuenta que nadie se había animado a comentar con el comandante en jefe el estado sanitario del ejército. A su vez, los médicos de Scutari recibieron con disgusto a miss Nightingale y sus compañeras.

No había allí equipo, sala de operaciones, medicamentos, ni nada. Las tazas de estaño servían para todo; para lavarse, comer y beber.

Sin luz, sin apoyo, luchando contra celos y rencores, ella pudo más y cambió todo. Cuando el embajador inglés se negó a pagar los salarios de los obreros turcos contratados para reparar los edificios, fue el dinero de Florence y de las colectas organizadas por The Times el que saldó la deuda. Los médicos seguían hostigándola -por ser mujer y jefa de enorme eficiencia práctica y técnica a los 34 años-; algunas enfermeras creándole obstáculos; las rivalidades personales y religiosas entorpeciéndolo todo; pero Florence supo imponerse aun a sus propias dolencias físicas.


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En Scutari los enfermos besaban su sombra y en Londres el pueblo le rendía fervorosos homenajes. La propia reina Victoria le regaló un broche diseñado por su esposo el príncipe Alberto: una cruz de San Jorge en esmalte rojo, con una corona de diamantes arriba y la palabra Crimea rodeada de la frase “Bienaventurados los misericordiosos”.
A su regreso a Inglaterra el ministerio de Guerra la consagró como “la Enfermera del Ejército Británico”, y se dijo de ella que era la única persona del Imperio cuyo prestigio se había acrecentado en la guerra.

Un día fue invitada a dar un informe personal a la Reina sobre todo lo ocurrido en Crimea. Victoria y Alberto la recibieron en el palacio de Balmoral y después comió con ellos en varias ocasiones, sin ceremonia alguna. Llegó a recibir visitas de la propia Reina que a veces la invitaba a acompañarla en calesa.

Para entonces Florence se hallaba ya semi inválida, pero no tanto como para no fundar en 1860, con el dinero de la colecta popular, una escuela de enfermeras en el hospital de Santo Tomás. Puede decirse que desde esa fecha comienza a practicarse en el mundo la enfermería moderna. Pero, además, siguió asesorando a los organismos militares -incluso en relación con la guerra de Secesión norteamericana-, y supervisando todo informe sanitario oficial: proyectaba reglamentos, sugería normas, estudiaba planes de cuarteles y hospitales.

A pesar de la fragilidad de su salud, trabajó sin pausa hasta que en 1872 sus males se agravaron. A partir de entonces se acentuó su interés por el misticismo, aunque sin descuidar sus relaciones personales, especialmente con jóvenes, a quienes infundió su optimismo y sabiduría no obstante haber ido perdiendo gradualmente la vista.
Falleció a los 90 años el 13 de agosto de 1910.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe





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