Martires Cristianos en Roma Antigua Todas las Persecuciones Cristianas



Mártires Cristianos en Roma Antigua

El cristianismo resultó atractivo para todas las clases. La promesa de la vida eterna se ofrecía a todos: ricos, pobres, aristócratas, esclavos, hombres y mujeres.

Como Pablo enunció en su Epístola a los colosenses: “Deben revestirse del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto a imagen de su Creador, donde no existen el griego o el judío, el circunciso o el incircunciso, el bárbaro, el escita, el esclavo o el hombre libre, sino que «Cristo es todo y está en todo». 

Aunque no hizo un llamado a la revolución o a la revuelta social, el cristianismo puso énfasis en un sentido de igualdad espiritual para todos los pueblos.

Muchas mujeres se dieron cuenta de que el cristianismo ofrecía nuevas actividades y otras formas de compañía con otras mujeres.

Las mujeres cristianas practicaban la nueva religión en su propia casa y predicaban sus convicciones ante otras personas en sus aldeas. Muchas otras murieron por su fe.

Perpetua fue una mujer aristócrata que se convirtió al cristianismo. Su familia pagana le suplicó que renunciara a su nueva fe, a lo que ella se rehusó.

Las autoridades la apresaron, pero ella eligió morir por su fe y fue una de las que formaban el grupo de cristianos masacrados por las bestias salvajes en la arena de Cartago el 7 de marzo de 203.

cristianos en el coliseo romano

Cristianos en el coliseo romano

Los cristianos fueron perseguidos primeramente por los judíos. El primer mártir cristiano, San Esteban, fue lapidado por los judíos de Jerusalén. San Pablo fue denunciado a las autoridades por los judíos de las poblaciones donde predicó.

El gobierno romano no se ocupaba de las creencias de sus subditos, dejaba que cada cual practicara libremente su religión. Pero había ceremonias religiosas en las que el romano no podía menos de tomar parte.

Debía asistir a las fiestas públicas dadas en honor de los dioses; si comparecía ante el tribunal, debía jurar por los dioses; si era soldado, había de adorar los estandartes, el genio del emperador, el genio del ejército; si magistrado, tenía que asistir al sacrificio con que comenzaba todo acto público y ofrecer él mismo incienso al dios Augusto y la diosa Roma.



Ahora bien, los cristianos consideraban estos juramentos, este culto, estos sacrificios, como actos impíos, prohibidos a los adoradores del verdadero Dios. Se negaban a tomar parte en ellos, y se exponían a ser condenados, no como cristianos, sino por haber desobedecido las leyes.

El pueblo de las ciudades detestaba a quellas gentes que no aparecían en las fiestas, en los espectáculos, en los banquetes, que vivían entre ellos apartados de los demás y parecían despreciar al resto del mundo. Se les tomaba muchas veces por magos y hechiceros.

Los cristianos celebraban entre ellos reuniones secretas. El público, que no era admitido a estas reuniones, imaginaba que en ellas tenían lugar cosas prohibidas, que los asistentes mataban niños para comérselos o para chuparles la sangre.

De esta suerte los cristianos fueron muchas veces perseguidos. Desde el siglo I al IV la Iglesia ha contado diez persecuciones, que puede conocerlas mas abajo.

Las más violentas fueron las últimas.

Trajano fue el primer emperador que adoptó una medida general contra la religión cristiana, prohibiendo, bajo pena de la vida, las asambleas de los cristianos, que consideraba ser sociedades secretas peligrosas.

Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, escribió al emperador que le habían sido presentados cristianos y que había condenado a muerte a los más tenaces.

A los que habían negado ser cristianos los había dejado en libertad, después de haberles hecho ofrecer incienso y vino a la imagen del emperador y haberles obligado a maldecir a Cristo, «cosas todas a las que no se puede decidir, siquiera por la fuerza, a los que no son verdaderamente cristianos».

Otros confesaban haber sido cristianos, pero decían no serlo ya. Plinio preguntaba que era necesario hacer con ellos, y he aquí cómo resumía el resultado de sus averiguaciones acerca de los cristianos:

«Afirmaban que toda su culpa se había reducido a reunirse en días fijos antes de salir, el sol, en adorar a Cristo como Dios, cantando juntos un himno en su honor, en comprometerse, mediante juramento, no a tal o cual crimen, sino a no cometer robo, asesinato, adulterio y a no faltar nunca a la fe jurada; pero después de esto tenían costumbre de separarse, luego de reunirse de nuevo para hacer juntos una comida, pero una comida ordinaria y en absoluto inocente… He juzgado necesario, añadía Plinio, averiguar la verdad, haciendo someter a tormento a dos sirvientas que se llamaban diaconisas. No he descubierto otra cosa que una superstición absurda y exagerada… No solamente son las ciudades las invadidas por el contagio de esta superstición, sino los poblados y los campos».



Trajano respondió: «No hay que andar tras de los cristianos. Si se les denuncia y aparecen convictos, es necesario castigarlos; pero hay que perdonar a todo el que manifieste no ser cristiano y lo pruebe con actos, es decir, haciendo oración a nuestros dioses, sean las que quieran las sospechas habidas acerca de su pasado. En cuanto a las denuncias anónimas…, no hay que tenerlas en cuenta, porque es detestable ejemplo e impropio ya de nuestra época».

Hubo de aquí en adelante, y sin cesar, sobre todo en Oriente, condenados a muerte en virtud del rescripto de Trajano. Los magistrados, por lo común, no iniciaban gustosos la persecución. La población de las grandes ciudades era la que frecuentemente la exigía. Cuando había hambre, epidemia o temblores de tierra, se creía ser señales de la cólera de los dioses, irritados por la impiedad de los cristianos, y entonces se oía el célebre clamor: «¡Los cristianos a los leones! «.

Las Persecuciones y los Mártires de la Fe:

Durante el siglo I las comunidades cristianas se extienden por todo el Imperio romano, y muy especialmente en la capital, Roma, sin que las autoridades se preocupen por ello. Sin embargo Nerón en el año 64, con el fin de apartar de sí la cólera de su pueblo, acusa a los cristianos de haber sido los responsables del incendio de Roma.

La multitud se lanza contra ellos, si bien esta persecución pasará pronto. En el s. II, la nueva  religión, en principio prohibida, goza, de hecho de una tolerancia que era mayor o menor según las distintas provincias del Imperio.

Esta situación cambiaría al final del siglo, a medida que el poderío del Imperio comienza a disminuir y que el pueblo, exasperado por las guerras, el hambre y las epidemias, busca un responsable de este deterioro.

A los cristianos —culpables de haber irritado a los dioses—, se les acusa tanto más cuanto más numerosos son y mejor organizados están, y en la medida en que cada vez practicaban su culto más abiertamente.

Así, en época de Marco Aurelio, conocido, sin embargo, como el emperador-filósofo, se producen numerosos mártires, fruto de estas persecuciones, que continúan esporádicamente hasta la subida al poder de Decio, que reprime rigurosamente las prácticas cristianas.

El temor y el recelo, indujo a los romanos a perseguir a los cristianos, comenzando por la acusación formulada por Nerón en el año 64, por la que los hizo responsables del incendio de gran parte de la ciudad de Roma.

Entre los que murieron martirizados, se cuentan San Pedro, que fue crucificado y San Pablo, decapitado. Este último, en un principio había perseguido a los cristianos, pero luego se convirtió en uno de los más fervorosos apóstoles.

Desde entonces se sucedieron las persecuciones hasta contabilizar una decena, todas ellas caracterizadas por una gran crueldad.



La primera (54-68), ya mencionada, se inició durante el reinado de Nerón y continuó con sus sucesores, Galba, Vitelio, Vespasiano y Tito.
La segunda (89-96), llevada a cabo por Domiciano, que se destacó por la forma de exterminio de todos los cristianos.
La tercera (98-117), que tuvo lugar durante el reinado del español Trajano, que consideraba criminal a la profesión del cristianismo.
La cuarta (164-180) efectuada en tiempo de Marco Aurelio.
La quinta (193-211), ordenada por Septimio Severo.
La sexta (235-238), realizada por Maximiano.
La séptima (249-251), ejecutada por Decio.
La octava (253-260), propiciada por Valeriano.
La novena (275), originada en un nuevo edicto de Aureliano.
Y finalmente, la décima (303-313), en tiempos de la tetrarquía, originada en un decreto de Diocleciano.

Los primeros cristianos dieron pruebas de lealtad al emperador, pero rechazaron ofrecer sacrificios a los dioses para obtener su salvación. Del rechazo de estos sacrificios, que los cristianos consideraban como actos de idolatría, surgieron las persecuciones. No obstante, fueron muchos los que aceptaron realizar dichos sacrificios o bien obtuvieron certificados de que los habían hecho (libelos), y, por lo tanto, renegaron de su fe. Estos últimos recibieron el nombre de libellatici. Posteriormente, pasado el período de las persecuciones, la integración de estos perjuros en la iglesia cristiana originará numerosos cismas.

Los mártires
Tal vez algunos hermanos, que desconocen la lengua griega, ignoran cómo se dice en griego testigos, siendo como es nombre usado y venerado por todos. Porque lo que en latín decimos testes se dice en griego martyres.

¿O en qué boca de cristiano no suena todos los días el nombre de los mártires? y plega a Dios que no sea sólo nuestra boca la que lo pronuncie, sino que more igualmente ese nombre en nuestro corazón.

elogios importantes para la mujer

De modo que imitemos los sufrimientos de los mártires y no los pisemos con nuestros pies. Decir, pues, Juan: Vimos y somos testigos, tanto fue como decir: Vimos y somos mártires. Los mártires, en efecto, sufrieron todo !o que sufrieron por dar testimonio o de lo que ellos por sí mismos vieron o de lo que ellos oyeron, toda vez que su testimonio no era grato a los hombres contra quienes lo daban. Como testigos de Dios sufrieron. Quiso Dios tener por testigos los hombres, a fin de que los hombres tengan también por testigo a Dios.

Epístola de San Martín en Acta de los Mártires


El martirio de Policarpo
La Iglesia de Dios establecida en Esmirna a la Iglesia de Dios establecida en Filomeleón y a todas cuantas establecidas donde quiera, forman parte de la Iglesia santa y católica: que la misericordia, la paz y la caridad de Dios, Padre de Nuestro Seño Jesucristo, nos sean dadas en abundancia.

Os escribimos, hermanos, a propósito de los que han dado testimonio y sobre todo del bienaventurado Policarpo. que con su martirio ha sellado la persecución deteniéndola. Todos los acontecimientos que han precedido su martirio no han sobrevenido sino para permitir al Señor de los Cielos mostrarnos una imagen del martirio según el Evangelio. Policarpo ha aguardado a ser traicionado, como el Señor, para enseñarnos a imitarle, también nosotros, a no considerar cada uno nuestro propio interés, sino ante todo el de los demás. Porque la caridad verdadera y eficaz consiste para cada cual en querer no sólo su salud personal, sino la de todos sus hermanos.

Felices y valientes han sido todos los ejemplos que contamos; han sido según la voluntad de Dios, porque nos hacen atribuir a El, cuyo poder es soberano y universal, nuestro progresos en la piedad. ¿Quién no admirará la intrepidez de esos confesores, su resistencia y su amor a Dios? Estaban destrozados por los látigos hasta el punto de verse la estructura de su carne hasta las venas y las arterias del interior. Sin embargo; se mantenían firmes, aunque los espectadores tenían piedad de ellos y les lloraban. Mas ellos habían llegado a tal grandeza de alma que no se les escapaba un grito ni un gemido. Al verlos, todos comprendieron que en aquella hora de su tortura los mártires de Cristo eran arrebatados de su cuerpo o, mejor, que el mismo Señor les asistía con su presencia.

Por la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos del mundo; en una hora conquistaban la vida eterna. El mismo fuego les refrescaba; el fuego de los verdugos inhumanos; porque tenían ante sí otro fuego que evitar, el fuego eterno que jamás se apagará. Contemplaban con los ojos de su alma los bienes reservados a los que hayan sufrido, bienes tales que el oído no ha escuchado, el ojo no ha visto y el corazón del hombre no ha soñado jamás. El Señor les mostraba estos bienes a ellos, que no eran ya hombres, sino ángeles. Por fin, condenados a las fieras, los confesores tuvieron que sufrir tormentos espantosos. Tendidos sobre los potros, se les infligían toda clase de torturas, a fin de hacerles renegar de su fe por la prolongación de sus suplicios.

Acta de los Mártires

El mayor castigo que los paganos infligían a los mártires era dejar sus cuerpos sin enterrar. Pero antes de esto, les hacían sufrir las torturas más humillantes. En Lyon, abandonaban sus cuerpos a merced de las aves rapaces. En Roma se les arrojaba a las fieras, o se les entregaba a crueles gladiadores. Una joven esclava, Blandina, que fue sacrificada en Lyon, dejó tras de sí una aureola de celebridad por el coraje y la resistencia que demostró ante sus verdugos: tras haber sido flagelada y tener despedazada la espalda, fue expuesta a las fieras, que se la desgarraron todavía más, sin causarle la muerte. Tras haber pasado por una hoguera, fue arrojada como presa a un toro furioso; sin embargo, todavía vivía. Finalmente, para acabar con ella, sus verdugos decidieron degollarla.

La paz religiosa de Constantino
Esta situación va a cambiar en el año 311. El emperador Galeno, gravemente enfermo, se da cuenta de que las persecuciones no han bastado para quebrantar la fe de los cristianos. Prohibirles su culto significaba impedirles dar gracias a su Dios, o sea, convertirlos en ateos, lo que era aún más perjudicial para el Imperio. A partir de ahí, el cristianismo iba a convertirse en una religión autorizada. Poco a poco se extiende la tolerancia hacia los cristianos en el conjunto de los dominios imperiales.

En el año 313, Constantino promulga el edicto de Milán, que supone para la iglesia de los mártires salir definitivamente de sus catacumbas. El mismo emperador fiel a sus propias creencias, adoptó la vez la religión romana y la cristiana y, si accede a bautizarse —hecho que no está totalmente confirmado — no lo hará mas que en el lecho de muerte. Pero, en esas fechas, los cristianos son ya muy numerosos en la corte y, en el 324, el emperador promulga unas leyes que tienen una clara inspiración cristiana.

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