Famosos Amantes de la Historia Amor Masoquista Dolor y Sufrimiento



Famosos Amantes de la Historia – Amor Masoquista – Amor, Dolor y Sufrimiento

Leopold von Sacher-Masoch, «el primer masoquista»:

Masoquismo. Psiquiatría 1-. Estado anormal en el que la excitación la satisfacción sexuales dependen en gran parte de los abusos o el dolor físico sufridos por parte de uno mismo o de otra persona. 2a: La obtención del placer por las ofensas, la dominación o algún mal rito sufrido, 2b: La tendencia a buscar estos malos tratos. 3-. La aplicación a uno mismo de cualquier tipo de tendencias destructivas.

Leopold von Sacher-MasochLas primeras memorias de Leopold von Sacher-Masoch fueron las norias tenebrosas y sangrientas que le contaba su nodriza Handschalos cuentos de Iván el Terrible, de la Zarina negra de Halicz, de Casimiro III, llamado el grande y de su tiránica concubina judía Ester—, cuentos repletos de crueldad y de tormentos, en los que casi siempre el torturador era una mujer dominante y lasciva, y el torturado era un hombre víctima de sus sentimientos.

Durante la infancia de Leopold, su padre fue jefe de policía de Lemberg, la capital de Galitzia, y contribuyó a la educación violenta de su hijo con las historias que contaba en casa. Leopold tenía diez años cuando los terratenientes polacos montaron una revuelta armada contra la aristocracia austriaca.

Tenía doce años, en 1848, el año de las revoluciones, y pudo contemplarlas en las ensangrentadas calles de Praga, donde había sido trasladado su padre.

Las crueldades despiadadas de su tiempo dieron pábulo a su imaginación, y compuso obras de teatro sobre las revueltas, que luego representaba en su pequeño teatro de marionetas. Sus sueños estaban poblados de escenas de ejecuciones y de martirios en los que se veía a menudo prisionero de algún personaje inexorable y demoníaco.

Su vida se hizo aparentemente más tranquila cuando trasladaron a su padre a Graz, en el sur de Austria.

Los Sacher-Masoch se movían entre la mejor sociedad, y Leopold era su orgullo. El muchacho consiguió su doctorado en leyes a los diecinueve años y dio clases de historia en la universidad al año siguiente.

Su mayoría de edad coincidió con la publicación de su Rebelión de Gante bajo Carlos V, una historia excelente, severamente ignorada por sus colegas académicos a causa de su facilidad de lectura y porque se sabía que su autor tenía sólo 21 años, le gustaba el teatro y estaba lleno de ideas locas sobre la libertad universal.

A la edad de 25 años, Leopold había abandonado la historia y el derecho en favor de la literatura. Parecía un joven normal de buena familia, considerable encanto y un prestigio literario creciente. Pero su sofisticación europea ocultaba un remolino de emociones primitivas.



Su subconsciente no estaba poblado por los austriacos educados y civilizados que veía cada día, sino por los campesinos feroces y medio salvajes de su infancia en Galitzia.

La madre de sus sueños, vividos no era el personaje de madonna perfecta que presidía la cíe gante residencia de Graz, sino la hembra robusta, despiadadamente tiránica, aterrorizante de las montañas de los Cárpatos.

Pero una cosa es soñar y otra muy distinta dar vida a los propios sueños a la luz del día. Leopold empezó precisamente a hacerlo consciente de que sus impulsos sexuales se salían de lo normal, se puso a buscar la realización más próxima posible de su ideal: la zarina dueña que le tiranizaría y humillaría, que llegaría de hecho a dañarle físicamente. Porque Leopold había descubierto que el dolor era el preludio necesario del placer.

La primera amante de Leopold fue la bella Anna von Kortowitz, una mujer unos diez años mayor que él, que abandonó a su marido y a sus hijos para vivir con él, pero que fue perdiendo interés en los látigos y las varas.

La relación continuó durante unos cuantos años tormentosos y finalizó cuando el nuevo amante que Leopold le había buscado —porque no podía sentirse satisfecho hasta que ella le traicionara— resultó ser un maleante.

Leopold se había visto obligado a escribir prolíficamente para mantener a Anna en el estilo de vida derrochador que ella exigía.

Descubrió que podía cultivar casi todos los géneros (excepto la poesía, que parece no haber ensayado nunca).

Publicó muchos cuentos a partir de sus experiencias teatrales (había interpretado profesionalmente algunos papeles), luego una segunda historia y finalmente su primera novela.

Había querido a Anna, pero cogió a Fanny Pistor, su siguiente acompañante, como si contratara a una actriz para una gira limitada.

Parte del contrato que firmaron ambos partícipes rezaba así: Don Leopold von Sacher-Masoch da su palabra de honor a la señora Pistor de convertirse en su esclavo y de satisfacer sin reservas durante seis meses todos sus deseos y órdenes.



Por su parte la señora Fanny Pistor no le obligará a cumplir nada contrario a su honor…, le dejará libres también seis horas diarias para llevar a cabo su labor profesional y renunciará a leer su correspondencia o sus composiciones literarias… La señora Pistor, por su parte, se compromete a llevar pieles con la mayor frecuencia posible, especialmente cuando se sienta llena de crueldad…

En un viaje que hicieron a Italia, la señora Pistor viajaba en primera clase, como una baronesa, mientras que Leopold iba en tercera, en calidad de doméstico, y en Venecia, de acuerdo con la fórmula, consiguió engañarle con otro hombre.

Demostró que era exactamente la mujer despótica y brutal que había deseado, y la relación fue realmente todo un éxito.

La obra más conocida de Lepold, La Venus de pieles, fue escrita ni esta época y la exposición detallada que contiene de su filosofía sexual le dio bastante notoriedad.

El hijo del comisario de policía era objeto de muchos chismorrees y recibió sacos de correspondencia escrita por damas anónimas, jóvenes (y no tan jóvenes).

Conoció su futura esposa bajo una farola de una pequeña calle de Graz; ella había acudido, bajo un velo espeso, a recuperar, previo acuerdo mutuo un paquete de cartas comprometedoras que una amiga suya le  había escrito a él.

Se hizo llamar Wanda, como la heroína de su última novela, llevaba un largo abrigo de pieles y se hacía la difícil. Unas semanas más tarde, cuando quedaron por fin solos, se le echó encima con un látigo.

Leopoldo quedó fascinado y aceptó casarse, aunque la ceremonia inicial se hizo en privado: él llevaba frac y corbata blancos y ella, desde luego, iba de pieles.

El matrimonio, formalizado más tarde por una ceremonia pública, duró quince años, pero no fue feliz. Wanda, como antes Anna, no sabía exactamente dónde se había metido.

Era la hija del criado de un noble y lo único a que aspiraba era al nombre socialmente prominente de Sacher-Masoch y a la vida de esposa de un intelectual, que suponía envidiable.



No había previsto que este intelectual le pediría que le azotara cada día con un látigo con clavos o que se pondría pesado pidiéndole que cogiera un amante.

A pesar de estar embarazada la mayor parte del tiempo, su marido continuaba presentándole un rosario de amantes en potencia, con la esperanza siempre optimista de que el último fuera un éxito.

Finalmente, al cabo de los años uno de los candidatos —un tal M. Armond, alias Jacques Ste. Cére, alias Jacob Rosenthal— se la llevó.

Mientras tanto, a pesar de todo, Leopold continuaba escribiendo. Aunque hoy en día se le lee poco, fue un personaje prominente de su época, y el 25 aniversario de la publicación de su primera obra se conmemoró de modo formal en Graz, y dio lugar a ceremonias públicas en Lemberg, Praga y Leipzig.

elogios importantes para la mujer

Por aquel entonces estaba viviendo con una joven alemana muy de su casa llamada Hulda Meister.

Se casaron después, y ella continuó cuidándole lealmente cuando el delicado equilibrio de su mente empezó a fallar. Al final lo envió calladamente a un manicomio, tras haber sufrido de su parte varios intentos de estrangularla.

Oficialmente había fallecido y se le lloró de modo digno, pero de hecho vivió diez años más, durante los cuales el neurólogo y psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing se enteró de los pormenores de su vida y llamó al tipo de aberración que el enfermo representaba «masoquismo».

Ver: Sadismo y Masoquismo

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