Biografia de Gounod Charles Compositor Musico Vida y Obra



Biografia de Gounod Charles Compositor

Charles Gounod (1818-1893), compositor francés de ópera y música religiosa, su obra más conocida es la ópera Fausto (1859). Nació en París. Estudió en el conservatorio de la capital francesa con Jacques Halevy y Jean François Lesueur y en 1839 ganó el Grand Prix de Roma, que le permitió estudiar en Italia.

Allí analizó las obras de compositores anteriores de música religiosa y compuso una Messe Solennelle (1841) y un Requiem (1842).

Biografia de Gounod Charles compositor

GRANDES COMPOSICIONES DE CHARLES GOUNOD

OPERAS: Safo, Ulises, La monja ensangrentada, El médico a palos, FMemón y Baucis, La reina de Saba, Mireille, La paloma, Cinco de marzo, Polyeucte, El tributo de Zamora, Romeo y Julieta, Fausto.

Otras composiciones :

Alrededor de 40 canciones sacras, incluso el famoso Na-zaret.
Más de 200 canciones.
2 Sinfonías.
3 Cuartetos para instrumentos de cuerda.
Meditación, basada en el Primer preludio de Bach.
Funeral, Marcha fúnebre de una marionetta.
Misa en Sol.
Misa de Santa Cecilia.
Redención.
Mors et vita.
Réquiem.

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Cuenta la historia que Gounod no era un niño malo, pero en vez de atender a las lecciones, garabateaba música en sus cuadernos de latín.

Cuando su maestro trataba de explicarle un problema de aritmética, Gounod tarareaba trozos de ópera. Su madre, temiendo por el porvenir del niño recurrió a M. Poir-son, director del pensionado.

—Quédese tranquila, madame Gounod —le dijo el director—, su hijo no será músico.

M. Poirson se había trazado un plan para curar a Gounod de su «mala» costumbre, y, con este fin, le llamó a su despacho.



—¿Así que quieres ser músico, muchacho?.

—Sí, señor.

—Muy bien; entonces toma este poema y ponle música.

Gounod tomó el poema y lo miró. «Sin rumbo, desde los umbrales de la infancia. . .» Linda cadencia. Levantó su vista del poema y se halló frente a la sarcástica cara del maestro. «Haré lo que pueda, señor.»

Dos horas más tarde Gounod volvió con la partitura musical.

—Aquí está, señor, espero que le guste. M. Poirson, asombrado, miró la partitura. —Ven, Carlos, cántala.

Gounod la cantó con voz clara y segura. Cuando hubo terminado las lágrimas asomaban a los ojos del maestro. Le atrajo hacia él y le besó.

—Tienes razón, hijo mío; tu carrera es la música.

La madre de Gounod aceptó con gran disgusto que su hijo siguiera la carrera musical. No es que no le gustara la música, ni mucho menos. En realidad, madame Gounod, era una pianista consumada, y fue ella misma la que enseñó a su hijo las primeras lecciones de piano.

Pero le aterrorizaban las tristes perspectivas que ofrecía la vida de un artista. Y no le faltaba razón.



Su esposo, Francisco Luis Gounod, había sido un pintor distinguido; distinguido y pobre. Tan pobre que, al morir, dejó a su mujer desamparada con dos hijos, Urbano y Carlos.

Cuando murió su padre, Carlos, el más pequeño de los dos hermanos, sólo tenía cinco años. Pero este niño tenía en sus venas sangre de músico. Su abuela materna, había sido cantante y compositora.

Desde su más tierna infancia, el pequeño Carlos hizo patente el talento musical que había heredado. «Es la voluntad de la Providencia», dijo a su madre, y se resignó ante lo inevitable.

Gounod había logrado lo que deseaba. Los estudios de armonía y fuga se sumaron a los demás. Pero cuando se le permitía aproximarse a su primer amor, comenzó a mostrar mayor aplicación en el estudio de los clásicos. Y así, a los dieciocho años, recibió con honores el título de Bachiller.

Su objetivo inmediato era el Premio de Roma. La obtención de este premio, implicaba la educación musical gratuita en Villa Médicis.

Gounod trató dos veces consecutivas de obtener este premio, pero fracasó.

Sin embargo, perseveró «pues este premio es un asunto de vida o muerte para mi futura carrera». Por fin, en un tercer intento, obtuvo éxito.

Gounod llegó a Roma el 27 de enero de 1840, pasó tres años felices en Villa Médicis, componiendo, practicando en el piano —»tengo exactamente el número de «dedos» necesarios para tocar aceptablemente», decía.

Además de su amor por la música, en el joven Gounod se había despertado otra pasión: la pintura.

La pintura, sin embargo, era sólo una amante accidental, aunque encantadora, de Gounod. Durante toda su vida permaneció «fiel» a la música.



Durante su permanencia en Roma, Gounod asistía todos los domingos a los oficios religiosos de la Capilla Sixtina, gozando sus ojos con los frescos de Miguel Ángel, y sus oídos con las misas de Palestrina.

Y bajo la influencia de este compositor, Gounod escribió su misa, composición que se exigía a todos los pensionados en Villa Médicis.

Poco tiempo después de su llegada a Villa Médicis, Gounod trabó conocimiento con Fanny Hensel, inteligente hermana de Félix Mendelssohn, que pasaba sus vacaciones en Roma.

Completados sus estudios en Roma, Gounod marchó a Viena. En esta ciudad se dio a conocer en los círculos musicales. Gounod no era de esos que mantienen ocultas sus luces—, y el presidente de la Sociedad Filarmónica le encargó que escribiera un Réquiem para el Día de Difuntos, que se iba a celebrar seis semanas más tarde.

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«¿Está usted seguro de que podrá terminar la obra en tan corto plazo? —le preguntó el presidente—. Trataré —le respondió Gounod, en un tono que quería decir «puedo». Gounod emprendió el trabajo y lo terminó. El Réquiem se tocó el día señalado ante el asombro y el encanto de los amantes de la música de Viena.

Viajó luego a Berlín, inmediatamente después de su llegada, Gounod cayó enfermo, y al médico que le asistió —recomendado por la familia Hensel— le dirigió el siguiente ultimátum: «Señor, yo no me puedo permitir el lujo de estar enfermo, a no ser por muy poco tiempo. Le doy a usted dos semanas de plazo para que me entierre o me cure».

El médico aceptó el desafío, y a las dos semanas, Gounod viajaba a Leipzig.

Mendelssohn le recibió cordialmente, y ejecutó el Réquiem, de Gounod, en una audición especial. Al terminar ésta, Mendelssohn felicitó a Gounod: «Querido amigo —le dijo—, esta composición me recuerda las de Cherubini».

—Muchas gracias —replicó el joven compositor—. Algún día espero escribir una que le recuerde las de Gounod.

Gounod salió de Leipzig en la primavera de 1843. Y después de haber cambiado dieciséis veces de diligencia, y de un viaje ininterrumpido de cuatro días y cuatro noches, que le resultó más fatigoso a causa de su reciente enfermedad, llegó a París, pálido y extenuado, pero desbordante de ambiciones.

Un viejo amigo de la familia, el abate Dumarsais, le ofreció un puesto de organista en su iglesia. Gounod aceptó el ofrecimiento con la condición de que se le dejara entera libertad en la elección del programa musical.

Durante algún tiempo se sintió inclinado a ingresar en el sacerdocio, pues su naturaleza mística prevalecía, a veces, sobre sus ambiciones, incitándole a una vida de sacrificio.

Un día pensó, basta de misas para los muertos: ahora voy a escribir óperas para los vivos. Gounod comenzó a buscar un libretista y lo halló en la persona de Emile Augier.

Juntos comenzaron a trabajar en la tragedia pagana Safo, extraño tema para un hombre que hasta hacía poco había estado poseído por un hondo misticismo cristiano. Pero su paganismo no era más que el reverso de la moneda de su misticismo. Safo se representó el 16 de abril de 1851 con gran éxito artístico, pero fue un fracaso económico.

Alentado por las críticas, más que por los ingresos que había obtenido en su primera tentativa, Gounod pidió la mano de la hija de uno de los profesores del Conservatorio.

Poco tiempo después de casarse, compuso otra ópera, La nonne sanglante (La monja ensangrentada). La ópera, como su título, era sentimental, melodramática, irreal. Trataba del período de las Cruzadas en tiempos de Pedro el Ermitaño.

Al público no le interesó ni el período, ni el tema de la ópera, y después de once representaciones fue retirada de la escena, sin que, hasta la fecha, se haya vuelto a representar.

Desalentado por su fracaso en el teatro, Gounod escribió dos sinfonías (en Re y en Mi bemol), y luego se sintió dominado una vez más por el misticismo.

Compuso un oratorio basado en el relato bíblico de Tobías el ciego y luego se recluyó en el campo y vivió como un ermitaño, escribiendo la Misa de Santa Cecilia. Su único recreo mientras componía esta misa consistió en la lectura de San Agustín, penitencia que se impuso por su dedicación al teatro pagano.

Cumplió su penitencia. . . y retornó al teatro con una ópera cómica, deliciosa versión de la comedia de Moliere Le Médecin malgré lui (El médico a palos). La ópera tuvo un éxito inmediato, y el mundo volvió nuevamente sus ojos hacia Gounod.

También Gounod volvió de nuevo sus ojos hacia el mundo y se puso a pensar en un tema que interesara a todos. Algo que pudiera hacerse popular y que, a la vez, le incitara a realizar un supremo esfuerzo artístico.

¿Dónde podría encontrar esa clase de argumento? Debía ser un tema terrenal y, sin embargo, con un fondo religioso; una historia de pasión y compasión, un drama épico de pecado, sufrimiento y redención; un cuadro panorámico de la miseria de la Tierra, del castigo del Infierno, y de la gloria del Cielo.

En toda la literatura no había más que una historia única de este género: el drama inmortal de Goethe sobre Dios, el Hombre y el Demonio.

Gounod escribiría una ópera sobre Fausto. Cuando se representó Fausto por primera vez, el 19 de marzo de 1859, Gounod tenía cuarenta y un años.

Sin embargo, Fausto no tuvo éxito en los primeros tiempos. La música —según algunos críticos— era demasiado sosa, y se recomendaba, además, la exclusión del episodio del jardín y el coro de los soldados, dos de las joyas más resplandecientes de esta partitura musical.

El público pensaba de otra manera. Después de un comienzo incierto, la ópera se colocó rápidamente en un lugar destacado entre los éxitos artísticos de gloria duradera.

De nuevo el compositor se fue al campo huyendo de las distracciones de la ciudad. Tomó el nombre de «M. Carlos» para permanecer en el incógnito, y se instaló en una pequeña finca blanca situada en Saint-Rémy del Ródano.

Fue en este lugar donde Gounod compuso algunas de sus óperas más inspiradas, después de Fausto, Filemón y Baucis, La reina de Saba, Mireille y esa «impecable obra maestra» que fué aclamada hasta por los críticos: Romeo y Julieta.

Después de haber llegado al apogeo de su gloria, Gounod cayó repentinamente en desgracia.

Nuevamente en París, después de la derrota de Francia de 1870, huyó y se fue con su familia a Inglaterra, donde se le recibió con el mayor entusiasmo.

Entre los que le invitaban a su mesa figuraba una joven aventurera, Georgina Weldon, que cegado por la dulzura de su adoración, Gounod la nombró su secretaria, su consejera, es decir, administradora única, firmando la cesión de todos sus derechos a esta fascinadora .

Mrs. Weldon, al perder a Gounod, se negó a entregar sus composiciones, especialmente Polyeucte, su ópera más reciente, cuya única copia tenía ella. Después de varias tentativas infructuosas para que le devolviera la música, Gounod logró copiar de memoria la ópera entera.

Georgina Weldon tenía otra carta por jugar, la carta del triunfo. Demandó a Gounod por ciento cincuenta mil dólares. El juicio duró diez años, minando la fortaleza y la energía creadora de Gounod. En el transcurso del juicio Mrs. Weldon fue condenada a prisión por difamación criminal contra otro hombre. Pero esto no benefició en nada a Gounod. El tribunal, inglés falló contra él y a favor de Mrs. Weldon, condenandolé al pago de cincuenta mil dólares.

Desalentado por este golpe, Gounod se refugió nuevamente en el misticismo; y esta vez permaneció en él hasta el fin de sus días.

Arregló su salón de música a la manera de una capilla, con un gran órgano, y allí permanecía horas enteras, tocando las cantatas religiosas de Bach, «el maestro de los maestros».

En esa época escribió su obra maestra: Mors et vita (Muerte y vida). En el prefacio de esta obra, Gounod explica las razones que tuvo para anteponer la palabra muerte a la palabra vida.

Antes de morir, Gounod comenzó otra obra religiosa: un Réquiem. Pero no la terminó jamás.

Cierta tarde de otoño de 1893, hallándose trabajando en esta obra, Gounod reclinó su cabeza sobre el escritorio. «¡Silencio! —dijo su esposa a los que la rodeaban— no le molestemos. Está dormido …»

«La muerte —había dicho Gounod—, es el comienzo de la vida.»

Fuente Consultada: Grandes Compositores por H. Thomas y Lee Thomas Editorial Juventud Argentina

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