Biografia del Papa Pio IX Resumen de su Obra Concilio Vaticano I



Biografía del Papa «Pio IX»
Resumen de su Obra Concilio Vaticano I

El Papa Pío IX (1792-1878) era el «Papa del pueblo», un Papa encantador… Le gustaba pasearse por Roma conversando y bromeando con quienes se topaba en el camino. A él le debemos la costumbre de las multitudinarias audiencias papales que se llevan a cabo en nuestros días. Pío IX quería que la gente de distintas partes de este mundo fuese a conocer al Santo Padre. Fue quien promovió la devoción personal al Papa. A pesar de esto, podemos afirmar que este Papa fue de los más controvertidos en la historia del papado. «Pío Nono» tan odiado como amado.

Habiendo ejercido el papado más largo de la historia, treinta y dos años, fue el, tuvo amplias oportunidades de desilusionar a los liberales y frustrar sus esperanzas. Enarboló las ideas de los conservadores con firmeza hasta su muerte, a la edad de ochenta y seis años.

El Concilio Vaticano I fue convocado por Pío IX y se reunió noventa y tres veces en la basílica de San Pedro de Roma, entre el 8 de diciembre de 1869 y el 1º de septiembre de 1870. A él asistieron ochocientos obispos, la mitad de ellos representando diócesis europeas y muchos otros como miembros de misiones europeas en el exterior.

Aunque fue un concilio interno de la Iglesia católica. se invitó a Roma a representantes de las Iglesias ortodoxa y protestante. Todos los debates fueron presididos y dirigidos por cardenales nombrados por el Papa y entre los temas discutidos, aunque no se tomaron resoluciones sobre ellos,se encontraban la adopción de un catecismo universal y nuevas normas de disciplina sacerdotal.

En el Concilio Vaticano I se promulgaron dos importantes constituciones Deifilius (24 de abril de 1870), que exponía la doctrina católica romana sobre fe y razón, y Pastor aeternus (18 de julio de 1870), donde se afirmaba como principio esencial de la doctrina católica romana que el Papa tiene primacía jurisdiccional sobre toda la Iglesia y que, en condiciones particulares, Dios le otorga la infalibilidad en materias de fe y moral.

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A mediados del siglo XIX, la Iglesia católica experimentó un notable renacimiento espiritual,  además de evangelizador coincidiendo con el pontificado de Pío IX, el más largo en toda la historia papal (1846-1878). Pío IX, además, habría de convertirse en uno de los papas más amados y odiados que haya pasado por la curia romana.

Giovanni María Mastai Ferretti nació el 13 de mayo de 1792 en Senigallia estudió en Volterra y en Roma. Pío VII le nombró director espiritual del orfanato Tata Giovanni de Roma; después le envió como auditor del delegado apostólico ante Chile y, a su regreso, León XII le nombró canónigo de San María en vía Lata, director del gran hospital San Miguel y, más tarde, arzobis po de Espoleto.

Ahí, cuando en 1831 cuatro mil revolucionarios escapando del ejército austríaco amenazaron Espoleto, el obispo Mastai les convenció para que depusiesen las armas y se dispersasen; hizo que el comandante austríaco le perdonase, y les dio suficiente dinero para regresar a sus hogares. Gregorio XVI al tiempo que le nombraba cardenal, le transfirió a la diócesis de Imola.

Quince días después de la muerte de Gregorio XVI, cincuenta cardenales se reunieron en cónclave en el Quirinal. Como habitualmente, se hallaban divi didos en dos bandos: los partidarios de mantener un dominio absolutista en gobierno temporal de la Iglesia y los que deseaban reformas políticas moderadas. Al cuarto escrutinio, el 21 de junio de 1846, el cardenal Mastai, propuesto por los cardenales de espíritu más liberal, recibió tres votos más de los requeridos, aceptó la elección y tomó el nombre de Pío IX.



Dotado de un gran carisma y simpatía personal, Pío IX inició su pontificado con un programa de reformas que duró hasta los procesos revolucionarios de 1848, que le hicieron creer que la democracia y el liberalismo no podían conducir sino a la revolución y la destrucción. A partir de entonces, concedió todo su apoyo a las monarquías imperantes en su lucha contra los liberales e insurgentes.

La recién unificada nación italiana se anexionó en 1861 los Estados Pontificios y, en 1870, la misma ciudad de Roma, algo que Pío IX nunca llegó a admitir. El gobierno, no obstante, le concedió el derecho de nombrar a los 237 obispos con que contaba Italia por aquel entonces (una cifra superior a la de cualquier otro país). Esta prerrogativa, unida al enorme aumento del número de obispos para las misiones, hizo que el papa tuviera un enorme peso específico en e nombramiento de las principales autoridades espirituales de la Iglesia.

En el siglo VIII, el rey de los francos, Pipino el Breve, donó al Papa muchas de las tierras que había conquistado, con el propósito de proteger el papado de las tribus bárbaras. Estas tierras se conocieron a través de los siglos con el nombre de Estados Pontificios. Un ejército papal estaba encargado de protegerlos. Poco a poco, siglos después, estas tierras fueron devueltas a Italia; sólo se conservan el Vaticano y algunas iglesias y palacios en la ciudad de Roma.

En un principio los liberales aplaudieron cuando se enteraron de que Pío IX había sido electo. En realidad, lo malinterpretaron desde el comienzo. Pío nunca fue liberal, fue a lo sumo un conservador iluminado.

Sus primeras resoluciones tuvieron un tinte liberal: decretó la amnistía para los presos políticos en los estados papales; creó una suerte de gobierno representativo en el que los laicos tenían jurisdicción sobre algunos asuntos, y levantó la censura en las noticias políticas (pero no las eclesiales). Por otra parte, retuvo el poder absoluto de veto, y no aprobó la libertad religiosa, prohibiendo a los judíos residentes en los estados papales la misma libertad política que a los católicos.

Los acontecimiento políticos que se sucedieron pronto hicieron retractar al Papa de estas medidas tentativas. Los líderes del Risorgimento, un movimiento tendiente a unificar los estados italianos en una sola nación, querían liberar a los estados del norte de Italia del dominio de Austria. El parlamento papal le declaró la guerra a Austria, pero el Papa vetó esa decisión ya que no estaba dispuesto a aceptar el enfrentamiento con una nación católica.

Los italianos se disgustaron por la decisión tomada por el Papa. Las hordas salieron en protesta a las calles de Roma y asesinaron ai primer ministro. Manifestantes armados rodearon el palacio papal y le apuntaron con un cañón.

Pío IX se escapó a Gaeta haciéndose pasar como sacerdote de una parroquia y se alojó en un pequeño hotel. Garibaldi, el líder del Risorgimento, entró en Roma y la declaró una «República». Esto sucedió en el año 1848, dos años después de la elección del Papa.

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PÍO IX BENDICE LAS TROPAS DEL REY DE NAPÓLES, 1849
Al convertirse en papa, Pío IX apareció como un político liberal que a una revolución sangrienta, apoyó al emperador de Austria y el rey de
habría de contribuir a la unificación de Italia. Lejos de hacerlo, en su Napóles, quienes abortaron el primer intento de reunificación del país, creencia de que el liberalismo y la democracia tan sólo podían conducir lógicamente, la popularidad del papa cayó en picado.



Una coalición de diplomáticos europeos se reunió para encontrar la forma de reinstalar al Papa en Roma. Apoyaron una fuerza de expedicionarios franceses que recapturaron exitosamente la ciudad y se la devolvieron a Pío IX. Si el Papa demostró en algún momento alguna simpatía por los liberales, ésta había dejado de existir; para él, el liberalismo se convirtió en sinónimo de persecución a la Iglesia.

Camillo Cavour y su plan del Piamonte confirmaron las creencias del Papa. Cavour, el cabecilla de los liberales de la norteña provincia italiana del Piamonte, abolió las órdenes religiosas y despojó a la Iglesia de todo su control sobre la educación. Su ambición era unificar Italia bajo el dominio del reino de Saboya. Comenzaría tomando los Estados Pontificios, aunque planeaba dejar al Papa quedarse con Roma.

Hacia 1860, Cavour se había apoderado de los Estados Pontificios (aunque los franceses seguían manteniendo Roma bajo el dominio del Papa). El diplomático le pidió al Papa que renunciara a su soberanía sobre estos estados y, a cambio, el gobierno italiano le reconocería sus derechos sobre el Vaticano y los palacios y galerías papales, se comprometería a no intervenir en el nombramiento de obispos y pastores, pagaría sus sueldos y contribuiría con los fondos que necesitase el Papa para sus tareas.

La Iglesia tendría nuevamente la libertad para enseñar (esta proposición de Cavour a Pío IX en 1860 era casi la misma que le hizo Mussolini a Pío XI en 1929 y que fue aceptada en el tratado de Letrán).

Por un lado, Pío IX estaba de acuerdo con la proposición, puesto que creía en la unificación de Italia y simpatizaba con el objetivo del Risorgimento. Pero, por otro, se le creaba un gran dilema ya que no podía concebir ningún tipo de poder en manos de los liberales, que eran ateos y seculares. Más aún, pensaba que la voluntad de Dios era que los Estados Pontificios permanecieran en sus manos, así que la respuesta a Cavour fue negativa.

INFALIBILIDAD Y POPULARIDAD: La diplomacia nunca fue uno de los fuertes de Pío IX, tal como demostró en 1864 con la publicación de la encíclica llamada Syllabus errorum, donde condenaba con dureza los excesos del mundo moderno.

El Concilio Vaticano I, celebrado en 1870, culminó con la definición de la infalibilidad pontificia, ante la que los protestantes adoptaron una actitud bastante reservada, cuando en realidad dicha definición no respondía sino a dos firmes pilares del credo católico: la convicción de que el Espíritu Santo guiaba a la Iglesia a través de la figura del papa y, por consiguiente, iluminaba a este último de modo que no incurriese en ningún error contrario al dogma de la fe.

A pesar de granjearse las antipatías de los políticos liberales y los protestantes, Pío IX supo en cambio atraerse el cariño y el respeto de la inmensa mayoría de los católicos en un grado desconocido hasta la fecha.

Además, gracias a la expansión de los periódicos y los libros económicos así como a la mejora de las técnicas de impresión durante la década de 1860, la imagen del papa, remota y distante hasta entonces, se hacía mucho más próxima. Muchos creyentes, incluso, pudieron llevarse a sus hogares una estampa con su imagen.

Mientras tanto, continuaba el renacimiento espiritual en el seno de la Iglesia católica, sobre todo en Francia. El papado, lógicamente, favoreció este auge v, de rebote, vio reforzada su autoridad moral. Se crearon docenas de nuevas órdenes religiosas. Así, hacia 1877 había tan sólo en Francia cerca de treinta mil religiosos y ciento treinta mil religiosas.



Un nuevo estilo de papado: Los vaivenes de la historia beneficiaron al Papa más de lo que él hubiera imaginado en esos tiempos. En el momento en que sus poderes políticos se esfumaron, resurgieron sus poderes espirituales. De ser monarca temporal de un pequeño principado italiano, se convirtió en líder espiritual del mundo.

En teoría, los Papas siempre tuvieron ese papel, pero, en la práctica, no era tan así; los aristocráticos obispos locales conservaban mucho poder dentro de las monarquías y supervisaban la influencia papal en los asuntos diocesanos de cada lugar.

La caída del poder político papal dio lugar a la aparición del poder espiritual del sucesor de Pedro. Una tendencia denominada «ultramontanismo» (literalmente, «más allá de las montañas») contribuyó a su desarrollo. Este movimiento se centró en Francia, en el país «más allá de las montañas», al norte de los Alpes. Los ultramontanos tenían su mira puesta en Roma, eran católicos fieles al Papa. ¿Cuáles eran sus motivaciones?. Muchos eran políticamente conservadores y veían en el Papa una defensa ante las ideas revolucionarias.

Esta movida hacia una centralización había comenzado con el Concordato de 1801 entre el papa Pío VII y Francia, donde se pedía la renuncia de todos los obispos franceses. Desde entonces, el Papa podía elegir sus propios representantes. Ellos debían responderle sólo a él y no a los nobles locales o al rey de Francia. Al mismo tiempo, Pío IX pidió a los párrocos que acudieran en su ayuda ante cualquier arbitrariedad de los obispos.

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El ultramontañismo, que significa literalmente «más allá de las montañas», pretendía dotar al papa de una mayor autoridad y fue el movimiento más influyente dentro del catolicismo durante todo el siglo XIX. frente a los que sostenían tal postura, estaban aquellos que reivindicaban una mayor autonomía de las Iglesias nacionales en detrimento del poder papal. La definición de la infalibilidad papal, por mucho que ésta se redujera
a cuestiones relacionadas con la fe y la moral, supuso una gran victoria para los ultramontanos. Así, aunque el papa no estaba autorizado para crear nuevas doctrinas, gracias a la iluminación constante del Espíritu Santo tenía toda la autoridad moral para hacer explícito lo que Dios había transmitido de forma implícita a través de las Sagradas Escrituras.

Así el Papa, que estaba políticamente acotado, se convertía en el centro de una serie de fuerzas nuevas. Abogó por las causas de los conservadores que odiaban al liberalismo, logró la lealtad de los obispos nombrándolos personalmente y también se alió con los clérigos de las parroquias (y con los feligreses a su vez). En las audiencias lo rodearon miles de peregrinos que volvían a sus casas felices por haber visto al Papa, y algunos, hasta de haber podido saludarlo y tocarlo.

Pío IX logró hacer del papado una fuerza espiritual internacional, como ningún otro Papa había podido hacerlo. Se convirtió en la única figura regente, en una fuerza sagrada internacional en la cual convergían todos los católicos del mundo. Cuando el orden antiguo llegaba a su fin, el Papa encabezó un movimiento de fe que podríamos llamar: «el triunfalismo para las multitudes

El rol del Papa nos es tan conocido que olvidamos que no siempre fue de este modo. En verdad, es a Pío IX, y a sus treinta y dos años de construcción de una nueva imagen de papado, a quien le debemos este reconocimiento.

El 7 de febrero de 1878, a las cinco y cuarenta y cinco minutos de la tarde moría dulcemente el papa Pío IX.

Hubo consternación general. Se olvidaron por cierto tiempo las críticas que algunos habían considerado un deber dirigir contra la política religiosa seguida durante treinta años.

Los problemas que había dejado sin solucionar no desaparecieron con él. Pío IX deja al morir una Iglesia más fuerte interiormente, pero aislada ante la hostilidad general de los gobiernos y de la opinión pública. Mal aconsejado por los que le rodeaban, no logró adaptar la Iglesia a la profunda evolución política que transformó completamente la organización de la sociedad civil durante el siglo XIX.

En el plano intelectual, no solamente no logró dar el impulso necesario, sino que, poco enterado personalmente de este aspecto del problema, fue abandonando la dirección y el control de la vida científica en la Iglesia a espíritus demasiado estrechos. Estas lagunas son graves. Y, sin embargo, a los ojos del historiador, el balance del pontificado es favorable. En primer lugar, la Iglesia se ha desarrollado y afirmado exteriormente.

La expansión misionera ha proseguido. El Concilio Vaticano derrotó definitivamente las tendencias particularistas dentro de la Iglesia. De este largo pontificado, la Iglesia sale sensiblemente más religiosa. Pío IX, más allá de la salvaguarda integral de la doctrina y de la defensa de los derechos de la Iglesia, tiene conciencia de ser igualmente responsable ante Dios de la vida cristiana de los fieles.

Al principio del pontificado quiso hallar un justo medio entre el fanatismo de los papistas y la apertura de los liberales. No obstante, le faltaba amplitud de visión y firmeza de ánimo para sostener tan difícil equilibrio.

Fue débil en momentos de crisis. Aceptó que la esencia del liberalismo era anticristiana y que la democracia estaba envenenada en sus fuentes. Se encastilló en la fortaleza de la intransigencia y perdió el contacto con la realidad, ignorando las exigencias de los tiempos.

Cazado en complejos de inferioridad por el fracaso de sus propósitos iniciales, refugiado en un seudomisticismo arbitrario, esperaba que un milagro solucionase los duros conflictos que le cercaban, para dar la victoria final a la Iglesia; en esta victoria incluía la salvación de los Estados pontificios.

Confundía este fatalismo con el abandono cristiano a los planes divinos. Promotor de vida espiritual, político desconcertado, Pío IX se vio empujado por los acontecimientos a tomar posturas de intransigencia opuestas a la inclinación bondadosa de su espíritu, provocando en él un desequilibrio que influyó negativamente en su carácter. Éste es el drama personal de Pío IX, su grandeza y su debilidad.

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El Syllabus de los errores formó parte del papado de Pío IX. Fue un apéndice de la encíclica Quanta Cura y condenaba ochenta tesis atribuidas a los pensadores modernos de esa época, incluyendo el panteísmo, la libertad religiosa, el racionalismo, la posición socialista con respecto al derecho de propiedad privada, la negación del poder temporal del Papa, el sometimiento de la familia al estado, la libertad de prensa y la división entre la Iglesia y el estado. Numerosos católicos y muchos cristianos comprometidos tuvieron una desilusión grande con este Syllabus ya que contenía un listado de errores y sus condenas, sin ninguna explicación del contexto.

Como parecía carecer de comprensión hacia las nuevas corrientes de pensamiento, motivó la polarización entre los elementos liberales y conservadores dentro de la Iglesia. En la conclusión del Syllabus, Pío IX refuta la idea de que «el Sumo Pontífice puede y debe reconciliarse con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna». Muchos consideran que éste fue el origen del ultramontanismo conservador.

Fuente Consultada:
Hitos en la Historia de la Iglesia – Editorial Lumen – Alfred Mc Bride

Forjadores del Mundo Contemporáneo – Tomo I- Entrada: Papa Leon XIII, «El Papa de los Obreros» – Editorial Planeta
Historia de los Papas – Luis Tomas Mejgar Gil – Editorial Libsa
Historia del Cristianismo 2000 años de Fe Editorial La Isla

Ver:Doctrina Social de la Iglesia

Ver: Biografía del Papa Leon XIII

 

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