Biografía de George Clemenceau Visita Argentina en el Centenario



George Clemenceau: Para el Centenario – Mirada Extranjera

George Clemenceau

Comentarios de George Clemenceau cuando
visitó Argentina para su Centenario en 1910.

Biografía de Clemenceau, Georges. Escritor, periodista y político francés, nacido en Mouilleron-en-Pareds, Vendée, en 1841. Cuando estudiaba Medicina, el encarcelamiento de su padre —republicano radical— le desvió hacia la política.

En 1865 marchó a Estados Unidos y envió a periódicos franceses artículos sobre el país, especialmente cuando su padre dejó de enviarle dinero al saber que pensaba fijar su residencia en Norteamérica. También dio clases de francés, contrayendo matrimonio con una de sus alumnas, Mary Plummer, en 1869. A su regreso a Francia fue nombrado alcalde del distrito de Montmartre, París, durante la Guerra Franco-Prusiana y el sitio de París (1870-71).

Pronto formó parte de la Asamblea Nacional, donde votó en contra del tratado de paz con Alemania y fracasó en un intento de mediar entre la Commune y el Gobierno republicano. Abandonó sus puestos de alcalde y de miembro de la Asamblea Nacional, aunque en seguida era elegido para el Consejo Municipal.

En 1876 ingresó en la Cámara de Diputados y se convirtió en el jefe de la extrema izquierda. Fue ardiente republicano y anticlerical. Se le apodó «el Tigre» por haber obligado a dimitir al presidente de la República en 1887. Tres años después fundó el periódico radical «La Justicia».

En1893 perdió su cargo de diputado por suponérsele implicado en el escándalo del Canal de Panamá. Se puso a escribir ensayos, novelas y teatro. En 1897 fundó el diario U Aurore, que durante el escándalo Dreyfus publicó al famoso «Yo Acuso» de Emile Zola.

Clemenceau llegó a manifestar que la defensa del ciudadano Dreyfus entrañaba la defensa de la justicia, la libertad y los derechos del hombre. Fue elegido senador en 1902 y primer ministro de 1906 a 1909, en pleno derrotismo francés en la I Guerra Mundial.

Clemenceau no se dio por vencido y continuó la guerra, consiguiendo que Francia pasara a la ofensiva y que el mariscal Foch entrara a tomar parte en el mando Aliado. En el Tratado de Ver-salles de 1919 exigió garantías para que Francia no volviera a ser víctima de otra invasión germánica. Falleció diez años después.

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SU OPINIÓN…Ciudad cosmopolita y argentina A principios de siglo, más de dos tercios de los trabajadores de nuestro país eran extranjeros, y se concentraban sobre todo en Buenos Aires. La ciudad debía ofrecer un espectáculo fascinante.



Sin embargo, Clemenceau también notó que «si el porteño (…) está más impregnado de cultura europea (…) si los juicios de Europa sobre su país le importan en el más alto grado, si su legítima ambición es que la República Argentina cause buena impresión entre los viejos pueblos de civilización fatigada (…) sería un error singular creer que la frecuentación de Europa, no menos que la filiación, aún próxima, pueda inducir al ciudadano, o hacendado, porteño o estanciero, a subordinar, en sus sentimientos de admiración o de amor, la bella tierra virgen que él fecunda con su labor al viejo continente».

No hay que engañarse: «Mientras que el aspecto de las calles de Buenos Aires es verdaderamente europeo, tanto por la disposición y la fisonomía de todas las cosas cuanto por la dominación de nuestras modas y la expresión de las caras, todo este mundo es argentino hasta la médula de los huesos, exclusivamente argentino».

¿En qué radica esta exclusividad? Para Clemenceau, «lo picante de Buenos Aires es presentarnos, bajo velos de Europa, un argentinismo desatinado. Y lo más curioso quizás es que este patriotismo intratable, que con gusto se atestigua de una manera ofensiva en tantos pueblos que no quiero nombrar, toma aquí aires tan amables, tan candidos me atreveré a decir, que nos dejamos arrastrar bien pronto por el deseo de verlo justificarse».

El orgullo nacional lleva a que los rioplatenses «no contentos de ser argentinos de pies a cabeza, si se dejara hacer a estos diablos de gentes, nos argentinizarían en un abrir y cerrar de ojos».

Esta sensación no es exagerada, y tuvo su prolongación en políticas de gobierno tendientes a incorporar a los miles de inmigrantes a un tronco cultural común. En el terreno social, esta necesidad era más urgente, puesto que «hay insatisfechos sistemáticos que, para realzarse en su propia estima, tienen necesidad de rebajar todo lo que los rodea».

El político francés expresó seguramente la opinión de muchos cuando sostuvo que «a los que no están satisfechos de su permanencia en país extranjero, nada les impide volver a toda prisa a su patria».

Clemenceau nos informa también acerca de los medios para controlar el flagelo del terrorismo anarquista: «Durante una rápida visita que tuve ocasión de hacer al departamento de la policía (…) pude convencerme de que la organización (…) estaba a la vez fuertemente constituida muy bien dirigida por jefes enérgicos contra los factores de violencia». Estos, como también apunta el francés, eran «todos o casi todos extranjeros, por otra parte, a la nacionalidad argentina».

Como curiosidad, señala que «la policía argentina ha perfeccionado y extendido la práctica de la huella del pulgar para identificar a los criminales». El proceso, aunque engorroso, es efectivo: «En primer lugar, toma la impresión de los diez dedos para evitar toda causa de error. Después, partiendo del principio de que puede ser tan útil identificar a un hombre honrado como a un bandido, ha constituido libretas de identidad que ha puesto a disposición del público (mediante una módica retribución) donde se encuentra inscrita la impresión ampliada del pulgar».

La medida estaba siendo implenentada con éxito: «Un agrupamiento de gente a la muerta de la oficina que expide dichas libretas identificatorias indicaba que el público aprecia las ventajas de este documento de identidad. Jóvenes y viejos se prestaban en silencio a embadurnarse los diez dedos con una especie de betún que el agua caliente y el jabón no podían quitar, después de la operación, sino con alguna dificultad».

Reivindicado junto al dulce de leche, las biromes o el colectivo por los defensores a ultranza del protagonismo argentino, el método dactiloscópico también fue parte de «lo que estaba bien»: «la moda exige, según parece, que se vaya a hacer inscribir su pulgar a la policía antes de partir de viaje. M. Güiraldes nos dice que su hijo, que está en Europa, no se embarcó sin haber tomado esta precaución». Y nuevamente la lengua acida del «Tigre» Done las cosas en su lugar, sugiriendo a los anfitriones que deberían poner ciertos límites a su orgullo nativo, y «espetar la prosapia y los logros de los europeos.



No siempre un instante de éxito iguala a centurias de esfuerzos. Ante la eventualidad de accidentes o abusos, la novedosa identificación permitirá al joven evitar «las inconstancias de los elementos, o los gestos poco ceremoniosos de los apaches del viejo continente». 

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