Biografia de Gaudi Antoni Arquitecto Sagrada Familia Catedral



Biografía de Gaudi Antoni Arquitecto Catedral de la  Sagrada Familia en España

Nació el 25 de julio de 1852 en Reus, España, y fue bautizado con el nombre Antón Plácido Guillem. Fue el quinto y último hijo de una familia humilde en la que el padre era fabricante de calderos de Reus. De él heredó la tradición artesanal. Comenzó sus estudios de arquitectura en la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona y aunque allí no demostró ser un buen estudiante obtuvo su diploma en 1878.Falleció en Barcelona el 7 de junio de 1926 atropellado por un tranvía.

GAUDÍ ANTONI Arquitecto de la Catedral de la Sagrada Familia

La señora, bella y elegante, se detuvo, hurgó en el monedero, extrajo de él algunas monedas y se las tendió con seguridad al viejo. Y el viejo, traje ajado, demasiado ancho, el rostro surcado de arrugas, los cabellos blancos, cortos y rizados y la barba sin cuidar, sonrió.

Después, con paso cansado, echó las monedas en la hucha de las limosnas para las obras de la Sagrada

 Familia. El viejo era Antonio Gaudí. Este episodio es auténtico, una de las pocas anécdotas de la vida sin vicisitudes de Antonio Gaudí y Cornet, vida que se consumió prácticamente entre los muros de una sola ciudad —Barcelona-—, donde el futuro arquitecto había llegado a los dieciséis años, en 1869, desde su Reus natal, en la provincia de Tarragona.

Arquitecto español máximo representante del modernismo y uno de los principales pioneros de las vanguardias artísticas del siglo XX. El templo de la Sagrada Familia fue la obra que ocupó toda su vida y que se consideró su principal realización artística, a pesar de que quedó inconclusa y sin un proyecto bien definido. (imagen arriba: Antoni Gaudi)

Sus únicos viajes fueron una visita de estudios a Mallorca y a Carcasona, apenas conseguido el título (1878); una rápida excursión por Andalucía y Marruecos —llevado allí por un cliente— en 1887; retornos a Palma para la restauración de su catedral entre 1902 y 1904, y una breve estancia en los Pirineos para curarse de las fiebres de Malta en 1911.

El proceso artístico de Gaudí evoluciona en fases que se pueden distinguir cronológicamente: una vez finalizados sus estudios en la Escuela Provincial de Arquitectura, realiza sus primeros proyectos en un estilo victoriano, cuya característica más evidente es la contraposición entre las masas geometricas y las superficies, en las que la exuberante decoración se obtiene mediante el empleo de distintos materiales: piedra, ladrillo, mayólica y acero.

Al entrar en la escuela de Arquitectura Gaudí no acepta el academicismo, la estricta copia de los estilos del pasado, y encuentra ciertas dificultades para pasar los exámenes. Sin embargo, se interesa por el pasado histórico de su patria, por la filosofía y el humanismo y asiste a las conferencias que Pau Milá i Fontanals dicta en el Ateneu barcelonés en defensa de la arquitectura gótica.

Con el Centre Cátala d’Excursions Cienttfiques viaja por el sur de Francia. En Toulouse puede ver la reconstrucción que Viollet-le-Duc, uno de los arquitectos a quien más admira, lleva a cabo en Saint-Sernin. Pero al parecer, el espíritu del arquitecto francés, su acentuación de las líneas, su cromatismo no gustan a Antoni Gaudí, que cree que más que reconstruir, Viollet-le-Duc caricaturiza el arte medieval.



Durante los últimos años de su carrera, Gaudí colabora con numerosos arquitectos barceloneses. Parece, sin embargo, un tanto dudosa su supuesta participación en el proyecto del camerín de la Virgen de Montserrat, llevado a cabo por Francisco P. del Villar, e incluso en las obras de la cascada del parque de la Ciudadela, dirigidas por José Fontseré. No ofrece dudas en cambio su colaboración en la iluminación de la desaparecida Muralla del Mar y sus proyectos para la Societat Obrera Mataronina, grupo que va a la cabeza del cooperativismo catalán.

De lo proyectado en Mataró (fábrica, sede social, ciudad-descanso, etc.) sólo se llevó a la práctica un quiosco y una sala de máquinas en la que utilizó como sostén de la cubierta una serie de arcos parabólicos de madera.

Quizá en el Park Güell, más que en ninguna otra construcción, Gaudí conjuga en sí, salvando la especialización que ya ha pasado a ser una premisa de la elevada tecnología constructiva, el carácter de escultor que modela los volúmenes, el que transforma un árbol o la silueta de una mujer en una columna, del pintor que cualifica las formas a través del cromatismo y la luz. Gaudí, además, como un hombre de la Edad Media o del Renacimiento, es también el ceramista y el forjador, no el arquitecto que proyecta, sino el hombre que crea sus obras, sin duda ayudado por grandes colaboradores, como Jujol, que realizó las decoraciones en cerámica de la sala dórica. Bajo este aspecto, Gaudí ha sido considerado como reaccionario al no proyectar en aras de un futuro abandonando cualquier relación con el pasado, y no rendir culto a la estética de la máquina y del hierro, no trabajando para una nueva sociedad. Pero Gaudí entiende la arquitectura como un camino de salvación para el hombre, el arquitecto no es el ingeniero que diseña máquinas para vivir, es el hombre que intenta elevar a sus semejantes al conocimiento supremo a través de la armoniosa y a la vez fantástica ordenación del espacio, de los volúmenes, de las formas y del color.

En 1878 Gaudí obtiene el título de arquitecto y un año después proyecta la primera obra importante, la Casa Vicens de la calle de las Carolinas en Barcelona, después de realizar varios trabajos de segundo orden, como el proyecto de una portada monumental para un cementerio y el de unas farolas para la barcelonesa plaza Real, en las que demuestra ya su consideración por la naturaleza, al concebirlas según las leyes de crecimiento de las plantas.

El efecto general recuerda el estilo morisco, siendo ejemplos de ello la Casa Vicens y el palacio Güell de Barcelona. En la fase siguiente, entre 1887 y 1900, Gaudí experimenta las posibilidades dinámicas de los estilos clásicos: el gótico (Palacio Episcopal de Astorga y la Casa de los Botines de León) y el barroco (Casa Calvet de Barcelona).

Entretanto se construye la casa Vicens, el arquitecto se preocupa por el arte mobiliar y envía a la Exposición Internacional de París de 1878 un proyecto de escaparate-vitrina para una farmacia barcelonesa. A pesar de que el diseño no despierta gran interés, atrae la atención de Eusebio Güell, conde, terrateniente y avispado industrial, que a partir de entonces será su más fiel cliente y admirador. Para el conde Güell, proyecta en 1882 un pabellón de caza que debía de construirse en Garraf, al mismo tiempo que en colaboración con Joan Martorell realiza un anteproyecto para la iglesia de los benedictinos de Villaricos, en Cuevas de Vera (Almería).

En esta época, el joven arquitecto es abierto, voluble, anticlerical; gusta de la buena mesa y sigue la moda en el vestir. Su dandismo se manifiesta en su gabán beige y en las botas altas que calza, elementos que dan un carácter un tanto frivolo a su figura.

A Gaudí no le faltan encargos y 1883 se convierte en el año crucial de su carrera como arquitecto. Por una parte, un amigo del conde Güell, Máximo Díaz de Quijano, le encarga la construcción en una villa residencial en Comillas (Santander). Por otra, construye la finca Güell en el barrio barcelonés de Les Corts y, a finales de aquel año, el día 3 de noviembre, acepta continuar los encargos de edificación del templo de la Sagrada Familia en Barcelona.

Y desde principios de siglo, la práctica arquitectónica de Gaudí pasa a ser algo único, que ya no se puede clasificar con una nomenclatura estilística convencional. Es el período en el que el arquitecto vuelca toda su potencia expresiva en la Sagrada Familia, que incluso lo compromete y obliga más como hombre religioso que como artista. Hijo de un calderero (durante toda su vida sintió el orgullo del artesano capaz de doblar a voluntad el metal), estudió en el colegio de los padres escolapios, asimilando quizá en aquellos años el germen de un rigor moral que lo convirtió en un ser intransigente y solitario.

Antoni Gaudí era hijo de una humilde familia de caldereros, procedente de Auvernia, que se había instalado en la Cataluña meridional a principios del siglo XVIII: «Mi padre fue calderero, mi abuelo y mi bisabuelo lo fueron también —comentaría orgulloso Gaudí—; los padres de mi madre fueron caldereros y uno de mis bisabuelos, tonelero… Todas esas generaciones me han preparado. El calderero es un hombre que de una superficie hace un volumen: antes de empezar su trabajo ha visto ya el espacio. El calderero abarca las tres dimensiones y recrea inconscientemente el espacio. ¡El espacio es la calderería!…»



Fue, evidentemente, un personaje taciturno y huraño que pasaba todo su tiempo sumergido en el trabajo, que cada día se acercaba a la iglesia, prefiriendo las largas conversaciones con unos pocos íntimos a las reuniones mundanas, y que siempre iba tan desaseado y tan mal vestido que a veces, como se ha recordado al principio, podía ser confundido con un mendigo. Por otra parte, y desde luego por completo al margen de esas anecdóticas y pintorescas limosnas, Gaudí necesitaba dinero, mucho dinero, para llevar adelante las obras de la Sagrada Familia, el gran templo votivo que durante cuarenta y tres años —de 1883 a 1926, año de su muerte— fue el exclusivo fin de su existencia.

En esta empresa gastó todo lo que poseía, conformándose con vivir pobre y sencillamente, como un ermitaño; pero el dinero nunca era suficiente. Y ello, en parte, a causa de su falta de previsión, por su modo de trabajar con programas ilimitados, con intuiciones, arrepentimientos y muchos imprevistos que hacían subir tanto los costos que perjudicaba a los que sufragaban los gastos.

Pero Gaudí no se preocupaba por esas cosas: la suya era una búsqueda ininterrumpida en la que no podía ni quería aceptar en el trabajo plazos determinados.

Cuando pasó a ser prácticamente su propio mecenas, no se avergonzó ni tuvo el menor reparo en transformarse en una especie de postulante que pedía constantemente, pues para él lo que se ponía en juego era importantísimo.

Como tampoco le molestaba ser tildado de “snob” por la gente: para los conformistas de la época (cada época los tiene) no era fácil admitir que un hombre de un aspecto tan modesto pontificase con tanta autoridad o se permitiese exigir ayudas monetarias. Para ellos un hombre tan mal vestido y desaseado no podía ser más que un revolucionario o un visionario. Pero Gaudí continuaba tranquilamente su trabajo.

Le bastaban las conversaciones con sus colaboradores —tuvo muchos, y de talento, que se pusieron a su lado sin pedir nada a cambio— o los raros encuentros con visitantes excepcionales, como el filántropo Albert Schweitzer o el poeta Juan Maragall Gorina, partidario entusiasta del resurgimiento catalán. Permaneció siempre soltero y en los últimos años de su vida vivió completamente solo.

Durante cierto tiempo tuvo a su lado a su padre y a una sobrina, pero cuando éstos murieron fue atendido por dos monjas carmelitas de un convento cercano, que después lo recordarían como una persona devota y amable. Una de sus más bellas fotografías lo reproduce, ya con sententa años de edad, con un largo cirio en la mano, mientras participa en la procesión del Corpus Christi.

Todas las mañanas, antes de dirigirse a las obras de la Sagrada Familia (que se había convertido en su eremitorio), se detenía en la iglesia de San Felipe Neri, para oír misa. Hacia allí se dirigía, como de costumbre, la mañana del 7 de junio de 1926 cuando fue atropellado por un tranvía: a consecuencia de las heridas murió tres días después. siendo sus restos inhumados en la cripta de la gran catedral inacabada.

Se cerraba así, después de setenta y cuatro años, una existencia que había transcurrido casi por entero dentro del horizonte de Barcelona, este horizonte al que la piedad profunda y rica en fantasía de Gaudí caracterizó y modificó definitivamente al levantar en él los increíbles pináculos de un templo que había de convertirse en una especie de símbolo de la ciudad.

LOS ULTIMOS AÑOS DE GAUDÍ:El reumatismo que Gaudí sufre desde pequeño, le va causando cada vez más molestias. Tras la construcción de la casa Milá, el maestro, un tanto cansado, dedicará todo su tiempo al templo de la Sagrada Familia. Apenas se le conocen a partir de entonces algunos proyectos: capilla del convento de las Teresianas de Barcelona (1908-1910), Gran Hotel de Nueva York, que debía ser más alto que la torre Eiffel y que de haberse llevado a cabo hubiese significado la construcción más ambiciosa del arquitecto; proyecto para una colonia en Torelló (1923) y el diseño para un pulpito de la catedral de Valencia (1925).



Gaudí, a partir de 1906, vive en una pequeña casa que un ayudante suyo, Francesc Berenguer, construyó en el Park Güell. Lleva una existencia en extremo austera. Se levanta a las siete de la mañana y va a comulgar todos los días a la parroquia de San Juan de Gracia. Se dirige luego a las obras de su catedral y allí come frugalmente: ensalada, un vaso de leche con una rodaja de limón, una manzana asada al horno y media mandarina: «La mortificación del cuerpo —explica Gaudí— es la alegría del espíritu.

El sacrificio es el único medio-capaz de hacernos avanzar por el camino de la verdad interior, camino sin el cual no existe arte verdadero… La mortificación del cuerpo empieza con el trabajo incesante, ininterrumpido de todos los días de nuestra vida.» A la caída del sol, Gaudí se dirige a orar a San Felipe Neri cerca de la catedral, y a pie regresa a su Park Güell.

Entretanto, la Sagrada Familia sigue creciendo cada vez con mayores dificultades económicas. Ya en 1905 Joan Maragall, el gran amigo del arquitecto, había escrito en el Diario de Barcelona: «A menudo me siento orgulloso de ser barcelonés… otras veces me avergüenzo de ello: hoy es una de éstas. Este hombre que construye el templo de la Sagrada Familia me ha dicho que los recursos para continuar esta obra se agotan, que los donativos disminuyen entre nosotros… Si un pueblo, aun en la anarquía sangrienta y la miseria, es siempre un pueblo y tiene derecho a la esperanza, un pueblo sin identidad no es nada ni tiene derecho a nada. El templo de la Sagrada Familia es el templo de la idealidad catalana a Barcelona, el monumento de la piedad eternamente ascendente, la concreción petrificada del deseo de elevarse, la imagen del alma popular…»

El templo es visitado por grandes personalidades: Albert Schweitzer, el cardenal Ragonesi, Enric Prat de la Riba, Alfonso XIII, Unamuno, etc. Gaudí despliega entonces su catalanismo y se niega a conversar en otra lengua que no sea la catalana: «Esto (la catedral) no puede expresarse ni en francés, ni en alemán o inglés —decía a Schweitzer—, así pues se lo voy a explicar en catalán y usted comprenderá lo que yo le diga, aunque no conozca esta lengua.»

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El arquitecto, muerto su padre en 1906, el poeta y amigo Joan Maragall en 1914, el conde Güell en 1914, su sobrina Rosa y su inseparable compañero Llorenc Matamala en 1925, se hunde en una completa soledad y decide instalarse en los mismos talleres del templo. Allí monta una cama entre las maquetas y diseños.

El lunes 7 de junio de 1926 se dirige como todos los días al oratorio de San Felipe Neri; su pensamiento está absorto en la primera torre del templo que se inaugurará el día 11.

Al atravesar la calle de las Cortes Catalanas, cerca de la plaza de Cataluña, vacila y cae bajo las ruedas de un tranvía. Es recogido y llevado al hospital Clínico: su aspecto es de mendigo, viste miserablemente, los pies desnudos dentro de los zapatos, ningún documento permite identificarlo; su ayudante Doménech Sugranyes y el capellán del templo reconocen por la noche en el vagabundo al visionario arquitecto que morirá tres días después, el jueves 10 de junio de 1926. El 12 de junio el maestro fue enterrado en la cripta de su catedral inacabada, de la catedral de los pobres, cuyo portal, según sus propias palabras, «será lo bastante grande para hacer pasar por él a toda la humanidad».

caricatura de gaudi

A medida que el arquitecto se va adentrando en la problemática del nuevo templo, su anticlericalismo, quizá por motivos no demasiado conocidos, va desapareciendo y Gaudí se convierte en un hombre en extremo religioso, que alcanza lo místico: «¡El hombre sin religión —exclamó el arquitecto— es un hombre espiritualmente fracasado, un hombre mutilado!». La pobreza, para Gaudí, conduce a un estado de elegancia y belleza, mientras que la riqueza lleva irremediablemente a la opulencia y a la complicación que nunca pueden ser bellas. En la cuaresma de 1894, Gaudí se encierra en su piso de la calle Diputación, en donde vive con la hija de su hermana, Rosa Egea, para profundizar en los santos misterios. El propio obispo Torres y Bages, gran amigo suyo, tiene que acudir a su casa para hacerle desistir de su extremado recogimiento.

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PARA SABER MAS… Antonio Gaudí, representante de medio siglo de arquitectura española, murió atropellado por un tranvía en 1926. Adscrito a la estética modernista de principios de siglo, el arquitecto siempre dio más importancia al individuo romántico que a lo formal de este movimiento cultural. Se ha dicho que Gaudí fue el último representante de una época ya concluida, pero que a la vez abre una línea expresionista que evoluciona en las vanguardias del siglo XX. Gaudí desarrolló su sueño personal en obras como el Parque Güell y las casas Batlló y Milá, situadas en la ciudad de Barcelona.

La coronación de su estilo personal, relacionado con el surrealismo, fue la inconclusa iglesia de la Sagrada Familia. Gaudí nació en una familia de artesanos y estudió con maestros tradicionales pero, a pesar de sus arraigados sentimientos nacionalistas, consiguió dar un sentido cosmopolita a sus obras, que unen tradición y modernidad, tanto en el interior como en sus fachadas. Su estilo arquitectónico era espiritualista (era un ferviente católico) y formalista y supuso la desaparición del clasicismo.

En sus obras, Gaudí ocultó soportes, utilizó materiales industriales nuevos y cambió la concepción del espacio. En 1893 recibió el encargo de construir la Sagrada Familia y a partir de entonces dedicó su dinero y su tiempo al templo (en ese monumento levantó cuatro torres, de las cuales sólo una fue concluida por él, y la fachada del Nacimiento).

Gaudí vivía en forma tan austera que cuando murió fue confundido con un vagabundo. Su obra no llegó a trascender en su época. Pero después de su muerte, fue reconocida internacionalmente.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de las Maravillas del Mundo Tomo III
El Gran Libro del Siglo XX Clarín

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