Urbanismo de la Ciudad Industrial Historia, Evolución y Desarrollo



Urbanismo de las Ciudades Industriales-Capitalistas:
Historia, Evolución y Desarrollo

Historia de la ciudad industrial:

Las ciudades tal cual hoy las conocemos, surgieron a mediados del siglo pasado con la modificación de la organización del trabajo y con los cambios en las técnicas de producción. La manufactura a domicilio, que incorporaba el taller a la vivienda, se ve agotada al no poder competir con las nuevas maquinarias y los nuevos procedimientos técnicos.

Se hace más productivo concentrar las máquinas en un lugar —la fábrica— ubicado cerca de los cursos de agua primero, productores de fuerza motriz y luego cercanas a las minas de carbón. El comienzo de la industrialización generalizada fue a través de la industria textil en Inglaterra, seguida de la siderurgia.

El proceso fue acompañado de modificaciones sustanciales en las relaciones de los habitantes de la ciudad y del campo. Por un lado se produce un aumento de la población y por el otro el empobrecimiento de la población campesina se ve seguido de su emigración a las ciudades alentada por la concentración en grandes talleres de la industria textil que demandaba cuantiosa mano de obra. Los pobladores de los distritos agrícolas se trasladan de las aisladas viviendas del campo a los compactos barrios construidos en las proximidades de las fábricas.

Imagen de una ciudad agrícola

Ciudad agrícola del siglo XVII

Cuando está a punto de entrar en juego la industrialización con el predominio burgués, la riqueza ha cesado de ser inmobiliaria para trasladarse al comercio, la usura, la banca. Al mismo tiempo las exigencias del transporte de los productos elaborados y del comercio de las mercancías impulsan la renovación de la red de vías de comunicación.

La riqueza ahora se mueve y proyecta en el espacio una retícula de ciudades intercomunicadas. Sobre ellas se erigirá el Estado y la Capital. Ya no se trata de conjuntos aislados en una geografía rural y feudal, estamos ante el comienzo de una ocupación total del territorio en una trama interconectada que se sustenta en una organización industrial y burguesa. No hay una planificación coordinada del espacio tal cual hoy la entenderíamos. Sí podemos hablar de los efectos de una serie de acciones simultáneas en busca de un mismo fin.

Los efectos de la urbanización no se reflejan solamente en las ciudades sino en la red de carreteras, vías ferroviarias, marítimas y fluviales en las relaciones entre la ciudad y el campo, cuyas tierras han comenzado a trasladarse a los enriquecidos capitalistas urbanos en desmedro de los empobrecidos feudales.

ciudad industrial

Vista de una ciudad industrial siglo XVIII



Las concentraciones urbanas han acompañado a las concentraciones de capitales casi sin solución de continuidad hasta la empinadísima y caótica Wall Street de Nueva York. La industria no sólo tomó al asalto las viejas ciudades sino que fue capaz de crear otras nuevas a su alrededor o a fundir enormes aglomeraciones industriales como la del Rhur en el Norte de Europa, que constituye el verdadero corazón productivo de toda la Europa Moderna.

Estamos ante un doble proceso de urbanización e industrialización de características complejísimas que escaparon incluso a la consideración de los teóricos de la ciencia de las formaciones económico-sociales que pudieron precisar la decadencia de un modo de producción —el capitalista— y la formación de uno nuevo, impulsado por la fuerza social antagónica del anterior —la clase obrera— pero que no alcanzaron a avizorar la complejidad de ese proceso.

Complejidad que se acentúa cuando ideológica y prácticamente la sociedad se orienta a problemas distintos de la producción para acercarse a la consideración central de los problemas del consumo. Muchas de las ciudades posteriores a la época heroica de la industrialización tendrán su acento puesto en los intercambios y el consumo. Especialmente en los países dependientes que sufren el embate de la superproducción de bienes de consumo de los países centrales imperialistas.

primeras fabrica con sus chimeneas siglo xviii

Concentración de fabricas con sus típicas chimeneas siglo XVIII

Urbanización y dependencia

En América Latina el proceso de urbanización parte del asentamiento de las potencias europeas durante la conquista. Se establecen en las costas y desde allí irradian su influencia al interior en el que buscan la extracción de determinado tipo de riquezas.

La extracción de riquezas en función de las necesidades de la potencia colonial primero, en función del mercado externo dominado por las potencias imperialistas después, van configurando una ocupación del espacio, un desarrollo de regiones, de ciudades y una trama circulatoria que no se explica por las necesidades armónicas de las regiones o naciones sino que se explica por la dependencia económica. Se va produciendo una cabeza urbana radicada sobre la costa y una periferia interior que sufre un doble proceso de dependencia.

Así Buenos Aires, Montevideo, el eje Río de Janeiro-San Pablo; La Habana; Caracas; Santiago de Chile, etc. se convertirán en zonas macrocefálicas de la estructura de sus respectivos países. La industrialización, primero a través de los frigoríficos, saladeros, ingenios, etc. sirvió solamente para facilitar la exportación de materias primas. La explotación apresurada redunda en perjuicio de regiones enteras, y provoca una crisis de mano de obra.

La aparición de la inmigración y el traslado de muchos campesinos fundamentalmente hacia las cabezas urbanas constituyen un poderoso estímulo a su crecimiento. Las cabezas urbanas se confunden con el mercado nacional. La aparición de la industria será para el consumo de ese centro y en menor medida para el interior.

vista de sao pablo



Vista aérea de Sao Pablo, en la actualidad – Posee mas de 500.000 empresas, es el polo industrial mas grande de Brasil

La industrialización dependiente será del tipo que industrializa la fase final de un proceso para cubrir el mercado local. Se logra en algunos casos, un cierto grado de modernidad con la difusión de la escolaridad o con la ocupación de la población en tareas más productivas, pero dentro de una economía que está en servidumbre de un mercado mundial controlado por las potencias imperialistas.

Se puede verificar así en América Latina un alto grado de urbanización, dentro de un bajo nivel de desarrollo y un escaso y desigual índice de industrialización. Las grandes concentraciones urbanas son esencialmente terciarias, es decir dedicadas al comercio, a los servicios y al asentamiento burocrático. Estructura una red comunicada de ciudades que prestan servicios a las regiones de influencia respectiva.

El modo de la dependencia hace que los centros de servicios de la periferia sirvan de vehículo para la extracción de riquezas que van hacia la cabeza urbana capitalina y no vuelven sino en mínima medida y en forma de servicios —en la medida en que el excedente económico queda en manos de los empresarios instalados en la cabeza urbana—. Por todo este proceso las ciudades son centros de consumo principalmente influenciados por las pautas de consumo de los países centrales difundidas por las modernas técnicas de comunicación.

Ellos han ido creciendo con escasas medidas de control urbano, en medio de una enorme especulación de la tierra, con formas estáticas de propiedad del suelo urbano y donde la inversión de capitales ha realizado múltiples operaciones inmobiliarias en la construcción de viviendas en propiedad horizontal con fines comerciales.

Este conjunto de ciudades tiene una enorme inercia y prácticamente no ha variado en décadas, ni aun bajo la presión de fuertes motivaciones. El caso argentino de la ciudad de San Juan es muy demostrativo. En el año 1946 un terremoto destruye la ciudad prácticamente. Los urbanistas habrían tenido la posibilidad de iniciar una ciudad desde sus bases. Hubo varios planes incluso alguno que proponía el traslado de la ciudad a otro punto más resguardado de movimientos sísmicos. Pero ninguno de ellos pudo llevarse a la práctica.

El terremoto destruyó la ciudad, pero quedó en pie la estructura económica del valle y la ciudad de San Juan. Quedaron en pie las hipotecas de las casas destruidas, hipotecas que permitían financiar la vendimia. Quedaron en pie los intereses de las fuerzas vivas que querían hacer evolucionar los capitales controlando la reconstrucción de la ciudad.

Y la reconstrucción se hizo sobre el antiguo trazado con el leve ensanchamiento de algunas calles, desplazando el centro cívico pero conservando el irregular y tortuoso loteo anterior. Los intentos de crear ciudades completamente nuevas conservando la estructura económica preexistente reservándoles a aquéllas el papel de transformadoras, de generadoras por sí mismas de nuevos «polos de desarrollo» han mostrado bastante crudamente sus limitaciones. En Venezuela, por ejemplo, existiendo un hipertrofiado centro de desarrollo nacional y una periferia estancada, se intentó establecer un nuevo polo para que produjese un impacto global de avance a nivel regional.

En la confluencia de dos grandes ríos, el Orinoco y el Caroni, se decidió erigir la nueva Ciudad Guyana con un gran esfuerzo nacional. La asistencia técnica norteamericana estuvo presente en la realización del proyecto. Pasados diez años de ingentes inversiones y luego de haberse alcanzado la cifra de 120.000 habitantes en la nueva ciudad y sus prolongaciones, puede afirmarse que el antiguo sistema jerarquizado de ciudades sigue manteniendo su inercia; Ciudad Bolívar, antiguo centro regional cercano a la nueva ciudad, aunque alberga sólo 60.000 habitantes, es la que sigue predominando como centro metropolitano —de servicios, de intercambios— para la región. En realidad con Ciudad Guyana se creó una isla artificial sin el ansiado impacto global a nivel regional.

Incluso gran parte de los trabajadores de la nueva ciudad no viven en la misma sino que se alojan en promiscuas y precarias viviendas que constituyen caseríos apiñados en el cercano pueblo de San Félix. Probablemente el caso más significativo sea el de Brasilia. A través de su concepción y realización se pretendió alcanzar  el reencuentro de la nacionalidad brasileña.



 La nueva capital se alejaría del eje San Pablo Río de Janeiro y de la costa Atlántica, sinónimo de la dependencia, para abrir un mojón urbano en la integración y desarrollo del interior postergado y salvaje. En este esfuerzo se invirtieron, durante un largo período, grandes recursos que significaron distorsiones agudas en la economía brasileña. Sin embargo, Brasilia hoy resulta ser, al margen de otras consideraciones funcionales, un gran símbolo —monumental— de la estructura del poder burocrático.

El centro de inversiones económicas sigue siendo la región paulista. En Brasilia, en la que naturalmente se mantiene la propiedad privada de la tierra, tiene auge la especulación inmobiliaria, y cuenta casi lógicamente con las correspondientes favelas de los trabajadores marginados de la «nacionalidad» brasileña reencontrada.

Es que las ciudades y los hechos urbanos, la ocupación del territorio, se sustentan en una determinada estructura socio-económica y aunque la modelan y pueden darle particularidades en una micro escala, reproducen, en mayor o menor medidas las contradicciones e irracionalidades estructurales que condicionan la apropiación del espacio. El razonamiento inverso ha llevado a los reformadores sociales y a los técnicos mesiánicos a ilusionarse e ilusionar sobre el valor del diseño urbano —es decir de la conformación física del espacio de la ciudad— como remedio inefable para los malestares sociales.

La forma de las ciudades

La conformación física de las ciudades latinoamericanas se ha hecho sobre la base del esquema colonial de las leyes de Indias. Estas establecieron el damero amanzanado, módulo rígido y dúctil a la vez que fue extendiéndose como una mancha de aceite a lo largo de las vías de acceso, levemente detenido por algún accidente geográfico.

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La propiedad privada sobre el terreno urbano y toda la legislación y las instituciones que se montaron sobre aquélla para hacerla valer, lo hicieron y hacen con tanta eficacia que han desalentado o frustrado los intentos de renovación urbana. En Buenos Aires, la disposición del presidente Bernardino Rivadavia, hecha hace más de un siglo y medio, de ensanche de avenidas cada cuatro cuadras, aún está por consumarse íntegramente.

vista de buenos aires en sus inicios

Vista de Buenos Aires en sus inicios

Las exigencias «liberales» de los capitales inversores tanto nacionales como extranjeros, cebados en los pingües beneficios de las inversiones inmobiliarias, localizaciones industriales cerca de los centros de consumo, etc., obtuvieron de las instituciones municipales y nacionales las concesiones necesarias para sus buenos negocios y por ende un mínimo de control sobre el destino del suelo urbano que considerase su valor de uso en primer término.

Los planes reguladores, elaborados por los técnicos y especialistas urbanos, no pasaron ni pasan de ser meras graficaciones de laboratorio para entender las inclinaciones del mercado y establecer indicadores que hagan que las deformaciones resulten menos ‘deformadas». Aún sin cambiar de principios económicos la legislación urbanística de los países desarrollados (de Inglaterra, de Suecia, de Holanda) establecieron desde hace más de medio siglo limitaciones y restricciones en beneficio de la utilidad pública que con paciente selección les han permitido a los entes municipales y estatales disponer de grandes parcelas para la renovación urbana. De otra forma no podrían realizarse las «gigantescas» operaciones actuales de renovación de París, ni las ciudades satélites de Estocolmo.

Naturalmente que estas renovaciones permanecen bastante circunscriptas a los hechos físicos y no alcanzan para determinar las variaciones demográficas, la superación de las segregaciones sociales, etc. cosa que aparece lograda en los países de economía planificada donde la planificación física aloja racionalmente en el espacio las decisiones socioeconómicas, aunque la experiencia muestre hasta ahora que en los países socialistas las soluciones urbanas específicas no han resuelto en términos congruentes con la estructura social que sustentan los problemas de la vida urbana y las contradicciones entre la ciudad y el campo.

Los barrios marginales

Las grandes ciudades latinoamericanas, muestran sus contradicciones más abruptas en los marcados contrastes entre la suntuosidad de algunos barrios y el generalizado fenómeno de las llamadas «villas de emergencia». La misma denominación les confiere carácter transitorio pero su persistencia y crecimiento no logra esconder que sólo se trata de reconocerlas oficialmente como un hecho permanente de la ciudad debido a causas estructurales. Con distintos nombres según los países constituyen viviendas asentadas en condiciones de precariedad sobre terrenos de terceros, generalmente del Estado, que carecen de servicios públicos.

villa miseria de buenos aires

Vista interna de una villa miseria de Buenos Aires

Las viviendas están construidas con materiales de deshecho o recuperación y no cuentan, en general, con instalaciones sanitarias. Su crecimiento ha sido muy superior al crecimiento demográfico en los últimos años. Argentina cuenta con más de 1.000.000 de habitantes alojados en estas condiciones en poblaciones marginales a las grandes ciudades. En la ciudad de Buenos Aires, entre los años 1956 al 63 se pasó de 19.507 habitantes a 42.462 y en el período de 1963 al 67 alcanzaron los 102.143 habitantes. Mientras que en 10 de los 19 partidos del Gran Buenos Aires en 1956 había 78.430 habitantes y en 1965 ascendían a 423.824.

Las condiciones de marginalidad de estas poblaciones respecto al resto de la ciudad nos impiden hablar de ellas en términos de vida urbana. La segregación que opera aquí el mecanismo social vigente es tajante. Los habitantes permanecen casi ajenos a la «otra ciudad» a pesar de vivir muchos ellos a pocas cuadras del mismo corazón de esa ciudad.

La vida urbana como tal no les pertenece, sólo acceden a algunos signos de ella, algunos artefactos del hogar los medios de comunicación, especialmente la televisión, y fundamentalmente la forma en que participan de la producción: como asalariados industriales. Fuera de estos signos, la vida cotidiana se caracteriza más por sus semejanzas con la vida rural que con la urbana.

villa miseria en sao pablo

Vista aerea de una villa miseria en Sao Pablo

La magnitud y ritmo de crecimiento que alcanzan estas agrupaciones marginales han motivado en las autoridades oficiales y en sus técnicos la necesidad de buscar vías de integración de estas poblaciones al consenso dominante.

Desde ángulos antropológicos y sociológicos y con plataforma política populista se ha intentado revalorizar la vida de estas poblaciones con la intención de generar líderes sociales y políticos y encontrar formas de organización comunitarias que atenúen la marginalidad. En realidad lo que se lograría es la permanencia en una subcultura separada de la vida urbana y social. Para estos planteos se han llegado a proponer formas físicas de alojamiento. Resulta claro que la marginalidad no está en estas poblaciones sino en los mecanismos socioeconómicos que regulan la ciudad oficial, del cual la segregación es uno de sus ingredientes inevitables.

La peligrosidad del fermento de disconformidad social que puede anidar en los medios de las villas de emergencia, de las favelas, etc. queda evidenciada por los métodos «menos ideologizados» que han intentado utilizarse para la eliminación de estas llamadas lacras sociales.

Fuerzas paramilitares se encargan de la eliminación del vicio, mediante el crimen directo en unos casos, y en otros se utilizan las fuerzas armadas y represivas para el desalojo de los habitantes de las villas que serán trasladados a viviendas de transición, ubicadas en circunscripciones militares. El alojamiento definitivo se realizará progresivamente: las últimas cifras computan a favor de este método 6.000 viviendas definitivas levantadas en seis años.

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