La Leyenda del Maiz Alimentacion en la Conquista Española Cereales



La Leyenda del Maíz: Alimento de la Conquista

Hay revoluciones que matan y otras que dan vida. En el campo alimentario, la revolución que siguió a los viajes de Colón fue de aquellas que permitieron mejorar sustancialmente la dieta, así en su calidad nutritiva como en su variedad, a los dos lados del Atlántico.

Ciertamente, la conquista española no tiene parangón en cuanto a su amplitud desde Utah, California y Texas hasta la Patagonia; se extendió a lo largo de millones de kilómetros cuadrados. Ni las conquistas de Alejandro Magno, Julio César, los árabes o Napoleón fueron tan extensas y, salvo las conquistas árabes, las demás fueron de corta duración.

El maíz y la conquista

La conquista de América representó una auténtica revolución alimentaria. De entrada, sin el maíz y otros alimentos americanos, la misma conquista española hubiera sido casi imposible. Fue el propio maíz el que alimentó a las huestes de Hernán Cortés, especialmente después de que éste ordenara la destrucción de su flota y comenzara su ardua ascensión a la meseta mexicana.

La Leyenda del Maiz El maíz, ya sea como alimento humano, como base de alimentos balanceados para aves de corral y otros animales domésticos, o como materia prima de numerosas industrias, incluyendo la del buen aceite comestible, se cultiva en todo el orbe y continúa siendo el alimento básico para millones de americanos del Sur, del Centro y del Norte.

Se ingiere como mazorca tierna (elote o choclo), asado o cocido, o en forma de numerosas delicias: variedades de tortillas, tamales, ayacas, humitas, arepas, panes, bizcochos, buñuelos y más viandas. También se ingiere tras cocerlo con cal o lejía, y se lo utiliza en gran variedad de sopas.

También son americanos la papa, el tomate, el cacao y el maní o cacahuete. Sabemos que el propósito real del viaje de Colón fue el de establecer una nueva ruta para el comercio con Asia, sobre todo de las especias y condimentos. Sin pimienta, mostaza, paprica, canela o clavo de olor no había con qué «hacer resbalar» la insípida comida europea de la época. Pero Colón ni llegó a Cipango ni encontró las especias asiáticas.

En cambio, nuestros aborígenes aportaron abundante variedad de especias y condimentos propios. El ají tuvo gran éxito. Se lo consume en todas partes. Una pizca de ají no va mal ni para los más delicados paladares femeninos. Pero también hay el cariuchu, es decir, el ají macho o para machos, según la lengua quechua que llama uchú al ají.

Si Colón no logró establecer una nueva ruta interoceánica hacia China, abrió, en cambio, la puerta al riquísimo intercambio alimentario entre los dos mundos gracias al aporte americano.

Diario La Nación, 9/10/92



LA LEYENDA DEL MAÍZ: Fue en aquellos momentos cruciales en que no se sabe si es posible sobrevivir o perecer. Todo parecía indicar que ocurriría esto último, pues durante largos meses no asomaba una nube en la comba celeste. Los ríos se secaban, se marchitaban los árboles, los animales morían de sed… Tolvaneras irresistibles barrían los campos desolados.

El pueblo, paciente al principio, desesperaba, enloquecía… Todas las rogativas habían resultado estériles. Entonces el «Rubichá» (Jefe de la tribu), en una sostenida cabala con los genios del cielo, develó el secreto:

-Tupa está enojado con sus hijos y por eso los castiga con el hambre, la sed y la muerte si no vuelven los ojos a Él…

El pueblo entero se arrepintió y cayó de rodillas, jurando amor y respeto a sus leyes. Pero el Rubichá continuó:

-Eso no basta. Para aplacar la ira de Tupa, es necesario sacrificar la vida de uno de sus hijos.

Entonces, entre los circunstantes salió un guerrero joven y apuesto que exclamó con firmeza:

 -Yo me ofrezco al sacrificio…

Lloraron los suyos y lloró el pueblo de emoción y dolor.

Pero el joven mantuvo su decisión inquebrantable.

El Rubichá dolorido, no tuvo otro recurso que aceptar el sacrificio de aquel joven, cuya vida podría ser tan útil. Caminaron hasta un sitio despoblado de árboles, cavaron una fosa y en ella tomó el joven su voluntaria sepultura. La tierra, fuertemente apisonada, lo cubrió totalmente, dejando sólo fuera la nariz del infortunado.



A los pocos instantes asomó una tormenta en el horizonte, que vertiginosamente descendió sobre la selva. El viento y los relámpagos sembraron el pánico entre los hombres. Luego comenzó a llover. Una lluvia abundante, dulce, que duró toda la noche. ¡El milagro se había cumplido!…

Al día siguiente la tribu se dirigió al lugar del sacrificio para testimoniar su gratitud. Pero en el mismo lugar, donde antes asomara la nariz, había brotado una planta de largas hojas verdes entre las que asomaban espigas con granos de oro.

Era el maíz, y le llamaron «abatí», que quiere decir «Nariz de indio».
Lázaro Flury, Leyendas americanas.

Fuente Consultada: Ciencias Sociales 8° EGB Borgognoni – Cacace.

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