Biografia de Madame Pompadour Resumen de su Vida






Biografia de Madame Pompadour
Resumen de su Vida

Resumen Biografía de Madame de Pompadour:
Principal protagonista de la fastuosidad con que supo rodearse el frívolo Luis XV, Madame de Pompadour no solo divirtió y halagó al monarca -como se lo exigía su papel de favorita- sino que influyó notablemente en la política de su tiempo. Tan relevante fue su labor en ese plano que llegó a tener prácticamente en sus manos el destino de Francia y llevó a cabo una vasta obra en pro de la cultura y el progreso del país.

Llegar a ser la favorita de un rey, título galante que asumió Juana Antonieta Poisson, marquesa de Pompadour, significaba, en la época de las monarquías absolutas, mucho más que compartir la intimidad de un poderoso soberano como Luis XV. Equivalía a intervenir en los asuntos de Estado y a adelantarse a otros favoritos que acechaban, en los corredores de Versalles, el momento de una crisis o un altibajo del poder: esos pulidos cortesanos se transformaban entonces en enemigos mortales, capaces de recurrir a cualquier medio para oponerse a la mujer que durante casi dos decenios impulsó el brazo derecho del rey.

Por eso la fama de Madame de Pompadour no estriba solo en su hermosura de mujer sino en la habilidad política con que defendió causas justas e injustas, y llegó a concentrar en sus manos delicadas todo el poder de una gran potencia europea.

Juana nació en París el 29 de diciembre de 1721. Sus detractores aseguraban que era hija de un carnicero plebeyo del barrio parisiense de los Inválidos. En realidad, aunque no era de noble cuna, su padre había sido escudero del Regente durante la infancia de Luis XV.

El destino quiso que mientras este último, enamorado por entonces de Mademoiselle de Chateauroux, cazaba en los bosques de Leonart, encontrase a la joven Poisson, de mirada intensa y figura encantadora. Pero solo en 1745, a la muerte de la amiga del rey, pudo considerarse a Juana su reemplazante en el favor real. Luis XV se hallaba a la sazón dirigiendo en el norte la campaña de Fontenoy, y la joven Mademoiselle Poisson decidió que no era prudente dejar solo al monarca, justamente al comienzo del idilio, cuando otros halagos podían tentar al soberano. Viajó entonces para unirse a este, y juntos sobrellevaron las penurias -nunca muy extremas- de una campaña accidentada, con soldados y oficiales predispuestos al desaliento y los rumores.

A su regreso el monarca le confirió el título y los blasones de marquesa de Pompadour, antiguo linaje extinguido en 1722. Experta en la difícil tarea de distraer a Luis XV -proclive a la indiferencia y el hastío sistemáticos (“Su enfermedad era el tedio”)—, organizó, con la ayuda del filósofo Voltaire y del poeta Bernis, brillantes fiestas donde los manjares se unían al placer del espectáculo y al conocimiento de personalidades excéntricas.

Pero mientras decoraba nuevos salones en los palacios y descubría jóvenes artistas para amenizar las horas de fastidio del monarca, se fue interesando cada vez más por la política, hasta el punto de que nada ocurría en el reino sin su intervención. Con diestros golpes de timón favoreció alternadamente a los jansenistas, a los molinistas, a los filósofos y al Parlamento, con lo cual supo atraerse la adhesión de casi todos los sectores.
No vaciló, sin embargo, en derrotar a los clericales, que le eran abiertamente hostiles, ayudada por la sagacidad del filósofo Voltaire.

EL SIGLO DE LAS LUCES
Esta multiplicidad de intereses la llevó a patrocinar en 1752 la publicación de la Enciclopedia, obra fundamental del siglo XVIII por sus proyecciones en todas las ramas del saber. También promovió el embellecimiento de París, que aspiraba a convertir en la ciudad más bella del mundo. Su tío, Lenormand de Tournehem, y su hermano, el marqués de Marigny, designados directores generales de construcciones, se dedicaron a modernizar la capital renovando la edificación en todos los barrios.

Impulsó asimismo la fundación de la primera Escuela Militar y, en otro orden de actividades, fomentó con dinero y privilegios la manufactura de porcelanas.

En 1752 fue declarada duquesa, con las prerrogativas consiguientes, pero ese título no colmaba sus deseos, y en 1756 se instaló oficialmente en Versalles como dama de compañía de la reina. Sin embargo, ni las inmensas galerías ornadas de cuadros y tapices, ni los geométricos jardines alrededor de los estanques fueron propicios a Juana, que frisaba ya los 35 años: los sentimientos del rey hacia ella comenzaban a entibiarse…

En ese momento crítico la mujer apasionada dejó paso a la inteligencia madura. Le importaba que su influencia en la corte no decayera y para ello tomó a su cargo la administración de los placeres del monarca: nuevos amores, nuevos entretenimientos y proyectos, animándolos con una amistad respetuosa y, sobre todo, evitándole las fatigas del gobierno.

En ella descansaban prácticamente los destinos del reino, en período tan difícil como el de la guerra de Siete Años (1756-1763), que concluyó con la pérdida del Canadá y otras colonias. El desprestigio abatía al monarca, que se deslizaba por la pendiente del naufragio económico y moral, aunque seguía sosteniendo -el pueblo lo había llamado alguna vez “el bien amado”- que “esto durará lo que dure yo”.

Madame de Pompadour perdía fuerzas, abrumada por el odio de sus rivales y por las preferencias que el rey dedicaba a otras favoritas. Quienes antes mendigaban su intercesión eran ahora los predilectos del monarca, afirmado por el “pacto de familia” que consolidaba las cuatro ramas de la casa reinante de Borbón. Si bien la marquesa había logrado granjearse prudentemente el favor de la reina, no pudo ser admitida por el Delfín, heredero del trono, que la hería con su urticante desapego. El monarca, dedicado a otros intereses, no ejercía su poder para salvaguardar a Juana, que fue insultada groseramente en público por ciertos cortesanos encumbrados, mientras otros intrigaban abiertamente contra ella.

El carácter de Juana, no obstante su habilidad para manejarse entre los tejemanejes cortesanos, era por momentos contradictorio, y se la consideraba tanto avara como dispendiosa. Gozaba de las cuantiosas rentas del marquesado de Pompadour y otras heredades; poseía además los castillos de Aulnay, Brimborion y Belleone, así como el magnífico mobiliario de sus palacios en Versalles, París y Fontainebleau y Compiégne.

Eran famosas sus litografías, al igual que su riquísima biblioteca y sus colecciones artísticas. Su espíritu generoso la movió a dotar a doncellas pobres y a reconstruir pueblos enteros. También los artistas se beneficiaron con su buen gusto y amor por el arte, entre ellos el pintor Carie Vanloo y Edmé Bouchardon, célebre escultor de muchas fuentes de París y Versalles. La afición de Juana por las artes decorativas explica que lleve su nombre un estilo suntuoso pero sobrio, que tipifica el gusto artístico de su época, frívola pero no exenta de sensibilidad.

Otro renombrado hombre de letras protegido por Madame de Pompadour fue Diderot, el ilustre enciclopedista, que en algunas de sus descripciones de la sociedad de su tiempo reflejó a su protectora y al mundillo que la rodeaba. Por su parte, el turbulento Rousseau la atacó duramente en su obra Emilio, pero no despreció el generoso favor de la marquesa y acabó por contarse también entre sus protegidos, al igual que Francois Quesnay, autor de la famosa máxima económica “laissez faire, laissez passer”.


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Juana dedicó muchas horas a grabar delicadas escenas que hoy se conservan en la Biblioteca Nacional de París: son 63 láminas de excelente factura que trasuntan un espíritu sutil y equilibrado, además de un fino sentido estético.

A su muerte, en el palacio de Versalles el 15 de abril de 1764, Luis XV no derramó ninguna lágrima, tal vez porque se sintiera aliviado con la desaparición de esa vigorosa personalidad con quien había compartido prácticamente cuatro lustros de reinado, con su incurable tedio y sus derrotas: la figura de la marquesa Pompadour, en efecto, ha quedado asociada en la historia a dos tratados desastrosos para Francia, aunque también se la vincula con los intelectuales y políticos que intentaron rescatar la situación del descrédito popular inducido por los fracasos bélicos.

Juana Antonieta Poisson, marquesa y duquesa de Pompadour, tuvo siempre presente que la vida de una mujer se rige por el corazón pero también por la cabeza. Supo así caminar airosamente por la cuerda floja en la corte más brillante de Europa mientras reunía en sus manos prácticamente todos los resortes del poder.

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder





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