Biografia Victoria I de Inglaterra Resumen Biografia Reina






Resumen Biografía: Reina Victoria I de Inglaterra

Soberana de Inglaterra desde 1837 hasta 1901, la reina Victoria asoció su nombre a una etapa decisiva para el afianzamiento de la monarquía constitucional y del poderío británico en el mundo, y selló con rasgos inconfundibles las costumbres y el modelo de conducta de la burguesía inglesa de su época, hasta el punto de configurar un estilo que la sobrevivió durante décadas.

Hija única del príncipe Eduardo, duque de Kent, y de María Luisa Victoria, princesa de Sajonia Coburgo-Gotha, Alejandrina Victoria de Kent nació en el Palacio de Kensington, en Londres, el 24 de mayo de 1819. Dos años antes, la muerte de la princesa Carlota, hija del Príncipe de Gales -su tío- había desplazado la línea de la sucesión del trono hacia los hermanos de este, tres de los cuales -los duques de Clarence, de Kent y de Cambridge– se casaron en 1818, con la intención de revitalizar con futuros herederos el casi agotado linaje de la casa real de Hannover.

Pero la desaparición de su padre, en 1820, cuando Alejandrina Victoria solo tenía ocho meses, y más tarde el deceso de los pequeños hijos del duque de Clarence, que ascendió al trono en 1830 con el nombre de Guillermo IV, fueron signando paulatinamente su destino de reina. De modo que, luego de transcurrida su niñez, su educación fue confiada a la duquesa de North-umberland, bajo cuya dirección estudió historia, ciencias naturales y música. Posteriormente, Guillermo IV encargó a su primer ministro, Lord Melbourne, que instruyera a su sobrina y heredera en el dominio de la política y le enseñara los mecanismos del sistema constitucional británico.

Al tiempo que recibía esa imprescindible preparación, la vida de la princesa se desarrollaba completamente alejada de su familia paterna: residía con su madre, su hermanastra Feodora y su gobernanta Louíse Lehzen, en el palacio de Kensington. Llevaba un diario en el que consignaba minuciosamente los sucesos de su vida cotidiana, era muy prudente en la elección de sus amistades, tenía una memoria excelente y daba inequívocas muestras de su independencia de carácter.

El 20 de junio de 1837, a hora muy temprana, el primer ministro, Lord Melbourne, se presentó intempestivamente en Kensington para comunicar a Victoria -por entonces una muchacha de 18 años, alegre, rolliza y más bien baja- que el rey acababa de morir y que desde ese momento ella era la reina de Inglaterra.

Como anticipo de la actitud con que afrontaría de ahí en más sus deberes de soberana, luego de haber escogido como residencia real el Palacio de Buckingham, Victoria instaló a su progenitora en un departamento alejado de sus habitaciones, poniendo así una valla a la influencia materna. Lord Melbourne, a quien mantuvo en el cargo de primer ministro, tuvo el privilegio de iniciarla en las “delicias del oficio de reina”: las cacerías, los bailes, las brillantes fiestas de la corte, la etiqueta y el complejo mecanismo de las ceremonias palaciegas.

Su primo Alberto, príncipe de Sajonia Coburgo-Gotha, que después sería su esposo, dejó un elocuente testimonio sobre los primeros tiempos de su vida de reina. “Victoria -escribió- se muestra terriblemente obstinada, en permanente guerra contra su propia naturaleza, que es buena; ella se deleita en las ceremonias, etiqueta y formalidades de la corte, y otras frivolidades (…) Se dice que en realidad ella no goza mucho en esas veladas que se prolongan tanto y que la obligan a dormir más de la cuenta el día siguiente…”

Pero acaso lo más interesante de ese texto resida en lo que revela acerca de la personalidad de su autor, que a través de 21 años de entrañable y prolífico matrimonio, ejerció una profunda influencia en las ideas y en la conducta de su mujer. Hombre grave y reflexivo, con una madurez precoz para su edad -poco más de 20 años-, de físico apuesto, Alberto impresionó fuertemente a su prima durante una visita que realizó en octubre de 1839 a la corte inglesa, por entonces instalada en el castillo de Windsor. Seducida por la personalidad del príncipe, no tardó mucho Victoria en abandonar su resistencia a perder su dorada autonomía y le propuso que se casara con ella.

Cuatro meses después, el 10 de febrero de 1840, se celebró la boda. Al principio, la reina insistió en que su marido no tuviera injerencia alguna en los asuntos de gobierno. Seis meses más tarde, se le permitió al príncipe, por consejo de Lord Melbourne, permanecer como “observador” en los despachos oficiales y luego estar presente cuando la reina recibía a sus ministros.

Con el tiempo, Alberto se convirtió en mentor y consejero de su mujer, a quien inculcó principios de gobierno y normas de conducta como soberana. Pero además Victoria, impulsada por el cariño y el respeto que le inspiraba su esposo, comenzó a asumir gradualmente las rígidas normas morales y los austeros hábitos de su marido, y no tardó en renegar de las reuniones sociales para dedicarse casi de lleno a la maternidad.

Entre 1840 y 1853, dio a luz nueve hijos, cinco mujeres y cuatro varones, a través de los cuales llegó a emparentarse con casi todas las familias reinantes europeas. Su hija mayor, Victoria, fue emperatriz de Alemania y madre de Guillermo II, el último Kaiser, y madre y bisabuela, respectivamente, de dos reinas de Grecia: Sofía y Federica. Eduardo, Príncipe de Gales hasta los sesenta años y después rey de Inglaterra con el nombre de Eduardo VII, continuó la dinastía reinante, y una hija suya, Matilde, fue reina de Noruega.

Alicia fue la madre de la última zarina de Rusia, Alejandra, mujer de Nicolás II. Alfredo, más tarde duque de Edimburgo, padre de la reina María de Rumania -madre del rey Carol- y abuelo de la reina María de Yugoslavia. Elena, Luisa, Arturo y Leopoldo celebraron sus matrimonios con miembros de la nobleza inglesa y alemana (retoño de una de estas ramas es el príncipe Felipe, duque de Edimburgo y marido de la reina Isabel II), en tanto que Beatriz fue madre de Victoria Eugenia de Battenberg, última reina de España.

Ese período de felicidad conyugal, se cerró en 1861 con la muerte del príncipe Alberto.
Terriblemente abatida, la reina abandonó poco después el palacio de Buckingham y se recluyó alternativamente en Windsor, en Osborne, en la isla de Wight, o en Balmoral (Escocia) donde habían transcurrido las etapas más felices de su vida matrimonial.

Durante cinco años se abstuvo de abrir personalmente las sesiones del Parlamento, y pasó aún más tiempo antes de que sus ministros pudieran convencerla de la necesidad de aumentar sus apariciones en público, en vista del desagrado que suscitaba su imagen de viuda retirada. Se tornó severa e irritable, y sus ministros, que debían viajar constantemente para plantearle asuntos de gobierno, sufrían a menudo por su tono imperioso y por su exigencia de ser consultada para todo, aunque no dejaban de reconocer que la gran experiencia de la. reina justificaba plenamente el celo con que ejercía sus derechos constitucionales.

Por otra parte, Victoria supo siempre ceder a las corrientes de opinión, y confió el poder, según sus vaivenes, a los whigs (liberales) o a los tories (conservadores). Por influencia de su marido, había adoptado lo que llamaba “… la hasta ahora tan descuidada y tan obvia doctrina por la cual es supremo deber de un monarca constitucional mantener una posición de neutralidad hacia los líderes de los partidos…”


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Colocándose por encima de las luchas políticas internas y asistida -entre otros- por estadistas de la talla de Melbourne, Peel, Russell, Palmerston, Gladstone, Disraeli y Salisbury, afianzó el prestigio de la monarquía -que el príncipe Alberto había contribuido tanto a restaurar después de la decadencia en que la habían sumido los Hannover—, e identificó su imagen con el despliegue de potencialidades que protagonizó Inglaterra en todos los órdenes en los dos últimos tercios del siglo XIX.

Coronada emperatriz de la India en 1876, festejada por su pueblo y por brillantes delegaciones extranjeras en sus jubileos de 1887 y 1897 -bodas de oro y de diamante con el trono, respectivamente-, considerada la “abuela de Europa” en virtud de los múltiples lazos familiares que la unían a la mayor parte de las dinastías reinantes de la época, la anciana conoció el sabor de la gloria. Por otra parte, , su austeridad y sus rígidas normas de vida habían encarnado en vastos estratos de la sociedad inglesa, caracterizando una época cuyos ecos se prolongaron a través de varias generaciones y suscitaron las despiadadas sátiras de George Bernard Shaw y las afiladas ironías del incisivo Osear Wilde.

A pocos días de su muerte, en Osborne, el 21 de enero de 1901, el cortejo fúnebre de Victoria, reina de Gran Bretaña e Irlanda y de los dominios de ultramar, emperatriz de la India y defensora de la Fe, congregó a cuatro reyes, diecisiete príncipes y al presidente de los Estados Unidos, que escoltaron a caballo la cureña que condujo sus restos hasta el mausoleo de Frogmore, donde yacían los de su bienamado Alberto desde hacía cuarenta años. Con su desaparición se cierra un singular capítulo de la vida inglesa.

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder.





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