Pedagogia de Pestalozzi en el Siglo XIX Teoría de Educación y Método






Teoría Pedagógica de Pestalozzi en el Siglo XIX
La Educación y el Método

LOS GRANDES PEDAGOGOS: Las grandes figuras de educadores que brillan en las postrimerías del siglo XVIII y los comienzos del siglo XIX son Pestalozzi, Froebel y Herbart. Pestalozzi, influenciado por Rousseau y por las doctrinas del humanitarismo, concibió la educación elementa] como instrumento de reforma social universal y popular. Froebel, inspirado en el idealismo filosófico, extendió el interés educativo hasta los niños más pequeños, y Herbart, llevado por el espíritu de sistematización, procuró echar las bases de la pedagogía científica.
Estos tres grandes pedagogos impulsaron la actividad educacional de los siglos posteriores.

PESTALOZZI Y LA ENSEÑANZA ELEMENTAL

Biografía. — Nacido en Zurich (Suiza) en 1746, de familia de abolengo, perdió muy pronto a su padre, y fue educado por su madre, mujer bondadosa pero de carácter débil, lo que explica ciertos rasgos de su temperamento. La influencia de los ideales románticos y del Emilio hicieron que abandonase sus estudios para dedicarse a la agricultura en Neuhof (Granja nueva). En 1769 se desposó con Ana Schultze, mujer inteligente y comprensiva, hija de un rico comerciante, y ella le acompañó con abnegación hasta el final de su vida.

pestalozzi hohann

La empresa agrícola de Pestalozzi fracasó completamente y entonces realizó su primera experiencia pedagógica: transformó la chacra en un asilo para niños mendigos. Éstos hilaban el algodón y trabajaban en los telares, recibiendo simultáneamente la instrucción moral.

Esperaba que este instituto pudiera mantenerse mediante el trabajo de los alumnos, pero la falta de calidad de la producción y su incapacidad para mantener la disciplina después de cinco años de intenso trabajo lo hicieron fracasar y hubo de abandonar los niños a su pobreza primitiva. Inútilmente su esposa había sacrificado su fortuna y su salud.

En la miseria más amarga siguió viviendo en su chacra silenciosa durante 18 años, entregado a la producción literaria. Primero escribió las Veladas de un solitario y más tarde su célebre novela pedagógica Leonardo y Gertrudis, cuyo argumento pone en evidencia la importancia del hogar y de la educación en el progreso y felicidad de un pueblo.

Para esto retrata la vida sencilla de una aldea y los grandes cambios que se operan por obra de Gertrudis, una mujer pobre e ignorante. Ésta, con su habilidad y paciencia al educar a sus hijos, salva a su marido Leonardo del ocio y de la embriaguez. Mediante la devoción, la industria y la habilidad de esta humilde campesina, las nuevas directivas de la educación realizan la reforma de toda la aldea colaborando todos en esa renovación: la Iglesia, el Estado, la escuela, la burguesía, etcétera. Pestalozzi sostiene en esta novela que lo que ocurre en la aldea de Bonal se podría repetir en todos los pueblos.

Un suceso militar dio lugar a un segundo momento de la actividad educacional de Pestalozzi. En 1798 un ejército napoleónico incendió la ciudad de Stanz. Pestalozzi fue enviado para cuidar a los huérfanos. Tenía entonces 50 años. Aunque la vida del orfelinato fue breve y la actividad fue agotadora, en medio de niños plagados de sarna y piojos, esto no le impidió germinar la idea de la intuición y de la educación elemental. Juzgaba que había llegado a simplificar los métodos de enseñanza de un modo tal que cualquier hombre vulgar, sin auxilio de maestro alguno, podía fácilmente enseñar a sus hijos. Al principio del siglo empezó la tercera y más fecunda etapa de su labor en Burgdorf.

Con tres de sus cooperadores más inteligentes fundó en el castillo del lugar un establecimiento para la instrucción de los jóvenes pudientes e instaló una sede para la formación de los futuros maestros. Este instituto adquirió rápidamente gran fama. Pronto acudieron a él pedagogos nacionales y extranjeros, y los espíritus más preclaros de la época saludaron en las ideas y obras de Pestalozzi el amanecer de una nueva época. Agradaba sobre todo a los visitantes la natural espontaneidad y viveza de los alumnos y su entusiasmo para aprender.

También se mostraban gratamente sorprendidos por el tono cordial que distinguía las relaciones entre los profesores y los alumnos, y que hacía totalmente superfluo el empleo de la violencia y de los castigos. Pero el efecto más intenso es el que despertaba sobre sus visitantes el encanto personal de Pestalozzi, cuya profunda influencia sobre las almas se testimoniaba en todo momento.

En aquella época publicó el Libro de las Madres, o directorio para que las madres enseñaran a sus hijos a observar y hablar; el ABC de la intuición o introducción a la geometría, el dibujo y la escritura, y la Doctrina intuitiva de las relaciones numéricas, o libro de cálculo.

Sus ideas dominantes a la sazón fueron consignadas en su principal obra pedagógica Cómo Gertrudis enseña a sus hijos (1801). Era éste a la verdad un título singular; en la obra, constituida por quince cartas, no se ocupa para nada de Gertrudis ni de sus hijos. Las tres primeras cartas tratan de la vida del autor y de sus opiniones acerca del nuevo método. En las tres siguientes es donde se halla la exposición completa de sus principios. Pese a ser una obra difusa y obscura, contiene ideas y máximas que no envejecerán. Cuantos se ocupen de la enseñanza, pueden acudir a ella en busca de útiles consejos.

En 1805 realizó Pestalozzi su postrera experiencia pedagógica en Iverdón. En los años siguientes aumentó todavía la fama del maestro. De todas partes acudían visitantes y muchas veces buscaban allí residencia jóvenes educadores, por personal interés o enviados por sus gobiernos, para estudiar sus métodos. Fichte, en un célebre discurso, señalaba el sistema como el único capaz de reconstruir a Alemania.

Aquellas frecuentes visitas tenían sus inconvenientes, pues, por una parte fomentaron en Pestalozzi la vanagloria y exagerada estima de sí, y por otra hicieron que se procuraran efectos más aparentes que reales. La actividad de Pestalozzi era sencillamente inconcebible. Hacia las dos de la mañana solía comenzar sus trabajos de escritor, al rayar el alba dedicábase a su labor educadora.

Uno de sus colaboradores dice: “Hubo años en que ninguno de nosotros permanecía en el lecho después de las tres de la mañana”. La aparición de un semanario para la cultura humanitaria, dirigido por Pestalozzi y sus amigos, acabó por irritar a sus émulos, y dio ocasión para que se levantara todo género de acusaciones contra el establecimiento. Las discordias intestinas y el desacuerdo de sus colaboradores, principalmente de Niederer, el filósofo del método, y de Schmid, el matemático, apresuraron la decadencia de una casa donde nunca remaron el orden y la disciplina.


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La conmovedora ficción de la paternidad transportada a la escuela, que pudo obtener Pestalozzi en sus primeros ensayos pedagógicos y con corto número de alumnos, no era posible se plantease en Iverdón, con multitud de colegiales de todas las edades.

En 1809, por orden de la Dieta de Suiza, se hizo una investigación. El francisco P. Girard fue uno de los comisionados y redactó Un informe no del todo favorable a Pestalozzi: le parecía que en su ardoroso celo por encontrar nuevos procedimientos, el director de Iverdón había roto toda armonía con los demás centros de educación. Reprochábale, sobre todo, el abuso de las matemáticas, la falta de seminario para la formación de nuevos maestros y la escasez de doctrina en la educación religiosa.

En 1825, aquel colegio, en otro tiempo tan floreciente, hubo de cerrarse con gran aflicción de Pestalozzi. Pero el anciano octogenario estaba aún lleno de vida interior. Retirado en Neuhof, donde había comenzado su carrera, pasó allí al kdo de su nieto los últimos días de su vida. Todavía escribió el Canto del cisne, donde condensa y agrupa con más calma que en sus publicaciones anteriores los elementos de su sistema de educación.

Murió en 1827 y fue inhumado junto a la escuela donde cotidianamente, en los tres postreros años de su vida, había enseñado el abecedario a los parvulitos. Con ocasión de su primer centenario se le erigió un monumento con esta inscripción: “Salvador de los pobres de Neuhof; predicador del pueblo en Leonardo y Gertrudis; padre de los huérfanos en Stanz; fundador de la escuela popular de Burgdorf y Munchenbuchsee; Educador de la Humanidad, Hombre, Cristiano, Ciudadano: ¡todo para lo demás, nada para sí. ¡Bendecid su nombre!”

Pestalozzi, por la ejemplaridad admirable de su vida, puede ser presentado como un educador ideal. ¿Qué condiciones excepcionales reunía su gigantesca personalidad? Porque no hay que olvidar que este hombre, este maestro ejemplar, no lo fue ni por la magnitud de su talento, ni por la extensión y superioridad de la cultura, ni por la grandeza y brillantez de la doctrina, ni por la capacidad docente, ni siquiera por contar con excepcionales dotes de director y administrador.

Lo que llegó a elevarlo hasta la altura en que se encuentra fue su amor por el hombre, hasta en su más humilde expresión; fue su honda abnegación, su capacidad de sacrificio tan dulcemente cristiana, su entusiasmo, su perseverancia entre los más graves contrastes, su fe inconmovible, segura del triunfo definitivo de su empresa. “Cuando considero mi obra tal como ha llegado a ser -—decía él mismo—, debo reconocer que nadie era más incapaz que yo para cumplirla.. . Sin embargo, la he cumplido. El amor me ha permitido hacerlo.”

Valoración:  A pesar de haber ejercido gran influencia en la pedagogía, Pestalozzi no poseía ni la más mínima actitud filosófica ni organizadora. Nunca formuló claramente sus ideas, pero sus colaboradores y discípulos la han extractado de sus escritos y procedimientos didácticos. De sus libros se desprenden penosamente las ideas a través de mil repeticiones. Hay muchas comparaciones y las imágenes sofocan los conceptos.

Su estilo es nebuloso y embrollado, pero con relámpagos súbitos y con iluminaciones brillantes. El pensamiento es móvil y abundan las digresiones. Le faltaba agudeza y coherencia, y distaba mucho de ser en la práctica un maestro modelo. Su exterior producía mala impresión; no era limpio y mascaba a menudo un extremo de su corbata. No tenía programa ni horarios en sus clases; prolongaba a veces la misma lección dos o tres horas. Hablaba de prisa y confusamente y sólo se detenía cuando los alumnos habían abandonado las aulas.

Como director carecía de autoridad y hasta de prudencia. El exceso de libertad que permitía, la escasa preparación de sus maestros, la falta de armonía con el cuerpo profesoral y de orden en la administración, eran hechos que ponían de relieve su incapacidad para llevar a la práctica sus bellas teorías.

Después de enumerar tantos defectos ¿a qué se debe su importancia en la historia de la educación?.  Es que son tantos sus méritos, que hacen olvidar sus imperfecciones. Fundamentalmente imprimió a la escuela un espíritu de renovación. Su orientación psicológica condujo a la sistematización científica, a la aplicación didáctica del movimiento naturalista de Rousseau. Sus principios sirvieron para conciliar filosóficamente la vieja educación fundada sobre el esfuerzo, con la nueva fundada sobre intereses naturales.

Como fundamento de la labor educativa sustituyó la tradición por la experiencia. Puso de relieve una nueva finalidad: la educación elemental, conocida muy vagamente por muchos que la sostenían e hizo bien manifiesto su significado a la opinión pública; de esto nació en los gobiernos el interés por la enseñanza primaria. Finalmente, formuló un método enteramente nuevo, fundado en nuevos principios que transformó radicalmente la escuela.

El punto de partida. — La idea madre de su sistema es: La educación elemental debe tomar como punto de partida las propias fuerzas del educando. Pestalozzi, como Rousseau, parte de la naturaleza y del desarrollo natural del niño: “Todo el poder de la educación reposa sobre la conformidad de su acción y de sus esfuerzos con los efectos esenciales de la naturaleza misma; sus procedimientos y los de la naturaleza no son más que una sola y misma cosa.” “Para educar convenientemente a un hombre es necesario conocer su naturaleza, es decir, las leyes que regulan las funciones de su organismo y las de su vida psicológica.”

“Veo crecer —advierte— al niño como un árbol.  En el niño se hallan, aun antes de su nacimiento, los invisibles gérmenes de las disposiciones naturales que en él se desarrollan durante la vida.”

La educación es, pues, el resultado. El educador no comunica nuevos poderes o facultades. Su papel es cuidar que la influencia externa no perturbe la marcha natural del desarrollo. Hay que buscar, por esto, en la misma naturaleza humana, las fuerzas que operan en el desenvolvimiento del hombre y, por ellas, llegar a las leyes de la educación.

Para Pestalozzi la meta de la educación es la formación peculiar del hombre, la adquisición de la más completa humanidad. “El individuo, entregado al arbitrio de sus instintos naturales, no rebasaría el estado de animalidad. Sólo por la obra de la educación se alcanza la naturaleza humana.” “El objeto de la educación es preparar a los hombres para lo que deben ser en sociedad.”

Pestalozzi sigue la tendencia psicológica de Rousseau; por eso ve en el niño una realidad viviente, pero no limita el principio básico de su educación a este solo aspecto, sino que considera al hombre como un ser que necesita, por naturaleza, las relaciones afectivas que se cultivan en la familia. “La educación familiar, doméstica, por ser lo más próximo al hombre, es el punto de partida de toda educación.”  “Por eso —dice en otra parte— es el hogar paterno el fundamento de toda verdadera educación natural de la humanidad.”

La escuela debe proseguir la obra perfectiva de la familia. Pestalozzi considera la educación, cuyos beneficios deberían extenderse a todo el pueblo, incluso al más bajo, como un medio eficaz de renovación social. Para esto, como para la familia, debe cultivarse entre los hombres el amor, la confianza y la benevolencia, fruto de la presencia de la madre, que indudablemente es la primera educadora, Con este concepto de la educación familiar, extendida a las masas por medio de la escuela, Pestalozzi no sólo combate el individualismo, tan propio de su época, sino que establece las bases de la escuela, comunidad ideal.

Pestalozzi concibe a la educación como un desenvolvimiento total del individuo. En su opinión, existen los gérmenes y aptitudes suficientes en cada niño para su adaptación a la vida y para su integración en la sociedad.

En la naturaleza infantil radica ya “una tendencia inextinguible a desplegarse por sí misma”. La educación es sólo “el arte del jardinero, bajo cuyo cuidado florecen y se desarrollan millares de plantas, sin que él haga nada por la esencia del crecimiento y floración de las mismas; el crecimiento y la floración de las mismas son energías que radican en cada una de ellas.”

La educación elemental. — Todos los hombres, incluso los más abandonados, tienen derecho a la educación. Ella se alcanza por la escuela popular, accesible a todos, y se obtiene por la educación elemental o sea por el “desarrollo y cultivo de las disposiciones y fuerzas de la especie humana”.

Las energías fundamentales del hombre son tres: las que provienen de la cabeza o vida intelectual, del corazón o vida moral, y de las manos o vida artística y técnica. Estas tres capacidades han de desarrollarse armónicamente (principio del equilibrio de las energías) y han de seguir su desarrollo natural y espontáneo.

El método. — La idea madre de su sistema es que la educación elemental debe tomar como punto de partida las propias fuerzas del educando. “Para educar convenientemente a un hombre, es necesario conocer su naturaleza, es decir, las leyes que regulan las funciones de su organismo y las de su vida psicológica”. Hay que buscar en la misma naturaleza humana las fuerzas que operan en el desenvolvimiento del hombre y, por ellas, llegar a las leyes de la educación.

Respecto al mecanismo del método, Pestalozzi ofrece una serie de postulados que han sido reducidos a tres (Larroyo) :

a) Partir siempre de una percepción sensible o vivencia instintiva, comprensible al nivel cultural del educando (mostrar una cosa que interese) ;

b) Mediante la asociación con otros elementos, elevarse a una comprensión general (concepto de una cosa) ;

c) Reunir los puntos de vista alcanzados, de modo que formen un todo en cada conciencia humana. Hacer que cada nuevo concepto sea sólo una adición pequeña, apenas perceptible, a conocimientos anteriores.

Se puede ahondar más la estructura propia del método al estudiar por separado la educación intelectual, manual y moral.

Educación intelectual. — Esta educación tiene como punto de partida la intuición y como punto de llegada la posesión de conceptos claros y precisos. Quien posee educación intelectual posee la capacidad de definir las cosas, decir cuál es la esencia de los objetos con la mayor precisión y sobriedad. El pensar conceptual debe avanzar lenta, continua, ininterrumpidamente, buscando la unidad en lo diverso.

Para alcanzar la claridad, el hombre debe dirigir su atención a tres cosas:

1) al número de objetos que se le ofrecen;

2) al aspecto y forma de los mismos,

3) al nombre de los mismos. Número, forma y nombre constituyen los puntos elementales de nuestro conocimiento y determinan los tres aspectos de la cultura elemental: a) enseñanza de los números, realizada con objetos reales o con el tablero contador; b) aprendizaje de la forma, que abarca la escritura y el dibujo; c) enseñanza de la lengua, que por su significado (sostiene equivocadamente Pestalozzi) sirve para aprender las cosas.

Educación manual.— El trabajo manual, la educación física y la formación artística encierran para Pestalozzi un profundo significado educativo. El desarrollo que se logra con estas actividades debe armonizar completamente con el desarrollo simultáneo de la inteligencia y de la voluntad. Una elemental gimnasia, los ejercicios de dibujo y canto contribuirán a dotar a los alumnos de una mayor disposición para adquirir los demás elementos de la formación humana.

Educación religioso-moral. — La educación física y la educación intelectual ejercen un influjo innegable en la vida del hombre y en la moralización de la humanidad. “La vida debe estar religiosamente organizada, es decir, dispuesta de tal modo que los sentimientos de la fe y el amor pueden desarrollarse en forma natural.” La familia, que constituye la forma fundamental de toda la vida social, es el ambiente natural para despertar el sentimiento religioso.

Fuente Consultada:
Historia de la Educación – Juan Carlos Zuretti – Editorial Itinerarium – Colección Escuela –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA – Microsoft
Enciclopedia del Estudiante Tomo 19-Historia de la Filosofía – Editorial Santillana
Wikipedia –





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