Quienes Fueron los Cataros? Albigenenses Historia de los Cataros



LOS CÁTAROS EN LA EDAD MEDIA

En el siglo XII se desarrolló en el sur de Francia una nueva secta religiosa: la de los cataros o albigenses. La Iglesia católica echó mano de cuantos medios estaban a su disposición para extirpar esa herejía. Le ayudaron a ello los reyes de Francia, que vieron en ello la ocasión de extender su territorio en dirección sur. A despecho de una caza despiadada, los últimos cataros no pudieron ser exterminados hasta 1328.

Los cátaros formaban una secta cristiana, también conocida como albigenses, que gozó de popularidad durante los siglos XII y XIII en la región francesa del Languedoc y en el norte de Italia. En 1179,  el Papa denunció públicamente a la iglesia cátara, pues provenía de una secta herética. El nombre «cátaro» se cree que proviene de la palabra griega katharó, que significa «puro» o «purificado», o de la voz alemana ketter, que significa «herético».

Aunque la Iglesia católica juzgaba herejes a los cátaros, estos se consideraban cristianos verdaderos y se referían a sí mismos como «cristianos» u «hombres buenos».

los cátaros

Desgraciadamente, los cátaros tuvieron problemas con la Iglesia católica porque se negaron a aceptar la autoridad del Papa; creían que la cruz era un símbolo maligno de la tortura y la muerte y no les gustaba el comercio de reliquias religiosas, negocio muy lucrativo para la Iglesia en aquellos tiempos. En lugar del Juicio Final de las almas —un concepto que los cátaros no aceptaban , creían que el mundo físico dejaría de existir cuando todas las almas fueran liberadas de él.

En 1209 el papa Inocencio III convocó una cruzada contra los cátaros, que, conocida como la Cruzada Albigense en alusión a la ciudad cátara de Albi, fue especialmente sangrienta y cruel, y acabó con miles de vidas, tanto de cátaros como de cristianos. (Ampliar este tema aquí)

MAS INFORMACIÓN SOBRE LOS CÁTAROS

La historia de los cataros o albigenses es uno de los mayores dramas que haya conocido la Edad Media. Pero los acontecimientos que acompañaron la tragedia no son suficientemente conocidos, y corrió demasiada sangre para que sea posible efectuar el recuento de los hechos con una total objetividad.

Los vencedores, es decir, la Iglesia y los reyes de Francia, trataron, en la medida de lo posible, de hacer desaparecer todo rastro de los cataros, y los historiadores de la época relataron los acontecimientos a satisfacción de los vencedores.

Resulta   comprensible   que   el movimiento de los cataros haya desencadenado las pasiones, pues se trataba de una secta religiosa que, además, tenía una fuerte influencia en el plano social.



Los signos precursores del albigeísmo se manifestaron en el siglo XI en el norte de Francia. El movimiento consiguió las simpatías de gran número de adeptos en el siglo siguiente. El nombre que se les dio, albigenses, deriva del nombre del pueblo de Albi, situado en el departamento de Tarn, sede de uno de los obispos de la secta.

Los cataros (es decir, los «puros») eran los adeptos a ciertas creencias de origen parcialmente oriental y que también habían tomado prestados algunos elementos a los bogomilos, secta que contaba con multitud de adeptos en los Balcanes. Uno de los puntos esenciales del albigeísmo era el dualismo («… en el mundo existen dos fuerzas eternamente contrarias. Existe un principio superior del Bien y un principio superior del Mal, al igual que existen la Luz y las Tinieblas…»).

La secta de los bogomilos nació en Bulgaria, pero se extendió rápidamente y sólo se extinguió con la conquista turca en el siglo XVI. Creían también en las dos fuerzas contrarias del Bien y el Mal, y enseñaban que la salvación se lograba siguiendo las enseñanzas de Cristo, pero rechazaban los sacramentos. Basilio, el jefe de esta secta, murió en la hoguera el año 1118.

Los albigenses consideraban la existencia terrestre como obra del Mal y estaban en contra de la procreación. También rechazaban la mayoría de los sacramentos de la Iglesia católica romana, aunque había algunos elementos de similitud entre la Iglesia y el albigeísmo, pues los cataros tenían también obispos así como diáconos en las bajas jerarquías eclesiásticas.

Entre sus adeptos se convino hacer una distinción entre los simples creyentes o crecientes, que sólo estaban obligados en una mínima parte a respetar los severos imperativos de la secta, y los perfectos o perfecti, que tenían una regla de vida rigurosamente estricta. Entre estos dos grupos había un grado intermedio que podríamos comparar con los novicios.

Aunque constituían esencialmente una secta religiosa, los cataros vieron decidirse su suerte más bien por razones políticas. Después de haber intentado en vano llevarles de nuevo a la fe católica por medio de sermones, el papa Inocencio III llamó en su ayuda al rey Felipe II Augusto.

Este rey de Francia no reinaba todavía sobre aquella parte del país y tenía que preocuparse de otros intereses políticos, entre los que se contaba la reconquista de ciertas regiones de Francia que se hallaban en manos de los ingleses. De modo que hasta después de haber dejado arreglados estos asuntos, tras la batalla de Bouvines en 1214, no se dispuso a intervenir en el asunto de los cataros, aunque influyeron en su decisión motivos muy distintos de los religiosos.

En efecto; así como el papa no podía soportar la existencia de una secta religiosa que se hallaba fuera de la Iglesia, el hecho de que hubiera un Estado independiente al sur del Loira era una espina clavada en la carne del monarca, y Felipe II Augusto no podía permanecer inactivo.

En 1208 se inició la cruzada dirigida contra la secta de los albigenses. Poderosos señores dirigieron los combates. Bandas de saqueadores y merodeadores acudieron de todos los rincones de Francia e infestaron el sur, atacando principalmente los condados de Tolosa y del Languedoc en donde vivían la mayor parte de los cátaros.

Esta cruzada es una de las páginas más negras de la historia de la Iglesia y de la de Occidente. Su jefe era Simón de Montfort. El pretexto de defender la fe sirvió de excusa a las mayores atrocidades. El 22 de julio de 1209 todos los habitantes de la ciudad de Beziers, hombres, mujeres y niños, fueron exterminados. Estas atrocidades, sin embargo, no consiguieron someter a los albigenses, dirigidos por nobles del mediodía de Francia.



En 1218, Simón de Montfort resultó muerto en un motín que estalló en Tolosa. Aunque el propio Felipe II Augusto intervino en la lucha, tampoco consiguió exterminar completamente a los cátaros. La decadencia de éstos iba a extenderse todavía durante muchos años y exigiría nuevas atrocidades. La toma de la última plaza fuerte de los albigenses, Monségur, dio ocasión a una nueva exterminación en masa.

Los cátaros hechos prisioneros fueron conminados a abjurar de su fe. Quienes se negaron a ello fueron arrojados vivos a una hoguera colectiva. A despecho de ello y de las persecuciones llevadas a cabo por la Inquisición, el albigeísmo no pudo ser desarraigado por completo.

Gracias a la lucha emprendida contra los albigenses, los Capeto, que reinaban en Francia, habían extendido su territorio. En el plano cultural el sur era una de las regiones más bellas de Francia, pero hasta aquel momento el norte había dominado. Mas las represiones contra los cataros asestaron a las regiones del sur un golpe del que no se recuperaron jamás por completo.

Las señorías del sur habían caído en las manos de nobles venidos del norte que no comprendían ni la lengua ni las costumbres de la gente del mediodía. Muchos de ellos se comportaban, por otra parte, como conquistadores.

Los últimos cataros se retiraron a regiones difícilmente accesibles, como el valle del Ariége, en los Pirineos. Las vertientes del valle están horadadas por multitud de cuevas y de grietas en las que encontraron refugio los supervivientes. Entre ellas una de las más conocidas es la cueva de Lombrives, que se hunde varios cientos de metros en la montaña y que desemboca en una gran sala a la que bautizaron con el nombre de «la catedral».

Esta sala tiene 84 m de altura, 80 de longitud y 50 de anchura. En 1328 vivían allí todavía unos quinientos cátaros. Perseguidos, se adentraron en la montaña.

A los soldados de la Inquisición, que no tenían ningún deseo de perseguir a los cataros hasta el interior de la cueva, no  se les ocurrió ninguna solución mejor que la de tapiar la salida de «la catedral», seguros de que no había ninguna otra. Cierto que la había, aunque no fue descubierta hasta mucho después. De modo que los últimos cataros murieron enterrados vivos.

La entrada a la cueva permaneció tapiada durante doscientos cincuenta años. En efecto, en 1578 Enrique de Navarra, que iba a subir al trono de Francia con el nombre de Enrique IV, concibió la idea de abrir la inmensa gruta.

En una galería, más allá de «la catedral», descubrió los esqueletos de los desdichados cátaros.

Los soberanos de la época y las autoridades religiosas consideraron la exterminación del albigeísmo como una medida de interés general. Es preciso tratar de comprender su punto de vista, aunque hayamos de lamentar tanta crueldad que llegaba hasta verdaderos baños de sangre.



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