Emperador Romano que compro el trono Vida de Raros Personajes Historia



Emperador Romano que Compró el Trono

Didius Julianus (132-193)
El emperador romano de los 66 días

En el 193 d.C. el emperador romano Pertinax fue asesinado por la Guardia Pretoriana.  Era un mandatario honesto y a la vez grosero, que había hecho sufrir a sus hombres un gobierno riguroso, acarreando de esta forma su muerte. Lo que siguió después queda como uno de los más increíbles episodios en los anales de la historia.

emperador romano Pertinax

Con el trono vacío ahora los pretorianos debían encontrar a alguien para reemplazar al emperador asesinado. El cetro fue ofrecido a varios senadores pero lo rechazaron porque temían que el trono se convirtiera en algo candente. Pertinax había sido popular y el populacho estaba furioso por el asesinato. Un soldado desconocido tuvo una idea: sugirió que la guardia podía dar el cargo al ciudadano romano que más pagara por él; en seguida propusieron una subasta pública.

Esta extraordinaria noticia llegó a oídos de Didius Julianus, de 61 años, el más rico senador de Roma, mientras estaba cenando con su mujer Marilina Scantilla y su hija Didia Clara. Este milanés de nacimiento, caracterizado por Edward Gibbon como «un viejo vanidoso», había hecho su fortuna en la marina mercante. Y ahora, después de haber sido convencido por su familia de que el manto púrpura debía guardarse en su guardarropa, se apuraba hacia el campo donde los soldados esperaban con impaciencia las ofertas.

Junto a. él, el otro postor era Sulpicianus, suegro del asesinado. Didius hizo la primera oferta, Sulpicianus respondió inmediatamente, y en seguida el remate se hizo intenso, pero finalmente Julianus hizo la propuesta vencedora e inició con sus locas exigencias. El Senado, lleno de amargura e intimidado por la proximidad de los pretorianos, fue aceptando sus órdenes.

Sin embargo, si bien Didius Julianus estaba sufriendo con estos pensamientos en la noche oscura, no sabía que su destino había sido ya decidido. Un grupo de rebeldes romanos había despachado mensajeros a las unidades de combate de las legiones romanas que estaban en los rincones más alejados del imperio, en Bretaña, Siria, Pan-nonia y Dalmacia. Los poderosos generales recibieron la noticia del infamante remate, pero sólo uno, Septimus Severus, un cruel y guapo abogado, decidió actuar. En su campamento de Pannonia ofreció a sus soldados una prima equivalente a 2.000 dólares a cada uno si abandonaban sus puestos en el Danubio (cerca de la actual Viena) y marchaban inmediatamente a Roma.

Julianus se enteró, por los informes diarios de los mensajeros, del cruce de los Alpes y de la rápida marcha de esta tropa furiosa, y entonces los asuntos locales dejaron de interesarle. Rechazó la proposición de una estatua de oro de él mismo y se conformó en cambio con una hecha en bronce. Eligió a su yerno gobernador de Roma y emitió la orden de masacrar al vacilante Senado, pero luego la revocó. Se mostraba agitado y preocupado.

Esperaba que otras ciudades romanas resistieran a Severus, pero no lo hicieron. Gastó febrilmente dinero en nuevas fortificaciones y preparó a su infeliz guardia. Intentó adiestrar elefantes para defenderse esperando aterrorizar a las tropas del norte, pero los animales, previamente usados para desfiles, eran demasiado flojos y había muy pocos conductores suficientemente expertos como para permanecer sentados en ellos.

Llegó al colmo cuando mandó secretamente asesinos para matar a Severus. Fue imposible, ya que el general marchaba con una guardia personal de 600 hombres.

En su desesperación, mandó a Severus un mensajero para ofrecerle la mitad del imperio o para matarlo si rechazaba la oferta. Pero éste le respondió que prefería más tenerlo como enemigo que como colega y ejecutó al mensajero con prontitud.

Sin saber ya qué hacer, mandó un grupo de sacerdotes y vestales para detenerlo. Él fracaso de éste su último intento lo sumergió en sacrificios y ritos mágicos.



La marcha de 800 millas hecha por Severus era como para suscitar admiración militar. Iba montado a la cabeza de sus hombres, cubierto totalmente por un peto y hacía en muy raras ocasiones una pausa para comer o descansar, empujando, en cambio, a sus guerreros 20 millas por día.

Llegaron a Roma en el 40.° día de su viaje, el 2 de junio de 193 después de C., y violaron la tradición al entrar en la capital con sus ropas de combate.

Encontraron a Didius Julianus temblando en su palacio. Una docena de soldados lo condujo a los baños de sus aposentos para descabezarlo, mientras gritaba: «¿Qué daño he hecho? ¿He obligado a alguien a morir?».
Había comprado un imperio por 66 días, pero resultó una mala inversión.

Fuente Consultada: Diccionario Insólito Tomo 3 Wallace – Wallechinsky

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