Casanova y las mujeres Grandes Amantes de la Historia Biografia



Casanova y las Mujeres
Grandes Amantes de la Historia – Biografía

Giacomo Casanova, fue, en esencia, un aventurero. Polifacético, en su afán de obtener sus objetivos era capaz de componer de manera brillante roles diversos.

Diplomático, soldado, médico, religioso, filósofo y hasta agente secreto. También fue un prolífico escritor.

Pero su arma más filosa fue, en cada acto de su vida, la seducción. Cautivó a monarcas, autoridades eclesiásticas, pensadores y burgueses. Aunque su predilección fueron las mujeres, en las que siempre encontró cobijo, cualquiera fuere su orden social: la enorme mayoría sucumbía ante él.

Aquellas conquistas amorosas, las que el propio Giacomo contabilizó con la impactante cifra de 132, llevaron a que su apellido trascendiera a la historia como sinónimo de libertino, dada su obsesión por el sexo opuesto y los placeres mundanos.

La historia también lo rescata como a un hombre que supo tejer un entramado tan inteligente como efectivo de relaciones.

Sus vivencias serían volcadas luego al papel con suma maestría, en una memorable autobiografía titulada La Historia de mi vida, obra celebrada como una genial descripción de su época, aunque, por transgresora, fue censurada hasta pleno siglo XX.

La historia de Giacomo Casanova comenzó en Venecia, cuando esta ciudad ostentaba autonomía. Nació el 2 de abril de 1725, tuvo cuatro hermanos y sus padres fueron actores de teatro de poca relevancia.

El propio Giacomo se describió en sus memorias como un niño con pocas luces. Pero a la edad de los 9 años, debió viajar a la vecina Padua a raíz de una enfermedad respiratoria y allí, donde permaneció muchos años, comenzó a ser educado mostrando muy buenos dotes para el aprendizaje, tanto en las materias humanísticas como en las orientadas a la ciencia.

El incomparable Casanova
CasanovaSolía comerse cincuenta ostras al desayunar, a menudo en compañía, dentro de una bañera construida para dos. Normalmente seducía a las esposas o hijas de sus amigos, a veces dos a la vez, si hay que darle fe.

Casi siempre jugaba al aventurero: espía condenado a prisión que se evade saltando el muro, amante que lucha en duelo con un marido ultrajado, jugador que consigue varias fortunas y se las gasta en mujeres y en vino. Siempre vivió de su cerebro.



Giovanni Jacopo Casanova de Seingalt fue un hombre de muchos talentos: fue sucesivamente periodista, narrador, soldado, gastrónomo, predicador, filósofo, violinista, alquimista, hombre de negocios, diplomático y amante.

La incomparable filosofía que guiaba los pasos de Casanova está expresada en un pasaje poco citado que aparece a la mitad de sus Memorias: «Los instantes en que el hombre se ve obligado a ceder a la desgracia o al sufrimiento son instantes robados a su propia vida; pero multiplica por dos su existencia si tiene el talento de multiplicar sus placeres, de cualquier clase que sean».

Así se comportó Casanova a lo largo de toda su vida, desde la edad de 16 años, cuando le expulsaron por conducta inmoral de un seminario de Venecia, su patria, hasta su muerte en Bohemia —donde era bibliotecario del conde Von Waldstein— en el castillo de Dux, si los 73 años, en 1798.

Entre estas dos fechas hubo más de lo que  un otro hombre hubiesen podido escribir. Las célebres memorias de Casanova totalizan aproximadamente 1.500.000 palabras, y sin embargo sólo llegan hasta sus 49 años.

Se hizo famoso por primera vez cuando, encarcelado en Venecia, en 1755, por haber actuado de urente secreto, escapó a Francia: la historia indudablemente exagerada de este episodio le convirtió en un héroe romántico en toda Europa.

Los franceses le nombraron rápidamente jefe de las loterías nacionales, un cargo que le valió su primera fortuna, pero en lugar de establecerse reemprendió sus viajes.

Florencia le expulsó; aunque parezca raro, el Papa le concedió la orden de la Espuela de Oro; también le expulsaron de Madrid; de 1774 a 1782 fue espía para los inquisidores estatales de Venecia. Allí donde iba no dejaba nunca de buscar nuevos placeres.

Se dice que la famosa autobiografía de Casanova es digna de fe en líneas generales, como un cuadro del siglo XVIII, pero no en sus detalles, aunque actualmente nos parece ya bastante morigerada, y los detalles no son tan licenciosos o picantes como antes parecían.

El ingenio elegante de Casanova, reflejado en estas páginas, le convirtió en el huésped bienvenido de gigantes como Voltaire y Federico el Grande, pero incluso en estos casos no pasaba de ser considerado como un homme a bonnes fortunes.

Como es lógico, se le recuerda principalmente como un gran amante, y su nombre sólo es igualado por Don Juan como sinónimo de mujeriego promiscuo.



Dijo que las mujeres eran su cocina, y se dedicó a conocer e inventar toda clase de trucos para atraerlas al banquete de su cama —desde estratagemas como el «juego de las ostras» (él y la probable candidata comían las ostras cada cual de la boca del otro, y a menudo las ostras caían entre dos «globos de alabastro») hasta las historias exageradas de sus proezas en cualquier campo—.

Este famoso amante es un ejemplo típico del seductor neurótico, cuya necesidad de gustar constituye la razón misma de su vida, pero fue tanto un caballero como un sensual, combinación que rara vez se da.

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