Barcos y Aviones Desaparecidos en el Mar Teorias Que Explican



Barcos y Aviones Desaparecidos en el Mar

BUSCANDO UNA EXPLICACIÓN: Se pueden contar por muchos centenares el número de barcos y aviones que han desaparecido en forma misteriosa en el triángulo de las Bermudas y zonas limítrofes. De la totalidad de siniestro catalogados, se han excluidos algunos aviones militares y navíos que se pueden haber sido objeto de sabotaje, secuestro o cualquier otra actividad de tipo político-revolucionario.

Pero cada día salen más a la luz otras desapariciones  que no fueron dadas a la publicidad en su momento, con toda seguridad a causa de la conciencia pública que ya se encuentra inquieta ante la sospecha de que algo inexplicable sucede en aquellas aguas.

El misterio aumenta ante la aparición al cabo del tiempo de alguno de los navíos perdidos. Fueron buscados rastreando la zona casi palmo a palmo, desde el agua y desde el aire, sin resultado: ni un solo resto flotando o bajo el mar pudo ser hallado. Y, de pronto, un día cualquiera, fueron vistos a la deriva, sin destrozo alguno, pero sin tripulantes, como si se tratara de embarcaciones fantasmas.

Como parece lógico, las primeras investigaciones se centraron en causas puramente naturales. Oceanógrafos y meteorólogos intentaron explicar el fenómeno de las desapariciones recurriendo a la aparición de súbditos cambios atmosféricos, imprevisibles, a modo de pequeñas tormentas que afectaran a áreas muy concretas, pero de enorme intensidad.

No se hallaban restos de los naufragos ni de los aviones derribados porque los dispersaría la corriente del Golfo, que fluye hacia el norte, entre Florida y las Bahamas, a una velocidad variable entre 1 y 5 nudos.

Simultáneamente con los resultados de estas investigaciones, que no convencen a nadie, la ciencia oficial insistía e insiste en negar las teorías más o menos fantásticas que circulan desde hace años por los cinco continentes.

Y, sin embargo, estas explicaciones heterodoxas han ido paulatinamente calando en la opinión pública, que siempre se encuentra más receptiva a lo extraordinario que los gobiernos y las universidades. Frente a la opinión oficial, que hace depender los accidentes de causas meteorológicas, circulan otras, absolutamente opuestas y en las mismas fronteras de la ciencia-ficción.

Spencer, por ejemplo, tras haber analizado en profundidad muchos casos de desapariciones, cree que la única explicación posible, a la que se accede negando todas las demás por falta de pruebas, es que tanto las naves como sus pasajeros han sido capturados físicamente de los mares o los cielos por los que estaban viajando.

«Puesto que la desaparición total de navíos de más de 175 metros de largo, en mares totalmente en calma y a 80 kilómetros de la costa, lo mismo que la de aviones a punto de aterrizar, no puede ocurrir según las normas terrestres, y, sin embargo, están ocurriendo, me veo obligado a concluir que se los están llevando del planeta.» Una conclusión, obviamente, tan falta de base probatoria como las oficiales.

En la mayor parte de los casos, se habían producido previamente visiones de objetos luminosos —de distintos colores e intensidades— durante la noche y se habían constatado perturbaciones magnéticas en los instrumentos de navegación, tanto en el caso de los barcos como en el de los aviones.

Para Spencer no hay duda: son los ovnis los autores de los secuestros, y a la energía que los impulsa se deben las anomalías en los aparatos de control. La procedencia y motivaciones de los raptores son desconocidas.

TEORÍA DE JESSUP Y SANDERSON: En su libro “El caso de los ovnis», que en el momento de su publicación obtuvo una excelente acogida por parte de curiosos y científicos, M. K. Jessup escribió que «el desarrollo de nuestra era aeronáutica es de un gran interés para nuestros vecinos del espacio». Jessup, que fue un autor de muy densa preparación científica, ponía en relación la frecuencia de avistamientos de ovnis en la zona de las Bermudas con las misteriosas desapariciones que nos ocupan.

Aducía el científico, en apoyo de su teoría, que las perturbaciones electromagnéticas en el Triángulo de las Bermudas no son continuas, sino que se producen precisamente por la intervención —deseada o no— de las naves extraterrestres cuando llegan. Incluso puede que la procedencia de los ovnis no sea el espacio, sino los fondos oceánicos.

Abundando en esta última posibilidad, y compartiendo en gran parte los argumentos de Jessup, lvan Sanderson ha afirmado, en su libro «Los residentes invisibles» que no es lógico pensar que toda la vida inteligente del planeta que habitamos se desenvuelva sobre la superficie seca.

Por decirlo con las mismas palabras con que él se expresó en las páginas de su libro mencionado: «Casi tres cuartas partes de la tierra yacen bajo el mar. Los seres que respiran en la atmósfera viven bastante cerca de la superficie terrestre, mientras que los que respiran bajo el agua no están limitados a permanecer en el fondo de la hidrosfera y disponen de un volumen cúbico mucho mayor para desarrollarse y operar.»



Con estas palabras, Sanderson está sugiriendo la posibilidad de que haya podido surgir y desarrollarse bajo las aguas oceánicas una civilización, o varias, que actualmente se hallaría más evolucionada qué la que existe en la superficie, la cual abandonó hace tal vez millones de años el mar para vivir sobre la tierra.

Son, en verdad, atractivas estas teorías de Jessup y Sanderson; aunque su base científica sea discutible o nula. Proporcionan a los investigadores, y sobre todo a los interesados en el tema, hipótesis fantásticas en las que merece la pena detenerse y pensar un rato.

A partir de ellas, y superando las posibilidades de que seres del espacio exterior o interior capturen barcos y aviones quién sabe con qué intenciones, algunos autores han dado rienda suelta a su imaginación y se han atrevido a proponer la existencia de un agujero dimensional en el cielo, por el que los aviones, en determinadas circunstancias, pueden entrar, pero del que no son capaces de salir, un desgarrón magnético en la cortina del tiempo. Difícil de explicar, y aún más difícil de entender.

Estos agujeros darían lugar a vértices o torbellinos magnéticos que trasladarían lás naves a otras dimensiones.

Otra hipótesis, tan fantástica como las anteriores, intenta explicar las desapariciones recurriendo a las características de la zona ya su historia geológica. Existirían, dentro del Triángulo de las Bermudas, grandes complejos energéticos, antiguas máquinas restos de una tecnología del pasado todavía en actividad, que yace en el fondo del mar y que puede ser avivada ocasionalmente por aviones y barcos que, al pasar en sus trayectos por su zona de influencia, desencadenarían torbellinos magnéticos capaces de producir fatales perturbaciones, tan intensas que llegan a desintegrar prácticamente los objetos afectados.

Aceptar esta hipótesis nos obliga a retroceder en el tiempo y en la vida del océano y de la civilización humana.

MAPA DE REGIONES DE FENÓMENOS MISTERIOSOS

mapa de desapariciones

CIVILIZACIONES PERDIDAS: Debemos admitir, porque la cjencia así lo hace, incluso los postulados más clásicos, que en épocas lejanas en el tiempo el panorama de nuestro planeta no era como ahora es: grandes porciones que en la actualidad están sobre las aguas y sobre las que nosotros habitamos fueron antes fondos marinos ocultos por las aguas, y a la inversa.

Recientes investigaciones han puesto de manifiesto que hace aproximadamente 12.000 años algunas zonas cubiertas por el Mediterráneo fueron tierra continental; existían, por ejemplo, grandes puentes —istmos— entre Sicilia e Italia, y entre Africa y Gibraltar; se hundió una gran extensión en la costa del Mar del Norte y las plataformas continentales que se hallan frente a las costas de Irlanda, Francia, la Península Ibérica y Africa; también fueron ocupadas por las aguas las llanuras en torno a las Azores, Canarias y Madeira, al igual que las plataformas continentales de Norte y Sudamérica, especialmente los enormes bancos de las Bahamas, que se extiendeñ a lo largo de miles de kilómetros cuadrados.

En una época anterior al levantamiento del nivel del mar, la zona que nos interesa y otras formaban grandes islas o conjuntos de islas, seguramente habitadas, y tal vez por civilizaciones muy complejas.

En el año 1968, en el curso de unas pacientes investigaciones submarinas, el Dr. J. Man-son Valentine halló en la zona norte de Bimini, en las Bahamas, una enorme construcción que hoy se conoce con los nombres de «El camino» o «La muralla». Se trata de imponentes bloques de granito dispuestos y ensamblados de tal manera que parecen formar plataformas, murallas y caminos.

El afortunado descubridor describió así el hallazgo: «Es un extenso pavimento de piedras lisas, rectangulares y poligonales de distinto tamaño y diverso grosor, que habían sido alineadas y diseñadas para formar una estructura armoniosa. Me pareció obvio que estas piedras habían permanecido sumergidas durante un largo período, a juzgar por los bordes de las más grandes, que se habían alisado y daban la impresión de almohadones o trozos de pan gigantescos. Algunas son totalmente rectangulares y en ocasiones forman cuadrados perfectos (en las formaciones naturales la línea recta no se da jamás).

Las piezas más grandes, que tienen un largo de tres o cuatro metros, y algunas hasta cinco, están colocadas a menudo a lo ancho de las avenidas situadas en forma paralela, mientras que las más pequeñas forman pavimentos, a modo de mosaicos, y cubren áreas más amplias… Las avenidas compuestas por las piedras, aparentemente calzadas, son paralelas y de bordes rectos; la más larga está constituida por una serie doble sujeta en los extremos por piezas verticales.

El extremo sudoriental de esto que parece ser una gran carretera termina en una curva. Hay también tres cortos diques, construidos por grandes piedras cuidadosamente alineadas, tienen una anchura uniforme y terminan en piedras angulares.

PIRÁMIDES Y RUINAS SUBMARINAS: Los hallazgos de Manson causaron tanta sorpresa entre los científicos que pronto se sucedieron las investigaciones, no sólo en el área de Bimini, sino en una zona mucho más extensa que llegó a tocar la costa de Florida, Georgia Carolina del Sur y la totalidad del Triángulo d las Bermudas. Cerca de las mismas Bimini & hallaron restos de lo que se supone cimientos de edificios y pirámides.

Una de estas formaciones mide 56 por 42 metros y se asemeja a la mi tad superior de una gran pirámide. También er México, frente a las costas de Yucatán, se descubrieron unas vías terrestrres que, arrancando desde la playa se sumergen en línea recta en el mar camino hacia quién sabe qué localidades submarinas desconocidas. En las proximidades de Cayo Largo se localizó una especie de muralla, o camino, que discurre a lo largo de un acantilado, por las cumbres del mismo.

Restos similares se hallaron también en otros muchos lugares.
No se puedo evitar —ni tampoco había por qué hacerlo— que los descubrimientos mencionados, tan numerosos, en aquella zona del Atlántico trajeran a la memoria de los estudiosos el recuerdo siempre vivo de la mítica Atlántida y el deseo de relacionarlos con ella.

El primer autor conocido que centró su atención en este continente perdido fue el filósofo Platón, en sus diálogos «Timeo» y «Critias», describiéndolo con todo detalle gracias a la información recibida de Solón a través de los sacerdotes egipcios de Sais.

Sitúa Platón su relato en una época de la que distamos nosotros por lo menos once mil quinientos años. «En aquellos días —escribió el filósofo— el Atlántico era navegable y había una isla frente a los estrechos llamados Columnas de Heracles; la isla era mayor que Libia y Asia juntas, y era la ruta hacia otras islas, y desde ella podía uno pasar a través de todo el continente situado en dirección opuesta y que rodea el verdadero océano; porque este mar que se halla dentro de los estrechos de Heracles (el Mediterráneo) es sólo un puerto, con una entrada estrecha, pero el otro es el verdadero mar y la tierra que lo rodea podría ser llamada un continente».

Hasta los descubrimientos de Manson en 1968 la Atlántida había sido situada en muy diversos lugares, mas nunca en la zona del Triángulo de las Bermudas; pero, a partir de entonces, los investigadores están considerando muy verosímil esta última posibilidad.

MISTERIOSAS FUERZAS OCULTAS EN EL FONDO: El hallazgo en los fondos marinos de lo que pudo ser una avanzada civilización en tiempos remotos, corroborado con otros descubrimientos en distintos lugares del planeta y también en tierra, en muchos de los cuales es evidente la huella destructora de una energía solamente comparable en potencia a la atómica, hacen pensar en la posibilidad de que esa fuerza tremenda se encuentre sumergida en el fondo del mar—y no sólo en el Triángulo dejas Bermudas—y permanezca todavía activa al cabo de milenios. Por causas no determinadas, pero de ls que no hay que excluir la proximidad de barcos y aviones, vuelve a actuar contundente.

Pero no necesariamente hay que achacar ese poder maléfico y destructor a fuerzas misteriosas, legado de civilizaciones remotas o no, como opina Ronald Waddington. Se puede acudir también a una explicación más natural y, por lo tanto, más lógica. Veamos. «Mi hipótesis —afirma Waddington— se basa en la constante producción de erupciones volcánicas subterráneas. Es concebible que: a causa de las grandes presiones y profundidades de las geosinclinales bajo el Atlántico, las erupciones de esta zona de las Bermudas sean bastante diferentes de las que crearon los atolones del Pacifico.

Tal vez abran fisuras en las profundidades inexploradas; entonces la descomunal presión creada por los gases calientes del núcleo terrestre expulsaría restos de un material radiactivo densamente magnético, distinto de todo lo conocido por el hombre. Ese material se movería a una velocidad tremenda, como un cohete con combustible líquido. Al romper la superficie del agua, lo mismo que un proyectil Polaris, actuaría como un potente rayo cósmico, en sus intentos de cambiar su equilibrio de electrones».

Para Waddington, los efectos de tales rayos actuando sobre un avión situado dentro de su campo magnético podrían describirse como un cortocircuito que afectara a todos los instrumentos eléctricos de navegación, incluidos los sistemas de ignición de los motores. Parados los motores por la falta de ignición, el aparato entraría en una situación crítica sobre la que el piloto tampoco podría influir, ya que todos los instrumentos eléctricos de control se hallarían inútiles. Igualmente resultaría imposible comunicar por radio la incidencia y emitir un SOS que fuera recibido por los controles en tierra. Las explosiones en el aire y la subsiguiente desintegración de los aviones serían la consecuencia de una puesta en contacto de los circuitos eléctricos cortados con el campo magnético.

Sobre los barcos, el efecto de los bloques de material radiactivo lanzado desde las profundidades por las erupciones volcánicas se traduciría en un impacto contra el casco, con la potencia de una bomba de hidrógeno. Fácilmente se comprende también que una embarcación, por muy grandes que sean sus dimensiones, alcanzada por semejante fuerza atómica, se desintegre completamente, lo cual explicaría de paso por qué no se hallan después restos ni supervivientes.

Al margen de esta explicación propuesta por Waddington parecen quedar los casos, insignificantes en numero, en que han aparecido los barcos, pero sin nadie a bordo, como si fueran embarcaciones fantasmas. No se encontraron en ellas huellas visibles de destrucción, ni siquiera de deterioro. Al parecer, ninguna fuerza actuó sobre ellas. Ni en cubierta ni en el interior se halló nada raro: todo estaba intacto y en orden, incluso los objetos más débiles. Es decir, ni hubo destrucción violenta ni, por supuesto, desintegración.

Con una nueva tripulación, los barcos volvieron a surcar los mares como antes, como si nada hubiera sucedido. ¿Y qué pasó con las personas que iban a bordo? Seguramente, la erupción no fue lo bastante potente como para que los impactos radiactivos afectaran el caso del barco; pero el aterrador espectáculo del mar, agitado por las pequeñas bombas de fuego que surgían de su interior y abatiéndose contra el caso, provocó tal pánico en las tripulaciones y viajeros que éstos optaron por buscar su salvación huyendo a nado o en pequeños botes. La turbulencia hirviente del agua acabaría con ellos en pocos segundos.

La hipótesis defendida por Waddington se ve reforzada por el hecho de que las desapariciones de barcos y aviones en el Triángulo de las Bermudas no se producen de forma continuada, sino sólo en ocasiones; es decir, son cíclicas, como lo son las erupciones volcánicas.

Fuente Consultada:
Enciclopedia “Lo Desconocido “

 





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