Biografia Coleridge Samuel Taylor Vida y Obra del Poeta



Biografia Coleridge Samuel Taylor -Vida y Obra del Poeta Inglés

Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), fue un poeta, crítico y filósofo inglés, líder del movimiento romántico en su país. Coleridge, hijo de un vicario, nació en Ottery St Mary el 21 de octubre de 1772.

De niño poseyó una imaginación tan fecunda que por momentos llegaba a lo morboso. Jugaba solo y se pasaba el día representando los libros que leía, ya encarnando al Rey Arturo, a Hamlet, a Robinsón Crusoe o a uno de los «Siete campeones del Cristianismo». Era colérico y apasionado, a los ocho años era ya todo un carácter.

A la muerte de su padre, vicario de Ottery en Santa María, Devon, fue enviado a Londres a vivir con un tío suyo. Ingresó en el Christ’s Hospital, allí la disciplina era rígida, la enseñanza severa y la comida escasa.

Biografia de Coleridge Samuel
Entre 1791 y 1794 —salvo un breve período en que, por hallarse muy endeudado, tuvo que alistarse en el ejército— estudió en el Jesus College de Cambridge.

Cuando el tiempo se lo permitía, pasábase largas horas nadando en New River, o tendido en la ribera, de cara al sol.

Por lo general, era de espíritu muy animoso. Porque vivía permanentemente en un mundo de fantasía, a cientos de millas de la amarga realidad.

Después de devorarse el Diccionario médico de Blanchard (escrito en latín), decidió estudiar para cirujano. Pero descubrió entonces a Voltaire, y sus afectos se volcaron hacia la metafísica.

Ahora estaba seguro: sería un filósofo ateo. Pero llegó un día en que su profesor le comunicó que la escuela había decidido enviarlo a Cambridge a estudiar teología. Sería, pues, sacerdote.

A los diecisiete años el maestro habíale extirpado su ateísmo a fuerza de azotes. A los dieciocho años ingresó en la Universidad de Cambridge para sumirse de nuevo en la incertidumbre.

Cursaba el segundo año cuando huyó del colegio y se alistó en un cuerpo de dragones, bajo el nombre de Silas Titus Comberbach. Resultó ser el jinete más torpe del regimiento, incapaz hasta de mantenerse a caballo.

No obstante, era el preferido de todos, por las historias que sabía contar y las poesías que improvisaba.Este mismo talento fué el que le obligó a abandonar la milicia. Pocos días más tarde, Coleridge se vio nuevamente entre sus libros.



Visitando a Oxford Coleridge conoció a un tal Southey , poco después, éste le hacía conocer a su prometida, y Coleridge se enamoraba de la hermana de ésta.

Las señoritas Fricker eran hijas de un industrial que había muerto dejándolas en el desamparo. El impetuoso Southey eligió a Edith, la más joven y obstinada de las dos hermanas, y Coleridge emprendió la tarea de conquistar el corazón y la mente de la más dócil de las hermanas, Sara, una joven de veintitrés años, muy agraciada.

En busca de mejor futuro, ambos se embarcarían para América y allí comprarían un campo, lejos de la maldad del mundo y sin que les molestaran los gobiernos, las contribuciones y las guerras

Southey contaba para solucionar el problema, con una tía muy rica, o mejor, con el criado negro de ésta, Shadrach. Coleridge publicaba su primer volumen de poesías. Confiaban en que este libro les habría de dar para llegar hasta la Tierra Prometida.

La publicación reportó un beneficio de 600 pesos. Esta suma, mísera para la realización de aquel sueño estupendo, resultaba fabulosa para cubrir las necesidades inmediatas de Coleridge.

Abandonó el colegio, se casó con Sarah Fricker y alquiló una casa en Bristol.
En cuanto a Southey, contrajo enlace con la hermana de Sara, aceptó un negocio que le ofreció un acaudalado tío suyo, y fuese a establecer en Lisboa.

Coleridge había decidido labrarse una carrera con su pluma. Contando por adelantado con varias subscripciones, editó un periódico de color político, titulado The Watchman (El Vigía) fundado en el principio de que todos pueden conocer la verdad, y que la verdad puede hacernos libres, pero fracasó a corto plazo.

En su lucha «por el pan y el queso», el poeta se dio a jugar con la idea de difundir el Unitarismo. Para probar sus dotes oratorias pronunció un sermón en la ciudad de Bath. . . ante un auditorio de diecisiete personas. Apenas dijo las primeras palabras, y ya salía el primer fiel de la capilla. A los pocos instantes le seguía otro, y así otro y otro más. . . Cuando concluía el sermón quedaba en el sagrado recinto sólo una anciana…profundamente dormida.

Entretanto, era ya padre de un niño. Los problemas de la vivienda y del sustento urgían ahora más que antes. Por fortuna, un poeta amigo, Thomas Poole, le consiguió una casita en Somersetshire, que podía ocupar por el modesto alquiler de siete libras esterlinas al año.

Sólo a tres millas de su casa, en la aldea de Alfoxden, vivía otro joven soñador: William Wordsworth. Se les veía frecuentemente juntos. A veces, sus vagabundeos se prolongaban hasta muy entrada la noche, lo cual dio pábulo a extrañas habladurías que corrían en boca de los vecinos.



Se murmuraba que eran contrabandistas, que introducían mercaderías de la costa. Otros juraban de que se trataba de espías que tramaban un complot contra el gobierno.

En realidad los «peligrosos revolucionarios» tramaban nada menos que un libro de poemas!. Juntos habían planeado escribir un volumen de poesías que daría por tierra con las normas de la rima aceptadas hasta entonces en Inglaterra.

Coleridge contemplando pensativo las aguas del canal de Bristol desde un malecón derruido, se le ocurrió que su narración tendría por escenario el mar, símbolo y elemento de la peregrinación del alma humana. Su protagonista sería un viejo marino a la deriva, en una embarcación encantada, y «condenado a terrible castigo por haber muerto a un ser vivo».

Cuando La rima del viejo marino salió a luz sorprendió a no poca gente. Había en el poema tal despliegue de imágenes que sólo podían salir de una mente anormal. Eran como sombras fantásticas proyectadas por las llamas del fuego que alimenta el caldero de las brujas.

A nadie le sorprendió que un poeta de tan fantástica visión sucumbiera al mágico influjo del opio. A lo largo de toda su vida le había torturado el reumatismo. Había leído cuanto manual de medicina había llegado a sus manos en busca de alivio para su mal. Al fin, un día, halló el remedio «infalible». Era como un milagro. Los dolores desaparecían al instante.

Adonde fuera, allá llevaba consigo su opio, al principio con toda inocencia. Se sentía revivir. No había nada superior a ese triunfo.

Abandonó familia y amigos, y a bordo de una nave emprendió un viaje a la isla de Malta. Se justificó diciendo que ese viaje por el Mediterráneo era de vital importancia para su salud. Pero lo que en verdad se proponía era alejarse de todos los lazos que le impedían entregarse sin reparos a la droga.

Por un tiempo mantuvo correspondencia con la familia. Luego, guardó silencio. Dos años permaneció lejos de Inglaterra sin responder a carta alguna. La fuente de su hombría estaba seca.

Pero al fin, sus amigos lograron hacerle retornar. Un miembro influyente de la «Royal Institution» hace que le encarguen pronunciar una serie de conferencias sobre bellas artes.

Esta vez, su oratoria obtiene un éxito fulminante. Las calles que llevaban al salón de conferencias estaban atestadas de carruajes pertenecientes a la intelligentsia de la City, que acudía no sólo a oír al brillante orador, sino a contemplar al excéntrico por antonomasia.



Retornó al seno de su familia, y por un tiempo pareció vivir en paz. «He logrado reducir la dosis de opio a la sexta parte de lo que antes tomaba —apuntaba en su Diario—, y mi salud general y mi actividad mental son mayores que las de años pasados.»

Cinco meses permaneció en su hogar. Al cabo, una vez más sin decir palabra a nadie, huye a Londres.

Se presentó humildemente a las puertas del Courier pidiendo un empleo en la redacción. Y de pronto, otra racha de buena suerte. Lord Byron le descubre un drama escrito años atrás.

Se representa la obra y obtiene resonante éxito. Nueva lluvia de invitaciones para dar conferencias. Pero la enfermedad se interpone. Le tortura el reumatismo.

¡ Y al opio, al bálsamo maravilloso! Púsose finalmente al cuidado de un médico amigo, el doctor Gillman, bajo cuyo techo vivió el resto de sus días.

La mayor parte de este período lo pasó sumido en un completo letargo, del que ni siquiera le sacaban las cartas de la familia, que muchas veces dejaba sin abrir. Pero, en las contadas ocasiones en que despertaba de su sueño profundo, reavivaba en sus amigos el recuerdo de su grandeza.

Muchas veces resultaba imposible anotar o recordar algo sustancial de sus conversaciones. Rozaba una cantidad sorprendente de detalles incongruentes y, con rapidez pasmosa, saltaba de una cosa a la otra hasta perderse irremediablemente en una maraña intrincada de conceptos metafísicos.

Poco después de irse a vivir a casa del doctor Gillman, Coleridge gozó del último período de lucidez. Publicó su Cristabel, poema de finas imágenes y sonidos, escrito en el apogeo de su actividad creadora. Pero los oídos de los críticos no hallaron armoniosa su música.

Finalmente, editó en un volumen sus versos, que también se enfrentó con la dura crítical de la desaprobación. «La poesía de Coleridge no es más que la jactancia agorera de su insana fatuidad.»

Su carrera literaria terminaba, así, en rotundo descrédito, Coleridge era un fracasado en toda la línea.

Con el objeto de conseguir un poco de dinero para que Hartley, su hijo, pudiera estudiar en Oxford, decidió volver a sus lides periodísticas.

El tiempo íbase escurriendo de entre las manos. Y cada vez eran más escasos los intervalos que daban luz y significado a su existencia.

Sus contemporáneos lo alabaron por su criterio europeo, y hoy en día se le considera un poeta lírico y un crítico literario de primer orden.

Su teoría de la poesía produjo una de las ideas centrales de la estética romántica: la imaginación poética como elemento mediador entre las diversas culturas modernas. Sus temas poéticos abarcan desde lo sobrenatural hasta lo cotidiano. Sus tratados y conferencias, así como su irresistible conversación, lo convirtieron en uno de los más influyentes filósofos y críticos literarios ingleses del siglo XIX.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Samuel Taylor Coleridge – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina

juegos siete diferencias

noparece

fotos

creencias

anticonceptivos

mujeres

actitudes



------------- 000 -----------

imagen-index

------------- 000 -----------