Monte Etna Erupciones Flora y Fauna Ubicacion Altura Caracteristicas



Monte Etna Erupciones Flora y Fauna
Ubicación ,Altura ,Características

Según la mitología griega, Zeus, durante su victoriosa guerra contra los gigantes, fulmina al terrible Tifeo; pero, en vez de anular para siempre su terrible fuerza, lo sepulta bajo la imponente mole del Etna. El monstruo, devorado por la ira, escupe torrentes de fuego que, arrasando cuanto encuentran en su camino, acaban precipitándose en el mar. Por su parte, Hefesto (Vulcano para los romanos), dios del fuego y herrero de los dioses, instala su fragua en las entrañas de la montaña y, con la ayuda de los cíclopes, bate el hierro infatigablemente. Estos antiquísimos testimonios literarios, que hincan sus raíces en mitos y leyendas seguramente prehistóricos, confirman la milenaria actividad eruptiva del Etna.

El 4 de septiembre de 2007 el Etna erupcionó violentamente vomitando lava a hasta 400 m de altura, junto con ceniza y humo, que fueron lanzados sobre los pueblos en las cercanías del volcán. Fue visible desde las lejanas llanuras de Sicilia y concluyó a la mañana siguiente.

El Etna es un volcán activo en la costa este de Sicilia, entre las provincias de Mesina y Catania. Tiene alrededor de 3.322 metros de altura, aunque ésta varía debido a las constantes erupciones. La amplitud inferior de la base del volcán tiene 150 km. y limita al este con el Mar Jónico. La montaña es hoy en día 21,6 metros menor que en 1865. Es el volcán activo con mayor altura de la placa Euroasiática, el segundo en referencia a la Europa política después del Teide y la montaña más alta de Italia al sur de los Alpes. El Etna cubre un área de 1.190 km2, con una circunferencia basal de 140 kilómetros.

Testimonio gigantesco de la actividad de los antepasados del Etna es el hórrido y fascinante valle del Bove, al este del cuerpo principal del volcán, con sus escarpadas paredes de basalto que se yerguen perpendicularmente a más de mil metros de altura. Estas paredes no son mas que la parte interna de los grandes abismos por los que se derramaron las corrientes de lava de volcanes precedentes. Se calcula que en este valle había, por lo menos, tres volcanes que surgieron en épocas muy remotas y que después se hundieron a consecuencia de algún cataclismo.

LAS ERUPCIONES: Entre las erupciones más antiguas, vale la pena recordar la del año 396 antes de Cristo, porque influyó, en cierto sentido, en los acontecimientos históricos de su tiempo. La impresionante colada de lava llegó hasta el mar, cortando el camino a las tropas cartaginesas que, desde Naxos (Taormina) se dirigían hacia Catania. Fue probablemente esta colada, realizando un espectacular salto por un barranco al norte de la ciudad de Acireale, la que creó una de las escolleras más sugestivas de la costa oriental de Sicilia.

En tiempos más recientes tuvo lugar la más famosa y terrible erupción que pueda recordarse: la de marzo de 1669. A una cota de 1.000 metros, en la parte sur del volcán, sobre la población de Nicolosi, se abrió una fisura increíblemente amplia, que casi llegó hasta el cráter central. Se originaron al instante una serie de bocas explosivas que arrojaron una enorme cantidad de material, dando lugar a la formación de unas colinas de alrededor de 300 metros, los montes Rossi, que son de los más altos en su género.

De la parte inferior de la gran fisura surgió un violento río de lava muy fluida que, destruyéndolo todo en su camino, rompió las murallas defensivas de Catania, sepultó una parte de la ciudad, y avanzó seiscientos metros mar adentro; la población se refugió en los campos circundantes que no habían sido alcanzados por la lava o en los barcos anclados en el puerto, que rápidamente se dirigieron a alta mar.

Un detalle curioso en esa historia de desolación es el sorprendente destino del bellísimo castillo Ursino, de construcción suaba, un fuerte que antes estaba aislado en el mar y que, una vez acabada la erupción, se encontró en el interior de tierra firme. Hoy día, el castillo, perfectamente conservado, forma parte de la ciudad.

Entre las erupciones del siglo XIX (y se cuentan precisamente diecinueve) vale la pena mencionar la del año 1865 por otro curioso detalle: la lava arrojada por el volcán llegó hasta los pinos situados a los pies del monte Frumento, el mayor de los conos adventicios del Etna, y formó alrededor de los troncos de estos árboles una envoltura de roca fundida que luego se solidificó sin quemarlos. Los pinos continuaron vegetando normalmente.



También fue notable la erupción de 1886, que dio lugar a la formación de un cráter adventicio, el monte Gemmellaro. En el curso de esta erupción, el flujo de lava amenazaba Nicolosi —abandonado ya por sus habitantes— pero, de repente e inexplicablemente, se detuvo detrás del santuario de Altarelli. Aquella aterrorizada gente lo atribuyó a un milagro… E importantísima, en nuestro siglo, es la serie de fenómenos que, a partir de mayo de 1911 originó la formación del cráter subterminal del nordeste y que se ha convertido en el desahogo de flujo más importante del volcán.

La erupción más desastrosa de este último periodo fue la de noviembre de 1928: la lava, que brotaba del valle del Leone, en la parte oriental del volcán, avanzó sin resistencia, destruyendo la pequeña y floreciente ciudad de Mascali, cortando carreteras y líneas férreas y llegando casi hasta el mar.

La mayoría de las erupciones posteriores afectaron la parte nordeste del volcán. Desde 1950 los fenómenos eruptivos se han sucedido prácticamente sin solución de continuidad, constituyendo un motivo de gran interés para los vulcanólogos de todo el mundo. Afortunadamente, la mayoría de las coladas, cuya capacidad es de centenares de millones de metros cúbicos de roca fundida, se canaliza hacia el inmenso valle del Bove, que se ha convertido en un verdadero depósito de seguridad, casi imposible de colmar.

Sin embargo, al tomar otros caminos, la lava amenaza con frecuencia los centros habitados, por lo general centros de veraneo, que son muy numerosos en esta zona y se encuentran diseminados por las pendientes del volcán. Entre los más afectados figuran los municipios de Milo, Fornazzo y Rinazzo que, en los últimos cuarenta años, han sufrido la pérdida de bosques enteros, cultivos y sembrados, además de la destrucción de muchas casas de la periferia.

Pero, desde otro punto de vista, también hay que confesar que, muy a menudo, los edificios no han sufrido daños. Ello se debe a que las bocas eruptivas están localizadas casi siempre a cotas elevadas; o también al hecho de que una vez superadas las escarpadas pendientes de los primeros trechos, el recorrido de la lava se hace notablemente más lento a causa, a su vez, de los obstáculos e irregularidades que encuentra en ese terreno tan accidentado.

Por otra parte, el peligro para las vidas humanas puede proceder de determinadas explosiones, especialmente si algunos visitantes incautos se acercan demasiado a las bocas activas. Por ejemplo, en el verano de 1979, cayeron gruesos fragmentos de roca, desprendidos del cráter central, sobre un grupo de turistas que pasaban una temporada en Piano del Lago, matando a nueve de ellos. Por esta razón, se insiste siempre en recomendar que los excursionistas, aunque formen grupos numerosos, no se aventuren por las zonas altas del volcán sin ser acompañados por los guías profesionales, que siempre están disponibles en los refugios.

Algunas veces, mientras se producen los fenómenos explosivos; todo el cielo de los alrededores del Etna, momentos antes absolutamente claro y sereno, se oscurece de repente; entonces, sobre muchas ciudades del litoral empieza a caer una arena finísima y negra y diminutas escorias, proyectadas por los gases que, desde las entrañas del volcán, se han remontado hasta estratos muy altos de la atmósfera y que luego han sido esparcidos por el viento, llegando hasta lugares muy alejados.

En el verano de 1962, la incontenible presión de los gases internos hizo saltar el llamado «tapón» del cráter central: una impresionante masa de basalto y de escoria se levantó entonces verticalmente hasta unos centenares de metros, acompañada por un hongo de humo espectacularmente denso y rojizo. Esta columna de humo, de más de diez mil metros de altura y visible a gran distancia, fue comparada a la que produce una explosión atómica.

En la primavera de 1968 se produjo otro fenómeno impresionante, considerado por el insigne investigador Haroun Tazieff como único en la historia de la vulcanología. Y, desgraciadamente, su aparición tuvo pocos testigos. Ocurrió que, mientras un experto guía del CAÍ conducía un grupo de turistas a través del cráter central para admirar las fantásticas explosiones que se producían en el cráter del nordeste, se oyó a sus espaldas un estruendo ensordecedor, comparable al grito de un titán.

El guía, que se había quedado solo porque los turistas huyeron rápidamente, pudo ver cómo se elevaba una columna de fuego pálido y transparente, acompañada de aquel extraordinario sonido; tras una breve pausa se formó otra columna de fuego y se produjo un nuevo fragor, y así, sucesivamente, se fue repitiendo cada dos segundos el extraño fenómeno. Se originaba en una boca que se había abierto de improviso en la superficie y que medía cinco por siete metros; de esta boca y a lo largo de una pared circular incandescente, de unos trescientos metros de profundidad, brotaba del interior del volcán, a intervalos muy regulares, una columna de gas encendido. El fenómeno de la Bocea Nuova (así se llamó el pozo) duró, ininterrumpidamente, dieciocho meses, atrayendo a una gran afluencia de curiosos.



LA ZONA DEL ETNA: Por todo lo que se ha dicho hasta ahora podría creerse que la zona de los alrededores del volcán no está habitada por el hombre, temeroso sin duda de los peligros que ello supone. Pero no ocurre nada de eso, sino todo lo contrario. Además de Catania, que es la segunda ciudad siciliana en número de habitantes y que se extiende a los pies del volcán, todas las pendientes del mismo, especialmente las sudorientales, están salpicadas hasta los quinientos metros de altura y más, de pueblecitos y de aldeas florecientes, con un elevado índice de población que aumenta además durante el verano con la llegada de numerosos turistas.

Esto es así debido a la concurrencia de una serie de factores particulares relacionados con el volcán, el cual, por un lado, perjudica a los habitantes, destruyendo sus casas y cultivos, pero, por otro, los compensa ampliamente, pues proporciona una notable fertilidad al suelo.

Desde el punto de vista hidráulico, las zonas del Etna son riquísimas, ya que las nieves de la montaña, que se van acumulando en su parte superior durante el invierno, se funden en primavera, proporcionando grandes cantidades de agua que desciende desde los niveles superiores, a través de los casquijos de lava, escorias y arenas muy permeables, en una infinita serie de cursos subterráneos. Estos cursos, abriéndose camino a través de las rocas basálticas, se van ramificando a lo largo de las pendientes y fluyen al valle. Asimismo, las arenas volcánicas que llueven del cielo y las rocas de lava, menos compactas y que se deshacen bajo la acción del viento y de la lluvia, ricas ambas en fosfatos y en sales potásicas, fertilizan intensamente los campos.

Pero, después de todo lo dicho, sería injusto silenciar las cualidades de tenacidad y de laboriosidad de los habitantes de esta zona quienes, desde hace milenios, se dedican, con inquebrantable fe a reconstruir cuanto el volcán arrasa. Parece casi que exista una confrontación deportiva entre la «montaña» (así llaman estas gentes al Etna, con una mezcla de respeto y de afecto) y los sicilianos de la zona.

El catanes afirma con orgullo que su ciudad ha sido destruida siete veces por el volcán, queriendo subrayar con esto la firmeza de las reconstrucciones, para las cuales siempre se ha venido utilizando, como material de construcción, el muy compacto basalto lávico de las coladas: este basalto, roto, fraccionado y modelado con gran esfuerzo por los picapedreros de la época, ha servido para construir calles y edificios, monumentos e iglesias, destinados a perdurar en el tiempo. De basalto lávico es también el elefante con el obelisco egipcio que adorna la plaza del Duomo y que es e! símbolo de Catania.

En los campos se arranca el manto de basalto en dos fases; primero con cultivos de chumberas, cactáceas que crecen en cualquier tipo de terreno y cuyas raíces, penetrando en las cavidades y grietas de la costra de lava, acaban por arrancarla, y después con un paciente trabajo de rozado, formación de terrazas y traslado de humus, que caracteriza a todos los cultivos de media pendiente de la zona.

A medida que desde el mar se va ascendiendo hasta la altura máxima del volcán van apareciendo todas las variedades de cultivo y de vegetación al compás del cambio de clima y de la naturaleza del suelo, La zona más baja, hasta los 500-600 metros está cubierta de plantas siempre verdes, con extensos cultivos de agrios (naranjas, limones y mandarinas) que constituyen la mayor riqueza de la zona sudorienta!; arraiga también los eucaliptos, pitas e higueras chumbas. De los 600 a los 1.200 metros domina la vid, que produce vinos muy apreciados, de fuerte graduación alcohólica; a la misma altitud prospera también el cultivo del pistacho. En la zona boscosa crecen los castaños, que conviven con los manzanos hasta cerca de los 1.700 metros.

Más arriba empieza el reino del pino lárice. Los lugares expuestos al sol se hallan salpicados de retama, cuyas flores, de un amarillo espléndido, desprenden un agradable olor. La vegetación desaparece al llegar a los 2.000 ó 2.500 metros; aquí los desnudos y quemados declives de la montaña aparecen salpicados por el astrágalo etneo, una planta coriácea y muy espinosa, de extraña y compacta forma esférica.

De las cabras, ciervos y venados que hace tiempo poblaban la franja boscosa del Etna, hoy sólo se conserva el recuerdo. Pero donde hay vegetación, viven numerosos conejos silvestres y liebres; también es frecuente el zorro rojo. En el aire, hasta las cotas más elevadas, dominan los cuervos y los gavilanes; más raros son los halcones. Y muy difundida, hasta en la cima misma del volcán, se halla la mariquita encarnada, considerada por todos como portadora de buena suerte.

La existencia de un volcán como el Etna en un lugar tan privilegiado como es el centro del Mediterráneo no podía dejar de atraer a un turismo numeroso y activo; pero, como sucede a menudo, también invasor. El Etna se presta para realizar muchísimas excursiones; no faltan carreteras para subir incluso a sus puntos más altos y todas estas carreteras están en buen estado. La llamada concretamente carretera del Etna, que se completó en 1949, es la más importante y más frecuentada; corre a lo largo de las laderas del volcán, desde Catania a los montes Silvestri, a 2.000 metros de altura, interesante grupo de conos adventicios. A lo largo de su recorrido se puede contemplar la espléndida alternancia de exuberantes cultivos, límpidos panoramas, bosques frondosísimos, majestuosas colinas cónicas, prados muy verdes y negros campos de lava retorcida y desgarrada.



En verano, cuando la nieve se ha fundido, el viajero que recorre la carretera del Etna, dejando a su izquierda la bella pineda de Serra la Nave (a unos 1.700 m) y siguiendo hacia la cima, tiene la sensación de penetrar en un mundo «distinto», donde todo es precario y donde todo puede cambiar de un momento a otro bajo el impulso de fuerzas incontrolables. Cuando se llega al refugio Sapienza, situado a 1.910 metros, es difícil sustraerse a la tentación de realizar una escalada al cráter central, que se divisa, como una mole suspendida, casi sobre la cabeza de quien lo observa desde abajo.

La excursión puede realizarse con facilidad gracias a un audaz funicular que supera un desnivel de unos mil metros y deposita a los turistas en la altiplanicie denominada Piano del Lago, sobre la que se levanta el citado cono central, de unos trescientos metros de altura.

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