El Monte Athos y Su Monasterio Historia de los Monjes



HISTORIA DEL MONTE DE ATHOS
La Vida de los Monjes del Monasterio

Monte Athos, significa Monte Santo es una montaña del noreste de Grecia con 2.032 m de altitud. Se encuentra en la parte sur de Aktí, el más oriental de los tres brazos de la península de Calcídica (Khalkidhikí) en el mar Egeo. El monte Athos es también una división administrativa, una comunidad monástica autónoma que incluye la montaña y el brazo peninsular de Aktí. Fue reconocida como distrito autónomo por la Constitución griega de 1975.

En el siglo IX se estableció en el monte Athos, a lo largo de la costa norte del mar Egeo, una de las comunidades monásticas más originales de todos los tiempos. Durante muchos siglos las ciencias y las artes fueron allí muy prósperas. Después de la primera guerra mundial el número de monjes decreció bastante y la mayor parte de ¡as iglesias y conventos están muy deteriorados. Los monjes sobrevivientes llevan allí una existencia  miserable

A lo largo de la costa profundamente recortada, al norte del mar Egeo, se extiende una gran península que ha venido representando un papel importante desde la Antigüedad. Se trata de la península de Calcídica. Allí, en Estagira, nació el gran filósofo griego Aristóteles. También fue a lo largo de las costas de esta península donde sucumbió la flota persa conducida por Mardonio.

Pero la península de Calcídica es conocida principalmente gracias al monte Athos, que se eleva en toda la altura de sus 1.935 m al extremo de la más oriental de las tres puntas que la forman. Esta lengua de tierra recibe el nombre de Hagion Oros, que quiere decir, en griego, «montaña santa».

El monte Athos gozaba ya de reputación en la Antigüedad. Se cree que haya podido ser uno de los eslabones de la cadena de montañas a lo largo de la cual los griegos, por medio de señales luminosas, habrían transmitido a Micenas la noticia de la caída de Troya.

En el siglo IX de nuestra era el monte Athos se hizo famoso por otro motivo: se transformó en la sede de una de las comunidades religiosas más originales de todos los tiempos.

En el transcurso de los siglos siguientes esta comunidad conocería un auge notable. Se estima que en el siglo XIII comprendía no menos de ¡50.000 monjes!. En total se construyeron sobre el monte Athos unos veinte conventos, además de ermitas, celdas y varios pueblos. Los monjes gozaron, en efecto, del apoyo de los emperadores de Bizancio, al principio, y luego del de los zares de Rusia.

Durante la ocupación turca, los monjes consiguieron salvaguardar la existencia de sus conventos y cuando se puso fin a la misma, hacia  la primera mitad  del  siglo XIX, vivían todavía en el monte Athos unos dos mil quinientos monjes.

Sin duda habían de pagar tributo a sus antiguos amos, pero podían desarrollar de nuevo sus comunidades libremente, principalmente porque en esa época disfrutaban de la ayuda de la poderosa Rusia, que no sólo les proporcionaba ayuda financiera, sino que mandaba también a muchos monjes a los conventos del monte Athos.

Pero Rusia no proporcionaba esta ayuda gratuitamente: había puesto los ojos en los estrechos de los Dardanelos y del Bósforo.



Después de la primera guerra mundial, los bolcheviques, como es natural, pusieron término a esas intervenciones. Desde entonces, la vida en comunidad en el monte Athos fue periclitando lentamente. Si los monjes eran todavía unos siete mil cuatrocientos en 1906 y siete mil en 1912, su número quedó reducido a 4.600 en 1930. En 1938, el monte Athos contaba todavía con 4.538 habitantes, de los que 3.892 eran religiosos. En la actualidad son únicamente unos mil trescientos.

La comunidad del monte Athos es exclusivamente de hombres. Él acceso a la montaña santa no sólo está prohibida a las mujeres, sino a cualquier hembra de cualquier especie animal. Todos los animales que se encuentra allí son machos y no hay ni cabras ni gallinas. Sólo por un privilegio especial y excepcional pudo visitar el monte Athos la reina de Grecia, acompañada de su esposo, en 1912.

No todos los monjes están sometidos a la misma regla. Los hay que viven en comunidad sometidos a la autoridad de un abate; pero otros lo hacen en el más completo aislamiento, habitando a menudo alguna de las cavernas que se abren en los farallones y paredes de roca.

Algunos de estos eremitas no tienen ya ningún contacto con el mundo, si exceptuamos el cesto que bajan, al extremo de una cuerda, cada quince días aproximadamente,   y  en   el   que  los habitantes depositan vituallas, con preferencia pan y aceitunas. Cuando el cestillo no ha vuelto a bajar después de cierto tiempo se deduce que el eremita ha fallecido.

Los restos mortales quedan a menudo abandonados en la caverna durante muchas semanas, pues los monjes y principalmente los eremitas les dan muy poca importancia. A sus ojos sólo cuenta la oración.

Algunos de ellos repiten incansablemente la misma fórmula. Producen únicamente lo que les es indispensable para mantenerse con vida y sólo trabajan cuando les resulta imposible no hacerlo. Dedican prácticamente toda su vida a la plegaria, que cebe abrirles las puertas del cielo.

Por ello es normal que los habitantes del monte Athos sean muy pobres. También están muy retrasados en lo que se refiere a la higiene. Sin embargo, estas comunidades poseen inestimables tesoros, principalmente obras maestras del arte bizantino y numerosos manuscritos primorosamente ilustrarios que guardan en sus bibliotecas.

Varias iglesias y edificios conventuales tienen una gran significación arquitectónica; algunos de ellos datan incluso del siglo X, época de san Atanasio, un griego que fue una de las figuras más grandes de ese mundo monástico. El  fue quien mandó construir el convento de Hagia Lavra al pie de la montaña santa. Los conventos del monte Athos son generalmente construcciones en ladrillo que rodean una iglesia cuyo plano adopta la forma de una cruz griega. Las iglesias están pintadas en rojo en memoria de la sangre de Cristo.

Monasterio de Athos

Gran monasterio de Lavra: El monacato es parte integrante de la Iglesia ortodoxa. Aunque hay muchos monasterios ortodoxos por todo el mundo, el centro de la vida monástica es el monte Athos, que se levanta en una pequeña península en el mar Egeo, al noreste de Grecia. Veinte monasterios diferentes que representan a nacionalidades distintas se encuentran en lo alto del paisaje rocoso de la península. Aquí se muestra el interior del patio del monasterio de Lavra.

Los 20 conventos edificados en los flancos del monte Athos datan de un período que va del 970 a 1387. Son prácticamente pequeñas ciudades arregladas de modo que puedan vivir en ellas cientos de monjes. Actualmente están casi todos extintos: no habitan en ellos más que algunos monjes, la mayoría viejecitos. Pues la comunidad del monte Athos, que fuera antaño fortaleza por excelencia de la religión ortodoxa griega, ha envejecido y desaparece progresivamente.



Los edificios se tambalean y las iglesias están cada vez más abandonadas; algunas incluso se hundieron, como es el caso de la iglesia de Iviron. Es una lástima, pues de este modo muchísimas obras de arte, mosaicos y frescos se perderán irremediablemente. Las más antiguas de estas obras de arte datan de los siglos XI y XII; pero, como los monjes adornaban continuamente sus iglesias, sus muros son una muestra de la evolución del arte del mosaico y de la pintura sacra.

Los diversos oficios artísticos florecieron todos en el monte Athos, pues los monjes disponían de mucho tiempo que dedicarles. Producían principalmente objetos utilizados en el culto, como relicarios y crucifijos, aunque también algunos utensilios de uso doméstico, como cucharas y copas, que revelan un arte consumado. Para ello utilizaban gran cantidad de materiales valiosos como el marfil, los metales preciosos y las gemas.

No nos sorprendamos, pues, de que el monte Athos haya sido durante siglos, en los Balcanes, no sólo un centro religioso, sino un centro de cultura artística. También fue, especialmente durante la Edad Media, un centro científico: los manuscritos que allí se conservaban contaban entre los más importantes del mundo cristiano.

Pero esta influencia cultural ha disminuido también bastante. Sin embargo, el monte Athos sobrevive. Los monjes que residen todavía en él llevan una vida sobria e incluso muy primitiva. A menudo apenas tienen qué comer. Se alimentan de pan, nueces, aceitunas; a veces también de césped ¡e incluso de malas hierbas!.

En sus celdas reina un gran desorden. Generalmente no disponen de armarios; cuando más, de algunas cajas. Sus míseras posesiones penden de sacos colgados junto a la pared, en la que también fijan sus iconos.

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