Reforma Religiosa en Egipto Dios Atón, Culto al Dios Solar



ATÓN NUEVO DIOS – HISTORIA DEL FARAÓN AKHENATÓN Y NEFERTITI

El culto al dios solar Atón comenzó a tomar cierta amplitud hacia 1450 a.c. el rey Amenofis III le hizo objeto de una devoción especial, aunque siguió honrando a los otros dioses. Su hijo Akhenatón precipitó    el   curso   de    los acontecimientos, repudiando al antiguo dios  tebano  Amón.  Se consagró a su único dios, Atón.

aton, unico dios de egipto

Amenofis IV es una de las figuras mas curiosas de la historia egipcia. Su madre, la reina Tiy, era una princesa fenicia; por su abuela, tenía sangre mitanni, y en él se cruzaban tres razas: egipcia, semita e indoeuropea. Era endeble, casi débil, y tenía un rostro delicado. Apenas fue nombrado rey, contrajo matrimonio con una princesa mitanni, a la que había de amar profundamente: Nefertiti. Llevó a cabo una verdadera revolución religiosa: rompió con Tebas, quitó a Amón el título de dios dinástico, y se consagró enteramente al culto del dios solar Atón.

Dejó su nombre para tomar el de Akhenatón (servidor de Atón), y ordenó construir una residencia real, Akhetatón, «horizonte de Aatón», a 300 kilómetros al norte de Tebas (hoy Tell-el-Amarna). En su decisión hubo, ciertamente, una parte de cálculo político.

Ya sus predecesores, temiendo el poderío del clero de Amón, casta hereditaria que había reunido inmensos dominios, que casi igualaban a los del faraón, habían favorecido a otros santuarios, especialmente al de Heliópolis. Allí, los sacerdotes profesaban una doctrina según la cual el Sol era el creador de todas las cosas, y llevaron a cabo una simplificación de tendencia monoteísta. ¿Acaso Amenofis III no había bautizado su palacio de Tebas y uno de sus regimientos con el nombre «Atón es resplandeciente»?

La familia real Egipcia: Akhenaton y Nefertiti

La familia real Egipcia: Akhenaton y Nefertiti

Su hijo fue mucho más lejos, pero no obedeció solamente al deseo de reforzar la dinastía, rebajando al ambicioso clero. Tenía un temperamento místico; era un poeta, un soñador sensible a las nociones de la belleza, humanidad y justicia; un «rey ebrio de dios».

El esposo de Nefertiti confiscó los bienes de los templos, abolió el culto de Amón y de los otros dioses principales, hizo picar y destruir las imágenes y las estatuas de Amón, Ptah y Hathor, y ni aun el popular Osiris se libró de esta suerte. Una inscripción de la época siguiente nos da idea del escándalo, de la consternación que produjo esto en el clero tradicionalista: «Los recursos estaban prohibidos. La tierra se encontraba como en el tiempo del caos. Los templos de los dioses, abandonados, se rderrumbaban. Sus santuarios estaban arruinados y se transformaban en montones de tierra; los edificios, en caminos de paso. El país se hallaba en decadencia. Los dioses apartaban la vista de esta tierra…»

ATON DIOS ÚNICO:
A partir de aquel momento, Atón fue el único dios, y no se le adoró como al Sol, bajo la figura de un hombre con cabeza de halcón, sino bajo la forma de un signo abstracto, el disco de rayos benéficos. El rey era sumo sacerdote y profeta.

Lo dice en su célebre Himno a Atón: «Estás en mi corazón; fuera de mí, nadie te comprende.» El monoteísmo se afirmó indiscutiblemente: «Has creado la tierra a tu gusto, cuando estabas solo». El mundo es una creación ininterrumpida de dios; cosas, bestias, hombres, el día y la noche: «La tierra está sumida en las tinieblas, como muerta…, la tierra calla porque aquél que lo ha creado todo descansa en su horizonte… Pero llega la aurora, tú te levantas en el horizonte; brillas como Atón del día, y tu resplandor disipa las tinieblas. Las Dos Tierras están de fiesta…»

El himno se alza hasta la idea de una religión universal: «Tú has creado… los países extranjeros, Siria, Nubia, la tierra de Egipto. Tú pones a los hombres en su lugar…; sus lenguas hablan diversamente, como son diversos su aspecto y su piel pues tú has hecho diferentes a los pueblos.» El profundo humanismo de Akhenatón se tradujo, igualmente, en un conjunto de medidas que favorecían el individualismo y una cierta «democratización» de las costumbres.



El rey hizo pública su vida familiar (tuvo siete hijas); ya no era el ídolo al que uno se acercaba arrastrándose. El culto se celebraba en presencia del público, y, para que la religión fuera más accesible, se sustituyó la lengua arcaica y literaria por el egipcio popular. El arte amarniense es realista y familiar, y las pinturas de las tumbas de Tell-el-Amarna están llenas de dulzura y de movimiento. Bajo el radiante disco solar, los bajorrelieves muestran al rey y a la reina en la intimidad, con sus hijas sobre las rodillas. Sus elevadas preocupaciones apartaron a Akenatón de los otros deberes.

Permaneció indiferente a la política exterior, y sus adversarios sé aprovecharon de ello: sus vasallos fieles reclamaron ayuda, vanamente. Shubiluliuma, el ambicioso soberano hitita, sometió el norte de Siria y, sin atacar directamente a Egipto, negoció con sus protegidos. En Palestina, los nómadas multiplicaron sus «razzias», amenazando incluso, a las ciudades fenicias.

Los amorritas llegaron a ser peligrosos, y, finalmente, Akhenatón tuvo que enviar a Siria, con un ejército importante, al general Horemheb. Al parecer, también existía una crisis interior, pues las reformas  habían  lesionado  demasiados  intereses.

EL DESQUITE DE AMON
Cuando el rey murió, hacia 1354 a. C., Nefertiti, aunque fanáticamente consagrada a la herejía, tuvo que hacer concesiones: después de tres años de regencia, cedió ante el clero de Amón, que se había reorganizado. Casó a una de sus hijas con Tutankhatón, proclamado coregente; el joven príncipe (tenía doce años) se dirigió a Tebas, donde abjuró del culto de Atón, volvió al del dios tradicional y cambió su nombre por el de Tutankhamón. Todos los bienes de Amón le fueron devueltos. La reacción se desencadenó contra la obra del «miserable Akhenatón».

El general Horemheb, auxiliar incondicional del rey místico, se apresuró a renegar de él y a unirse a los sumos sacerdotes de Amón. Tutankhamón murió a los veinte años, y se ocultó tan bien su tumba, que fue la única que se salvó de los saqueadores de los siglos siguientes, proporcionandolé así (al ser descubierta por Cárter y Carnavon,  en   1922),  una  celebridad  universal, absolutamente desproporcionada con su secundaria importancia. Su viuda, ante la anarquía creciente, escribió a Shubiluliuma una carta, encontrada en los archivos de la capital hitita:  «Mi marido ha muerto y no tengo hijo.

Pero se dice que tú has engendrado numerosos hijos. Si me enviaras uno de tus hijos, podría llegar a ser mi esposo.  ¿Es que voy a tener que escoger a uno de mis servidores para casarme con él?» Un príncipe hitita partió para  Egipto, pero  fue asesinado,  no se sabe por qué conjura. Shubiluliuma, a quien los  egipcios   intentaron  hacer  creer  que  se trataba de una muerte natural, declaró la guerra.

La reina contrajo matrimonio, entonces, como ella había te.mido, con Ai’, un viejo funcionario que había sido amigo de su padre. Ai murió hacia 1339 a. de J. C, sin dejar heredero (se había atribuido la gran tumba que se reservara Tutankhamón, relegando la momia real y todos sus objetos a un lugar ignorado, donde se mantuvo a resguardo de los  ladrones).  Entretanto, gracias  al general Haremheb, Egipto conseguía contener en Siria la presión hitita sobre la frontera del Orontes. Apareció, así, a los ojos de todos, como el salvador de Egipto, y sus tropas estaban dispuestas a seguirlo: el clero de Amón lo reconoció como soberano.

Se dedicó a restablecer el orden (1343-1314 a. de J. C), y, sin dudarlo un momento, adoptó como sucesor a Seti, un general perteneciente a una vieja familia de oficiales de Avaris, de ascendencia semi-asiática. Este cambió su nombre, «el del dios Seht», por el de Ramsés. Con tal fundador, la nueva dinastía (XIX) no podía menos de orientarse hacia una política de expansión guerrera.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Aventura del Hombre en la Historia Tomo I Egipto, El Imperio Nuevo



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