Pasajes en la Vida del Caudillo Riojano Quiroga



Pasajes en la Vida del Caudillo Riojano Facundo Quiroga

EL CAUDILLO RIOJANO: FACUNDO QUIROGA
Facundo Quiroga, caudillo de La Rioja, según un intelectual y político sanjuanino que deplora su existencia (Fragmentos de Domingo Faustino Sarmiento: Facundo. Civilización y Barbarie en las pampas argentinas, 1845).

Después del suceso de San Luis, Facundo se presentó en los Llanos revestido del prestigio de la reciente hazaña y premunido de una recomendación del Gobierno. Los partidos que dividían La Rioja no tardaron mucho en solicitar la adhesión de un hombre que todos miraban con el respeto y asombro que inspiran siempre las acciones arrojadas.

Los Ocampos, que obtuvieron el gobierno en 1820, le dieron el titulo de Sargento Mayor de las Milicias de los Llanos, con la influencia y autoridad de Comandante de Compaña. Desde este momento principia la vida pública de Facundo. El elemento pastoril, bárbaro, de aquella provincia, aquella tercera entidad que aparece en el sitio de Montevideo con Artigas, va a presentarse en La Rioja con Quiroga, llamado en su apoyo por uno de los partidos de la ciudad.

Este es un momento solemne y crítico en la historia de todos los pueblos pastores de la República Argentina: hay en todos ellos un día en que por necesidad de apoyo exterior, o por el temor que ya inspira un hombre audaz, se le elige Comandante de Compaña. Es éste el caballo de los griegos, que los Troyanos se apresuran a introducir en la ciudad. ( … ) Hay una circunstancia curiosa (1823) que no debo omitir, porque hace honor a Quiroga.

En esta noche negra que vamos a atravesar, no debe perderse la más débil lucecilla: Facundo, al entrar triunfante a La Rioja, hizo cesar los repiques de las campanas, y después de mandar dar el pésame a la viuda del General muerto, ordenó pomposas exequias para honrar sus cenizas.

Nombró o hizo nombrar por gobernador a un español vulgar, un Blanco, y con él principió el nuevo orden de cosas que debía realizar el bello ideal del gobierno que había concebido Quiroga; porque Quiroga, en su larga carrera en los diversos pueblos que ha conquistado, jamás se ha encargado del gobierno organizado, que abandonaba siempre a otros. Momento grande y digno de atención para los pueblos es siempre aquél en que una mano vigorosa se apodera de sus destinos.

Las instituciones se afirman, o ceden su lugar a otras nuevas más fecundas en resultados, o más conformes con las ideas que predominan. De aquel foco parten muchas veces los hilos que, entretejiéndose con el tiempo, llegan a cambiar la tela de que se compone la historia No así cuando predomina una fuerza extraña a la civilización, cuando Atila se apodera de Roma, o Tamerlán recorre las llanuras asiáticas ( … ) Facundo, genio bárbaro, se apodera de su país: las tradiciones de gobierno desaparecen, las formas se degradan, las leyes son un juguete en manos torpes ( … ).

EL GENERAL QUIROGA EN LA TABLADA

Jean Theodore Lacordaire (1801-1870), hermano del ilustre predicador padre Lacordaire, era un naturalista francés que viajó al Río de la Plata y a Chile en 1825-32. En el año 1829 se hallaba en Córdoba y le fue dado presenciar la batalla de La Tablada y conocer a los generales Paz y Quiroga. En un artículo que escribió para la famosa Revue des deux Mondes, expresa: «Desde la azotea de una de las casas más altas de la ciudad podía apreciar la llanura llamada de La Tablada.



A eso del mediodía, y por la entrada de los desfiladeros pudo verse la cabeza de una columna de ejército, marchando en dirección a la ciudad. Poco nutrida en un principio, fue alargándose insensiblemente, de suerte que, cuando los primeros jinetes cruzaban ya el río Primero, las últimas filas seguían saliendo de entre los cerros. La columna entró en la ciudad y vino a colocarse en orden de batalla a lo largo de nuestra calle, la que ocupó en toda su extensión. Quiroga y Bustos venían a la cabeza. La vista de estos dos hombres y sobre todo del primero, que olamos nombrar hacía mucho tiempo, excitó nuestra curiosidad. Un hecho insignificante iba a obligarnos a comparecer ante él.

Y fue el caso que uno de mis acompañantes se divertía en observar con un anteojo de larga vista los movimientos del ejército cuando alguien, que por su traje y aspecto parecía ser un oficial, separándose del grupo que rodeaba a los jefes federales, se aproximó a la azotea en que nos encontrábamos para ordenarnos llevar el instrumento al general Quiroga, porque quería verlo y ensayarlo.

No tuvimos más remedio que obedecer la orden emanada de personaje tan temible, pero el dueño del anteojo, poco resignado a perderlo, le sacó uno de los cristales del centro, dejándole inservible para todo uso. Quiroga tomó el catalejo, y mientras lo llevaba a los ojos pudimos obsérvalo detenidamente. Era de talla mediana pero bien proporcionado. Sus miembros musculosos denotaban la fuerza y la audacia; los rasgos fisómicos, de una regularidad clásica, hubieran excitado la admiración, si sus ojos, de torvo mirar y que mantenía invariablemente bajos cuando hablaba, no hubieran inspirado secreto temor.

Una barba tan espesa que le ocultaba la mitad del rostro, hacía más característica su expresión. Quiroga devolvió el anteojo, sin decir palabra, después de haber tratado en vano de utilizarlo. Como no recibiéramos la orden de partir, permanecimos próximos a él para ser testigos de los sucesos. Un ayudante que había sido enviado a los milicianos encerrados en la plaza, con una capitulación, si así puede llamarse a la orden de rendición incondicional, volvió con la respuesta: aquellos pedían cierto tiempo para deliberar.

Quiroga leyó el papel con una sonrisa de menosprecio y lo pasó a Bustos, por encima del hombro. Después se lo tomó de las manos, tachó de un plumazo el contenido del papel y dijo al ayudante que intimara a los sitiados la rendición, porque de lo contrario atacaría la plaza de inmediato. Los milicianos, que habían resistido la víspera ignorando la fuerza de sus enemigos obedecieron y se dispersaron… Quiroga entró entonces en la plaza con parte de sus tropas, subió al Cabildo, nombró gobernador provisorio al cuñado de Bustos, y dejando 500 hombres para defender la ciudad, volvió a tomar sus posiciones de la mañana en la llanura de La Tablada. Todo esto pasó en el espacio de tres horas.

Fuente Consultada: Historia Argentina Editorial Océano Fasc. N°7.

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