La Relacion Estado e Iglesia en la Historia Poder Espiritual y Secular



La Relacion del Estado y la Iglesia en la Historia

Esta historia se puede dividir en tres partes.

1-La primera empieza cuando Jesús manda pagar el tributo al emperador y termina cuando el emperador se convierte al cristianismo.

2-La segunda empieza cuando el Papa se convierte en soberano y termina cuando se convierte, mil años más tarde, en prisionero.

3-La tercera comprende apenas cien años, que para la duración de esta historia es, relativamente, poco tiempo

La Relacion Estado e Iglesia en la Historia Poder Espiritual y Secular
Obra de Rubens, El Triunfo de la Iglesia

Dios y el César: Los judíos, y de una manera más deliberada los dirigentes judíos, multiplican las encuestas y las entrevistas para saber quién es Jesús y qué piensa.

El pueblo judío, como pueblo de Dios, tomaba muy a mal la pretensión que tenía el emperador de cobrar el tributo en Palestina lo mismo que en cualquier provincia del Imperio.

Sobre la mala disposición general en todos los lugares y tiempos a pagar los tributos, había lo que pudiera tener de ofensa para el pueblo escogido ese tributo al emperador pagano.

Lo popular era pues contestar que no: los judíos no tenían por qué pagar el tributo al César.

Le piden a Jesus que diga claramente si hay que pagar o no el tributo al César. Lo que dice claro es, por de pronto, lo que piensa de la pregunta. «¿Por qué me tentáis?… Traedme una moneda, para que la vea.»

Las monedas más corrientes eran de cobre y las de oro o plata venían de Roma; no abundaban tanto, y por eso manda traer una. «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?», les pregunta. «Del César», responden. «Pues, dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Y se quedaron asombrados.

La respuesta sigue siendo, dos mil años después, la mejor que existe sobre la cuestión. No es raro que se acuda siempre a ella, bien mirándola por una cara o por la otra, pues tiene dos, como las monedas.

Por una parte reconoce que el emperador tiene unos derechos, y entre ellos el de cobrar los tributos, aun del pueblo judío. Es, pues, en este sentido, una invitación a someterse a las autoridades constituidas.

Y los apóstoles recogerán esta enseñanza y la difundirán en sus cartas. San Pablo, en su carta a los romanos, además de decir que se paguen los impuestos, manda someterse a las autoridades, porque los gobernantes están puestos por Dios para hacer justicia.

La fe aplastando a los falsos dioses y coronando a los mártires. Miniatura de la «Psicomaquia», de Prudencio. (Biblioteca Real de Bélgica.)

San Pedro, en su primera carta, recomienda también la sujeción a las instituciones humanas de gobierno. «Portaos como libres — dice a continuación — pero sin hacer de la libertad un velo que cubra la malicia, sino como servidores de Dios.»

De modo que, para ios primeros cristianos, someterse a la autoridad civil viene a ser respetar a los que Dios ha puesto para el desempeño de determinadas funciones y defensa de la justicia.

Si, además, se piensa que el emperador que se beneficiaba de esa actitud era pagano y que los que la proponían eran judíos, la doctrina queda todavía más clara.

La otra cara de la respuesta no es menos importante. Si hay que dar al César las monedas que lleven su imagen impresa, y lo demás que le toque, y eso es justamente lo que Dios manda, también hay que «dar» a Dios lo que es de Dios, lo que Dios pide.

¿Y no proclama el primer mandamiento que Dios es único, y que no ha de tener el hombre otro Dios más que El?

Podrá ocurrir que el emperador pida del cristianismo la idolatría, y entonces es la hora del testimonio cristiano, cuando el cristiano ha de mostrar que sólo tiene un Dios.



Esta segunda parte se cumplió en las largas persecuciones y los martirios que escalonan los primeros trescientos años de la era cristiana.

¿Por qué fueron perseguidos unos hombres tan bien dispuestos a pagar los tributos y sujetarse a las autoridades constituidas?.

Porque entre los deberes cívicos había algunos que eran al mismo tiempo religiosos; el emperador tenía un culto, como encarnación que era del Estado, y en Roma el Estado mismo lo era todo, un todo revestido de carácter religioso.

El imperio que englobaba a tantos pueblos, englobaba también a muchos dioses. Pero, para el buen romano esto no era un problema.

La coexistencia de dioses era cosa admitida; cada uno podía tener sus particulares preferencias, pero ningún Dios era incompatible con el culto religioso al emperador. Ninguno, excepto el Dios de los cristianos.

El Dios de los cristianos no era un dios nacional, no era el dios de un pueblo — digno de ser tolerado con las demás peculiaridades y tradiciones nacionales —, sino un Dios universal distinto, único, cuyo culto no podía compaginarse con otro.

Y el cristiano no se avenía a dar culto a los únicos dioses que el Estado reconocía: no era lo malo, a los ojos del Estado, que el cristiano tuviera su Dios, sino que ese Dios fuera exclusivo, es decir, que el cristiano no tuviera además los dioses que el Estado reconocía.

Y esto es lo que parecía hacer de él — como algún historiador de la Iglesia ha escrito — un sin dios, un ateo.

La persecución pasó por varias etapas. Hasta alrededor del año 100 no había leyes especiales contra los cristianos.

Bastaban las leyes existentes para que un cristiano pudiera ser condenado a muerte como elemento peligroso para el orden establecido.



Hacia el año 100, después de una encuesta, la autoridad interviene y el emperador decide que el cristianismo es un crimen en sí y que el cristiano que, después de ser juzgado, no renuncie a su fe puede ser condenado a muerte.

Pero, la acusación debe ser presentada en regla (no se admiten denuncias anónimas) y el magistrado no tiene obligación de buscar y descubrir a los cristianos.

Esta etapa dura casi cien años más; después el Estado se decide a intervenir de una manera más directa y toma la iniciativa de la persecución para ver de desarraigar el cristianismo: hay edictos que prohiben las conversiones al cristianismo, edictos contra los sospechosos de cristianismo, contra los obispos y las asambleas de los cristianos, confiscaciones de los cementerios que se descubran y la persecución se hace cada vez más violenta.

Pero, entre persecución y persecución hay también períodos de paz y hasta emperadores que amparan al cristianismo.

Sin embargo, la religión cristiana seguía extendiéndose a través de las persecuciones y después de la última, que fue la peor — una verdadera guerra de exterminio se ha dictado — viene por fin, al empezar el siglo rv, el edicto de Milán y con él la libertad de cultos que concede a los cristianos el derecho a practicar libremente su religión.

No sólo esto, sino que la Iglesia recibió compensaciones por los daños causados en la última persecución.

Constantino, aunque favorable al Dios de los cristianos, no recibió el bautismo sino en su lecho de muerte, y todavía de manos de un hereje. Pero algo había cambiado para siempre.

La Relacion Estado e Iglesia en la Historia Poder Espiritual y Secular
Emperador Constantino de Roma

La época de las catacumbas había terminado y los intentos, como el de Juliano el Apóstata, para restaurar el paganismo y perseguir al cristianismo nada pudieron conseguir.

En pocos años el clero cristiano obtuvo las mismas consideraciones que el clero pagano y la Iglesia se benefició con exenciones de impuestos y el derecho a aceptar legados.

Poco después la situación de paridad se convirtió en una situación de predominio cristiano.

La autoridad empezó a restringir el culto pagano, primero el culto público y al final hasta el ejercicio privado. Las medidas de represión del paganismo no siempre se aplicaron y no hubo, por otra parte, mártires paganos.

Pero, en todo caso, el Estado había dejado de ser pagano y no había de tardar en hacerse cristiano.

Con Teodosio, el primer emperador realmente cristiano, las fiestas de la Iglesia se convirtieron en días de fiesta oficial y los obispos no sólo vieron reconocida oficialmente su jurisdicción en las cuestiones de vida cristiana, sino que además obtuvieron un lugar en el Estado.

Pero con todo esto había surgido un nuevo y arduo problema: ¿Cuál era el lugar del emperador en la Iglesia? ¿Era un fiel como otro cualquiera? ¿O la protección que concedía a la Iglesia haría de la Iglesia el órgano religioso del Estado?.

Con la conversión del emperador al cristianismo y la adopción del cristianismo como religión oficial, el problema de la relación entre la Iglesia y el Estado se planteaba de otra manera.

Era una situación nueva que — con variaciones no muy profundas — duraría siglos.

Mientras la Iglesia había estado ignorada o perseguida, había gozado de la mayor libertad interna. E

l Estado podía coartar o amenazar su libertad exterior, pero no afectaba para nada a la libertad interna de la vida y la organización cristiana. Ahora, bajo la protección imperial, la Iglesia adquiría nuevas ventajas y consideraciones.

Exenciones, beneficios, dignidades, y hasta funciones en la vida pública civil.

La Iglesia se volvía respetable y aun poderosa, pero, para todas estas ventajas y consideraciones dependía de la voluntad y el beneplácito del emperador.

La nueva religión se volvía importante para la vida del Estado — el cristianismo substituía al paganismo — y las herejías se convertían en una amenaza, no sólo para la vida interna de la Iglesia, sino para la vida de la sociedad.

El emperador se preocupaba de la unidad de la fe y la disciplina. El emperador convocaba los Concilios y convertía en leyes civiles los decretos de las asambleas eclesiásticas.

Más aún, convertía en castigos civiles las condenas eclesiásticas.

Cuando había disputas y diferencias entre distintas sedes o tendencias dentro de la Iglesia el favor del emperador contaba muchísimo.


Los obispos se acostumbraron a acudir al emperador.

El emperador se acostumbró a nombrar los obispos. Es verdad que el emperador se detenía en el umbral de lo sagrado y dejaba que la vida sacramental de la Iglesia fuera preservada y vigilada por la autoridad eclesiástica.

Es verdad que en las mismas cuestiones doctrinales no intervenía el emperador más que de manera indirecta, favoreciendo a unos u otros y manteniendo la unidad en el Imperio.

Pero, cuando el emperador se pasaba a la herejía y se hacía arriano, todo el mundo — según la famosa expresión de San Jerónimo — gemía con sorpresa al despertar arriano.

La expresión era un tanto exagerada, pero el peligro de esa intervención del emperador en la vida de la Iglesia era cierto. La Iglesia tenía que contar con el emperador.

La Iglesia influía en el Estado, pero también el Estado influía en la Iglesia.

Los grados y matices de la mutua influencia variaban continuamente.

Aquí el obispo era elegido por el clero de la diócesis; allá el nombramiento dependía, en cambio, del favor imperial.

Como muchas situaciones inestables, ésta duró siglos.

Y poco más o menos puede decirse lo mismo de lo que ocurría en la parte oriental del Imperio hacia el año 400 que de lo que sucederá cuatrocientos años más tarde cuando el Imperio será restaurado en Occidente y el emperador será el rey de los francos, Carlomagno.

Pero, entre tanto, un nuevo elemento se habrá introducido en la cuestión: la soberanía temporal de los Papas.

II: Papas y Reyes

Cuando el imperio romano se desintegró en Occidente, hubo un colapso casi general de las instituciones sociales, pero la Iglesia sobrevivió y sus funciones en la vida del pueblo aumentaron.

Pues lo que contaba más que nada era la vida local, y los que influían en ella, fuera cual fuera su título, eran los que configuraban las nuevas formas de vida pública que iba surgiendo.

Así en Roma el Papa era prácticamente el que atendía a las necesidades del pueblo en la nueva era de incertidumbre.

Entre los bárbaros y los lombardos que invadían la península y el débil y casi teórico poder del emperador de Oriente — Roma y el sur de Italia era el extremo occidental de su influencia—, el Papa se encontró en una situación de equilibrio difícil y de responsabilidad social creciente.

El papa San Gregorio el Grande fue en este orden práctico el fundador de la monarquía papal, pues se puso al frente de su pueblo y redimió a los cautivos y protegió a los necesitados, a los huérfanos y viudas víctimas de las repetidas catástrofes.

Pero lo que era una realidad de hecho se había de convertir más tarde en una institución de derecho. Un emperador oriental intentó raptar al Papa con vistas a un proyecto de reforma religiosa.

El pueblo romano se agrupó en torno de su obispo para defenderlo y también los lombardos acudieron entonces en su ayuda.

El emperador no pudo lograr su objetivo pero, el ya débil lazo que unía al Papa como subdito, o más bien como príncipe local, al emperador de Bizancio se aflojó aún más.

oco después se produjo una nueva invasión de los lombardos, que hacían frecuentes incursiones por la península.

El emperador era incapaz de defender el territorio y el Papa, en vistas del aire amenazador que tomaba aquella vez la invasión, llamó en su auxilio a los francos, otro pueblo bárbaro ya convertido también al cristianismo y cuyos reyes estaban en relaciones excelentes con la Iglesia.

Los francos desalojaron de sus posiciones a los lombardos y el Papa se convirtió en soberano de su propio Estado.

Las relaciones del Papa con los francos eran buenas; hasta el punto que el rey de los francos. Pepino, el padre de Carlomagno, había sido coronado por el Pontífice.

De modo que se produjo, sobre todo cuando Carlomagno fue coronado emperador por el Papa — era el año 800 — y el Imperio de Occidente restablecido en su persona, una doble protección.

El Papa coronaba al emperador, pero el emperador, como «Patricio de Roma», recibía el vasallaje de los subditos del Papa.

Empezaba a tomar cuerpo la concepción medieval de la cristiandad como un cuerpo único con dos brazos, el religioso y el secular, que colaboraban estrechamente.

Los reyes intervenían activamente en la vida de la Iglesia, pero eran consagrados — y más adelante incluso empezaron a ser depuestos — por el Papa.

Para complicar más las cosas, los obispos tuvieron cada vez más influencia en el gobierno de su territorio y en un mundo en que contaba sobre todo la fidelidad personal de cada príncipe o señor local al rey; el rey tuvo cada vez más interés en intervenir en el nombramiento de los obispos, y pronto también de los Papas.

La institución de los príncipes-obispos que se difundió en diversas partes de la cristiandad correspondía en cierto modo a la soberanía temporal de los Papas de Roma.

Por otra parte, puesto que los Papas eran soberanos temporales, ya no era sólo el clero el que estaba interesado directamente en la elección, y las familias más poderosas de Roma — y también de otras ciudades italianas como Florencia — se acostumbraron a influir decisivamente para que el Papa fuera uno de los suyos.

Los nuevos poderes de los Papas traían nuevas ambiciones y luchas por contar con ese poder.

Es curioso que durante siglos, y pese a los cambios de la historia, ese tejido de influencia y presiones se mantenga con diversas formas que van repitiéndose más o menos con el paso del tiempo.

Cuando los emperadores o los reyes son más poderosos, sus atribuciones aumentan y nombran obispos y hasta Papas.

Cuando son más poderosos los Papas, llegan a deponer a los reyes y a relevar a los subditos de la obligación de fidelidad.

Es clásico el episodio de Canosa, el lugar donde el emperador salió al encuentro del Papa para obtener su perdón y con él recobrar el cetro.

En la época de los cismas — cuando llegó a haber al mismo tiempo dos o tres Papas o que pretendían serlo — los reyes aumentaron su influencia — y también los Concilios —.

Aun cuando andando el tiempo la elección del Papa quedó como atribución de los cardenales solos, no por eso dejaron de influir los reyes — el de Francia, el de España, el emperador de Alemania y después de Austria — poniendo vetos y haciendo presión sobre los cardenales, subditos suyos.

El último veto se produjo en época tan tardía como en la elección que por fin recayó en Pío X; pero apenas elegido, Pío X acabó con lo que era una reliquia.

El problema de la relación entre la Iglesia y el Estado — o los Estados — surge en cada uno de los momentos decisivos de la Historia de la Iglesia.

Se apoya en los príncipes alemanes cuando se separa de Roma —y el poder temporal de los obispos y de los Papas tuvo su parte también en los apuros financieros que dieron lugar a abusos y escándalos en la predicación de las indulgencias—.

Inglaterra se separa poco después por el despecho de un rey, Enrique VIII, que hasta aquel momento había sido un decidido defensor de la fe católica frente a los luteranos; los reyes absolutos, más adelante, intervendrán decisivamente en los asuntos religiosos de sus reinos hasta los extremos del josefinismo, que regulaba las misas que habían de decirse y suprimía el rosario, o el vasto movimiento que empezó con la expulsión de los jesuítas en diversas naciones y culminó con su supresión pontificia — que duró bastantes años —; y así cuando empezó con la Revolución Francesa el ocaso de las monarquías absolutas, la Iglesia se encontró en muchos sitios en la incómoda posición de lamentar la caída de un poder que la tenía medio ahogada.

Un historiador ha escrito que «Dios salvó la Iglesia al enviar la Revolución francesa para que destruyera el absolutismo de los príncipes».

Y otro, comentando esta frase ha afirmado que hacia 1790 no había fuera de los Estados Pontificios y de los nuevos Estados Unidos de América ni un país en que la religión católica se encontrara en libertad para vivir su propia vida y donde las cosas no caminaran hacia una esclavitud creciente.

Y, sin embargo, las fuerzas nuevas que se levantan contra los reyes absolutos se levantaban también contra la Iglesia.

Había dos razones principales para ello. Una era el contenido ideológico del mismo movimiento ilustrado enciclopedista y liberal que había influido ya en los «déspotas ilustrados» de las monarquías que ahora iban cayendo.

La otra era quelos Papas, también soberanos temporales, eran también monarcas en sus Estados y monarcas absolutos.

Los Estados Pontificios llegaron a perder de tal modo el apoyo de la población que cuando se produjeron los primeros levantamientos no pudieron sostenerse más que gracias al apoyo armado de los reyes de Austria y de Francia, cuyos ejércitos ocuparon el territorio en sucesivas ocasiones.

El movimiento de la unidad italiana se hacía no sólo contra Austria, sino también contra el Papa.

Las nuevas ideas corrían por todas partes y además había el descontento de las clases cultivadas en unos estados gobernados casi enteramente por clérigos y el de los que habían entrevisto los beneficios de la nueva y más progresiva legislación y administración francesa.

La soberanía temporal de los Papas terminó en 1870, el día en que las tropas de Napoleón III se retiraron de Roma para acudir a la guerra franco-prusiana.

Pío IX, que ya había tenido que huir de Roma unos años antes, se constituyó en «Prisionero del Vaticano», situación provisional que duró hasta el tratado de Letrán, en la tercera década de este siglo.

En esta larga época —que comprende lo que en los manuales de historia se llama Edad Media y Edad Moderna y aun parte de la Edad Antigua — las dificultades entre la Iglesia y el Estado — o los Estados — provienen de dos hechos:

1) la dependencia de los reyes, como fieles católicos, de la autoridad espiritual del Papa, y

2) los conflictos y disputas del Papa, como soberano de los Estados Pontificios, con los emperadores, reyes y príncipes de los demás Estados.

Esos dos tipos de dificultades y diferencias se interfieren y no siempre resulta fácil distinguirlos.

Pero, en conjunto, se puede decir que durante la Edad Media tiene más importancia el primer aspecto y durante la Edad Moderna el segundo.

No en vano se produce en el quicio de las dos edades la ruptura protestante, que separa de la Iglesia buena parte de los Estados europeos.

El principio de que la religión del príncipe decide la religión del reino repercute no sólo en la substracción de los países reformados a la autoridad espiritual del Papa, sino que también está latente en la actitud de los reyes absolutos en los países católicos, quienes acuden a sus teólogos y juristas para encontrar razones favorables a sus posiciones en las disputas con el Papa.

Los dos pasos que marcan la separación de los Estados de la autoridad espiritual del Papa son, pues:

1) cuando muchos reyes y príncipes se separan de la Iglesia católica y se ponen a la cabeza de las iglesias reformadas, protestantes; y

2) cuando los reyes que seguían siendo católicos, al menos públicamente o de nombre, caen bajo el empuje de las revoluciones que se extienden por Europa.

Y cuando el Papa, como soberano temporal, también pierde sus Estados se produce una situación enteramente nueva. Han desaparecido los dos hechos básicos que configuraban la situación.

Ni el Papa es ya un rey temporal, cuyos intereses puedan entrar en conflicto con los de otros reyes, ni a la cabeza de los Estados hay tampoco un rey absoluto cuya confesionalidad católica implique la confesionalidad de su nación.

La relación entre la Iglesia y los Estados ha entrado en una nueva época.

Lo Espiritual y lo Temporal

Los dos hechos que caracterizan esta nueva situación son el desarrollo de la distinción entre lo espiritual y lo temporal, por una parte, y la extensión del panorama político a una multitud de Estados independientes repartidos por los diversos continentes.

León XIII, a quien se ha considerado el primer Papa de los tiempos nuevos, precisaba así el campo de cada uno de los dos poderes: «Dios ha dividido el poder y el cuidado de dirigir el género humano entre dos poderes, eclesiástico uno, civil el otro; puesto al frente de las cosas divinas uno, al frente de las cosas humanas el otro.

Cada uno de estos dos poderes es supremo en su orden, cada uno de ellos se halla contenido en los límites precisos que le han sido trazados por su misma naturaleza y su fin inmediato; de esta manera queda circunscrito un campo en el que ejerce cada uno su acción con pleno derecho».

Exponer en sus principales matices el desarrollo contemporáneo de la distinción y las relaciones entre lo espiritual y lo temporal no es cosa que quepa hacer aquí, en esta corta exposición.

Pero, el resultado de esa elaboración doctrinal está bien a la vista cuando se piensa en la variedad de jefes de Estado o de Gobierno católicos que están al frente de países de confesiones religiosas diversas en Europa, América o África, principalmente, sin que esto traiga las complicaciones que no muchos años atrás suponía.

Y es que en los mismos tratados de teología de la Iglesia se enfoca la atención hacia una nueva cristiandad distinta de la vieja cristiandad medieval cuya concepción perduró a través de los cambios de la Edad Moderna: una nueva cristiandad que tenga en cuenta el doble hecho histórico de la división religiosa y la diversidad de creencias en el seno de las sociedades políticas contemporáneas y el de la diferenciación más completa que se ha ido produciendo entre el campo espiritual y el temporal, y que se traduzca en una cultura cristiana esparcida — como ha dicho el filósofo Maritain — por toda la superficie de la Tierra como red viva de focos de vida cristiana diseminada en las naciones en medio de la gran unidad supracultural de la Iglesia.

Si se compara la situación a mediados del siglo xx con la de un siglo atrás se puede observar un cambio muy grande; lo que se ha vuelto contra la Iglesia es el absolutismo, mientras que el voto de los ciudadados se ha convertido en una garantía del respeto a los derechos religiosos del hombre.

Esta nueva situación fue entrevista ya por algunos católicos alemanes y franceses hace más de un siglo, pero tardó en abrirse paso.

En las relaciones entre la Iglesia y el Estado ha empezado a pesar decisivamente el hombre corriente, el elector: ciudadano y cristiano al mismo tiempo.

La relación entre lo espiritual y lo temporal pasa por él: como cristiano y miembro de la Iglesia, su actividad se orienta hacia la vida eterna; pero al mismo tiempo como ciudadano miembro de la ciudad terrena, su actividad se mueve también en el plano — derechos y deberes — de la vida civil, temporal.

En la vida política de los pueblos el cristiano pesa como ciudadano: sus derechos a honrar a Dios y a dar una educación cristiana a sus hijos son defendidos por él mismo, bien a través de partidos de inspiración cristiana — el caso de muchos países del continente europeo—, bien como minoría cuyos puntos de vista se ganan el respeto de los diversos partidos — en el caso de los países de habla inglesa—.

Y al mismo tiempo en todas partes se abre paso entre los dirigentes eclesiásticos un más efectivo respeto a las iniciativas políticas del laicado cristiano, pero sobre todo en los pueblos que con la independencia se abren a una vida política nueva.

Es significativa la declaración de los obispos del Congo en que señalan que cuando los cristianos laicos trabajan en la organización del orden temporal no lo hacen a título de fieles, sino a título de ciudadanos; no como miembros de la ciudad de Dios, sino de la ciudad de los hombres; y que por eso importa dejarle al cristiano «su autonomía» en el orden temporal.

Queda más específica de la jerarquía eclesiástica la función de precisar y recordar los principios morales y más en las manos del laicado cristiano la de trabajar con los ciudadanos de otras creencias en la edificación y el gobierno de la ciudad temporal.

Si en lo típico de la primera etapa es la Iglesia perseguida y lo típico de la segunda etapa es la Iglesia impuesta, lo típico de esta tercera etapa parece ser la Iglesia respetada a través de los derechos humanos de los creyentes.

Fuente Consultada:
UNIVERSITAS Enciclopedia Cultural Tomo 17 Capítulo: Historia y Biografia Tema: La Iglesia y El Estado

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