Troya Ciudad Perdida Civilizaciones Desaparecidas Schliemann



Troya Ciudad Perdida Civilizaciones Desaparecidas
Schliemann Explorador

INTRODUCCIÓN: EN LAS LLANURAS DE TROYA
En su mayoría, los eruditos del siglo pasado dudaban de que Troya hubiera realmente existido, considerándola más bien una creación de la fantasía del poeta, como tantos otros lugares descriptos en la «Ilíada». Sin embargo, se afirmaba que Alejandro Magno, al invadir el Asia Menor en el año 334 a. de J.C. había rendido honores a Aquiles y a Príamo sobre las ruinas de Troya.

Y la tradición señalaba, como posible emplazamiento de la antigua ciudad, una llanura situada sobre la orilla asiática del estrecho de los Dardanelos. Hacia allí se trasladó Schliemann, siguiendo el probable derrotero de Alejandro, y con el texto de la «Ilíada» en la mano exploró la zona, tratando de reconocer los aspectos del paisaje según la descripción efectuada por Homero tres mil años atrás.

Según el poeta, el rey Príamo había presenciado los principales lances de la guerra de Troya desde las torres de la ciudad. Recordándolo, Schliemann detuvo su atención en una colina llamada Hissarlik, de sólo unos treinta metros de altura, pero cuya posición era la más adecuada para situar una ciudad desde cuya atalaya se habría podido dominar toda la llanura circundante.

Tras las gestiones para obtener de Turquía el permiso, Schliemann pudo comenzar las excavaciones, contratando a ochenta obreros. Fue penoso el trabajo y larga la expectativa. Pero de pronto las herramientas empezaron a exhumar vasos, armas, enseres domésticos: restos que evidenciaban las ruinas de una antigua ciudad. Nuevos hallazgos de murallas y tesoros confirmaron a Schliemann en su sensacional descubrimiento: ¡había hallado la ciudad de Troya!

De allí en adelante las excavaciones se siguieron incansablemente. Y fue desconcertante encontrar bajo unos muros ¡otros! ¡Nueve ciudades superpuestas hallaron los zapapicos y las palas en el corazón de la colina Hissarlik! Cada una de estas ciudades había surgido en el mismo sitio varios siglos después de la destrucción de la anterior. Los constructores de cada ciudad habían nivelado —ellos mismos— las ruinas de la ciudad precedente. Aún más, habían utilizado aquellas piedras para las nuevas casas y murallas.

LA HISTORIA DE LA BÚSQUEDA:
Un arqueólogo millonario, aficionado en busca de su sueño, encontrar Troya

SCHLIEMANN HEINRICH EN BUSCA DE LA CIUDAD PERDIDA DE TROYALos griegos atacaron Troya hace más de 3.200 años, en el siglo trece a.C. Las historias sobre esta guerra eran ya viejas en el siglo cuarto a.C., época del filósofo Aristóteles y de Alejandro Magno. Nadie sabe con certeza quién fue Homero ni cuándo vivió (aunque es probable que viviera en el siglo ocho a.C., hace más de 2.800 años).

Con el paso de los siglos y los milenios, el recuerdo de la guerra de Troya se desvaneció en el pasado lejano y sólo quedaron los mitos y las leyendas de los poemas homéricos.

Así estaban las cosas cuando el adinerado alemán Heinrich Schliemann (imagen) , aficionado a la arqueología, se propuso encontrar Troya.

Con algo más que su fe en Homero, excavó no una sino un conjunto de nueve Troyas, construidas una sobre otra. Luego viajó a Grecia y descubrió la poderosa civilización de Micenas, que también aparece en la saga de Homero.



Vida del Aventurero: La vida de Schliemann es fantástica. Nacido en la pobreza en 1822, sobrevivió a un naufragio mientras amasaba una fortuna en los negocios. Ya por 1860 tenía dinero suficiente, y tomó la decisión de proseguir con su obsesión por Homero.

Viajó a Grecia y se casó con una joven de 17 años (él tenía 47); luego se fue a Turquía para buscar la antigua Troya. 

Como arqueólogo aficionado, Schliemann cometió errores, y puede que hasta haya hecho trampa. Expertos posteriores lo acusaron de haber enterrado algunos objetos que luego dijo haber descubierto.

Sin embargo, su éxito es indiscutible. Con el descubrimiento de Micenas abrió la Grecia continental a sucesivas oleadas de fructífera exploración arqueológica.

De pequeño se abocó a estudiar griego con entusiasmo, pero su padre quedó sin trabajo y ya no le pudo pagar las clases.

Entonces Henirich, de doce años, se empleó como mandadero y fue ascendiendo lentamente, en una carrera de comerciante azarosa, en su lucha pertinaz; su sueño era hacerse rico ¿Pero para qué?.

Para buscar Troya. Para hacer la ruta de Ulises, conocer Itaca, hallar en las grutas sicilianas aquella donde Ulises fue presa de Polifemo, el gigantesco Cíclope, encontrar la isla de la maga Circe… las joyas de Helena.., las huellas de la cólera del pélida Aquiles…

Schliemann consiguió su primer objetivo: se hizo rico. Y dedicó su fortuna y el resto de su vida a seguir la ruta de Ulises, con el libro de Homero en mano.

Viajó a Turquía, se instaló en las colinas de Bunarbachi,lugar que hasta el momento los eruditos abocados a la cuestión identificaban con Troya. Esta identificación se debía sólo a la presencia de fuentes naturales similares a las que Homero describe en La Ilíada. Este es el pasaje:

La primera era de agua caliente: el vapor la cubría cual si allí se encontrara, a un lado, un fuego encendido.Y la otra brotaba en verano como el granizo o lo mismo que nieve fundida o agua muy helada.



Al encontrarse junto a las fuentes de la presunta Troya, Schliemann sacó su termómetro y comprobó que las dos fuentes tenían la misma temperatura.

Así que los historiadores se equivocaban, bajo la tierra de la triste colina no podía estar Troya.

Tampoco el riacho que serpenteaba junto a la colina se identificaba con el caudaloso río que el poeta llama Escamandro.

Pero ya que el prestigio troyano había coronado a la cenagosa colina por tantos años, Schliemann hizo una prueba más, una buena muestra de la excentricidad y tozudez de su método de trabajo: reconstruyó un hecho de La Ilíada, una reproducción de la escena tal vez más famosa: el combate de Héctor y Aquiles; le pagó a un hombre para realizar con él una experiencia fatigosa, pero sin duda original, aunque tal vez reñida con la calma que deben mostrar los hombres de ciencia.

Cuenta el texto que los dos héroes hicieron corriendo tres veces la vuelta a las murallas de Troya. Yeso llevaron a cabo el alemán y su empleado turco. Corrieron ambos, persiguiéndose, alrededor de la colina.

La carrera duró dos horas y sólo lograron dar la vuelta a la colina una sola vez. En tanto Aquiles y Héctor habrían dado, según el poema, la vuelta completa tres veces, en una sola tarde. Esta prueba fue suficiente para Schliemann: Troya no estuvo allí. ¿Entonces dónde?

Schliemann recorrió la zona, y una colina que se alzaba en las cercanías llamó su atención porque en ella encontró numerosos tiestos y cacharros antiguos. La colina se llamaba Hizarliz, que en turco significa ‘palacio’, por lo que el nombre resultaba sugestivo. Sus investigaciones le hicieron presentir que allí podía hallar la ciudad que buscaba.

La colina recordaba en todo a los paisajes descriptos por Homero, tenía el tamaño indicado.., y la tradición del lugar la llamaba simplemente Nueva Ilión, en recuerdo de la ciudad antigua. Schliemann confiaba en las tradiciones transmitidas por vía oral. Después de todo, así se había mantenido en el tiempo el poema homérico.

Fueron años de lucha y trámites con las autoridades turcas. Por fin, al comenzar las excavaciones, aparecieron los primeros resultados alentadores.

Se desenterraron murallas y ocultas en ellas, estaban las joyas que el emocionado Schliemann llamó “de Helena”. Sus métodos, aunque muy criticados, rindieron frutos, los arqueólogos por fin reconocerían su trabajo.



Guiado por Homero, invirtiendo su fortuna para hacer realidad su sueño, este hombre que unos admiraban y otros denostaban, y contra el cual se pueden formular innumerables críticas, tuvo el coraje intelectual de creer en lo que nadie creía y su búsqueda de años le dio la razón.

La ciudad de Ilión, la Troya más amada, donde sucedió el sitio más famoso de la historia, quedó descubierta a los ojos de los hombres, y por sus antiguas murallas pasean las sombras de los dioses olímpicos y llora el rey Príamo.

Y callados para siempre los gritos desgarradores de la princesa Casandra, subsiste el sutil eco del poema más amado y leído de todos los tiempos.

El lugar mágico se había hecho realidad. Y si bien la mayoría de nosotros no visitó ni visitará nunca las ruinas de Troya, existe un poderoso incentivo en la lectura del poema a partir del hecho de que el mito se ha visto reforzado por la realidad.

La energía de Troya y sus guerreros atraviesa los siglos y permanece intacta en nuestros días, gracias a Heinrich Schliemann.

Versión Moderna de la Búsqueda: Schliemann contrató obreros y comenzó las excavaciones. Aunque parezca irónico, no se detuvo al pasar por lo que los arqueólogos posteriores identificaron como la probable Troya de la guerra (alrededor de 1250 a.C.), situada sólo tres niveles por debajo de la superficie.

Schliemann excavó hasta una capa anterior a la de la antigua Troya, fechada alrededor de 2000 a.C., probablemente unos 700 años más antigua que la Troya de Homero. En 1874 encontró inapreciables artefactos de oro y anunció, erróneamente, que se trataba de los tesoros de Príamo, el rey troyano de La ilíada.

Insatisfecho aún, Schliemann volvió a Grecia para buscar el palacio del rey Agamenón, el jefe de los griegos en La ilíada.

Y, por increíble que parezca, no sólo encontró evidencias de la civilización micénica, que floreció mucho antes de la Grecia clásica (nombre que los historiadores dan al período comprendido entre cerca de 479 y 323 a.C.), sino que descubrió nuevas piezas en oro, que databan de 1550 a.C.

Las nueve ciudades de Troya
Heinrich Schliemann, bucanero de la arqueología, fue un hombre excepcionalmente decidido. Era sueño de su juventud descubrir la perdida ciudad de Troya. Inició sus excavaciones en Hisarlik en 1870 y a ello dedicó 20 años.

De manera más bien impetuosa, Schliemann excavó una gran zanja a través del montículo de Hisarlik, y tuvo la desgracia de destruir parte del estrato que más anhelaba encontrar: la Troya homérica.

Se quedó comprensiblemente desconcertado ante las múltiples capas de la colina que excavaba, pero logró identificar cuatro ciudades distintas y sucesivas por debajo de la ciudad romana de Ilium, llegando a la conclusión de que la segunda en orden era la Troya que anhelaba.

Los arqueólogos no se mostraron muy de acuerdo con su conclusión, lo cual irritó a Schliemann y acrecentó su satisfacción cuando, en 1873, descubrió lo que llamó «el tesoro de Príamo».

Según comentario de Schliemann, fue extrayendo el tesoro y entregándoselo a su joven y bella esposa griega, Sophia, quien lo envolvió en su chai para preservarlo tanto de los funcionarios griegos como de los obreros.

Existe una fotografía de Sophia engalanada con las resplandecientes «joyas de Helena». Además de este tesoro, se encontraron copas, puntas de lanza y pendientes, que probablemente procedían de Troya II o Troya III (c 2200 a.C), fecha que no coincide con la Troya de Hornero, seguramente Troya VI, destruida hacia el 1260 a.C.

Por desgracia, todos estos objetos, a excepción de un par de pendientes y algunos otros, pequeños, desaparecieron en Berlín en 1945. Podrían haber sido utilísimos para futuras investigaciones acerca de estas ciudades desaparecidas.

El edificio mejor conservado de las nueve ciudades de Troya es un anfiteatro, en la parte sur de la ciudad. Surge como consecuencia del programa de reconstrucción iniciado por Julio César en el siglo l aC, y forma parte de la última y más extensa ciudad de Troya, Troya IX que quedó definitivamente abandonada hacia el 350 dC.

¿Qué queda de las ciudades de Troya?: Muchos visitantes han rechazado esta Troya por pequeña y humilde. En efecto, parece increíblemente pequeña cuando se la compara con la imagen clásica de la poderosa ciudadela fortificada de Príamo.

Sólo mide 137 por 183 m, apenas el espacio suficiente para unas cuantas docenas de viviendas, más, quizá, otras mil personas residiendo en los alrededores. Pero la extensión es precisamente uno de los rasgos más conmovedores de Troya, al hacerla parecer tan vulnerable.

La playa donde los griegos atracaron sus barcos está ahora 15 Km. más alejada que cuando el furioso Aquiles arrastró el cuerpo destrozado de Héctor en torno a las murallas de Troya.

Persisten aún dos de los fenómenos que Hornero describió: el viento que sopla incesantemente entre las hierbas altas (no ocurre así en ningún otro lugar de la zona) y las pequeñas encinas achaparradas, que parecen ser originarias del lugar.

PARA SABER MAS…
EL TESORO DE LA COLINA

Comenzó sus excavaciones en 1871, después de algunas tentativas en el 70, pero no en Burnabashi, el lugar en que, según los sabios, se habría asentado la antigua Troya. Él había hecho viajes, había observado largamente la naturaleza del terreno, las colinas, la costa, los cursos de agua. Aquello no podía ser la antigua Troya, porque Hornero no describió tales parajes.

El lugar aludido por las descripciones era Hissarlik, una colina próxima al mar. Schliemann empezó a excavar allí. Sofía, su joven esposa, lo animó en todo momento compartiendo sus opiniones, que discrepaban con las teorías de los «expertos» oficialmente reconocidos. Fueron días de gran tensión, complicados por las dificultades de todo género que le pusieron las autoridades turcas; pero Schliemann tuvo fe constante en su triunfo. Al principio de sus trabajos desenterró algunas cosas: vasos, piezas de cerámica de todas clases, utensilios de piedra, restos de antiguos muros, cimientos, columnas, terrazas. Pero eran residuos que podían encontrarse en casi todos los puntos de aquella tierra, descubrimientos arqueológicos normales.

SofiaEra necesario avanzar más en la empresa; las excavaciones se aceleraron y sacó a la luz, en estratos superpuestos, los restos de nueve ciudades. Cada estrato escondía los restos de una ciudad, construida sobre las ruinas de la precedente. Schliemann observó que los materiales del segundo estrato mostraban claramente las trazas de un enorme incendio: ¡Era Troya! Su alegría fue inmensa. Rebuscó febrilmente entre todos los objetos que aparecían, las armas, los utensilios, las joyas del reino de Príamo.

Sofía, esposa de Schliemann

Llegó, por fin, el día del triunfo: el 14 de junio de 1873 Schliemann descubrió algo que le arrancó una exclamación de sorpresa, rápidamente ahogada. Mandó a todos los excavadores a sus casas, con el pretexto de que era su cumpleaños y que deseaba darles asueto. En realidad, quería quedarse solo con su fiel esposa para deleitarse con aquello que había esperado toda su vida.

Cuando todos se hubieron alejado, se acercó al sitio que atrajera su atención y excavó sin descanso hasta que, entre sus manos, brillaron diademas, broches, cadenas, brazaletes y collares, todo de oro y piedras preciosas.
El tesoro de Príamo quedó recogido en el rojo chal de Sofía, y Schliemann lo miró extasiado. Después tomó una de las diademas más preciosas y la puso en la cabeza de su mujer, imaginando que era una reencarnación de Helena, la divina Helena por la que se batieron héroes y semidioses.

FAMA Y HONORES PARA EL «OBSTINADO»
Schliemann continuó excavando hasta el año de su muerte. Desde 1876 a 1878 se dedicó a excavar en Micenas, ciudad de Agamenón. También allí descubrió, contra el parecer de los sabios, la tumba del rey y de otros guerreros que participaron en la guerra de Troya. Las encontró en el interior de la Acrópolis, guiándose por los datos de un fragmento del escritor griego Pausanias; y, junto con los restos funerarios, salió a la luz un tesoro de grandísimo valor y de incalculable importancia histórica. El mismo Schliemann escribió, más adelante, sobre la emoción profunda que se adueñó de él cuando se encontró ante las mascarillas de oro de tantos ilustres muertos. Junto con las mascarillas de oro halló también joyas, armas, vajillas y objetos preciosos de toda suerte.

Después de los descubrimientos de Micenas volvió a Hissarlik, y luego investiga entre las ruinas de Orcómenos, de Beocia y en Tirinto, de Creta. Entre viaje y viaje descansaba en su espléndida casa de Atenas, construida a semejanza de los antiguos palacios griegos, y cuidaba sus negocios. Daba, además, ciclos de conferencias y publicaba libros de arqueología, que ya no eran acogidos con sonrisas de escepticismo.

Obtuvo honores y fue recibido triunfalmente en muchos lugares del mundo. El kaiser, en reconocimiento de la donación del tesoro de Príamo, que cedió al Museo Etnográfico de Berlín, lo condecoró con la Orden del Mérito, lo hizo ciudadano honorario de Berlín y lo nombró miembro de la Academia de Ciencias.

Schliemann lo tuvo todo: riquezas, fama, honores y satisfacciones. Pero su vida, siempre errabunda, lo había fatigado. Una otitis, padecida durante años, se agravó y hubo de pensar seriamente en curarse. Precisamente cuando regresaba de un lugar de cura y se preparaba a pasar la Navidad en Atenas, antes de emprender una nueva campaña de excavaciones, la muerte lo sorprendió en Nápoles.

En su lúcida agonía, que duró un día, el financiero arqueólogo repasó toda su existencia. Plena de actividad, le proporcionó la gloria de ver realizados sus sueños de la adolescencia.

Fuente Consultada: Lugares Misteriosos – Paula Ruggiere Historia del Mundo Tomo I – Lugares Misteriosos Volumen II

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