Temístocles y Milcíades: Héroes de Atenas Estadistas Griegos



TRISTE FINAL DE GRANDES HOMBRES DE GRECIA: MILCÍADES Y TEMISTOCLES

En Batalla de Maratón contra los persas Grecia había sido salvada por la brillante actuación infantes atenienses, a los que se podía considerar como simples «aficionados» al lado de los guerreros de Esparta. En Maratón, la libertad fue salvada por primera vez. El mundo debía mucho a un puñado de hombres, gloria y orgullo de  Atenas,  que,  de un  golpe,   se alzó sobre las demás ciudades griegas. Atenas erigió, en la llanura, un túmulo por los héroes muertos y ofreció un tesoro a Delfos.

General Milcíades General Temistocles

         General Milcíades                                               General Temistocles

Ante los ojos de Darío, rey de los persas,  los victoriosos griegos no eran más que muertos a plazo fijo. Se había perdido una batalla, pero se ganaría una guerra. Darío podría levantar un ejército, dos, tres, diez veces superior y aplastar a los griegos.

El milagro de Maratón no podría producirse otra vez. Darío sólo sueña con el desquite. Pero otras dificultades le impiden que se consagre a su venganza, y, en el año 485 a. de J. C, muere humillado, sin haber conseguido nada. Su hijo Jerjes se encarga de preparar la invasión. Metódicamente, con calma, los persas concentran sus fuerzas. Jerjes pacificó una vez más Egipto y Caldea; llegó a un acuerdo con Cártago, para que se ocupara de sus enemigos de Grecia Occidental e impidiera cualquier ayuda de las colonias a la madre patria; y, finalmente, negoció con las tribus de Grecia del norte.

Entre tanto, los griegos, satisfechos, aureolados con su gloria, reanudaron las querellas entre ciudades, y, en ellas, las luchas entre facciones.

Evidentemente, Milcíades, el salvador, era el héroe del día. Provocaba el entusiasmo del pueblo, pero su triunfo irritaba a sus adversarios políticos. Uno de ellos, Temístocles, confiaba esto a sus amigos: «La victoria de Milcíades me quita el sueño». Aprovechando su prestigio, Milcíades quiso extender la influencia de Atenas en el Egeo. Convenció a sus conciudadanos para atacar la isla de Paros.

La riqueza de esta isla se debía a la abundancia y calidad de las canteras de mármol que allí se explotaban. Pero, además, la expedición bélica se podía justificar por la actitud de la isla durante la Primera Guerra Médica. Al aceptar la sumisión, los naturales de Paros habían ayudado a los ejércitos de Darío, poniendo barcos a su disposición.

Seguro de su autoridad de vencedor de Maratón, Milcíades les exigió la enorme suma de 100 talentos. Pero comoquiera que los habitantes de Paros se negaran a pagar, Milcíades puso sitio a la ciudad. Sin embargo, el sitio fracasó, y Milcíades tuvo que retornar a Atenas. La gloria de Atenas había sido comprometida por este fracaso, lo que dio ocasión para que los adversarios de Milcíades cargaran sobre él toda la responsabilidad.

Los atenienses se dieron cuenta, de pronto, de que el prestigioso Milcíades no había respetado las leyes de la ciudad democrática. El vencedor se había convertido en tirano. Milcíades ni siquiera pudo defenderse: habiéndosele infectado una herida y provocado la gangrena, tuvo que asistir a su proceso, acostado en una camilla. Sus amigos consiguieron salvarle la vida invocando sus pasadas hazañas, pero fue condenado a pagar una multa de 50 talentos. Poco después, moriría a causa de sus heridas; los grandes vencedores no tardan en convertirse en un estorbo.

La aventura ocurrida a Milcíades es un ejemplo, aunque no único. Los atenienses justificaron su actitud afirmando que Milcíades, cuando fue vencedor, había pasado de la angustia al orgullo, y, en consecuencia, había olvidado la calidad esencial del espíritu griego: la mesura.

En todo caso, para evitar nuevos riesgos, el pueblo de Atenas instituyó una nueva ley: el ostracismo. Cuando se tenían sospechas de que alguno aspiraba a la tiranía, la asamblea del pueblo se reunía y, en una «papeleta» de voto, el ostrakon, escribía el nombre de aquél cuya ambición se temía.



La persona cuyo nombre figuraba en la mayoría de las fichas, tenía diez días para marcharse de la ciudad, y no podía volver antes de diez años; sin embargo, podía conservar sus bienes. Esta medida terrible comportaba el peligro de privar a la ciudad de siís mejores elementos, pero también obligaba a los jefes de Atenas a una prudencia, a una austeridad, a una discreción beneficiosa para los intereses comunes.

Tal vez la costumbre del ostracismo explique el éxito de un Pericles que, en el siglo v a. de J. C, supo gobernar Atenas sin aparecer demasiado en la escena política. En Atenas, el heroísmo era compatible con la mesura. El héroe oculto dejaba al pueblo que tomase las sabías o geniales decisiones que él le sugería, dejándole también la gloría: supremo equilibrio que toda civilización ha querido tomar como modelo, Desde este punto de vista, la ingratitud de Atenas rindió un gran servicio a la humanidad.

TEMISTOCLES Y EL MAR: Tras la muerte de Milcíades, comienza la era de Temístocles, cuya influencia iba en aumento desde hacía diez años. Al contrario que todos los jefes que se habían ilustrado en Atenas, Temísocles no era más que un plebeyo, hijo de un extranjero: ningún clan, ninguna fortuna contribuían a situarlo en primera fila.

No contaba más que con su habilidad y su talento. Pero no tenía ningún escrúpulo: su espíritu, carente de prejuicios, era sumamente claro. Atenas le debe el haber escogido el camino del mar. En Laurión, cerca de Atenas, se acababa de descubrir un yacimiento de plata.

Esta riqueza pudo haberse utilizado para reducir los impuestos, para hacer más grata la vida de los ciudadanos. Pero Temístocles comprendió el peligro de esta facilidad. Los persas, a quienes los vanidosos atenienses creían haber alejado definitivamente, sólo habían sido rechazados. Era necesario, pues, como pensaba el estratega Temístocles, crear una marina de guerra: el porvenir de Atenas estaba en el mar.

Temístocles consiguió que el producto de las minas de Laurión fuese asignado a la construcción de navios de guerra, novedad tanto más importante cuanto que los maratonianos, a los que nosotros llamaremos los «antiguos combatientes», no comprendían que se pudiese cambiar una estrategia que ya había sido probada.

Pero Temístocles no se quedó rezagado en cuanto a la técnica de la guerra, a pesar de la encarnizada oposición de sus adversarios (el partido de los terratenientes que dirigía Arístides «el, justo»), hostiles a la expansión marítima. Arístides fue relegado al ostracismo.

Plutarco cuenta cómo, en el momento del voto, un campesino iletrado le rogó que inscribiese el nombre de Arístides en la tablilla. «¿Te ha hecho algo?», preguntó el hombre de Estado. «Nada, pero me molesta oír llamarle el justo por todas partes».

Temístocles, al triunfar, puso en práctica su programa, y, cinco años después, Atenas poseía doscientos modernos navios. El momento había llegado. El año 481 a. de J. C, Jerjes terminó sus preparativos bélicos.

EL    EXILIO: Algunos ciudadanos, envidiosos de la popularidad de Temístocles, convencieron a los atenienses de que aquél, ávido de poder, les quitaría la libertad. Y, condenado al exilio, huyó a la corte del rey persa Artajerjes, donde permaneció muchos años como huésped. En 461 a. de J. C, el rey persa decidió atacarnuevamente a Grecia. Conociendo la capacidad de Temístocles, lo invitó a asumir el mando de la flota. Éste no quería mostrarse ingrato para con el rey, pero de ningún modo podía traicionar a su patria. Es tradición que, en esa emergencia, el denodado ateniense se suicidó. Así, por segunda vez salvó la libertad de Atenas.



Fuente Consultada:
HISTORMA La Gran Aventura del Hombre Tomo II Edit. CODEX Los Griegos

AMPLIACIÓN DEL TEMA:
LA SAGACIDAD DE TEMISTOCLES: Nacido en Atenas alrededor del año 525 antes de Cristo, Temístocles pertenecía a una familia pobre pero de ilustre ascendencia. Por ello pudo alcanzar, con su preclara inteligencia, altos cargos públicos. Su carrera tuvo comienzo poco antes de las guerras persas.

De carácter enérgico, pronto se reveló capacitado para influir sobre sus conciudadanos, entre muchos de los cuales gozaba de autoridad. De joven escuchaba distraídamente los consejos que le daban, tendientes a mejorar su conducta, su modo de conversar y su cultura. Pero no perdía sílaba si las sugerencias podían facilitar sus planes y enseñarle algo nuevo.

En aquellos tiempos, el imperio persa amenazaba otra vez la libertad de Grecia, a la que ya había intentado someter en el 490 a. de C. Temístocles intuyó que Atenas sólo podía salvarse de un nuevo ataque reforzando su flota, con la que hubiera defendido las costas de la península. Efectivamente : Grecia, que ofrece un gran desarrollo costero, se hallaba expuesta a los ataques del mar. Y solamente una poderosa marina de guerra podía alejar este peligro.

Convertido en jefe de Estado, hizo construir un gran puerto militar: El Pireo. Luego convenció a los atenienses de que renunciaran a las rentas de las minas de plata del monte Laurio, con el objeto de construir con ese dinero cien buques de guerra de los llamados «trirremes», porque son impulsados por tres hileras de remos. Comprometió a cada ciudadano rico a que tomara a su cargo, por el término de un año, todos los gastos de una nave.

En esa forma, las cien naves se construyeron en un año. No había mucho tiempo que perder, pues en 481 a. de C, el rey de los persas, Jerjes, emprendía la invasión de Grecia con un ejército inmenso: dicen que contaba con 1.500.000 soldados y 1.200 barcos de combate. Cuando ese ejército se detenía para alimentarse, la ciudad hospitalaria quedaba arruinada.

Para facilitar el paso de los tropas a Grecia, el rey había hecho construir dos puentes de buques sobre el Heles-ponto, el actual estrecho de los Dar-danelos. La flota griega se hallaba compuesta por unos 380 barcos de guerra y el ejército contaba con 75.000 soldados. El encuentro se presentaba, pues, desastroso para los griegos. Sólo el talento y la previsión de Temís-tocles pudieron salvar a Grecia de tan temible invasión.

Un ejército de 5.100 hoplitas, comandados por el rey de Esparta, Leónidas, había sido enviado al paso de las Termopilas para detener el avance del enemigo. Pero algunos griegos lo traicionaron, revelando a los persas un pasaje secreto que les permitió cercar a Leónidas, que se había quedado con sólo 300 espartanos para morir cumpliendo con su deber. A pesar de su heroica resistencia, Leónidas fue vencido y muerto. El camino estaba libre y Atenas fue saqueada.

LA BATALLA DE SALAMINA

Cuando los griegos conocieron la derrota de las Termopilas, reunieron la flota en las cercanías de la isla de Salamina, frente a Atenas. Las naves persas se acercaron y los griegos, aterrados por el gran número de adversarios, quisieron retirarse. Correspondió a Temístocles salvar la situación mediante una estratagema.



Envió a Jerjes un servidor de confianza. Este fingió ser un traidor» y confió al rey de los persas que los griegos se preparaban para huir a la mañana siguiente, de modo que debía atacarlos inmediatamente. En efecto, a la mañana siguiente los griegos se hallaron rodeados de buques persas. Temístocles había logrado que se vieran obligados a combatir.

Durante la lucha, los barcos persas se entorpecieron entre sí por su mismo número: al maniobrar chocaban unos con otros, averiándose, y se comunicaban el fuego de los incendios. En cambio, los buques griegos, más movibles, más bajos, se mostraron superiores y ganaron la gran batalla. La flota persa, diezmada, huyó hacia el Helesponto, y Temístocles pudo volver triunfante a Atenas, satisfecho de la victoria y rodeado de la admiración de los griegos. Era el año 180 antes de Cristo.

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