Investigacion Experimental en la Arqueología Ejemplos



La Investigación Experimental en la Arqueología

Cada vez con más frecuencia y en su mayoría grupos  de científicos se suman a la aventura de comprobar sobre el terreno las hipótesis de la arqueología de escuela. Y se imitan a conciencia las condiciones supuestas de la vida de otros tiempos, ya se trate de navegar en barcos vikingos copiados a escala o de la experimentación de antiguos aperos de labranza.

Siguiendo el principio de la pedagogía moderna de que el mejor modo de experimentar los pensamientos y sentimientos de una persona es hacer su mismo trabajo, estudiosos del mundo entero están sembrando, cosechando, forjando, hilando, tejiendo y haciendo alfarería bajo supervisión científica.

Al derribar árboles se observa que el hacha de piedra sirve igual que la de acero. Tras analizar el contenido del estómago de un cadáver conservado 2000 años en la turba, los arqueólogos han preparado una sopa de semillas de nabo y linaza, cebada, diente de león y musgos de todas clases: la cocción es perfectamente comestible.

Se han reconstruido casas neolíticas, observándose durante varios años con minuciosidad su paulatino deterioro bajo la influencia del sol, la lluvia y la helada. En Sjaelland se preparó una casa larga de la época glacial, completamente instalada.

Después se le prendió fuego y, pasado medio año, se estudió el resultado: se trata de saber si hemos interpretado bien hasta ahora las ruinas de habitáculos antiguos. Se dudaba desde hace mucho de que los escudos de bronce, de chapa delgadísima y a menudo muy ornamentada, se prestasen siquiera como armas defensivas. Minuciosos experimentos han demostrado que no aguantaban de hecho un buen golpe de tizona o jabalina: probablemente se empleaban sólo en desfiles y otras exhibiciones.

En cambio, los escudos de cuero curtido de un modo determinado resistían un diluvio de cortantes tajos sin sufrir gran cosa. Además de estudiar la cuestión del transporte y colocación de grandes piedras, se investiga también cómo se extraían de las canteras rocas de gran tamaño con utensilios de lo más primitivo.

En el programa casuístico «Obeliscos egipcios» se lanzaban bolas de dolerita de cinco kilos y medio de peso contra la masa de roca siguiendo una línea de fracción previa. La roca se fragmentaba e iba marcándose un «corte». Se trata de una labor penosísima: se ha calculado que el aún incompleto obelisco de Assuán, se habría terminado con el trabajo de 400 obreros durante 15 meses.

Con sus 1168 toneladas es posiblemente el monolito mayor del mundo v a su lado son de peso ligero una estatua de andesita de Teotihuacán (217 toneladas), las piedras de las tumbas de Micenas (hasta de 120 t) o de Aveburv (hasta de 40 t).

La arqueología experimental realmente está aún en pañales y sus investigaciones a nivel mundial se han reducido más bien a la labor de algunos individuos. Sin embargo, últimamente se establecen más y más centros dedicados a proyectos concertados a largo plazo — diez y más años— que procurarán siempre nuevo material a los arqueólogos, cuya misión consiste en «reproducir estados de cosas antiguos y recabar informaciones sobre el comportamiento de los hombres de antes».

En 1954 un grupo danés de investigación abatió un roble entero con hachas de piedra, y los especialistas rusos han calculado un tiempo medio de sólo 20 minutos para derribar un abeto de 25 cm de diámetro con un hacha de piedra. Experimentos similares se hacen en casi todo el mundo y no sólo nos ilustran sobre la vida diaria y las prácticas manuales de épocas pasadas: nos ayudan también a entender mejor las revelaciones de la arqueología.



Tras esos experimentos, muchas preguntas se plantean de un modo nuevo: ¿qué eficacia tenían realmente los antiguos arados de madera y romano? Experimentos hechos en Dinamarca con arados de imitación nos han dado la respuesta y aclaran a la vez cómo se uncían y conducían antes las yuntas de bueyes y por qué se trazaron los surcos paralelos y después cruzados en perpendicular o diagonal.

Y surgen nuevas preguntas sobre la siembra y selección de semillas de cereales o maíz, la lucha contra las malas hierbas, los métodos de siegay cosechay el almacenamiento de los viveres.

Se han hallado en África depósitos subterráneos de paredes de adobe endurecidas con fuego. Otras regiones han recurrido a graneros ventilados de trama de mimbre y en los mayas se han descubierto dispsitivos a modo de cisternas con cámaras laterales.

La arqueología experimental ha recabado datos sobre la duración de almacenamiento de los cereales, la desinfección por calor, cubriendo los silos subterráneos con boñiga, y también sobre la destrucción por plagas animales. Para darnos una idea de la preparación del alimento, manos esforzadas hicieron girar antiguos molinos romanos (cosa fastidiosa, pues las muelas se pegan a menudo).

Experimentos por todas partes, y una lluvia de conocimientos nuevos: sobre la construcción de paredes y murallas, o consecuencias de la intemperie o el anegamiento de fosos de castillos, el trabajo de la piedra y corte del pedernal, la fundición del cobre y el bronce, el empleo de utensilios, o sobre el transporte de grandes bloques de piedra con trineos y rodillos.

Los investigadores ingleses constataron atónitos que incluso piedras tan grandes como las de Stonehenge se mueven «fácilmente» sobre rodillos en trayectos grandes. Y más atónitos aún al ver con qué pocas complicaciones se puede transportar de aquí para allá por el río Avon una piedra de dos toneladas atravesada sobre dos botes de remos. Ya en 1893 causó sensación un barco vikingo de imitación, que atravesó el Atlántico tranquilamente para ir ala Exposición Mundial de Chicago.

Los barcos, sobre todo, parecen retar por igual la curiosidad y el afán de investigación. Ya en 1446, León Bat-tistaAlberti intentó sacar a flote en el lago Nemi, al sur de Roma, dos barcos romanos hundidos en él. En 1535 estrenó Francesco Demarchi allí un casco de inmersión, y en 1822 descendió Annesio Fusconi en una campana. Benito Mussolini consiguió sacarlos a flote en 1932, con el método más sencillo y caro: el achique neumático.

En el lago de Garda se descubrió una galera veneciana arrastrada hasta allí en 1439 sobre rodillos por 2200 bueyes y en los EUA se han estudiado similarmente barcos de guerra del Royal Savage, como el Cairo, único cañonero de la guerra Civil, hundido en 1862. Han salido del mar barcos y estatuas, ánforas y mercancías, y también tesoros del cenote sagrado de Chichén Itzá, así como palafitos y fortalezas acuáticas hundidas en los lagos de Germania y Eslavia.

barco hundido y rescatado

El Vasa, de 1300 tons., buque insignia de Gustavo II Adolfo de  Suecia, se hundió en su primer viaje, 1628. Fue sacado a flote en 1961: empezaron unos buzos por pasar cables bajo su casco, asentado en el fondo del puerto de Estocolmo, ajándolos a dos pontones medio llenos de agua. Después se extrajo ésta por bombeo y al subir los pontones, alzaron consigo cuidadosamente el navio, sacándolo del cieno. Por último se lo pudo llevar a un dique para su reparación.



Aunque el hombre se precia mucho de su progreso, tiene que constatar cada vez más que no conoce ni es capaz de practicar muchas habilidades, técnicas y esquemas de comportamiento que dominaban sus antepasados. Cuando contemplamos hoy pirámides o templos megalíticos, no tenemos idea en general de cómo habrán sido capaces de erigirlos.

Cuando el papa Sixto V(1521-1590) a fines del siglo XVI quiso transportar el famoso obelisco de Heliópolis de su antiguo emplazamiento ante la basílica de Constantino a la nueva plaza de San Pedro, el mismo Miguel Ángel exclamó: «¡Imposible!». Se invitó a los técnicos y arquitectos más famosos, pero en su mayoría rehusaron.

Al fin se atrevió uno, a base de esfuerzos tremendos y empleando 907 hombres, 75 caballos y 40 cabrías, a bajar, arrastrar unos cientos de metros y volver a poner en pie el obelisco de 510 toneladas. Sin embargo, ese mismo obelisco había dejado atrás quince siglos antes el trayecto, infinitamente mayor, que va de Egipto a Roma (sin contar el trayecto de la cantera a su emplazamiento, en el propio Egipto).

Y las pirámides de Egipto o América y las piedras de Malta o Stonehenge son una prueba indiscutible de que, hace mucho, pudieron levantarlas. Pero ¿cómo?.

Los arqueólogos «experimentales» han convertido en una rama científica la respuesta a preguntas como ésa. No se limitan a excavar, medir, comparar y especular: tratan de reproducir cosas, e incluso revivirlas. En 1978 una serie inglesa de TV informó de cómo un grupo de 15 personas trataba de reproducir, en un remoto rincón de Dorset, la vida de los celtas 300 años a. C.

Con utensilios copiados de piezas de museo se construyeron entre otras cosas una casa redonda de postes y entramados tupidos con barro, dentro de cuyo afilado techo ahumaron la carne de reses sacrificadas por ellos. Curtieron también el cuero y se hicieron calzado con él, comían sólo verdura primitiva de verdad como rabanillos o acedera y renunciaron a todas las comodidades de nuestro tiempo.

Un grupo de trabajo japonés intentó, también en 1978, reproducir la construcción de pirámides sobre el terreno: con útiles y aparejos antiguos, levantaron una pirámide pequeña, de unos 11 metros, a la sombra de las de Gizéh. 35 japoneses y 130 egipcios levantaron en dos meses 3000 sillares de piedra, adquiriendo así una idea de cómo, 4000 años antes, unos 10.000 egipcios habían trabajado durante veinte años para crear de una masa de 2.300.000 bloques de piedra el prodigio de la pirámide de Queops con sus 146 metros.

Tampoco dejaba descansar a los arqueólogos de Stonehenge el gusanillo de cómo habrían transportado, levantado y ajustado al milímetro esos bloques de piedra colosales.

Estudiantes contagiados de entusiasmo remolcaron por tierra y agua con tablones, sogas y balsas, desde los montes de Prescelly, sur de Gales, hasta Stonehenge a 240 km de distancia la reproducción de uno de los famosos megalitos. Vemos que nuestros contemporáneos son capaces de tales proezas. Lo malo es que con los siglos hemos olvidado las técnicas de antaño y la «ciencia» del duro trabajo manual.

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Maqueta donde se ha intentado reconstruir la técnica romana utilizada para construir la muralla de un puerto

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Fuente Consultada:
Tras Las Huellas de Nuestro Pasado
La Aventura de la Arqueología – Kurt Benesch –

https://historiaybiografias.com/archivos_varios5/estrella1_bullet.png

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