Analisis de una Obra de Arte: Tema, Contenido y Color



Análisis de una Obra de Arte: Tema, Contenido y Color

A Miguel Ángel de Caravaggio le había sucedido más de una vez que la pintura de un retablo le fuera censurada por considerársela demasiado «atrevida» para una iglesia.

Sin embargo, la acogida que obtuvo el cuadro que representaba la muerte de la Virgen fue la menos grata de todas.

El rotundo «no» de los frailes de la iglesia de Santa María alla Scala, de Roma, para los que había realizado la obra, fue acompañado de miradas de reprobación y de un coro de exclamaciones indignadas.

¿Cuál era el motivo que inducía a los contemporáneos de Caravaggio a reaccionar de aquella manera ante su pintura? Sencillamente, el artista había utilizado como modelos de las figuras de los Apóstoles y de la Virgen a gentes del pueblo, sin hacer nada para disimular su aspecto.

Decididamente, el conjunto parecía demasiado «plebeyo», y, según aquellos frailes, no resultaba a propósito para una escena sacra.

Pero los críticos de Caravaggio ignoraban algo importantísimo: lo que hace de un cuadro una obra de arte no es lo que el artista representa en la tela (en el caso que nos ocupa, un grupo de personas sencillas y modestas), sino el modo en que lo realiza.

El público de Caravaggio se había limitado a considerar el tema del cuadro, sin tener en cuenta que era otro su verdadero contenido: aquel tono de conmovida piedad que nos domina cuando observamos la franja de luz que cae sobre el rostro y las manos de la muerta, y que ilumina las inclinadas cabezas de los que la rodean.

Precisamente es esto lo que puede hacer de un cuadro logrado unir a todos los protagonistas de la escena en una actitud de dolor profundo y resignado. Es decir, había dado al cuadro un gran significado moral.

DEJEMOS BIEN SENTADO QUE. . .
Tema y contenido, aunque sean términos aparentemente semejantes, indican dos cosas muy distintas. Efectivamente, el tema es aquello que representa la obra: un caballo, una escena histórica o sacra, un ramo de flores, o cualquier otra cosa.

En cambio, el contenido es consecuencia del modo particular con que el artista ha tratado el tema, sirviéndose de su fantasía, de su sensibilidad y de su lenguaje de líneas, formas y colores.



Precisamente es esto lo que puede hacer de un cuadro una obra mediocre, o bien una obra maestra. ¿Qué sucedería si tuviésemos que juzgar un cuadro sólo por su tema? Sin duda, incurriríamos en una serie de errores. He aquí algunos ejemplos:

Michelangelo Merisi: La Muerte de la Virgen (Año: 1606) París Museo de Louvre

Michelangelo Merisi, llamado Caravaggio: La Muerte de la Virgen (Año: 1606)
París Museo de Louvre

Piero delta Francesco: Retrato de Battista Sforza (1465-1466)

Piero delta Francesco: Retrato de Battista Sforza (1465-1466) – Florencia, Galería de los Oficios. – Es posible que ante este retrato, muchos se vean tentados a afirmar con de- _ cisión: «Es feo». En realidad, la dama aquí retratada no es lo que se suele llamar una belleza: sus rasgos son acentuados, casi viriles; la nariz, demasiado larga, y los ojos, pequeños y apagados. Ciertamente, es un tema poco agraciado, pero el cuadro, en conjunto, es una auténtica obro maestra. Su autor, Piero della Francesco, supo dar a lo figura un carácter muy preciso, transfigurando sus rasgos por medio de la luz tranquila y firme que se posa sobre el rostro y sobre el precioso tocado. El perfil se recorta, nítido y sin sombras, sobre el riente paisaje del fondo, y ello contribuye a conferir a los rasgos de lo mujer un aire de dignidad, de nobleza y de arrogancia, que hace olvidar completamente su escasa belleza.

Carlo Dolci (1616-1686): La Virgen y el Niño -Florencia, Palacio Pitti.

Carlo Dolci (1616-1686): La Virgen y el Niño -Florencia, Palacio Pitti. – Nadie pondrá en duda que el rostro de esta Virgen es más «bello» que el pintado por Fiero della Francesco. Tiene un óvalo delicado, ojos dulces, nariz recta, una sonrisa encantadora . . . Sin embargo, considerado en conjunto, este cuadro resulta mucho menos bello que el anterior. En verdad, el hermoso rostro de esta Virgen resulta, al fin y a la postre, empalagoso e inexpresivo. El pintor, de hecho, no consiguió infundir «carácter» a la figura de la Virgen. Los colores de las vestiduras son demasiado violentos con respecto a los indefinidos del Inndo; toda su actitud es blanda y carente de vitalidad; la luz que ilumina la escena es falsa, demasiado cargada. En conclusión: un hermoso tema que no dice nada, porque se Halla privado de contenido propio.

Utrillo (1883-1955): Le Lapin Agüe -París


Utrillo (1883-1955): Le Lapin Agüe -París, Museo Nacional de Arre Moderno. – Otro error en que se incurre por juzgar un cuadro sólo por su tema, consiste en pretender que se «parezca» a la realidad. Contemplemos estas dos imágenes de un rincón del viejo París. En la primera, la fotografía nos presenta la calle, tal como es en la realidad; en la segunda, aparees tal como la transfiguró la fantasía de un pintor: Maurice Utrillo. El tema de las dos imágenes es el mismo, pero el cuadro posee algo que falta a la fotografía. Tiene un alma, una atmósfera de sutil melancolía, de soledad, de nostálgico abandono. Efectivamente, en la sensibilidad del pintor, los colores se han amortiguado y entristecido; las figuras de personas no son sino simples manchas oscuras; los perfiles de las casas han sido subrayados por fajas de blanco pálido. El pintor transmutó el tema por medio de su sensibilidad y de su estado de ánimo. Y esto, el «contenido» del cuadro, es, precisamente, lo único que interesaba al artista.

Vincent van Gogh: La silla amarilla (1888) - Londres, Tate Gallery.



Vincent van Gogh: La silla amarilla (1888) – Londres, Tate Gallery. – Consiste otro error en dar demasiada importancia al tema, en creer «que la «nobleza» de una pintura depende de la nobleza de la escena representada; en creer, por ejemplo, que un paisaje es más «importante» que una naturaleza muerta. Y no es así, en modo alguno. Observemos esta pintura del holandés Vincent van Gogh. Se trata de un tema humildísimo: una silla de anea (la más humilde de las sillas) sobre la cual se ve una pipa y una bolsa de tabaco. Sin embargo, el pintor hizo de ella casi un símbolo: la silla está vacía, abandonado en un rincón; el desnudo pavimento de ladrillos y los diversos tonos verdiazules de la puerta y de la pared, que hace de fondo, la aíslan, y despiertan un sentimiento de espera solitario y de resignada tristeza.

Piet Mondrian: Broadway Boogie Woogie (1942-1943)

Piet Mondrian: Broadway Boogie Woogie (1942-1943) – Nueva York, Museo de Arte Moderno. – ¿Adonde ha ido a parar el tema en este cuadro? Ha desaparecido: a lo sumo, podemos suponerlo leyendo el titulo, pero éste tampoco nos sirve de mucho. En realidad, no conseguimos encontrar ninguna relación aparente entre la desenfrenada danza del boogie-woogie, por una parte, y la serie de rectángulos blancos, rojos, amarillos, y el denso reticulado de líneas geométricas coloreadas, por otra.

Pero todo eso interesa poco: el tema, para el artista, no tiene ninguna importancia, y lo ha suprimido. En este cuadro abstracto permanece sólo el simple «contenido», es decir, una composición de líneas y colores, que, en conjunto, provocan una sugestión de viva alegría y de rítmico movimiento.

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