Historia de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos



Historia de la Biblioteca del Congreso de EE.UU.

En la conversión de las independientes bibliotecas norteamericanas en una organización nacional tuvo un papel decisivo la actuación de la Biblioteca del Congreso, que durante la primera mitad del siglo XIX se limitó a ser una biblioteca especial al servicio de los congresistas y de los miembros del gobierno.

Surgió con el siglo XIX, cuando el Congreso se estableció definitivamente en Washington. Sus inicios desde 1802 fueron muy modestos.

Establecida en una habitación, sólo había alcanzado 3.000 volúmenes en 1814 cuando fue incendiado el Capitolio, donde se encontraba, por las tropas británicas.

Se rehizo con la biblioteca privada (6.500 volúmenes) del ex presidente Jefferson y en 1824 fue instalada en el nuevo edificio del Capitolio, donde sufrió otro incendio en el que se perdieron parte de los 50.000 libros que había reunido.

Biblioteca del Congreso de EE.UU.

La idea de dotar al país de una Biblioteca Nacional estuvo a punto de realizarse a mediados de la centuria, aunque esta misión iba a recaer en la de la Smithsonian Institution por la iniciativa de su bibliotecario, Charles Coffin Jewett, autor de un ambicioso plan para la reunión de la bibliografía nacional y de la propuesta de la ley del depósito legal, que concedió sendos ejemplares de las obras acogidas al Copyright a las bibliotecas del Congreso y de la Smithsonian Institution.

Pero Jewett tuvo que dimitir y marchó a Boston donde fue nombrado superintendente de la recién creada biblioteca pública.

El que consiguió para la Biblioteca del Congreso el primer puesto en el país y su carácter de Biblioteca Nacional fue otro de los grandes bibliotecarios norteamericanos, Ainsworth Rand Spofford (1825-1908), periodista, que entró en la biblioteca como simple bibliotecario en 1861 y cuatro años más tarde fue nombrado por Lincoln director, cargo que ocupó treinta años.

La Biblioteca contaba entonces con 82.000 volúmenes y siete empleados. Spofford a través de compras, y también de la ley del depósito legal de 1870, procuró con éxito reunir en ella los escritos norteamericanos de cualquier materia, y sin renunciar por ello a su misión de biblioteca al servicio del gobierno.

Los libros crecieron con tal velocidad que fue preciso construir un edificio nuevo que cuando se terminó, en 1897, fue considerado por su iluminación bien resuelta, sus estanterías metálicas y la bondad de los materiales de construcción, el mayor, más seguro y costoso de los edificios bibliotecarios del mundo.

Esto obligó a un aumento considerable del personal y a la búsqueda de un sistema de clasificación que sirviera para la abundante colección. Se terminó creando uno específico con el cual se recatalogaron y reclasificaron todoslos fondos.

Tras de una encuesta en el Congreso, en la que los principales bibliotecarios criticaron la actuación de Spofford y pidieron un mayor protagonismo entre las bibliotecas del país para lo cual debía ser la mejor organizada y la mejor dotada, le sucedió (1899) el neoyorquino George Herbert Putnam, que había sido director de la Biblioteca Pública de Minneapolis y de las bibliotecas del Ateneo y Pública de Boston.

George Herbert Putnam
George Herbert Putnam ha sido uno de los más sobresalientes directores de la Biblioteca del Congreso.

Su nombramiento fue un triunfo de los bibliotecarios que deseaban que el puesto fuera ocupado por un profesional.

Puso en marcha la venta y distribución de las fichas catalográficas que han sido y siguen siendo utilizadas por la mayoría de las bibliotecas del país, patrocinó el canje nacional e internacional de publicaciones y fomentó el préstamo inter-bibliotecario y la creación del National Union Catalogue.

Creó la biblioteca nacional de ciegos y consiguió la construcción de un anejo, que antes de pasar un cuarto de siglo se quedó pequeño, por lo que ha sido preciso construir otro mayor que lleva el nombre del presidente Madison.

Cuando se retiró, en 1939, Putnam era el más respetado de los bibliotecarios americanos y la Biblioteca la que contenía la más amplia colección bibliográfica del mundo, con valiosos manuscritos y libros raros, secciones especiales, como la de música, y numerosas más sobre temas muy variados.

Hoy las cifras de la biblioteca parecen fantásticas. Sobrepasa los ochenta millones el número de piezas, que se incrementan anualmente con un millón más. De ellas más de veinte millones son libros. Tiene 4.500 incunables y numerosos libros raros y manuscritos valiosos, así como grandes colecciones especializadas en obras chinas, japonesas, hebreas, eslavas, españolas, etc.

En general, posee una muy rica y completa colección de todo lo que se imprime en el mundo y sus fondos más voluminosos corresponden al grupo de ciencias sociales y lengua y literatura.

Sus catálogos tienen más de sesenta millones de fichas, sirve anualmente tres millones de libros en sus locales y presta para su consulta fuera más de 100.000.

Dispone de más de 5.000 empleados y de un presupuesto superior a los doscientos millones de dólares.

Existen en los Estados Unidos dos bibliotecas complementarias de la Biblioteca del Congreso que reciben el nombre de nacionales. En primer lugar está la Biblioteca Nacional de Medicina, situada en Bethesda, junto a la capital, pero ya en el estado de Maryland.

Fundada en 1836 como Biblioteca Médica del Ejército, en la actualidad, con sus dos millones de volúmenes, es la mayor biblioteca médica del mundo.

Desarrolló un catálogo de materias indizando los artículos de las revistas profesionales, que le permitió, cuando fue posible la utilización de ordenadores en las tareas bibliográficas, la organización del sistema MEDLARS (Medical Literature Analysis and Retrieval System), que ha permitido la edición del Index Medicus, capaz de proporcionar rápida información sobre cualquier cuestión médica.

La otra biblioteca nacional es la National Agricultural Library (Beltsville, Maryland), fundada en 1862, cuyo crecimiento y volumen han llegado a ser semejantes a los de la anterior y cuyo fondo, unos dos millones de volúmenes, además de en las materias agrarias, está especializado en botánica, zoología y química.

Rematemos el capítulo con la rápida mención de tres bibliotecas nacionales, dos rusas y una italiana, surgidas en este siglo.

Durante el siglo XIX, y las dos primeras décadas del presente, la biblioteca mayor de Rusia, y la que podía considerarse Biblioteca Nacional fue la Pública e Imperial de San Petersburgo, cuyos inicios arrancan de finales del siglo XIX cuando Catalina la Grande quiso fundar una gran biblioteca a base de los libros que formaban la creada en Varsovia por los hermanos Zaluskie incautada por las tropas rusas en 1796, cuyos fondos eran ricos en libros polacos y de los países occidentales europeos, pero pobres en libros rusos, defecto que fue pronto corregido en Rusia con la concesión del depósito legal a favor de la nueva biblioteca y con la compra de colecciones nacionales.

También se sumaron a los 250.000 libros y manuscritos traídos de Varsovia, importantes adquisiciones hechas en el exterior, como la colección formada por Dubrovski, que consiguió, durante la Revolución Francesa, valiosos manuscritos depositados en la abadía de Saint Germain des Prés, entre los que había algunos procedentes del viejo monasterio de Corbie y que allí habían llevado los benedictinos para preparar sus ambiciosos estudios históricos.

No pudo abrirse al público hasta 1814, muerta ya Catalina, y el primer crecimiento importante se produjo en la segunda mitad del siglo, en que llegó a ser, por sus dimensiones, la segunda del mundo después de la Nacional de París; el segundo fue a causa de la Revolución Soviética, como consecuencia de la cual ingresaron varios millones de obras procedentes de otras bibliotecas privadas y públicas confiscadas.

En 1932 fue rebautizada con el nombre del escritor M. E. Saltykov-Shchedrin, cuando había cedido el primer puesto entre las bibliotecas rusas a la Biblioteca Nacional de la URSS Lenin, de Moscú.



En la actualidad posee unos veinte millones de piezas, entre ellas la más completa colección de obras rusas anteriores a la Revolución y de obras extranjeras sobre Rusia; la biblioteca de Voltaire; 5.000 incunables; los archivos musicales de los grandes compositores rusos; el más antiguo manuscrito ruso fechado (siglo XI), el Evangelio de Ostromir, etc.

En estos momentos, la Biblioteca Nacional de la URSS es la mencionada Biblioteca Lenin de Moscú, que abrió sus puertas en 1862 como parte del museo fundado por el conde Rumiantsev, instalado en un bello edificio muy cerca del Kremlin.

Gozó pronto del depósito legal, lo que le permitió aumentar sus fondos, lo mismo que los donativos, que no le faltaron, de escritores y generosos mecenas, llegando antes de la Revolución a reunir un millón de piezas. Aunque antes de ésta no fue muy frecuentada, a ella acudieron famosos escritores como Tolstoi, Dostoievski y Chejov, y científicos eminentes, como Mendeleyev.

El triunfo de la Revolución y el traslado de la capital a Moscú la convirtieron en la biblioteca central del país y en la favorecida receptora de más de siete millones de piezas procedentes de las bibliotecas incautadas.

Fue protegida especialmente por Lenin, que la utilizó mucho, y por él en 1925 se convirtió en nacional. Desde entonces ha sido grande el crecimiento de sus colecciones, cerca de treinta millones de piezas, entre ellas doce millones de libros, a los que hay que sumar una cantidad similar de volúmenes de periódicos, más cientos de miles de mapas, partituras y rollos de microfilm.

Tiene libros y manuscritos en 347 lenguas, entre las cuales se cuentan las 91 de los pueblos que integran la URSS. Atendida por 3.000 personas, dispone de 2.600 puestos de lectura distribuidos en 26 salas especializadas en diversas materias. Atiende a más de dos millones de lectores al año, a los que presta unos doce millones de obras impresas.

La Biblioteca orienta el trabajo de las otras bibliotecas a través de la sección de Metodología; resuelve cuestiones bibliográficas en la de Bibliografía; estudia la mecanización en la de Automatización, y realiza investigaciones sobre los rendimientos de los servicios bibliotecarios y los hábitos de lectura de los diversos grupos sociales y regionales en la de Investigación Biblioteconómica y Bibliográfica.

El fruto de su actividad se refleja en los 350 títulos que publica anualmente, entre los que destaca el enorme repertorio (30 volúmenes) con un nuevo sistema de clasificación bibliográfica (BBK).

Consecuencia de la unidad política italiana fue la fundación (1875) en Roma de la Biblioteca Nazionale Vittorio Emmanuele II, abierta al público al año siguiente con 120.000 volúmenes, la mayoría de los cuales procedía de los conventos de Roma suprimidos.

El crecimiento de su colección fue grande en el siglo XIX y en el XX, por lo que a mediados de éste fue preciso pensar en un nuevo edificio, al que fue trasladada en 1975.



En este nuevo local dispone de 1.200 puestos de lectura y en sus depósitos guarda dos millones y medio de volúmenes, entre ellos cerca de 2.000 incunables y más de 6.000 manuscritos. A sus actividades nacionales nos hemos referido anteriormente.

Fuente Consultada: Biblioteca del Libro – Historia de las Bibliotecas – Hipólito Escolar – Capítulo 16

Bibliografía del capítulo

Barnett, Graham Keith: Histoire des bibliothéques publiques en France de la Revolution á 1939, París, 1987.
Foskett, D. J. (ed.), Reader in comparative librarianship, Englewood, 1976.
Hamman, A.-G.: Lépopée du libre. Du scribe á Vimprimerie, París, 1985.
Harris, Michae! H. (ed.): Reader in American Library History. Washington, 1971.
Kelly, Thomas: History of Public Librarles in Great Britain 1845-1975, London, 1977.


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