La Educacion en el Gobierno Rosista Juan Manuel de Rosas Pedagogia



La Educación en el Gobierno Rosista

Caído el régimen presidencial de Rivadavia, como consecuencia del rechazo, por parte de las provincias, de la Constitución Unitaria, la provincia de Buenos Aires recuperó su autonomía y designó como gobernador al coronel Manuel Dorrego. Cuando éste fue derrocado por el general Lavalle, se encendió la guerra civil en todo el país. Proseguía la lucha cuando se produjo la llegada de Juan Manuel de Rosas al gobierno de Buenos Aires, el 8 de diciembre de 1829. Encarnaba éste la voluntad popular y prometía el imperio de la ley y la iniciación de una época de paz y tranquilidad.

Desde antes de asumir el poder había demostrado interés por el funcionamiento de las escuelas, en particular por las de la campaña, de cuya organización se ocupaba personalmente. Elegido gobernador, reafirmó una política favorable a la enseñanza, y el benemérito canónigo Seguróla que, como inspector general de Escuelas, había tenido que luchar heroicamente contra la indiferencia oficial en materia educativa, se sintió al fin apoyado en sus aspiraciones.

Aumentaron los presupuestos destinados a la instracción durante los años 1830-31, se dispuso la creación de escuelas para niñas en la campaña, se proveyó de materiales de enseñanza a las escuelas lancasterianas, se aumentaron los locales escolares y hasta se utilizaron los postes y tablados que servían en la decoración de la Plaza de la Victoria para construir bancos.

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Designado Rosas por segunda vez gobernador el 13 de abril de 1835, fue provisto de facultades extraordinarias y de la suma del poder público. Sus decretos relativos a la organización de la administración de las finanzas del Estado son numerosos, y entre ellos se cuentan los relativos a la instrucción pública, rectificando la política de sus predecesores, que descuidaron el pago de los maestros y las escuelas.

A principios del año 1838, la declaración del bloqueo del puerto de Buenos Aires por la escuadra francesa, y la guerra con la Confederación Peruano-Boliviana provocaron la consiguiente crisis económica, de la que no pudo sustraerse la administración escolar.

Tuvieron que suspenderse las asignaciones acordadas a las escuelas, pero no disminuyó el ritmo de la enseñanza pública, porque todas las instituciones, sea la Sociedad de Beneficencia, sea la Universidad, sean los hospitales, suplieron ingeniosamente la falta de arbitrios del gobierno. Este estado de cosas se mantuvo después del levantamiento del bloqueo, porque la guerra civil insumía todos los recursos. Se acudió, por ello, a la economía más estricta, sufriendo por consecuencia la instrucción pública y la asistencia social.

Imposibilitado el gobierno para atender los establecimientos de enseñanza, resolvió restringir, por un decreto del 26 de mayo de 1844, la instrucción de las clases menesterosas y favorecer la iniciativa educacional privada.

Política educacional. — Rosas abre en nuestra historia educacional un capítulo totalmente nuevo: la intervención de la autoridad gubernamental para imponer su ideario político. Desde el primer momento la condición de adicto al partido Federal fue exigida para lograr todo puesto público y en consecuencia se ordenó que los maestros propuestos debían justificar su adhesión.

Más adelante se exigió a todos los empleados públicos, a los preceptores y a los alumnos el uso de la divisa federal. Con ello la bandera del federalismo, como divisa de un partido político, entra en las aulas, de la que se excluye a todo maestro «conocido o sospechoso de unitario y, por consiguiente, capaz de pervertir a los alumnos niños con opiniones antisociales».



Decía el decreto: «El gobierno está persuadido que cuando desde la infancia se acostumbra a los niños a la observancia de las leyes del país, y por ello al respeto debido a las autoridades, esta impresión, quedándoles grabada de un modo indeleble, la Patria puede contar con ciudadanos útiles y celosos defensores de sus derechos.»

Consecuente con esta disposición, la Sociedad de Beneficencia solicitó modificar el reglamento del Colegio de Huérfanas, a fin de establecer en los trajes y uniformes de sus alumnas el reemplazo del color celeste por el punzó. La universidad tampoco quedó atrás: a la fórmula del juramento para la recepción del título, que rezaba «bajo el régimen republicano representativo» se le agregó «federal», culminando la medida con el decreto que obligaba a todo egresado a presentar información sumaria de que era «obediente y sumiso a las autoridades» y «notoriamente adicto a la causa nacional de la Federación».

Otro aspecto de la misma política se pretendió alcanzar con la llamada restauración religiosa. Al principio de su gobierno, Rosas reaccionó con éxito contra las disposiciones de la reforma rivadaviana, que habían ofendido el sentimiento religioso del pueblo. Cuando Balcarce asumió el poder, continuó con este espíritu y tomó disposiciones inmediatas en beneficio de la religión católica. Hasta ese momento, la enseñanza religiosa había formado parte de la educación, pero el incremento tomado por las escuelas particulares inglesas habían permitido difundir el protestantismo.

Para remediar este estado de cosas, contrario al concepto de educación tradicional, el 8 de febrero de 1831 el gobernador Balcarce dictaba un decreto, en el que, considerando que en algunas escuelas establecidas por particulares se había descuidado la enseñanza religiosa, disponía que ningún particular pudiese establecer escuelas sin autorización del inspector general, previa justificación de suficiencia, moralidad y religión. Entre otras cosas, se ordenaba cerrar los colegios que no llenaran ese requisito.

El decreto no era restrictivo de la libertad de enseñanza, pues toleraba las escuelas destinadas a niños de otra religión, por eso los colegios ingleses continuaron existiendo (s. Salvadores).

En su segundo gobierno, Rosas buscó la manera de contrarrestar la acción que estaba desarrollando la colectividad inglesa. Fue entonces cuando buscó en la propaganda contraria, el mejor medio para lograr el propósito deseado. Para eso le pareció conveniente restaurar los conventos extinguidos, devolviéndoles sus antiguas cátedras e hizo regresar a los jesuítas. En 1836, éstos ocuparon su antiguo colegio.

Los jesuítas abrieron inmediatamente cátedras de filosofía, matemáticas, derecho, etc., publicaron numerosos libros de texto y contaron con la concurrencia de futuras ilustres figuras. Es interesante consignar la opinión del Superior, que nos dará el cuadro más exacto de la época: «Siendo el comercio el alma del país, poco campo les queda a las letras para arraigar y florecer.Algunas personas ricas ocupaban a sus hijos en estudios hasta que llegase el tiempo de enterarse de su estado y administración de bienes; ocupábanse en aprender lenguas vivas y algunos ligeros conocimientos científicos».

Su acción educacional debió ser óptima cuando los gobernadores de Mendoza, Entre Ríos y Salta y las legislaturas de Córdoba y Catamarca solicitaban la instalación de colegios semejantes en las respectivas provincias. A mediados de 1840 corrieron voces que los jesuítas estaban en relación con los unitarios, siendo amenazados por anónimos y panfletos. Esto determinó la disolución de la comunidad, al año siguiente.

En mayo de 1844, Rosas dictaba un decreto, en el que resumía su política educacional. Consideraba «que la educación no sólo debe perfeccionar la razón, sino garantir el orden religioso, social y político del Estado», que en ella «se echan los fundamentos del espíritu nacional», que el fin de la educación no puede alcanzarse, si las autoridades escolares «no se distinguen por una sólida virtud, sana moral religiosa, buenas costumbres y patriotismo»: por ello resolvía no permitir ejercer la docencia a quien no obtuviese permiso del gobierno y carta de ciudadanía, en el caso de ser extranjero, debiendo renovar tal licencia cada año. Este decreto no era una novedad en el campo de la historia de la educación.

Las exigencias de la legislación vigente en Francia eran muy superiores a las que aquél establecía.



Si muchos son los errores que pueden señalarse en esta política educacional, hubo una gran virtud que se pretendió cultivar: el amor patrio.

El estado satisfactorio alcanzado por la enseñanza en los últimos años de la dictadura se comprueba por la cantidad de licencias acordadas para ejercer la docencia. La libertad de enseñanza —dice Salvadores— llegó a extremos insospechados.

Revisando los archivos, se encuentran cantidad de solicitudes que tuvieron resolución favorable, de personas de preparación que querían dedicarse a la docencia. Ni siquiera se descuidan los programas. En 1830 se determinó aceptar un importante plan de reformas presentado por López y Planes, Avelino Díaz, Pedro de Angelis, etc., que no pudo ponerse en práctica porque fue rechazado por el inspector de Escuelas y el rector de la universidad.

En 1846 se creó una comisión especial inspectora sin cuya aprobación no podían utilizarse textos ni imponer programas. Fuera de estas disposiciones, la instrucción pública no recibió ninguna innovación. Sólo se uniformó la escritura, adoptándose la letra bastardilla española, para oponerse a la inglesa; se mantuvieron los certámenes públicos y se repartieron premios a los escolares que consistían en medallas que ostentaban la efigie de Rosas.

No es cierto que se hubiera puesto en manos del jefe de Policía la dirección de la enseñanza. Desde 1821 le estaba reservado a este funcionario recoger la estadística general y, dentro de ella, la escolar. Su actividad se redujo a vigilar el cumplimiento de las disposciones legales vigentes por las escuelas públicas y privadas y a comunicar cualquier transgresión.

Ya en 1850, los colegios ingleses habían perdido mucha de su influencia; los colegios de los conventos preparaban sus alumnos para la universidad y sólo tenían acceso a las escuelas públicas los hijos de los padres pudientes. Mientras tanto, las luchas exteriores e interiores contra la dictadura, y las que hubo en los años siguientes hasta la organización nacional, crearon en Buenos Aires un espíritu de indiferencia por los problemas escolares que sólo será esporádicamente sacudido por la prédica de los proscriptos, quienes atribuían todos los males a la falta de educación popular, o por los grandes organizadores de la enseñanza como Estrada, Marcos Sastre, Sarmiento, el canónigo Piñeyro, Mitre, etc.

La escuela en el interior de la República durante la Federación. — En el período que sucedió a la disolución de las autoridades nacionales, no se vivió la barbarie en las provincias, como muchos, por fácil generalización, han sostenido. Los veinte años que precedieron a la reorganización nacional permitieron a las provincias organizar sus propias instituciones, y todas estuvieron sometidas a las diversas alternativas que surgían de la calidad de sus gobernantes o del desarrollo de los acontecimientos.

Así como hubo gobernadores o caudillos a quienes no preocupó la educación, hubo empero otros que realizaron admirables esfuerzos para intensificarla en la provincia a su cargo. Conviene recordar también que muchos de ellos perduraron después de la caída de la tiranía y gobernaron manteniendo sus iniciativas en pleno régimen constitucional.

Dentro de un cuadro general de las instituciones de la época, la instrucción pública se concibe ya en todas partes como una función de gobierno. Surgen así las juntas y comisiones directivas o protectoras de la enseñanza, y los impuestos especiales para formar el fondo escolar, que, aunque no llegan a resolver los problemas, preparan para el resurgimiento del período siguiente.

Con algunos altibajos las provincias todas mantienen el ritmo del período precedente y algunas llegan a la época de la organización nacional con un sistema de instrucción pública más efectivo que el de Buenos Aires. Lástima es que la acción de los montoneros y la carencia de recursos impidieron mayores adelantos.



Se destacan, de entre ellas, las provincias del litoral. En Santa Fe desde 1832 funcionaba el Gimnasio Santafesino, el Instituto Literario de San Gerónimo, y desde 1862 el Colegio de la Inmaculada, de los jesuítas, impartiendo toda enseñanza media y primaria tan eficiente que en 1871 se pudo fundar en su seno la Facultad de Jurisprudencia y la Academia de Práctica Forense.

En Corrientes fueron grandes las preocupaciones de su gobernador Pedro Ferré por la educación. Logró fundar un colegio secundario, el de Nuestra Señora de las Mercedes, y hasta expidió un decreto fundando una universidad, la de San Juan Bautista, que puso bajo el rectorado de Derqui, pero el proyecto no cristalizó. Muchas otras iniciativas se llevaron adelante, pero la necesidad de atender a la guerra contra el Paraguay cortó el impulso educacional.

El iniciador de la obra progresista de, Entre Ríos fue Pascual Echagüe. Vinculado a la enseñanza elemental en Santa Fe, procuró extender la instrucción en Entre Ríos, creando comisiones visitadoras de las escuelas, aumentando el número de las ya existentes y pretendiendo llevar allá a los jesuítas. Urquiza fue uno de los más grandes propulsores de la educación. Su actividad desde 1841 es asombrosa y demuestra el gran influjo que ejerció sobre el pueblo, al cual llamó a cooperar en una de las empresas más grandes de educación que se hayan realizado antes de Caseros.

Bajo su mando, Entre Ríos presenció un florecimiento extraordinario, en el cual colaboraron las comisiones constructoras y las comisiones inspectoras, que por indicación de Urquiza se instalaron en todos los pueblos para reunir recursos por suscripciones populares. Se contrataron maestros en Buenos Aires, y se formó en 1849 una Junta Directora de las escuelas de ambos sexos, con obligación de llevar la estadística escolar, informar al gobierno sobre el estado de la educación y dictar los reglamentos.

Creaciones notables fueron: el Colegio de Estudios Preparatorios, en Paraná, que se puso bajo la dirección del Pbro. Erausquín, y su continuación el Colegio del Uruguay, en Concepción. También la educación femenina fue objeto de especial atención, fundándose el Colegio Entrerriano de los Santos Mártires Justo y Pastor.

Entre los colaboradores de Urquiza en materia educacional, el de mayor prestigio fue Marcos Sastre, que organizó las escuelas de la provincia y les dictó un reglamento.

Fuente Consultada:
Historia de la Educación Juan Carlos Zuretti  Editorial Itinerarium

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Para Ampliar y analizar otra óptica….

ACCIÓN EDUCACIONAL EN LA ÉPOCA DE ROSAS: La obra educacional de la Revolución, entrevista ya por Moreno, planeada en algunos aspectos por Belgrano, encauzada por el gobierno de Pueyrredón y llevada a su máxima realización por Bernardino Rivadavia, vio detenida su marcha ascendente bajo el gobierno  de Rosas.

En materia educativa, la acción gubernativa durante este período se caracterizó por el abandono de toda preocupación por la instrucción pública. La educación elemental sufrió un grave retroceso ya que desaparecieron importantes conquistas logradas en épocas anteriores, como la obligatoriedad escolar y la gratuidad de la enseñanza para las clases indigentes,

La situación creada por la clausura de la mayoría de las casas de estudios, como consecuencia de las progresivas medidas de economía tomadas con respecto a la educación, culminaron con la disposición gubernativa adoptada en 1838 que suprimió del presupuesto los sueldos de maestros y profesores. Esto dió por resultado la clausura de la Casa de Expósitos, cuyos niños fueron repartidos entre los sacerdotes o familiares que quisieron hacerse cargo de ellos por caridad.

De esta manera, la educación quedó librada a la acción de la iniciativa privada y de las congregaciones religiosas, aunque bajo la estricta vigilancia del gobierno, evidenciada sobre todo en lo concerniente a la adhesión a la causa federal y al culto católico, más que a la enseñanza en sí. La más afectada por las medidas oficiales fue la Universidad, que quedó desmembrada al ser separados algunos de sus departamentos, y que se vio despojada de sus más eficientes catedráticos por profesar ideas contrarias al gobierno.

Piñero y Bidau, en su «Historia de la Universidad», describen así la situación de esta casa de estudios: «Nada se crea, nada se intenta crear durante este período, y hasta el anhelo, la aspiración a lo mejor, que en la época precedente condujo a medidas tan diversas, desaparece enteramente.

La Universidad desciende, desciende siempre, a tal punto que en algunos momentos existe poco menos que una expresión, como un nombre, tan pobre es su enseñanza y tan escasos sus recursos».

Y agregan más adelante: «Con los escasos recursos que poseían los alumnos, la enseñanza en este período fue deficientisima e irregular, a punto que, de algunas asignaturas, de la más esenciales, no existió, y de otras como el latín y las matemáticas, sufrió largas interrupciones (la cátedra de latinidad estuvo vacante desde 1841 hasta 1851) y se dio siempre a un número reducido de alumnos, llegando a darse a uno solo».

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