Biografia de Marcos Sastre Escritor Argentino Educador



Biografia de Marcos Sastre Escritor Argentino Educador

En el frente de la biblioteca del «Salón Literario» fundado por Marcos Sastre podía leerse: «Abjiciamus ero ópera tenebrárum, et induámur arma lucís»: Desechemos las obras de las tinieblas, y vistamos las armas de la luz. Tal lema, en plena época de Rosas, resultaba mucho más que una simple declaración de propósitos. Era, casi, un desafío. Alberdi, Echeverría, Vicente F. López, Juan M. Gutiérrez frecuentaban las tertulias a las que Sastre daba gran autoridad.

Marco sastre

Marcos Sastre fue un escritor y educador argentino de origen uruguayo, fundador, junto con Juan B. Alberdi, Juan María Gutiérrez y Esteban Echeverría, del Salón Literario, inicio de la Generación del 37.

También solía aparecer, de vez en cuando, el editor Pedro de Angelis, espía de Rosas. Se habla de literatura, de ciencia, de educación pública.  Un solo tema está proscripto: la política.

Pero los tiempos son difíciles para la patria; fogosos corazones preparan la rebelión, bajo los cuchillos asesinos. Marcos Sastre no puede evitar que sus contertulios se entusiasmen, y se ve obligado a rematar su librería.

Aquel grupo de asiduos concurrentes al Salón Literario se refugia en la clandestinidad, funda la Asociación de Mayo bajo la dirección de Echeverría y comienza a trabajar por la libertad. La librería del pacífico maestro se ha convertido, de tal suerte, en el punto de partida de la «Joven Argentina».

Sastre se instala en el campo, compra una majada de las ovejas más finas del país, se dedica a la cría de merinos, y prospera rápidamente, hasta que se arruina, debido al largo bloqueo francés.

En San Fernando todavía le queda la vieja casa de sus padres. En ella se refugia. Las islas del Delta lo seducen; viaja, navega los riachos, realiza pacientes estudios sobre las condiciones de esa tierra.

En 1840 el país se agita en el terror.  Lo tildan de «salvaje unitario» y le confiscan sus pocos bienes. Sin embargo, Sastre sobrevive al puñal y en 1846 toma a su cargo la dirección del colegio de los jesuítas, desde el cual irradia su talento.

Cinco años después de la caída de Rosas, cuando todo estaba por hacerse y no había maestros, ni escuelas, ni medios, emprende la difícil empresa de organizar la instrucción pública; interesa a las autoridades, convence a los padres descreídos, familiariza a los educadores con la organización escolar, traza los planos de nuevos edificios, crea bibliotecas, idea nuevos métodos de enseñanza («Método ecléctico», «Lecciones de Aritmética», «Lecciones de Gramática Castellana») y, al cabo de cinco años, consigue la victoria final Sastre nació en Montevideo en 1809 y falleció en 1887.

El paisaje ejerció poderosa influencia en el espíritu de Marcos Sastre, quizás porque en su amor por las plantas, por los panoramas de vegetación exuberante, por los vivos cuadros que la naturaleza le ofreció durante sus viajes de la infancia, creyó hallar la más grande y definitiva paz, tan necesaria a su formación de misionero y de maestro.

Laborioso, lector incansable, pedagogo de profunda lógica, apologista de las virtudes que hacen al ciudadano y al hombre de bien, Sastre dio de sí la originalidad desús métodos de enseñanza, la erudición de sus artículos de crítica literaria, de sus traducciones, de sus charlas. Por todo ello no pidió ni aceptó recompensa, porque su obra, como su vida, hubo de nutrirse en la humildad por designios de un particular mensaje.



Fue la suya una tarea para la juventud, una incesante búsqueda de verdades, jamás traicionadas por la apetencia de fortuna. En la pobreza material, en el anonimato casi, este espíritu contemplativo modeló la arcilla de su fe, para entregar a las generaciones que le sucedieron un ejemplo que resiste cualquier crítica.

Mientras educaba a sus hijos concibió el hermoso opúsculo «Consejos de oro», sobre educación escolar y doméstica, los cuales, llenos de sabiduría, deben servir de enseñanza a las madres y a los maestros. Él mismo, con cierta ingenua sencillez, confiesa en la dedicatoria: «Los consejos que os ofrezco serían de un bajo metal si fuesen míos. Los he sacado de tres libros, después de un estudio dilatado: el libro de la Religión, el libro de la Ciencia, y el libro de la Naturaleza».

Halló, ciertamente, para las madres, el canto bíblico, inflamado de gratitud; .para los educadores, empleó el lenguaje sano, sincero, desprovisto de toda afectación, tal como cuadra al estilo de una profesión que amaba.

Su obra maestra, «El Tempe argentino», es un poema en prosa, de sencillez  admirable,  en  el que revela los  secretos  del Delta.

Con delicado acierto traza las comparaciones de esta región del nuevo mundo con el valle del Tempe, regado por las mansas aguas del Peneo.

Extensas nociones sobre las aves y los cuadrúpedos que habitaban entre las frondosas arboledas; detalles sobre sus costumbres, sus instintos, sus variedades; descripción de bellezas olvidadas, de rincones idílicos, hacen de este libro, tan americano, tan sabio,   tan  bello,   un  documento   que  los   naturalistas   agradecen.

Marcos Sastre lo dio a la prensa en el año 1858, en la «Biblioteca Americana». Su éxito fue inmediato, porque es la consecuencia de pacientes estudios sobre condiciones de la tierra, geología, productos naturales; cada página nos revela la presencia del hombre solitario, hechizado por un paisaje de vegetación lujuriosa, de colorido fascinante, con un río generoso por la variedad de sus peces y una espléndida naturaleza, llena de frutos.

El escritor se maravilla, se postra y canta. Su lira recorre la fronda, descubre sonidos, remonta los cauces de agua toma la voz calida de los habitantes de las islas, traduce, en fin aquello que permanece oculto a los ojos del profano.

FRAGMENTO:
UN PASEO POR  LAS  ISLAS
«Sencilla es mi canoa como mis afectos, humilde como mi espíritu. Ella boga exenta y tranquila por las ondas bonancibles sin osar lanzarse a las olas turbulentas del gran río.

Bien ve las naves fuertes naufragar, bien ve los floridos camalotes fluctuantes, que separados de la dulce linfa natal, al empuje de las corrientes, vagan acá y allá, ora batidos y desmenuzados contra las riberas, ora arrebatados por el océano de las aguas amargas hasta las playas  extranjeras.



¡Paraná delicioso! Tú no me ofreces sino imágenes risueñas, impresiones placenteras, sublimes inspiraciones; tú me llamas a la dulce vida, la vida de la virtud y de la inocencia.

¡Cuántos goces puros! ¡Cuan deleitosas fruiciones plugo a tu Hacedor prepararnos en tu seno! En medio de tus aguas bienhechoras, de tus islas bellísimas, revestidas de flores y de frutos; entre el aroma de tus aires purísimos; en la paz y la quietud de la humilde cabana hospitalaria de tus bosques… Allí, ¡allí es donde se encuentra aquel edén perdido, aquellos dorados días que el alma anhela!

La leve canoa, al impulso de la espadilla, se desliza rápida y serena sobre la tersa superficie que semeja un inmenso espejo guarnecido con la cenefa de las hojosas y floreadas orillas, reproducidas en simétricos dibujos.

El sol brilla en su oriente sin celajes; las aves, al grato frescor del rocío y del follaje, prolongan sus cantares matinales, y se respira un ambiente perfumado. Las islas por una y otra banda se suceden tan unidas, que parecen las márgenes del río; pero este gran caudal de agua que hiende mi canoa no es más que un simple canalizo del grande Paraná, cuyas altas riberas se pierden allá, bajo el horizonte.

A medida que adelanta la canoa, nuevas escenas aparecen ante la vista hechizada, en las caprichosas ondulaciones de las costas, y en los variados vegetales que las orlan. A cada momento el navegante se siente deliciosamente sorprendido por el encuentro de nuevos riachuelos, siempre bordados de hermoso verdor; sendas misteriosas que transportan  la imaginación a elíseos encantados.»

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