Biografía de Kant Immanuel Resumen de su Vida y Obra Critica Razon



Biografía de Kant Immanuel
Resumen de su Vida y Obra – Crítica de la Razón Pura

LA VIDA DE MANUEL KANT

Todos los días, de modo invariable, el profesor Manuel Kant, el filósofo, salía de casa a las tres y media en punto, vestido con su acostumbrado abrigo gris. Andaba lentamente, apoyándose en un bastoncito, sumergido en sus pensamientos. Si un transeúnte lo saludaba, respondía con un movimiento de cabeza o con un ligero murmullo.

Pero esta frialdad no nacía de la soberbia, sino de una razón mucho más sencilla: el filósofo estaba firmemente convencido de que, a causa de su delicada salud, el aire fresco respirado por la boca le ocasionaría inevitablemente un fuerte resfriado. En consecuencia, no le quedaba otro recurso: cuando se hallaba en la calle debía respirar sólo por la nariz, a riesgo de parecer descortés.

El profesor Manuel Kant no hacía nada por capricho o por costumbre; cada una de sus acciones había sido razonada y meditada. Por ejemplo, con el fin de no sentir la molestia de las cintas o los elásticos en la pantorrilla, Kant había ideado un ingenioso sistema de «suspensiones muelles» para sujetar las medias: dos cintas partían de las medias y, ocultas en el interior de los pantalones, iban prendidas a dos cintas elásticas que salían de dos cajitas que el filósofo llevaba en los bolsillos. De esta forma, las medias no le apretaban, no se arrugaban y ni siquiera «tiraban» cuando tenía que doblar las piernas.

Todas estas extravagancias originaban irónicas sonrisitas únicamente en aquellos de sus conciudadanos que ignoraban la prodigiosa inteligencia que se ocultaba tras aquella frente espaciosa: una inteligencia que crearía un sistema filosófico tan profundo y tan revolucionario, que la posteridad le atribuiría el origen de todas las modernas corrientes filosóficas.

kANT manuel

Manuel Kant (1724-1804), uno de los mayores filósofos de la edad moderna Sus obras «Critica de la razón pura», «Crítica de la razón práctica», «Critica del juicio» son la base de toda la filosofía contemporánea.

UNA EXISTENCIA TRANQUILA
Su vida —dijo un biógrafo de Kant— transcurrió como el más regular de los verbos regulares: ni una sacudida, ni una emoción, ni una de esas aventuras, grandes o pequeñas, que parecen inevitables en el curso de toda existencia humana.

La única vez que se ausentó de Konigsberg, donde había nacido en 1724, fue para ir a enseñar en un pueblo cercano; pero una vez terminado su compromiso, volvió a su ciudad y ya no la abandonó nunca. No se casó, aun cuando estuvo dos veces tentado de hacerlo. Pero ambas veces reflexionó tanto sobre el paso que iba a dar que, cuando se decidió, la señorita elegida, cansada de esperar, ya había contraído matrimonio, o había abandonado la ciudad. Toda su «verdadera» vida se desarrollaba en el interior de su espíritu, de su intelecto.

A pesar de todo, no consiguió una plaza de profesor ordinario en la Universidad hasta los 46 años, después que durante quince años tanto los estudiantes como el cuerpo académico habían tenido ocasión, en la misma universidad, de asombrarse de la profundidad de su pensamiento, escuchando sus lecciones de profesor libre.



En una palabra, en Alemania permaneció casi ignorada la existencia de un filósofo llamado Manuel Kant, hasta 1781. En dicho año, en efecto, apareció el primero de aquellos libros suyos que provocarían el desconcierto en todo el mundo filosófico: la «Crítica de la razón pura».


MUCHOS PERROS LLAMADOS KANT
El provecho más inmediato que obtuvo Kant al publicar su «Crítica de la razón pura» fue el de ser definido por muchos como un demonio, un execrable hereje que se había atrevido a poner en tela de juicio la posibilidad de conocer a Dios por medio de la razón. En consecuencia, su nombre se divulgó extraordinariamente por Alemania: muchos de sus detractores no tuvieron reparo en bautizar a sus perros con el nombre de Manuel Kant, en señal de desprecio.

Pero, ¿qué es lo que contenía de revolucionario el libro del filósofo de Konigsberg En el fondo, nada más que una profunda investigación sobre cómo se forma el conocimiento humano, y sobre cuáles son los poderes cognoscitivos de nuestra inteligencia.

Kant refutaba la teoría de los empiristas ingleses, de moda en su tiempo, según la cual  todo lo que se forma en nuestra mente es fruto de las sensaciones que nos llegan del mundo exterior. Para Kant, nuestro conocimiento nace, efectivamente, de las sensaciones que llegan al cerebro a través de esos «canales conductores» representados por el gusto, el olfato, la vista, el tacto y el oído, pero todo ese material oí ordenado y clasificado por obra de nuestro entendimiento. En una palabra, según Kant, nuestro conocimiento es el fruto de la «colaboración» entre las sensaciones y el entendimiento humano, que existe en nosotros con todas  sus propiedades y sus leyes, independientemente  incluso de las sensaciones.

No obstante, aun cuando existe en nono una inteligencia activa que nos capacita para conocer, nuestro conocimiento queda ligado a las sensaciones. Esto significa que no podemos conocer una cosa de la cual no tenemos una i experiencia directa.

Por este camino llega Kant a afirmar que es imposible responder a interrogante» tan  graves como éste: ¿Cómo es el mundo en su realidad? ¿Cuál es el principio que regula el Universo? ¿Nuestro espíritu es mortal o inmortal? ¿Existe o no existe un Dios bueno y justo?

En consecuencia, la cosmología, la psicología  y la teología son imposibles para Kant. Esta imposibilidad depende precisamente del hecho de que los hombres no tienen experiencia directa de las realidades que constituyen e] objeto de esas ciencias (el mundo en si, el alma, Dios). Pero Kant no quería negar la existencia  del mundo real, o de un alma inmortal, o d» un Dios justo y bueno. Se limitaba únicamente a decir que, de hecho, no podemos llegar al conocimiento cierto de esas realidades con afilo el esfuerzo de nuestra razón.

LA CRÍTICA DE LA RAZÓN PRÁCTICA

Después de la publicación de su primer gran libro sobre la «Crítica de razón pura», hasta los más pacíficos ciudadanos de Konigsberg miraban con recelo a aquel profesor de no más de 1,60 m. de estatura, delgado, con los hombros caídos y la espalda algo curvada, que todos los días, a las tres y media en punto, daba su paseo bajo los tilos de la alameda.

¿Era posible que aquel tranquilo hombrecillo fuese un diabólico ateo, capaz de destruir todas las sanas convicciones que ellos tenían en su corazón desde la infancia? Si se le miraba a los ojos, vivacísimos bajo una frente muy amplia, se entreveía solamente un espíritu amable, apacible, sostenido por una voluntad férrea.

Pero… siempre el mismo «pero»: ¿era verdad que el filósofo Kant había afirmado que Dios y el alma no existían? El mentís más claro se produjo en 1788, cuando Kant publicó su segundo y muy importante libro, titulado «Crítica de la razón práctica».



En él indicaba el filósofo el camino para llegar a la certidumbre acerca del mundo, de la inmortalidad del alma y de la existencia de Dios.

Para llegar a la certidumbre de estas realidades —decía Kant— tenemos un medio muy apropiado: la moral. La más bella realidad de toda nuestra experiencia humana es, precisamente, nuestro sentido moral, ese sentimiento que todos experimentamos cuando nos disponemos a realizar una acción, y que se resuelve en un imperativo absoluto: «tú debes», o no debes, realizar esa acción.

Pero el sentido moral implica en sí también el hecho de que debe existir la libertad. Si es verdad que, ante una situación concreta, tengo el «deber» moral de obrar bien, es igualmente cierto que yo soy perfectamente «libre» de hacer todo lo contrario de lo que me impone ese deber moral.

He aquí, pues, que hemos descubierto cómo en el mundo —que la «razón pura» había presentado como regido por la férrea ley causa-efecto— entre también la libertad.

Más aún: el sentido moral nos lleva a la certidumbre de la inmortalidad del alma. En efecto podemos preguntarnos: ¿por qué habíamos de sentir ese imperioso impulso de obrar moralmente, si no hubiese, antes o después, una recompensa para los que obran bien, y un castigo para los que obran mal? Todos sabemos que ese premio y ese castigo no los alcanzamos en la tierra; esto deberá ocurrir, por lo tanto, en otra vida, en la vida eterna. Por último, tenemos que admitir, forzosamente, que necesitamos a alguien que con su justicia distribuya con equidad los premios y los castigos, y este alguien no puede ser más sue Dios, un Dios justo e inmortal.

De aquí que todas aquellas realidades, frente a las cuales no podía pronunciarse la «razón pura», se conviertan para el hombre en otras tantas certezas.

ESPÍRITU BATALLADOR Y REVOLUCIONARIO
El efecto producido entre los sabios de la época por las obras filosóficas de Kant, si, por una parte, creó alrededor de su persona un clima de respeto y casi de deferencia hacia su genio, por otra, le procuró enconadas hostilidades. La más grave de todas fue la del nuevo soberano de Prusia, Federico Guillermo II, y la de su ministro de Instrucción Pública, Wüllner, que llegaron a prohibir al filósofo la publicación de más libros.

Sin embargo, el tranquilo profesor de Konigsberg no perdió aquel espíritu batallador y verdaderamente revolucionario que se ocultaba tras su aire de hombre apacible.

Cuando estalló en Francia la Revolución, no dudó un momento en proclamar, precisamente él, súbdito de Su Majestad Federico Guillermo, y profesor pagado por el Estado monárquico de Prusia, que esperaba ver implantada en toda Europa la única forma de gobierno digna de un hombre libre: la República.

Estas valientes afirmaciones vinieron a aumentar la animosidad que de sus conciudadanos sentían hacía él, pero no provocaron ninguna consecuencia grave. Kant, en efecto, era ya viejo, y su salud, que nunca había sido muy buena, empeoraba de día en día: ya no podía durar mucho. Sin embargo, resistió lo suficiente para ver cómo la Revolución Francesa, de la que esperaba que naciese un nuevo orden político para Europa entera, iba siendo gradualmente privada de toda su «carga» de novedad, por obra de un joven y gran caudillo, que después se convirtió en emperador: Napoleón Bonaparte.



Decepcionado también en sus más fervientes esperanzas políticas, y enfermo hasta si punto de no poder ya moverse de casa, Kant cerró los ojos para siempre el 12 de febrero de 1804, apaciblemente, como se apaga una vela.

firma

Firma autógrafa de Manuel Kant También su caligrafía, tan precisa y dará, revela el carácter de) filósofo.

página autógrafa
Una página autógrafa de Manuel Kant, con las notas que el gran filósofo escribió, en 1797, sobre una crítica de su obra «La metafísica de las costumbres».

Fuente Consultada: La Enciclopedia Superior del Estudiante Fasc. N° 49

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