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Las Reformas de los Graco Tiberio y Cayo

Antecedentes: En el curso de sus conquistas (luego de la conquista de Cartago y del control del Mediterráneo), Roma se enfrentó con una serie de problemas que surgían como consecuencia de la incorporación de tantos y tan extensos territorios: los creados por la necesidad del gobierno, administración, explotación y defensa de los mismos.

La inestabilidad del régimen republicano comenzó a ponerse de manifiesto con la espectacular gestión política, en los años 133 y 121 a. de J. C., de los célebres hermanos Tiberio y Cayo Graco, que pagaron con sus vidas el haber intentado solucionar algunos de los agudos problemas que afectaban a la masa del pueblo romano.

La situación se agravó paulatinamente, tanto por el encono de ambos grupos en pugna, como por la aparición y desarrollo del poder militar en las contingencias de la vida pública. Los soldados comenzaron a responder más a los generales que los habían llevado a la victoria, que al mismo Estado.

El primero que supo canalizar esta nueva fuerza fue Mario, a quien luego imitó Sila, representante del partido senatorial. Sila llegó incluso a realizar amplias reformas constitucionales, destinadas a asegurar nuevamente a la aristocracia el control de la República, aunque estas reformas se vieron desvirtuadas después por la inconducta de sus mismos partidarios.

Ante esta crítica situación, dos ciudadanos, Tiberio y Cayo Graco nietos de Escipión el Africano, que habían sido educados con esmero por su madre Cornelia, encabezaron el partido popular, que aspiraba a diversas reivindicaciones.

El hijo mayor, Tiberio Sempronio Graco, que fue nombrado tribuno del pueblo en el año 132 a.C., propuso repartir entre los pobres las tierras públicas o fiscales, ganadas con las conquistas, que hasta entonces eran ocupadas por los más pudientes y constituían verdaderos latifundios (grandes extensiones improductivas).

Tiberio Graco (163-133 a. de C.) era un miembro de los nobiles que gobernaban Roma. Aunque preocupado por el problema inmediato de la escasez de reclutas militares, Tiberio creía que la causa profunda de los problemas de Roma era la disminución de los pequeños campesinos. Tiberio no era un revolucionario, y sus propósitos de reformas, esbozadas con la ayuda de varios senadores promientes, eran en esencia conservadores; se estaba remontando a lo que contituyó el fundamento de la grandeza de Roma.

Tiberio Graco fue elegido uno de los tribunos de la plebe en el 133 a. de C. Sin consultar al senado, en el que sabía que sus rivales se opondrían a su propósito, Tiberio llevó su legislación directamente al consejo de la plebe, el cual aprobó su proyecto de reforma agraria. Éste autorizaba al gobierno reclamar la tierra pública en manos de grandes terratenientes y a distribuirla a los romanos carentes de ésta. Muchos senadores, ellos mismos grandes terratenientes cuyos estados incluían grandes extensiones de tierra, estaban furiosos, y un grupo de senadores tomó la ley en sus manos y asesinó a Tiberio.

Para evitar que este proyecto se convirtiera en ley, los patricios sobornaron al joven tribuno Octavio, que opuso su veto. Indignado, Tiberio destituyó a Octavio, con lo cual desconoció la inviolabilidad de los tribunos. Por ello, no fue respetado y cayó asesinado, en el año 133 a.C.

Su hermano —Cayo (153-121 a. de C.)— continuó los esfuerzos de Tiberio Graco, al resultar electo como tribuno por dos años, el 123 y el 122. Cayo amplió su programa de reformas para atraer más gente, desilusionada con el entonces existente liderazgo del senado. Cayo, también, promovió la rápida distribución de la tierra a los campesinos desplazados.

Con objeto de ganar el apoyo de los equites, a los senadores de las cortes de justicia donde sometían a juicio a los gobernadores provinciales acusados de extorsión, los remplazó con miembros de la orden ecuestre; además, ofreció a los ecuestres la nueva provincia de Asia como recaudadores de impuestos.

Cayo Sempronio Graco continuó la obra comenzada por Tiberio y obtuvo la sanción de las leyes denominadas sempronias, en virtud de las cuales se establecieron numerosas colonias agrícolas en las que se repartieron tierras entre los plebeyos. Además, logró que se distribuyera gratuitamente trigo al pueblo y dio comienzo a la realización de grandes obras públicas para solucionar el problema de los desocupados.

Así que Cayo proporcionó a los equites dos instrumentos de poder público: control sobre las cortes de justicia que, a menudo, enjuiciaban a los gobernadores provinciales y la recaudación de impuestos en las provincias. Sus colegas senadores, hostiles a sus reformas y temerosos de su creciente popularidad, se valieron de una innovación constitucional, un “decreto final del senado,” que motivó a los cónsules para hacer todo lo posible para que la desgracias no cayera sobre la república.

Como resultado el reformador y muchos de sus amigos fueron asesinados en 121 a.C. y las reformas conseguidas fueron anuladas. Los intentos de los hermanos Gracos de impulsar medidas mediante el tribunado dieron paso a mas inestabilidad y violencia, que marcaron el comienzo de la decadencia de la republica de gobierno.

PARA SABER MAS...

Según el régimen romano tradicional, el ejército estaba formado por el campesinado rural, de modo que sólo aquellos ciudadanos que poseían una determinada cantidad de tierras tenían el privilegio de servir en el ejército. Este privilegio era una pesada obligación para aquellos que poseían pocas tierras, pues no tenían los medios de adquirir el armamento y disponer de cabalgaduras. De aquí que los campesinos con pocas tierras, para quedar libres del servicio militar, las vendieran a los ricos y se quedaron en ellas como colonos.



Esta situación social, enraizada en una profunda crisis económica, era un campo propicio para cualquier reforma. La primera tentativa fue protagonizada por dos hermanos de la ilustre familia aristocrática de los Gracos.

Tiberio Graco pudo observar en algunos de sus desplazamientos por tierras de la República que eran demasiado abundantes los ciudadanos romanos cuyas condiciones eran similares a las de los esclavos. De ahí nació su idea de “recrear” la tradicional población agraria de la República formada por los hombres del campo.

El problema tenía un claro planteamiento. Sólo hacía falta que la solución lucra consecuente: había que repoblar urgentemente las  tierras de la península con una verdadera población campesina. Para llevar a cabo esta importante reforma se hizo elegir tribuno de la plebe en el año 133 a. de J.C.

Desde la plataforma de este cargo propuso su  famosa ley agraria, que limitaba la ocupación de las tierras conquistadas y anulaba las anteriores ocupaciones irregulares. Cada ciudadano no podía poseer más de quinientos iugera o jornales de tierra (250 ha). Todas las tierras que sobrepasaban estos límites, más las provenientes de las nuevas conquistas, tenían que pasar a engrosar el ager publicus, el cual, a su vez, había de ser repartido entre los ciudadanos sin propiedades en parcelas de 7,5 ha por persona.

Los agraciados estaban obligados a pagar un pequeño y simbólico tribuno anual al estado, en reconocimiento de que las tierras no eran de su propiedad absoluta.

Como es de suponer, los senadores y la mayor parte de la aristocracia se opusieron a la ley, pues les perjudicaba en demasía. ¿Iban a dejarse despojar impunemente de sus propiedades, algunas de ellas bien cultivadas y reformadas con fuertes inversiones económicas? Además, otro tributo de la plebe, Marco Octavio, que como tal tenía derecho a vetar las propuestas de leyes, se opuso a su presentación a la Asamblea. Tiberio, basándose en que la finalidad de los tribunos era defender los intereses del pueblo en sus relaciones con el poder público, acusó a Marco Octavio de ser enemigo del pueblo, pues se oponía a la aprobación de la ley. Así, no tardó en lograr su deposición, con lo que la ley fue aprobada, aun a pesar de la opinión de los senadores.

Para repartir las tierras según las cláusulas de la ley, Tiberio nombró una comisión formada por su hermano Cayo, su suegro y él mismo. Tiberio pretendía también proporcionar a los ciudadanos pobres las herramientas necesarias para laborar las tierras recibidas, y esto con el dinero del estado. Este hecho, contrario a toda tradición, le ganó la enemistad de casi todos los senadores.

A todo esto, el verano del año 133 a. de J.C., en que iban a ser convocadas nuevas elecciones al tribunado, estaba a punto de llegar, sin que la reforma agraria estuviera del todo acabada. No era legal que Tiberio se presentara por segunda vez a las elecciones, pero lo hizo apremiado por la necesidad de acabar su reforma.

La situación política de la República llegó a tal tirantez ante estas elecciones, que para controlarlas y evitar cualquier disturbio callejero se hubo de decretar la suspensión del régimen normal que garantizaba la libertad de los ciudadanos. No obstante esta especie de estado de excepción, se creó un clima de violencia que provocó muchas víctimas en Roma. En una refriega callejera entre los tiberianos y los partidarios del orden senatorial, Tiberio perdió la vida. No consiguió su reelección ni había logrado la reforma tan deseada, pues, aunque después de su muerte siguieron aplicándose las normas votadas para realizar la reforma agraria, la comisión encargada de aplicarlas cuidó en lo sucesivo de no perjudicar los intereses de los grandes propietarios, sin lo cual no era ya posible la reforma.

Conviene puntualizar que si, por un lado, la reforma de Tiberio chocó contra la oposición de los senadores, que se veían progresivamente privados de sus propiedades y que le acusaron de querer proclamarse rey o tirano, por otra parte no obtuvo la necesaria colaboración del pueblo romano, que veía con desagrado el momento de tener que abandonar Roma para ir a explotar las tierras de provincias.

Heredero de la reforma social de Tiberio fue su hermano Cayo Graco, que fue elegido tribuno en 123 a. de J.C. El Senado iba a encontrar en él un temible adversario, pues, al coraje de su hermano, mostraba además un espíritu político mucho más despierto. Pronto comprendió que no se podía luchar contra los enemigos de la ley agraria sin tener bien unidas las fuerzas de la ciudad y hacerlas partidarias de su causa.

Para granjearse la simpatía y la buena acogida de todos los ciudadanos, emprendió una serie de reformas favorables y de promulgaciones de leyes que sólo la muerte pudo detener. La burguesía de la ciudad, propietarios de grandes o pequeñas parcelas, empezó a gozar del privilegio de ser, por su número, mayoría en el tribunado y a percibir los diezmos de las colonias de Asia. La plebe urbana se vio favorecida por una ley fragmentaria según la cual cada ciudadano podía comprar a un precio razonable y establecido por el estado (lo que hoy llamamos precio político) una cantidad mensual de trigo a los graneros públicos.

Propuso, además, para que el mayor número posible pudiera gozar de los beneficios de la ley de Tiberio, que los derechos ciudadanos se extendieran no sólo a todos los latinos que la península, sino a aquellos que estuvieran en las colonias y a los aliados itálicos de Roma.

Este proyecto, tergiversado hábilmente por miembros del Senado, despertó el egoísmo del pueblo, receloso de que sus derechos de romanos fueran extendidos a muchos otros, y la figura de Cayo Graco perdió el favor popular y no logró la reelección al tribunado por tercer año consecutivo, a pesar de que, antes de ser tribuno, había hecho votar la ley que posibilitaba la reelección y garantizaba la continuidad en el poder. Viéndose perdido en una revuelta contra las fuerzas consulares, se hizo dar muerte por un esclavo.

A los intentos de reforma de Tiberio y Cayo siguió un siglo de luchas que no lograron reformar la República romana, sino hacerla desaparecer. Ni la generosidad de los Gracos, ni la reacción dictatorial de Sila, ni los intentos de restauración senatorial de Pompeyo, ni la “monarquía” de César pudieron evitar el advenimiento del Imperio.





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