El Estado Socialista El Marxismo Teoria de Carlos Marx



El Estado Socialista El Marxismo
Teoría de Carlos Marx

La fase de funcionamiento orgánico del sistema:

Inicialmente el régimen burgués tiene a favor de su funcionamiento relativamente estable la correspondencia a nivel económico entre sus relaciones de producción y sus tuerzas productivas. El desarrollo del capitalismo supone un salto adelante respecto al régimen feudal aunque ya lleva en sí, como oposición aún no antagónica políticamente, la contradicción entre la burguesía y el proletariado.

Toda formación social al mismo tiempo que produce, y para poder seguir produciendo, debe reproducirlas relaciones sociales que lo caracterizan. Por lo que, así como el sistema capitalista reproduce sus fuerzas productivas (los medios de producción a través de renovación de maquinarias, etc. y el obrero con su fuerza de trabajo del salario), reproduce también permanentemente las relaciones sociales que lo componen. Este proceso se asegura en gran medida por el papel que juega la superestructura, particularmente el Estado.

Marx - Engel Fundadores del socialismo cientifico

Marx – Engel

En el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden ya conciliarse surge históricamente el Estado como instancia separada de la “sociedad civil”, como árgano de dominación y opresión de las clases explotadoras sobre las explotadas. Particularmente en el sistema capitalista, en tanto poder político, su control define la posibilidad misma de manutención o cambio de la formación económico-social en su conjunto.

La dictadura de la clase burguesa a través del Estado se ejerce por La compleja combinación de sus aparatos represivos e ideológicos. Los aparatos ideológicos del Estado (sistema educacional, medios de información, culturales, etc.) están destinados al logro del consenso de la sociedad en su conjunto hacia las clases ideológicas de la burguesía.

Entre las que se encuentran justamente su interpretación del mismo Estado como una institución que expresaría los intereses de toda la “sociedad” y que tendría como finalidad la de neutralizar y encauzar los conflictos entre los ciudadanos privados a través de la aplicación de leyes que garantizarían la “igualdad” y el ejercicio de la “democracia” para “todos”.

Esto justifica que ese Estado contenga sus aparatos represivos (policía, ejército, servicios de seguridad, bandas paramilitares etc.) para aplicar la violencia física sobre aquellos que no acatan el funcionamiento de una ley que sería igual para todos. Es “natural’, entonces, que existan estas formaciones porque, en realidad, actuarían sobre aquellos sectores que se ubicarían fuera de la sociedad y contra el  «interés común”, cuya defensa estaría en manos del Estado.

A través de su acción (combinada con las de las instituciones “privadas”) el Estado expresa, entonces, su rol de dictadura de clase pujando por:

a) el logro de la dirección de los sectores integrados a la ideología y políticas de las clases que lo detentan y b) la represión física sobre los que, rompiendo con ellas, asumen a través de la lucha el “interés histórico” de las clases explotadas. Pero la aplicación de una ley formalmente “igual” para todos, que en realidad resguarda ]a vigencia de la propiedad privada de los medios de producción, es la base de todas las desigualdades pues garantiza el funcionamiento de una sociedad de “desiguales”: de explotados y explotadores.

Será la agudización espontánea de las contradicciones de clase la que comenzará a modificar la relación de fuerzas entre ellas y la estabilidad del régimen. Con el comienzo de la no correspondencia entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción se abre la gran etapa histórica de la revolución proletaria en escala mundial.

‘Crisis orgánica” y “situación revolucionaría”

Las contradicciones propias del sistema, los embates de las luchas reivindicativas y políticas del proletariado y el pueblo van debilitando paulatinamente la hegemonía estable que las clases dominantes ejercían ,sobre la sociedad. Se produce un debilitamiento de la representatividad de los partidos políticos tradicionales y de las instituciones “privadas” y aparatos del Estado destinados a integrar a las clases dominadas al sistema. Los agentes de la burguesía en el movimiento obrero, así como las direcciones sindicales y políticas reformistas ven debilitada su influencia entre las masas.



Se produce con ello una “crisis orgánica” de los sectores dominantes. Se refuerza la posición relativa de poder de la burocracia civil y militar, de las altas finanzas, de la Iglesia y, en general, de todos los organismos relativamente independientes de la opinión pública, así como va pasando cada vez a primer plano la acción de los aparatos represivos del Estado. En cada país el proceso es diferente, aunque el contenido será el mismo: la crisis de hegemonía de la clase dirigente. La crisis crea peligrosas situaciones inmediatas porque las diversas clases y fracciones de clase no poseen la misma capacidad de orientarse rápidamente y reorganizarse con el mismo ritmo. La clase dirigente, que tiene un numeroso personal adiestrado cambia de hombres y programas y puede reasumir la situación que se les estaba escapando de las manos. La ‘crisis orgánica” no desemboca fatalmente en “situación revolucionaria”, sino a condición de la intensificación de las luchas obreras y populares. Aun así, si bien la revolución es impracticable si no se da una “situación revolucionaria”, ésta no conduce tampoco inevitablemente a ella. Los rasgos de la “situación revolucionaria” son:

1) la imposibilidad de las clases dominantes de mantener su dominio de manera estable: la aparición de su “crisis orgánica”. Para que estalle la revolución no basta que “los de abajo no quieran” vivir como antes, sino que hace falta también que “los de arriba” no puedan “vivir como hasta entonces”;

2) una agravación superior a la habitual de la miseria y las calamidades de las clases oprimidas;

3) una intensificación considerable, por las razones antes indicadas, de la actividad de las masas, una profunda disponibilidad para la lucha. El conjunto de estos cambios posibilitan la toma revolucionaria del poder, pero no la garantizan de por sí. Deberá darse también el cambio subjetivo decisivo que se exprese orgánicamente en la dirección revolucionaria capaz de impulsar las acciones de masas lo suficientemente profundas como para destruir el viejo poder que jamás “caerá”, ni siquiera en las épocas de crisis, si no se lo “hace caer”.

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