Reinas de Inglaterra: Mujeres de Enrique VIII
Reinas de Inglaterra: Mujeres de Enrique VIII
Las seis esposas de Enrique VIII son, sin duda, uno de los aspectos más fascinantes de la historia Tudor. Aunque la mayoría de la gente las recuerda por el famoso verso infantil: "Divorced, beheaded, died; divorced, beheaded, survived" (Anulada, decapitada, muerta; anulada, decapitada, sobrevivió), la realidad de sus vidas fue mucho más compleja.
La principal obsesión del rey, que impulsó sus decisiones maritales, era la búsqueda desesperada de un heredero varón para asegurar la dinastía Tudor
. A continuación, te presento un breve resumen de cada una de ellas, en orden cronológico:
Catalina de Aragón (1509-1533): La Leal Española
Hija de los Reyes Católicos, fue la esposa que más tiempo duró, casi 24 años.
A pesar de su devoción y de haber gobernado Inglaterra como regente, solo logró darle una hija sobreviviente: María I
. Su incapacidad para darle un hijo varón, sumado al enamoramiento de Enrique con Ana Bolena, llevó al rey a buscar la anulación de su matrimonio. Su negativa a aceptar el divorcio provocó la ruptura de Enrique con la Iglesia Católica y la creación de la Iglesia de Inglaterra.
Ana Bolena (1533-1536): La Inteligente y Trágica
Dama de compañía de Catalina, fue la chispa que encendió la Reforma Inglesa. Enrique se obsesionó con ella, pero ella se negó a ser su amante, exigiendo ser reina.Se casaron en secreto y, en 1533, dio a luz a la futura reina Isabel I. Su fracaso en producir un hijo varón (sufrió varios abortos) selló su destino.Acusada falsamente de adulterio, incesto y traición, fue decapitada en la Torre de Londres en 1536.
Jane Seymour (1536-1537): La Amada que Murió
Dama de compañía de Ana Bolena, fue la esposa que, según el propio Enrique, más amó.
Logró lo que ninguna otra: dio a luz al ansiado heredero, el rey Eduardo VI. Sin embargo, murió a causa de complicaciones en el parto apenas doce días después.
Fue la única de sus esposas en recibir un funeral de reina y está enterrada junto a Enrique.
Ana de Cleves (1540): La "Hermana Amada"
Princesa alemana, fue un matrimonio puramente político para forjar una alianza con su hermano, un líder protestante.
Enrique se sintió decepcionado al conocerla en persona (supuestamente porque no se parecía al retrato de Holbein) y el matrimonio fue anulado después de solo seis meses.
A cambio de aceptar la anulación sin problemas, Enrique la trató generosamente, dándole el título honorífico de "Hermana del Rey" y una cuantiosa pensión.
Catalina Howard (1540-1542): La Joven y Frívola
Prima de Ana Bolena, se convirtió en dama de compañía de Ana de Cleves. Enrique, ya mayor y obeso, se encaprichó de ella, quien era 30 años más joven.
Fue decapitada por cargos de adulterio (y posiblemente por haber tenido relaciones antes de su matrimonio), lo que destrozó al rey.
Catalina Parr (1543-1547): La Sobreviviente
Fue una mujer culta y con experiencia que ya había enviudado dos veces. Más que una esposa, fue una compañera y una enfermera devota para el rey en sus últimos años.
Ayudó a reconciliar a Enrique con sus hijas, María e Isabel, y fue nombrada regente mientras él guerreaba en Francia.
Sobrevivió a Enrique, quien murió en 1547, siendo la única de sus esposas que lo hizo.
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ENRIQUE VIII DE INGLATERRA:
El turbulento y jovial rey Hal, como es afectuosamente llamado por sus súbditos el padre de Isabel, posee una manera un tanto apresurada de solucionar sus problemas amorosos.
En cuanto subió al trono, a los diecinueve años (1509), necesitó garantizar la alianza entre España e Inglaterra contra su tradicional enemiga, Francia.
Se casó entonces con la viuda de su hermano Arturo, Catalina de Aragón (hija de Fernando el Católico e Isabel la Católica).
Como para la Iglesia el casamiento con una cuñada era considerado incesto, Enrique VIII hizo que su primer ministro, el obispo Wolsey, hijo de un carnicero enriquecido, obtuviera del papa el permiso para contraer ese matrimonio (1509), con el pretexto de que el casamiento anterior de Catalina "no se había consumado".
Enrique mantenía buenas relaciones con el papa.
Era intransigente defensor del catolicismo en la isla, en una época en que el protestantismo se extendía por Europa.
El papa no tenía, pues, motivo para contrariar a tan buen aliado. Después del casamiento, sin embargo, las cosas cambiaron.
La española no le daba un hijo varón; entre un aborto natural y otro, había nacido, en febrero de 1516, una niña, María Tudor.
Para un monarca de esa época, asegurar la descendencia en el trono era vital.
Morir sin sucesor confirmado era casi una invitación a que los nobles provocasen una guerra civil para apoderarse de la corona. Además de eso, la alianza con España dejaba de ser conveniente para convertirse en una amenaza.

La dinastía austríaca de los Habsburgo, con el dinero de los banqueros Fugger y el control de las riquezas traídas de sus nuevas tierras de América está comprando a Europa, pagando enormes ejércitos, sobornando cuando es necesario, haciendo casamientos convenientes aquí y allá.
Carlos V integró este imperio multiforme sostenido por la banca alemana y por el oro de los galeones que llegan del Nuevo Mundo.
Inglaterra y su comercio se arriesgan a caer bajo ese dominio paneuropeo, como ocurrió con Flandes e Italia.
Conviene ahora conseguir alianza con Francia para enfrentar el peligro.
Existe, además, un tercer motivo para el divorcio del rey Hal, pequeño para la historia, mas grande para su protagonista.
Enrique es sensual, quiere disfrutar de la vida, y Catalina, su contrafigura.
Además, él siempre gustó de las otras mujeres.
El rey no consigue siquiera soportar su presencia, apasionado como está por la joven y vivaz Ana Bolena, dama de compañía de la reina, quien le promete un hijo varón.
Pero el papa no está en condiciones de concederle la nueva anulación pretendida.
Es virtualmente un prisionero de la casa de los Habsburgo, que ya incendió Roma en 1527 y que desea en el trono inglés a Catalina de Aragón hoy y a su hija María mañana.

Una solución se impone.
Si la Iglesia de Roma no puede liberarlo de ese lazo, la Iglesia de Inglaterra lo hará.
Enrique consigue que varias facultades de teología declaren la nulidad de este casamiento entre cuñados.
Ana Bolena está grávida; es preciso que el heredero no nazca bastardo.
Enrique nombra a Crammer, un sacerdote dócil, arzobispo de Canterbury, y por su intermedio se casa secretamente en enero de 1533.
En Pascua se anuncia oficialmente el matrimonio: Ana es coronada reina. Y al mismo tiempo Enrique es excomulgado por el papa.
Este acontecimiento es el que decide la separación entre Inglaterra y la Iglesia de Roma.
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