Reinas de Inglaterra: Mujeres de Enrique VIII Catalina Aragon Ana Bolena



Reinas de Inglaterra: Mujeres de Enrique VIII

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Catalina de Aragón Ana Bolena Juana Seymour
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Ana de Cleves Catalina Howard Catalina Parr

ENRIQUE VIII DE INGLATERRA:

El turbulento y jovial rey Hal, como es afectuosamente llamado por sus súbditos el padre de Isabel, posee una manera un tanto apresurada de solucionar sus problemas amorosos. En cuanto subió al trono, a los diecinueve años (1509), necesitó garantizar la alianza entre España e Inglaterra contra su tradicional enemiga, Francia.

Se casó entonces con la viuda de su hermano Arturo, Catalina de Aragón (hija de Fernando el Católico e Isabel la Católica). Como para la Iglesia el casamiento con una cuñada era considerado incesto, Enrique VIII hizo que su primer ministro, el obispo Wolsey, hijo de un carnicero enriquecido, obtuviera del papa el permiso para contraer ese matrimonio (1509), con el pretexto de que el casamiento anterior de Catalina “no se había consumado”.

Enrique mantenía buenas relaciones con el papa. Era intransigente defensor del catolicismo en la isla, en una época en que el protestantismo se extendía por Europa. El papa no tenía, pues, motivo para contrariar a tan buen aliado. Después del casamiento, sin embargo, las cosas cambiaron. La española no le daba un hijo varón; entre un aborto natural y otro, había nacido, en febrero de 1516, una niña, María Tudor.

Para un monarca de esa época, asegurar la descendencia en el trono era vital. Morir sin sucesor confirmado era casi una invitación a que los nobles provocasen una guerra civil para apoderarse de la corona. Además de eso, la alianza con España dejaba de ser conveniente para convertirse en una amenaza.

La dinastía austríaca de los Habsburgo, con el dinero de los banqueros Fugger y el control de las riquezas traídas de sus nuevas tierras de América está comprando a Europa, pagando enormes ejércitos, sobornando cuando es necesario, haciendo casamientos convenientes aquí y allá. Carlos V integró este imperio multiforme sostenido por la banca alemana y por el oro de los galeones que llegan del Nuevo Mundo. Inglaterra y su comercio se arriesgan a caer bajo ese dominio paneuropeo, como ocurrió con Flandes e Italia.

Conviene ahora conseguir alianza con Francia para enfrentar el peligro. Existe, además, un tercer motivo para el divorcio del rey Hal, pequeño para la historia, mas grande para su protagonista. Enrique es sensual, quiere disfrutar de la vida, y Catalina, su contrafigura. Además, ‘él siempre gustó de las otras mujeres.

El rey no consigue siquiera soportar su presencia, apasionado como está por la joven y vivaz Ana Bolena, dama de compañía de la reina, quien le promete un hijo varón.

Pero el papa no está en condiciones de concederle la nueva anulación pretendida. Es virtualmente un prisionero de la casa de los Habsburgo, que ya incendió Roma en 1527 y que desea en el trono inglés a Catalina de Aragón hoy y a su hija María mañana.

Una solución se impone. Si la Iglesia de Roma no puede liberarlo de ese lazo, la Iglesia de Inglaterra lo hará. Enrique consigue que varias facultades de teología declaren la nulidad de este casamiento entre cuñados. Ana Bolena está grávida; es preciso que el heredero no nazca bastardo. Enrique nombra a Crammer, un sacerdote dócil, arzobispo de Canterbury, y por su intermedio se casa secretamente en enero de 1533.

En Pascua se anuncia oficialmente el matrimonio: Ana es coronada reina. Y al mismo tiempo Enrique es excomulgado por el papa. Este acontecimiento es el que decide la separación entre Inglaterra y la Iglesia de Roma.

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