Proceso a Juana de Arco Historia La Justicia Divina en la Edad Media



El PROCESO A JUANA DE ARCO

 Uno de los, 50 sacerdotes integrantes del tribunal preguntó a la acusada:

—¿Sabéis si estáis en gracia de Dios? —Pregunta harto grave le hacéis —intervino otro de los jurados—. No es necesario que la responda. La acusada, de pie, vistiendo ropas de hombre que habían causado expresiones de repudio cuando entró a una de las estancias del castillo de Rúan, con su rostro pálido y desencajado después de prolongado encierro y aherrojada bajo la mirada y las burlas de soeces soldados, miró a su interrogador y repuso serenamente: —Si no estoy en gracia de Dios, ruego al Señor que me la conceda; si ya la tengo, que Dios me la conserve.

Proceso a Juana de Arco Historia La Justicia Divina en la Edad MediaEsta era la única respuesta que podía dar, porque si reconocía no estar en gracia de Dios, se condenaba ella misma con su afirmación; pero si decía estar en gracia de Dios cometía una grave falta como cristiana.

En esta forma habilidosa se completó el quinto día de interrogatorios en el proceso eclesiástico seguido contra Juana, nacida en la aldea de Domrémy, en Lorena, Francia, alrededor de 1412.

Hasta hoy, la polémica en torno a este juicio saca a relucir nuevos antecedentes, demostrando que hubo serias irregularidades, siendo la primera de ellas la incompetencia del obispo de Beauvais, Fierre Cauchen, que presidió el tribunal, de quien algunos historiadores afirman que estaba a sueldo de los ingleses y que aspiraba a obtener el rico arzobispado de Rúan, vacante en esa época.

Desde muy joven Juana comenzó a escuchar «voces», según ella, pertenecientes a San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita, que le ordenaban acudiera en auxilio del Delfín Carlos de Valois, quien había sido despojado de su trono en Francia por los ingleses en el curso de la llamada guerra de los Cien Años.

Roberto de Baudricourt, jefe de la defensa en Vaucouleurs, autorizó finalmente a Juana para que en 1429 pudiera salir de Domrémy hacia Chinon, donde fue recibida por el Delfín. Persuadió a éste para que le entregara el mando de algunas tropas, liberó Orleáns, despertó un acendrado patriotismo y espíritu de lucha en sus soldados, al mismo tiempo que algunos de los consejeros del Delfín comenzaban a ver en esa osada y combativa muchacha analfabeta, un peligro para sus privilegios ante el futuro rey.

Una nueva y decisiva victoria de Juana en Patay hizo posible la entrada del Delfín a Reims, donde fue coronado a instancias de la Doncella de Orleáns. Fracasado su intento de apoderarse de París, Juana condujo sus huestes a Compiegne, pero fue hecha prisionera por los borgoñones, los que finalmente la vendieron a los ingleses.

El duque de Bedford, en carta enviada a Pierre Canchón haciéndole transferencia de la prisionera decía: «Sin embargo, es nuestra intención recuperar y encarcelar de nuevo a dicha Jttana, si no resultase culpable…» Las irregularidades del juicio comienzan por la jurisdicción de Beauvais, a la que ella no pertenecía. Además, un alto tribunal eclesiástico de Poitiers, presidido por el Arzobispo Regnault, la había absuelto un año antes, quedando libre de toda sospecha de tener tratos con el demonio, y era el mismo arzobispo el que daba fe de la piedad y la honradez de, la Doncella.

Después de cinco días de interrogatorio capcioso y solapado, las respuestas de Juana continuaron siendo claras y categóricas en apoyo de su inocencia. —¿Las santas que decís que se os aparecían, tenían cabellos? —Es un consuelo saber lo que tienen. —¿Iba San Miguel desnudo? —¿Creéis que Dios no tiene con qué vestirlo? —¿Hablaba Santa Margarita en inglés? —¿Por qué tenía que hablar en inglés st no está 4l latió de tos ingleses? La principal preocupación del tribunal perseguía obligar a Juana a declarar cuáles eran las revelaciones que había recibido de los santos y que sólo había confiado al Delfín Carlos. Cada vez que la interrogaban sobre el tema, ella respondía: —En Chinon y Poitiers uti trihnnal eclesiástico me examinó durante tres semanas. Pedid su atestado a Poitiers.



Con pertinacia Cauchon volvía a preguntarle sobre las voces que la Doncella debía haber escuchado y las respuestas no variaban: —¿Creen firmemente vuestros seguidores que os ha enviado Dios? —No sé si lo creen; id y preguntádselo.

En cuanto a mí, puedo aseguraros que es Dios quien me envía. El Domingo de Pasión, 18 de marzo de 1431, terminó la investigación privada y se leyeron 70 cargos contra Juana, entre los que había tergiversaciones de sus palabras y se hacía aparecer como demonios a los santos que ella invocaba como hablándoles en sus visiones. Se emplearon dos días en leer estas acusaciones, entre las que se incluían rumores, mentiras y falsedades: «Dicha acusada… ha ejecutado, compuesto y ordenado muchos hechizos y conjuros; ha sido divinizada, permitiendo que la adorasen y la venerasen; ha invocado demonios y espíritus malignos, los ha consultado y los ha frecuentado…»

Juana rechazó estas acusaciones, mantuvo su negativa, aunque fue llevada a la sala de los tormentos y amenazada de ser sometida al potro y las demás torturas que  eran habituales en la ¿poca y cometió un error que el obispo Canchón aprovecho cuando ella negó autoridad al tribunal que este presidía para llevar adelante el juicio.

Las setenta acusaciones quedaron reducidas a doce. Exhausta después de un año de prisión y de prolongados interrogatorios. Juana enfermó gravemente y los ingleses temieron que muriera sin ser ejecutada. Apenas repuesta, Cauchon preparó una escena digna de sus propósitos y obligó a Juana a acatar la autoridad de la Iglesia y a retractarse de sus anteriores declaraciones.

Con esto, Cauchon apaciguó a la Iglesia y a los soldados y al pueblo que todavía amaban a Juana, pero prosiguió en sus maquinaciones, haciéndola caer en perjurio, ya que los guardias le quitaron las ropas femeninas que había aceptado vestir, y le dejaron solamente ropas de hombre, que debió usar para cubrir su desnudez.

Condenada por este delito, fue entregada al «brazo secular», la justicia civil, y llevada a la hoguera el 30 de mayo de 1431, día en que murió pronunciando el nombre de Jesús, no sin antes decir que perdonaba a quienes le habían hecho daño, así como también pedía que la perdonaran.

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