Termas de Caracalla Historia Ubicación Origen de los Baños Públicos



Termas de Caracalla
Historia Ubicación – Origen de los Baños Públicos

INTRODUCCIÓN: Las termas romanas constituían un conjunto colosal de edificios, por ejemplo las de Dioclesano ocupaban unos 130.000 m² y podían entran varios miles de personas.

El núcleo central estaba formado por los ambientes destinados a los diferentes tipos de baño: baño a temperatura normal, baño frío, baño caliente, piscinas, baños individuales, exudación por vapor, etc.

Luego estaban los locales destinados a ejercicios físicos: palestra, campo de juego, local para masajes, salas de descanso, etc.

Pero las termas ofrecían, también, la posibilidad de dedicarse a ocupaciones y entretenimientos intelectuales: había biblioteca, museo, locales para exposiciones, salones para entrevistas, pórticos y jardines embellecidos con artísticas fuentes y estatuas, adecuados para pasear y conversar.

Tampoco faltaban algunos negocios, como peluquerías, perfumerías y hasta restaurantes. Tenían servicios muy bien organizados.

En el subsuelo de las imponentes termas de Caracalla, en Roma, se está descubriendo una red de corredores lo suficientemente amplios como para que pudieran pasar dos carros, con plazoletas para la vuelta de los vehículos.

Éstos, a través de vanos que se abrían en el piso de las termas, recibían la ropa blanca usada para llevarla al lavadero.

También transportaban los elementos necesarios para la limpieza y la leña para la calefacción, sin que todas estas menudencias se vieran pasar por las lujosas y concurridas salas superiores.

El emperador Marco Agripa comenzó a construir este tipo de obras públicas para ser utilizada por los estratos mas altos de la población gratuitamente.

Parece ser que el origen de estos baños responde a la falta de comodidad que tenía los romanos en sus casas, y se remonta por el siglo II a.C. 



Inicialmente eran obras mas humildes, pero luego gracias al empleo de nuevas técnicas de traslado y calentamiento del agua (el hipocaustum), comenzaron a tomar mayor envergadura y uso mas popular, como es el caso de las de Caracalla (211-216 d.C.).

El mentor de estas obras fue el padre su padre Septimio Severo, pero su construcción comenzó cuando su hijo Caracalla se encontraba en el gobierno de Roma. Estas termas se hicieron famosas por su tamaño, lujo y decoración de los muros, con bellas pinturas, estatuas, bóvedas y majestuosos mosaicos.

Las Termas de Caracalla: En tiempos de Caracalla, hacia por lo menos tres siglos que las termas públicas constituían un elemento indispensable en cualquier ciudad del Imperio. Los elementos básicos de las primeras termas constaban de un vestuario y una sala caliente común (caldarium), a la que se accedía a través de otra sala con una temperatura más templada (tepidarium).

En algunos casos había además una o más salas de calor seco similares a las saunas modernas, así como una sala fría con una piscina (frigidaríum). Estas primeras versiones de las termas solían ser de dimensiones modestas y estaban pobremente iluminadas y decoradas, pues en el fondo se concebían como un servicio más para la higiene de los habitantes de la ciudad.

Las termas que los emperadores construyeron en Roma satisfacían en principio esa misma función, pero en realidad iban mucho más allá.

Las de Caracalla eran con diferencia las de mayores dimensiones (ocupaban lo mismo que dos poblaciones pequeñas juntas) y contaban, además de con el recinto propiamente para tomar el baño, con diversas bibliotecas, salas de lectura, galerías de arte y pistas de deporte.

En sí, las termas ocupaban la mayor parte del espacio y albergaban diversas piscinas de tamaño olímpico, así como varios frígidaría de 59 m de largo (200 pies romanos), todo ello convenientemente iluminado por medio de enormes ventanales esmaltados.

La totalidad de los suelos y muros estaba recubierta con mármoles preciosos procedentes de todo el Imperio, y los mosaicos de cristal de las hornacinas y las bóvedas reflejaban el agua que circulaba por doquier.

El recinto estaba repleto de estatuas, de entre las que destacaba la enorme reproducción de 4 m de alto de Asclepio, el dios romano de la salud cuyo retrato en oro presidía todo el recinto.

Ante tal derroche de lujo, el ciudadano romano lo único que podía hacer era caer rendido ante el poder absoluto y divino del emperador que había cedido su nombre a las termas.



Los baños públicos de Roma y de otras ciudades desempeñaron un importante papel en la vida urbana. Introducidos  en Roma en el siglo II a. de C. como resultado de la influencia griega, el número de baños públicos se multiplicó a una gran velocidad en los primeros tiempos del imperio, en la medida que los emperadores contribuían con fondos para su construcción.

Los baños públicos eran especialmente ruidosos al final de la tarde, cuando los romanos se detenían, después del trabajo, para utilizar los baños antes de la cena.

Construcción: De todas las grandes termas imperiales, son sin duda las de Caracalla las que mejor se han conservado. Fue uno de los proyectos arquitectónicos más ambiciosos jamás acometidos por los emperadores en la misma Roma, y consistía en una imponente extensión de planta cuadrangular de 323 m aproximadamente, dominada por el recinto central que albergaba las termas propiamente dichas, de 218 x 112 m, a lo que había que añadir el anexo circular del caldazium, que ocupaba el equivalente a tres cuartas partes el diámetro del Panteón.

El material base que se empleó tanto para los muros como para las bóvedas fue una mezcla de mortero y cascotes de toba blanda volcánica del tamaño de un puño, sobre los que se extendió una delgada capa de ladrillo a modo de recubrimiento.

El mortero, a su vez, se componía de una parte de cal muerta de alta calidad y dos partes de pozzolana, una arena de origen volcánico, el legendario «ingrediente mágico» que proporcionaba al mortero romano su inconfundible robustez.

En los cimientos se reemplazó la toba por el basalto para ganar en solidez, mientras que en las bóvedas se optó por la piedra pómez por su enorme ligereza.

Este tipo de construcción comportaba además toda una serie de ventajas de tipo logístico, ya que no se requería de una mano de obra demasiado cualificada a la hora de extraer los materiales o ejecutar la misma construcción.

Por otro lado, todos los materiales, a excepción de la mezcla del mortero, se podían preparar con antelación y sin necesidad de estar a pie de obra.

Asimismo, el hecho de que los motivos decorativos fueran de pequeñas dimensiones facilitaba sobremanera su colocación, que podía llevar a cabo perfectamente un solo hombre.

Labores de acondicionamiento



Por mucho que este tipo de construcción resultara ideal para proyectos de gran envergadura, no deja de ser sorprendente que todos los cimientos así como el edificio central de las termas se completaran durante los seis años de reinado de Caracalla.

Es evidente que un proceso de construcción tan rápido como éste sólo pudo darse como consecuencia de una eficiente gestión de las enormes cantidades de material y mano de obra que se implicaron, así como de los innumerables problemas asociados a la logística de un proyecto de tal envergadura.

A la hora de acondicionar el terreno, el primer paso consistió en disponer este último en las diversas terrazas que habían de albergar los cimientos, que en el caso del edificio central alcanzaron los 6,5 m de profundidad.

Para ello, fue preciso remover 500.000 m3 de arcilla con la simple ayuda de picos, palas y cestos (no se tiene evidencia alguna de que los romanos utilizaran por entonces la carretilla).

elogios importantes para la mujer

Encima de los cimientos se levantaron unos sólidos muros de 8 m de alto sobre los que debía descansar la superestructura.

Estaban conectados entre sí por multitud de pasillos de mantenimiento y canales de desagüe, y en la zona del recinto que quedaba al aire libre se excavaron unas galerías de servicio lo bastante anchas como para que pudieran pasar por ella dos carros uno al lado del otro, lo que en total sumaba más de 6 Km. de pasillos y túneles.

Obviamente, todos éstos se tuvieron que excavar a mano y rellenar con materiales inertes, de modo que tan sólo tres años después de iniciarse las obras, con cerca de tres millones de días de trabajo empleados, pudo pasarse a la construcción de las termas propiamente dichas.

Éstas tenían una altura mínima de 22 m, cifra que en el caso del frígidaríum y el caldaríum aumentó hasta los 44 m.

El mediodía era la hora del almuerzo, especialmente frugal en tiempos de canícula. Cuando el calor apretaba, se imponía la siesta, en horas en que, como cuenta Cicerón, el «venturoso silencio» reinaba en la bulliciosa ciudad. 

Recuperadas las fuerzas, cuando el sol comenzaba a bajar llegaba la hora de ir a los baños, para los cuales los arquitectos trazaban cómodas instalaciones, siempre bien abastecidas por los excelentes acueductos que se levantaban en extramuros.

Las piscinas para disfrutar del baño también eran un escenario apropiado para el encuentro con los amigos y el abordaje de nuevos negocios, tanto económicos como políticos.

Si las horas destinadas al baño no eran suficientes, las negociaciones y las transacciones continuaban alrededor de la mesa, ya que invitarse a cenar era un hábito propio de patricios. Los romanos no tenían fines de semana inactivos.

El problema de las dimensiones: Para que las obras del recinto entero se completaran en seis años, fue preciso construir el edificio central de un tirón, lo que obligó a trabajar codo con codo a miles de hombres a los que, durante los periodos más intensos de trabajo, se debieron de sumar otros 4.500 más.

Ciertamente, no debió de resultar nada fácil coordinar una cantidad tan ingente de mano de obra, si bien las propias ruinas aportan valiosa información al respecto.

Aunque el conjunto de las obras presenta una homogeneidad asombrosa y resulta muy difícil identificar las aportaciones individuales de cada grupo de trabajo, se aprecian sin embargo ciertas diferencias en detalles tales como la colocación de los desagües, la construcción de las escaleras o la misma distribución de los materiales; todo ello permite deducir que la obra se dividió en dos mitades, cada una de las cuales estaba a cargo de un «jefe de obras» con sus respectivas maneras de proceder.

Dado que las hiladas horizontales de bipedales, ladrillos planos de grandes dimensiones (2 pies romanos cuadrados), se colocaban con una separación constante entre sí de 4,5 pies romanos, no hacía falta tomar medidas desde el suelo a la hora de dejar los huecos para los alféizares de las ventanas, los dinteles de las puertas, las ménsulas o el nacimiento de las bóvedas.

Por otro lado, esas mismas hiladas permitían proseguir la construcción en vertical en aquellos casos en que, por ejemplo, había que realizar una regata a modo de comprobación en un nivel inferior del muro.

El ritmo de construcción dependía en gran medida de la puesta en práctica de recursos tan eficientes como éste.

Un proyecto de gran envergadura como las termas planteaba también no pocos problemas de acceso a la superestructura.

Dada la considerable altura de la obra, se tuvo que instalar un complejo sistema de andamiaje que se sujetaba a los muros mediante una serie de pequeños soportes horizontales, de los que se han conservado los agujeros en los que iban clavados.

Se calcula que fueron precisos cerca de cien mil postes, los cuales constituyeron uno más de los innumerables complementos que se necesitaron para la construcción de las termas de Caracalla.

Por otro lado, se requirieron enormes grúas que se accionaban mediante ingeniosos mecanismos para elevar la madera necesaria para construir el armazón sobre el que descansaban las imponentes bóvedas de hormigón del frígidaríum y el caldaríum, así como para colocar las columnas de granito que decoraban el frígidarium, de 12 m de alto y casi cien toneladas de peso cada una.

En ese sentido, otro problema logístico no menos importante que hubo que resolver fue encontrar un espacio lo suficientemente amplio como para dar cabida a las enormes columnas y los distintos armazones de madera.

Las junturas de la obra indican que el edificio central se construyó por partes y que los materiales se guardaban en los amplios espacios interiores que se iban formando, como el frígidarium, la piscina o las dos pistas de deporte, al tiempo que se dejaban aberturas provisionales en los muros.

Las terrazas con columnas de los patios interiores se colocaron en el último momento y se garantizó la estabilidad de las bóvedas mediante unos tirantes de hierro afianzados a unos bloques de piedra que se insertaban a su vez en los mismos muros a la altura de la tenaza durante la primera fase de construcción, en lo que bien podría considerarse como el primer antecedente del moderno hormigón armado.

Se sabe que las termas contaban con una gran abundancia de trabajos en metal, tal como nos recuerda la descripción de la misteriosa celia solearís (probablemente se trate del caldaríum) mencionada al inicio del capítulo, en la que se alude a lo que tal vez fuera una especie de celosía ornamental en bronce dorado que el anónimo autor del siglo  IV no acertó a comprender del todo.

En cualquier caso, no cabe duda de que, fuera lo que fuese, continuaba causando admiración un siglo después de su construcción.

En definitiva, las termas de Caracalla ilustran, con sus enormes dimensiones y todo lo que éstas conllevaron, hasta qué punto los arquitectos romanos fueron capaces de llevar a su máxima expresión los conocimientos arquitectónicos de la época, al tiempo que plasmaban en piedra un inequívoco mensaje del poder imperial de Roma.

UN DÍA EN LOS BAÑOS: Los baños romanos, con sus gimnasios, tiendas, bibliotecas y jardines, eran populares lugares de reunión.

Los ciudadanos pudientes pasaban el día ahí, intercambiando noticias, divirtiéndose con juegos de mesa, luchando y ejercitándose con pesas y pelotas medicinales.

Incluso los pobres asistían, pues la admisión era barata, y para los niños, gratuita. Los bañistas pasaban por tres o cuatro clases de baños: tibio, caliente y seco, y de vapor caliente, antes de volver al frígidarium para una reanimante zambullida fría.

No había jabón, y en su lugar los bañistas se untaban aceite en la piel, que luego removían, con el sudor y la tierra, con una raedora (accesorio similar a una navaja) llamada strigílis.

Los ricos eran asistidos por esclavos, o por empleados de los baños. Estos eran ruidosos: la gente cantaba y gritaba, o gruñía y gemía con los golpes de los masajistas. Asistían hombres y mujeres, y durante mucho tiempo así fueron los baños, mixtos.

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1 Primero, pase por nuestros modernos vestuarios, donde nuestros esclavos le ayudarán a desnudarse y le ungirán la piel con aceite.
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3 Luego deshágase de todo el aceite, el sudor y la suciedad y prepárese para pasar al tepidarium, nuestra relajante sala templada.
4 Después entre en nuestro caldaríum, una sala cálida con una piscina con agua aún más caliente y lo más moderno en calefacción subterránea.
5 La mayoría de las termas terminan aquí sus servicios, pero con nosotros puede probar el calor seco del laconicum, donde podrá sudar hasta que desaparezca toda la tensión acumulada.
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En las Termas de Caracalla, usted es lo más importante.

Es cierto que hay baños en todas las ciudades del imperio, pero cuando haya pasado un día
en las termas de Caracalla, no querrá visitar otra.

Dimensiones

Recinto 412 x 383 m
Interior 323 x 323 m
Edificio central 218 x 1 i 2 m
Piscina 54 x 23 m
Frigidarium 59 x 24 m; 41 m de altura aproximadamente
Caldarium 35 m de diámetro; 44 m de altura aproximadamente
Patios interiores 67 x 29 m
Material empleado
Pozzolana 341.000 m3
Cal viva 35.000 m3
Toba 341.000 m3
Basalto para los cimientos 150.000 m3
Ladrillos para recubrimientos 17,5 millones
Ladrillos grandes 520,000
Columnas de mármol en el edificio central 252
Mármol para columnas y elementos decorativos 6.300 m3
Número de trabajadores medio (estimación)
Excavación 5.200 hombres Cimientos 9.500 hombres
Edificio central 4.500 hombres
Decoración 1.800 hombres

Fuente Consultada:
Atlas de los Extraordinario Lugares Misteriosos del Mundo
Las Setentas Maravillas del Mundo Antiguo Chris Scarre
Trabajo Enviado por Andrés J. Morello – Escuela N°16 Monserrat

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