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Desde los primeros tiempos del descubrimiento se conocen algunos relatos más o menos documentados unos, y fantásticos otros, sobre dramáticas caminatas realizadas por la entonces misteriosa Patagonia.

El vasco de la carretilla
La última gran caminata patagónica o raid cuya calificación oscila entre lo anecdótico y lo deportivo, fue protagonizada en el año 1937 por un pintoresco individuo llamado Guillermo Isidoro Larregui, quien unió, caminando y empujando una carretilla, la localidad de Comandante Luis Piedra Buena —entonces Paso Ibañez— situada a orillas del río Santa Cruz, con la Capital Federal.

Relieve de la Patagonia

Relieve de la Patagonia

Esta hazaña, considerada por algunos como netamente deportiva, ya que su protagonista no aspiraba a conquistar premio o recompensa alguna, alcanzó en aquellos tiempos extraordinaria resonancia en todo el país, pues sobre la marcha de Larregui, que de inmediato fue rebautizado con el apodo de el vasco de la carretilla informaban constantemente los medios de difusión de la época.

Este raid patagónico, a diferencia de lo ocurrido en siglos anteriores, nada tuvo de dramático o histórico, pues el mismo se inició a raíz de una apuesta. El vasco, tras beber unas copas, comenzó a jactarse en rueda de amigos reunidos en un boliche de Laguna Grande, que era capaz de unir caminando ese paraje, situado a unos 120 kilómetros al noroeste de Comandante Luis Piedra Buena con la localidad de Puerto Deseado.

Un poblador que asistía a la reunión puso en chula que Larregui fuera capaz de realizar semejante  hazaña diciéndole, además, que no tenía ida de lo que era caminar mas de 400 Km. por aquellos secos y ventosos eriales. Esta observación , como es de imaginar dado el lugar donde estaban reunidos, provocó  acaloradas discusiones. Las mismas finalizaron al formalizarse la apuesta que, tal como se acostumbraba por allí, fue sellada con un apretón de manos ante más de una docena de parroquianos que oficiaron de testigos. Pocos días después, el vasco se puso en marcha y, empujando una carretilla en la cual llevaba agua, ropa, comida y una lona, se dirigió hacia Paso Ibañez. Como era época de trabajo, de inmediato se difundió la novedad de esta singular apuesta; y era mucha la gente que se acercaba a la huella para ofrecerle ayuda, comida, cigarrillos o simplemente para estimularlo o acompañarlo un trecho conversando con él.

Pero poco antes de llegar a Paso Ibañez, el estanciero con el cual había formalizado la apuesta comenzó a preocuparse por la aventura que había emprendido su paisano y de la cual todo el mundo allí se hacía eco. Tomando conciencia de que por su culpa algo grave pudiera sucederle andando solo por aquellos desiertos, tortuosos y polvorientos caminos, salió en su coche a fin de alcanzarlo, pagarle la apuesta, reintegrarlo a su trabajo junto con la carretilla y dar por terminada la caminata. Pero el vasco, al oír esa propuesta, se sintió herido en su amor propio y rechazó indignado la sugerencia de dar por finalizada su aventura. Tras sostener una agria discusión, se negó a cobrar el importe de la apuesta —quinientos pesos de aquellos tiempos— y agregó que, a partir de ese momento, su meta ya no sería Puerto Deseado sino la Capital Federal.

En Paso Ibañez fue ayudado por sus amigos que, según dijeron, no tomaban muy en serio sus proyectos, más como vieron que sería inútil disuadirlo, le ayudaron para acondicionar debidamente su carretilla, y tras proveerse de lo más indispensable, se despidió agradecido de sus colaboradores y se puso en marcha hacia su meta.
Tan solitaria y extraordinaria caminata, si bien finalizó exitosamente, estuvo matizada por algunos inconvenientes, entre ellos la salud que lo demoró en ciertos tramos, pero logró reponerse y proseguir viaje.

Finalmente, el 25 de Mayo de 1937, luego de recorrer paso a paso más de 2000 kilómetros, se le brindó en Buenos Aires, en la Avenida de Mayo, frente al local de un importante diario vespertino de entonces, un extraordinario recibimiento popular.

Acallados los ecos de su hazaña, se dirigió a Lujan siempre empujando su ya por entonces famosa carretilla, y la depositó en el museo donde se halla actualmente.

Ya familiarizado con la fama y el éxito, este vasco tan simple y sencillo como fuerte, porfiado y aventurero, inició otro raid hasta Santiago de Chile empujando siempre un artefacto similar. Luego de dar por finalizada su travesía trasandina, se dirigió con otra carretilla hasta Misiones, pues tenía proyectado radicarse definitivamente cerca de las cataratas del Iguazú, donde, cautivado por el sortilegio de aquellas tierras tan ricas en flores y pájaros, según declaró al periodismo, quería dar por satisfecha su sed de aventuras como empedernido trotacaminos.

Larregui, a quien se considera como el más extraordinario y famoso de los raidistas patagónicos, había nacido en Pamplona, España, y vino muy joven al país. Comenzó a trabajar como peón en los establecimientos rurales de sus paisanos en la Patagonia, aunque también realizó otras tareas. Falleció en Misiones en el mes de junio del año 1964, días antes de cumplir los ochenta años de edad.

Parte I




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