Origen del Caballo en la Patagonia



Origen del Caballo en la Patagonia

PRIMEROS CABALLOS EN EL SUR ARGENTINO

¿Caballos de Buenos Aires, en el estrecho de Magallanes, en 1580?
Carlos R. Darwin, en el tomo I de su famosa obra –Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo-, citando estudios de su compatriota, el naturalista Rennger, dice, refiriéndose a los indios patagones que en la época de su viaje merodeaban por la costa norte del estrecho de Magallanes: “En tiempos de Sarmiento (1580) estos indios tenían arcos y flechas, que ya no usan desde hace tiempo: poseían también algunos caballos.

Es un hecho curioso, la multiplicación extraordinariamente rápida del caballo en Sudamérica. Estos animales fueron desembarcados por primera vez en Buenos Aires en 1537, y habiendo quedado abandonada la colonia por algún tiempo, el caballo se hizo cimarrón. En 1580, sólo cuarenta y tres años después, ya se los ve en el estrecho de Magallanes.”

A su vez, en 1869 el explorador George Ch. Musters , refiriéndose al paso del corsario Francis Drake por el estrecho dice: “Al año siguiente, en 1579, Pedro Sarmiento de Gamboa fue enviado del Callao para que explorara el estrecho en busca del intrépido inglés. Vio naturales que hacían sus correrías a caballo y volteaban la caza con las bolas. Habían transcurrido ya cincuenta años desde que los españoles habían importado caballos, y los indios del extremo sur se habían hecho entonces jinetes y parecían haber cambiado sus arcos y flechas por las boleadoras”.

Tal como puede apreciarse, estos dos autores no dudan de que los caballos que vio Sarmiento de Gamboa en 1580 en poder de los indios del estrecho, descendían de los que quedaron abandonados en el Río de la Plata, cuando los españoles despoblaron Buenos Aires y se retiraron a Asunción del Paraguay.

Ulrico Schmidel, integrante y posterior cronista de la malaventurada empresa de don Pedro de Mendoza, dice: “allí levantamos una ciudad que se llamó Buenos Aires. También traíamos de España 72 caballos”. Posteriormente, estas noticias han dado lugar a infinidad de notas y comentarios de la más variada naturaleza.

Muchos historiadores e investigadores sostienen que esos caballos, desembarcados por Mendoza, fueron los que dieron origen a las inmensas manadas de cimarrones que luego poblaron nuestras pampas y que tanto asombro y admiración causaron a los viajeros.

El interrogante subsiste
Sin embargo, es de señalar que no todos los autores están de acuerdo, pues algunos dicen que de esos caballos traídos de España, no sobrevivió ninguno. El mismo Schmidel explica que algunos murieron, otros fueron sacrificados por los hambrientos españoles, y otros fueron muertos por las hordas de salvajes que acosaban la colonia y finalmente provocaron su despoblación.

Sobre este particular, Federico Oberti, por ejemplo, es categórico al afirmar en un bien documentado trabajo, que Mendoza tan sólo desembarcó a lo sumo cincuenta animales, y termina diciendo: “Damos por cierto que los venidos en la fracasada expedición del primer Adelantado —se refiere a los caballos— fueron muertos por los naturales al defender lo suyo o perecieron sacrificados por el hambre de aquellos, que tampoco supieron cabalgarlos”.

Un caballo en el mapa de Gaboto de 1530
Posteriormente, los investigadores descubrieron un mapa atribuido a Sebastián Gaboto, que lleva fecha del año 1530 -es decir, seis años antes de que arribara el primer Adelantado del Río de la Plata— en donde aparece, nítidamente dibujada, la figura de un caballo junto a otras varias ilustraciones de aves, animales e indígenas de la región explorada por la gente de Gaboto.

Esta extraña y curiosa pieza cartográfica, cuya autenticidad los expertos no han cuestionado, planteó nuevas incógnitas y complicó todos los estudios e investigaciones realizados hasta ese momento.



Como no existen constancias de que quienes precedieron a Mendoza embarcaran caballos con destino al Río de La Plata, este documento sirvió para que algunos autores echaran a rodar la novedosa hipótesis de que el caballo autóctono no estuviera totalmente extinguido en la época que se inició la conquista de esta parte del continente.

Caballos autóctonos: hipótesis descartada
En consecuencia, nada se sabe de las razones que pudo tener Gaboto en 1530 para incluir en su mapa la figura de un caballo, ya que los estudiosos en paleontología descartan la hipótesis de que en esa época aún pudieran sobrevivir caballos nativos.

El análisis de los abundantes restos fósiles hallados en los paraderos prehistóricos de la Patagonia no permite sustentar esa creencia, pues demuestra que el primitivo caballo americano pertenecía a una especie totalmente diferente de los que, posteriormente, y en tan fabulosa cantidad, poblaron nuestras pampas a partir de la época de la conquista.

Estanislao S. Zeballos dice por su parte que, al retirarse los españoles de Buenos Aires, sólo quedaron abandonados siete caballos y cinco yeguas y en 1580, casi medio siglo después, cuando Juan de Garay repobló el Río de La Plata, encontró notablemente multiplicado este reducido plantel. Agrega que, si bien los caballos ya se habían transformado en salvajes, todavía no abundaban en nuestras pampas, pues en 1582 no habían pasado más allá del río Salado.

Magallanes, Loaysa y Alcazaba no vieron caballos en la Patagonia
Estas noticias no respaldan las ideas de Darwin y Musters de que los caballos patagónicos, vistos en las costas del estrecho en 1580, descendieran de los que abandonaron los españoles al retirarse del Río de La Plata en 1541. Además, es bien sabido que no vieron caballos en la Patagonia los  los expedicionarios de Magallanes en 1520, ni los de Loaysa en 1526, ni los de Alcazaba en 1536, pese a que estos últimos incursionaron por el interior de la actual provincia del Chubut. Sus cronistas sólo dicen que los indígenas que vieron y con los cuales mantuvieron tratos, andaban y cazaban a pie.

No obstante, es de señalar que tampoco vuelve a mencionar a los caballos el propio Sarmiento de Gamboa cuando, en 1584, intentó fundar dos poblaciones en el estrecho de Magallanes, pues explica que los indios que los seguían andaban a pie y los atacaron a flechazos, lo cual permite suponer que dichos animales eran aún escasos y que solo disponía de ellos alguna parcialidad tehuelche.

Los primeros caballos llegados a nuestras tierras
Quienes han espigado en las capitulaciones que se firmaban en España al financiarse las expediciones que zarpaban con destino a estas latitudes, explican que, en efecto, la que encabezó don Pedro de Mendoza es la primera que registra el embarque de caballos. La segunda fue la que financió don Gutiérrez Vargas de Carvajal, Obispo de Plasencia, en el año 1540, en cuyas capitulaciones se especifica que debía embarcar ochenta caballos, vale decir, unos veinte en cada nave.

La tercera fue la de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien, en 1542, por tierra desde Santa Catalina, costa del Brasil, llevó 48 caballos a Asunción del Paraguay, y por la costa del Pacífico, en 1540, el conquistador don Pedro de Valdivia, fue quien por primera vez introdujo caballos en Chile.

Los vistos en el estrecho, no podían ser de Buenos Aires
Teniendo en cuenta que los equinos son animales de lenta reproducción, es preciso descartar, por razones de tiempo y de distancia, la idea de que los caballos vistos en 1580 en la margen norte del estrecho, pudieran llegar allí por sus propios medios y en forma espontánea, nada menos que desde el Río de La Plata.

Es indudable que Musters y Darwin no tuvieron en cuenta —pues ambos tenían conocimiento de la escasez de agua y alimento que caracteriza a los campos patagónicos- que, previamente a que se produjera un desplazamiento de equinos a través de zonas tan dilatadas como poco atractivas para animales herbívoros, era indispensable que se dieran circunstancias muy especiales y que estos animales se multiplicaran en gran cantidad.



Al obstáculo que plantean los pedregosos y extensos eriales, casi totalmente desprovistos de vegetación en ciertas épocas del año, debe sumarse el cruce de los ríos Negro y Santa Cruz, sumamente caudalosos en cualquier época.

El propio Musters no reparó, aunque cita el hecho, en que en 1586 los indios patagones que atacaron por sorpresa en Puerto Deseado a la gente del pirata Tomás Cavendish, lo hicieron con arco y flechas y andaban a pie. Por lo tanto, no resulta fácil comprender, en este caso, por qué razón estos indios, que deambulaban mucho más al norte, carecieran de caballos, en tanto que los que efectuaban sus correrías por la margen norte del estrecho, disponían de ellos desde hacia varios años, y hasta habían aprendido a utilizarlos para cazar con las boleadoras.

Tampoco es posible creer que los tehuelches, que entonces andaban a pie, se adueñaran de animales salvajes en los campos aledaños al Río de la Plata y, tras cazarlos, lograran domesticarlos, y aunque jamás los habían visto ni tenían idea del servicio que podían prestarles, se hicieran ecuestres, y se las ingeniaran para utilizarlos tan rápidamente en sus cacerías.

Una explicación aceptable
La única explicación aceptable vendría a ser la que aportó Gonzalo de Alvarado, capitán de la única nave de la armada del Obispo de Plasencia que, tras muchas vicisitudes logró regresar a España. Por su intermedio pudo saberse que la nave capitana al mando de Francisco de la Ribera, a la cual seguían, fue arrojada por el mal tiempo sobre la costa del estrecho a poco de pasar la Segunda Angostura, y que se desfondó al encallar. Trataron inútilmente de acercarse para prestarle auxilio, mas el furioso vendaval que los venía castigando terminó por arrojarlos fuera del estrecho. No sembarcar el armamento, las provisiones y las bestias de carga, es decir, los caballos que tenían a bordo.

Como nunca pudo saberse a ciencia cierta qué fue lo que ocurrió con la gente que tripulaba esta nave accidentada, posteriomente la imaginación de no pocos autores, los vinculó con la fundación de la legendaria y fabulosa Ciudad de Los Césares, leyenda que quitó el sueño a tantos religiosos y exploradores a partir del siglo XVII y hasta bien entrado el siglo XIX.

En uno de los tantos trabajos que tratan sobre tan famosa leyenda, y que firma Marcelo Montes Pacheco, se lee, refiriéndose a los posibles fundadores de esa misteriosa ciudad: “Llevaban espadas negras —herrumbradas— sin vainas; arcabuces ya inútiles, y sus bestias de orejas largas, probablemente los restos de las ochenta cabalgaduras que debía traer Camargo -el hermano del Obispo de Plasencia- a la Patagonia, según su capitulación con Carlos V”.

Dado que las escasas noticias que se conocen sobre esta armada son bastante fragmentadas y confusas, tampoco se sabe cuántos caballos lograron poner en tierra de los veinte que se supone llevaban a bordo, pues es muy posible que algunos perecieran durante tan largo viaje.

De todos modos, y transitando siempre por el terreno de las hipótesis, cabe suponer que esta gente logró sobrevivir durante bastante tiempo, y que hasta tuvieron tratos con los indígenas. Varias crónicas antiguas se refieren a dos sobrevivientes que reaparecieron años después en la ciudad de Concepción, en Chile, y contaron relatos fabulosos. Todas estas informaciones relacionadas con la suerte corrida por la gente que quedó abandonada en el estrecho, explicarían la temprana aparición del caballo doméstico entre los tehuelches meridionales, y el porqué habían aprendido a utilizarlo tan rápidamente en sus correrías cinegéticas.

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El padre Guillermo Furlong, que recopiló los diarios de los jesuitas que exploraron la costa patagónica en 1745, dice que el padre José Cardiel penetró unas treinta leguas hacia el interior de puerto San Julián y halló una sepultura indígena sobre la cual se habían sacrificado cinco caballos.

Los esqueletos, embutidos de paja y con sus colas y sus crines al viento, aun se hallaban en pie clavados cada uno sobre tres palos, frente a una rústica choza profusamente adornada con banderas de paño de varios colores. Posteriormente, en 1753, Hilario Tapary, protagonista de una peligrosa y extraordinaria aventura en ese mismo puerto, también ratificó que los indios que saquearon la factoría en que estaban dedicados al acopio de sal, llegaron montados en muy buenos caballos.

Los tehuelches: primeros jinetes autóctonos
Todos estos antecedentes y testimonios permiten suponer que, al promediar el siglo XVIII, los tehuelches poseían caballos en abundancia, a tal punto que, si bien para ellos ya se había convertido en el elemento básico de su economía y de su diaria subsistencia, no mezquinaban sacrificarlos durante sus ceremonias fúnebres.

Es creencia generalizada que los indios pampeanos, los que efectuaban sus correrías al norte del río Salado, fueron los primeros que aprendieron a utilizar el caballo en América, y se hicieron jinetes a partir de las primeras décadas del siglo XVII. Mas si nos atenemos a lo informado por Sarmiento de Gamboa, el honor y el mérito de haber sido los primeros jinetes autóctonos de nuestro continente, correspondería a los tehuelches meridionales.

Fuente Consultada: Revista Patagónica Nro. 19 Año IV – 1984 – Nota de Manuel Llarás Samitier

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