El Perdon Perdonar a mis semejantes Aprender a Perdonar





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EL PERDÓN  COMO VALOR HUMANO

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Cuando alguien nos hace daño, la primera reacción que tenemos es enfadarnos o devolverle el dolor que nos ha provocado. A veces, nuestra propia rabia o tristeza nos ciegan y actuamos así, sin darnos cuenta de que esta actitud no lleva a ningún lado. Si en el mundo cada vez que alguien llevara a cabo una mala acción, por equivocación o por maldad, alguien le pagara con la misma moneda… ¡pronto viviríamos inmersos en un infierno! Esperando una zancadilla o una puñalada de cualquier compañero de trabajo, hermano o vecino.

Ver: Testimonios Reales de Vida Sobre el Perdón

El Perdón: Existen momentos en que la amistad o la convivencia se fracturan por diversas causas, las peleas y las rupturas, originan sentimientos negativos como la envidia, el rencor, el odio y el deseo de venganza. En estas situaciones, las personas pierden la tranquilidad y la paz interior, y al hacerlo, los que están a su alrededor sufren las consecuencias de su mal humor y la falta de comprensión.

De esta manera, debemos saber que los resentimientos nos impiden vivir plenamente, quizás un acto que provenga del corazón puede cambiar nuestras vidas y la de aquellos que nos rodean. Así, es necesario pasar por alto los detalles pequeños que nos incomodan, para alcanzar la alegría en el trato cotidiano en la familia, la escuela o la oficina. Es más, debemos evitar que estos sentimientos de rencor nos invadan, por el contrario, es necesario perdonar a quienes nos han ofendido, como un acto voluntario de grandeza, disculpando interiormente las faltas que han cometido otros.

En ciertos momentos, podemos sentirnos heridos por acciones o actitudes de los demás, pero también existen ocasiones en que nos sentimos lastimados sin una razón concreta, por nimiedades que lastiman nuestro amor propio.

Debemos tener cuidado porque la imaginación o el egoísmo pueden convertirse en causa de nuestros resentimientos:

♥ Cuando interpretamos de manera negativa la mirada o la sonrisa de los demás.

Cuando nos molestamos por el tono de voz de una respuesta que recibimos, que resulta a nuestro juicio, indiferente o molesta.

Cuando el favor que otros nos hacen no se condice con nuestras expectativas.

Cuando se le otorga una encomienda a una persona que consideramos de una “categoría menor”, para la cual nos considerábamos más aptos, entonces consideramos esta designación injusta.

Queda claro que al ser susceptibles, creamos un problema en nuestro interior, y tal vez juzgamos a quienes no tenían la intención de lastimarnos. Debemos tener en cuenta, que hay conductas y pautas de acción, que al ponerlas en práctica, construimos herramientas para saber perdonar:



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♥ Evitar “interpretar” las actitudes.

No debemos realizar juicios sin antes preguntarnos el “por qué” nos sentimos agredidos o lastimados (de esta forma encontraremos la causa: imaginación, susceptibilidad, egoísmo).

Si ese malentendido se originó en nuestro interior solamente, no hay que seguir lastimándonos con pensamientos negativos como “no hay que perdonar”. Porque nos lamentamos cuando descubrimos que no había motivo de disgusto… entonces, nosotros debemos pedir perdón.

Ahora bien, si efectivamente hubo una causa real o no tenemos claro qué ocurrió, debemos considerar lo siguiente:

Estar dispuestos para aclarar o arreglar la situación.

♥ Buscar la manera de llegar a un acuerdo.

♥ Buscar el momento adecuado para plantear la situación, hacerlo con calma y tranquilidad, sobre todo de nuestra parte.

Al escuchar hacerlo con paciencia, buscando entender los motivos que hubo. Dar a conocer nuestras razones y llegar a un acuerdo.

♥ Olvidar el incidente, como si nada hubiera pasado. El perdón fortalece al corazón, porque le otorga mayor capacidad de amar, si perdonamos con prontitud y sinceramente, podemos comprender faltas de los demás, ayudando para que las corrijan. Puede llegar a ocurrir, que los sentimientos negativos (resentimiento, rencor, odio o venganza) pueden ser mutuos debido a un malentendido. En este sentido, encontramos a familias que están sumergidas en un torbellino de odios injustificados: “Nosotros no perdonamos porque los otros no perdonan”. En este caso, es necesario romper ese círculo vicioso comprendiendo que “Amor saca amor”. Debemos entender que una actitud valiente de perdón y humildad, obtiene lo que la venganza y el odio nunca pueden: lograr reestablecer la armonía.

También debemos tener en claro que una sociedad, una familia o un individuo lleno de resentimientos impiden el desarrollo hacia una esfera más alta. Perdonar resulta mucho más sencillo de lo que parece, todo está en buscar la manera de lograr y mantener una convivencia sana, de la importancia que le damos a los demás como personas y de no dejarnos llevar por aquellos sentimientos negativos.

Quizá la más difícil, consiste en perdonar a otro que te ha hecho mucho daño. Yo sé que, moralmente, casi todo el mundo ha sido tratado alguna vez de forma injusta o que ha sido cruelmente herido por otra persona en algún momento de su vida, hasta tal punto que el perdón parece algo imposible de conceder. Sin embargo, albergar resentimientos y fantasías de venganza lo único que hace es atraparte en el victimismo. Sólo a través del perdón puedes borrar la injusticia y comenzar de nuevo.

A sus cuarenta y cinco años de edad, una mujer llamada Margo fue abandonada por su marido. Después de doce años de matrimonio, él vació la cuenta bancaria común, la caja de seguridad y se fue con otra mujer. Además de estar emocionalmente destrozada, Margo estaba aterrorizada, ya que no tenía ninguna profesión ni medios para subsistir. Sentía hacia su marido un odio terrible, un sentimiento que jamás hubiera sospechado que podría albergar.

A Margo le costó tres años organizar de nuevo su vida. Le pidió dinero prestado a su hermana para retomar sus estudios y sacar el título de corredora de bolsa, después de lo cual abrió su propio negocio. Aunque todavía se siente triste por la pérdida de su marido, ha dejado de cargar con el intenso odio que había alimentado durante tanto tiempo.

Al final, Margo fue capaz de perdonar a su marido cuando cambió su papel de víctima y vio los hechos desde una perspectiva más amplia. Supo desviar el foco de su ira y centrarse en su desarrollo personal aprovechando la situación que le ofrecía el destino. Con la perspectiva que da el tiempo, ha podido, finalmente, ver su abandono como una valiosa experiencia. Después de todo, sin esa aparente tragedia tal vez nunca hubiera llegado a descubrir su propio poder y por lo tanto no hubiese logrado aprender a perdonar a alguien que la había hecho sufrir tanto.

Así pues, aquí están otra vez las cuatro clases de perdón y el modo de ponerlo en práctica:

1. Perdónate a ti mismo por tus faltas leves: compadécete de ti mismo por hacer todo lo que está a tu alcance con los recursos de que dispones en ese momento, haz lo que puedas y libérate de la situación.

2. Perdona los pequeños errores del otro: identifícate con esa persona para que puedas comprender su comportamiento; muestra y libera tu compasión.

3. Perdona tus faltas graves: acepta tus errores, enmiéndate lo mejor que puedas y después busca en tu corazón tu propia absolución.

4. Perdona las faltas graves del otro: da rienda suelta a tu dolor y tu ira para que puedas liberarte de ellos. Después considera la situación como una parte necesaria del camino hacia tu madurez espiritual.

“No existe familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de unos a otros. Nos decepcionamos los unos a los otros. Por lo tanto, no existe un matrimonio saludable ni familia saludable sin el ejercicio del perdón.

El perdón es vital para nuestra salud emocional y sobrevivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en un escenario de conflictos y un bastión de agravios. Sin el perdón la familia se enferma.

El perdón es la esterilización del alma, la limpieza de la mente y la liberación del corazón. Quien no perdona no tiene paz del alma ni comunión con Dios.
El dolor es un veneno que intoxica y mata. Guardar una herida del corazón es un gesto autodestructivo. Es autoflagia. Quien no perdona enferma físicamente, emocionalmente y espiritualmente.

Es por eso que la familia tiene que ser un lugar de vida y no de muerte; territorio de curación y no de enfermedad; etapa de perdón y no de culpa. El perdón trae alegría donde un dolor produjo tristeza; y curación, donde el dolor ha causado enfermedad”.

PARA SABER MAS…

Fred Luskin es consejero, psicólogo de la salud y director del Proyecto del Perdón de la Universidad de Stanford, en los Estados Unidos, En su guía Perdona es sanar, que recoge casos y estudios de ese programa, Luskin explica que las aflicciones sin solucionar son como aviones que vuelan días y semanas sin parar ni aterrizar, congestionando recursos que se pueden necesitar en caso de emergencia. “Los aviones del rencor se convierten en fuente de estrés, y frecuentemente el resultado es un choque”, afirma Luskin.

“Perdonar es la tranquilidad que se siente cuando aterrizan los aviones”. El especialista aclara que el perdón no es aceptar la crueldad, olvidar que algo doloroso ha sucedido ni excusar el mal comportamiento. Tampoco implica la reconciliación con el ofensor. “El perdón es para usted y no para quien lo ofendió”, dice Luskin. “Se aprende a perdonar como se aprende a patear una pelota.

Mi investigación sobre el perdón demuestra que las personas reservan su capacidad para molestarse pero la usan sabiamente. No desperdician su valiosa energía atrapados en furia y dolor por cosas sobre las que nada pueden hacer. Al perdonar, reconocemos que nada se puede hacer por el pasado, pero permite liberarnos de él. Perdonar ayuda a bajar los aviones para hacerles los ajustes necesarios”.

Según Luskin, el perdón sirve para descansar y no implica que el ofensor “se saldrá con la suya” ni aceptar algo injusto. Significa, en cambio, no sufrir eternamente por esa ofensa o agresión.
Sin embargo, ¿que pasa si esta última fue demasiado grave?

La lección de Kim
Foto Nena Quemada Kim Phuc Guerra de Vietnam Gas Napalm Simbolo HorrorEra la guerra de Vietnam, exactamente el 8 de noviembre de 1972. La familia de Kim Phuc intentó guarecerse en una pagoda cercana al escuchar el ruido de los aviones estadounidenses. Pero el refugio no fue suficiente contra las bombas de napalm que caían del cielo, y el lugar comenzó a incendiarse.

Un corresponsal de la agencia de noticias Associated Press, Nick Ut, sacó en ese momento la foto famosa y triste que recorrió el mundo. Allí estaba Kim, de nueve años, desnuda y llorando en un grito, con gran parte de su cuerpo cubierto de quemaduras de tercer grado. A pesar de eso, Kim sobrevivió. Tuvo que someterse a 17 cirugías y luego de años de ser utilizada como símbolo de la resistencia por su país, pidió asilo en Canadá. Pero lo destacable en su historia es que Kim perdonó al capitán John Plummer, el oficial que ordenó tirar las bombas sobre su pueblo.

En El don de arder, Kim cuenta a la periodista Ima Sanchís que al encontrarse con el militar en un evento no lo insultó, sino que lo abrazó: “La guerra hace que todos seamos víctimas. Yo, como niña, fui una víctima, pero él, que hacía su trabajo como soldado, también lo fue. Yo tengo dolores físicos, pero él tiene dolores emocionales, que son peores que los míos”.

Kim ha capitalizado sus viejas heridas en una forma positiva. En la actualidad, viaja por el mundo pidiendo por la paz, y es presidenta de la Fundación Kim Internacional, organización dedicada a dar asistencia a víctimas de conflictos armados.

Pero ¿cuál es el secreto para actuar con esa entereza?

AMPLIACIÓN DEL TEMA: El perdón nos permite romper ese ciclo de negatividad, violencia y agresividad. Perdonar es pasar por alto los errores que los otros cometen: no significa que no te sientas herido o que sus acciones no sean tan malas. Tal vez durante un tiempo seguirás sintiendo dolor cuando te acuerdes de ese momento o incidente. Es normal porque todo aquello que nos afecta tiene un proceso de duelo hasta que es superado. Enfréntate a tus sentimientos para dejarlos fluir.

Si has perdonado, serás capaz de dar una segunda oportunidad y no echar en cara lo que ha sucedido. Borrón y cuenta nueva: no castigas a esa persona, aunque se lo merezca, ni te castigas a ti.

¿Imaginas el poder liberador que tiene el perdón? Incluso para el ofendido. Arrastrar de por vida en nuestro corazón y mente todos los insultos que nos han dicho, las veces que nos han ninguneado, los juguetes que nos han roto o las mentiras que nos han contado… ¡puede ser una carga muy pesada! ¿No es mejor dejar espacio en nuestro espíritu para los buenos recuerdos o los sentimientos positivos? El perdón nos ayuda a hacer limpieza, a quitar esas telarañas del alma.

Esta virtud te permite mantenerte alejado de manchas como las que provocan la venganza, el odio, el rencor… que nunca son buenos acompañantes. Sin embargo, es cierto que a veces nos enfrentamos a personas que, una y otra vez, nos hieren. No es por error: saben perfectamente que nos provocan dolor y no quieren arrepentirse.

Perdonarles es simplemente darles una segunda oportunidad para que te fastidien. ¿Qué puedes hacer entonces? Evitarlos. Procura no darles la ocasión de hacerte daño. Igual de importante que saber perdonar es…  ¡saber pedir perdón!

Algunas veces te equivocas; otras, incumples con tu palabra o hieres a alguien a conciencia. Recapacita sobre tus acciones. Admite el error que has cometido. No seas orgulloso ni testarudo. Da tu brazo a torcer cuando veas que te has equivocado: acércate a quien ofendiste y pídele perdón.

No creas que pedir perdón es de cobardes. ¡Más bien al contrario! A veces, se necesita mucho valor para acercarse hasta el amigo o compañero que está dolido contigo. Sin duda, hacerlo te liberará y eliminará ese sentimiento de opresión que sientes.

Debemos explicar a nuestros hijos que hay muchas maneras de decir lo siento. Además de con palabras, pueden hacerlo con gestos: acercándose hasta el papá y dándole un beso tras romper su cenicero favorito o ayudando a su hermana pequeña a hacer los deberes tras haberle gritado.

También es importante saber perdonarnos a nosotros mismos. Somos imperfectos, cometemos errores. Es importante saberlo y conocer cuáles son nuestros defectos.

Pero no nos castiguemos más de lo necesario. Si no paramos de lamentarnos podríamos ser incapaces de mejorar. Ya hemos dicho que el perdón es conceder una segunda oportunidad: aprovechemos las que nos conceden para intentar mejorar. Lo importante no es no caer, sino saber levantarse. Cada vez que nos disculpan, es una invitación que nos hacen a mejorar, a cambiar, a enmendarnos. Recordemos que Dios siempre perdona y nos da una nueva oportunidad.

EN LA RELIGIÓN:

Arrepentimiento y perdón son virtudes reconocidas por todas las religiones y preceden a la reconciliación. Arrepentirse no borra la culpa aunque permita recomponer la relación que estropeamos con los otros: sólo Dios puede borrar los efectos de nuestras malas acciones de nuestros corazones. En algunas religiones, es necesario pedir perdón cara a cara a quien se ha ofendido. En otras, como en el catolicismo, un sacerdote mediante un sacramento, perdona al pecador sin que sea obligatorio que pida perdón cara a cara.

En el cristianismo, los fieles deben perdonar como consecuencia del perdón de Dios. En la cruz, Jesús dijo: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» al referirse a los que le estaban matando. Jesús dijo a Pedro que debían perdonar 70 veces 7 Es decir, siempre.

En el judaismo, el día del Yom Kippur está dedicado a perdonar y pedir perdón.

Algo parecido para los musulmanes en el Ramadán: los musulmanes deben hacer actos de caridad y perdón. El Corán asegura que «la mejor obra de un hombre es perdonary olvidar».

Ver Todos Los Valores Humanos

Fuente Consultada:
Revista Selecciones Febrero 2009
Dios Explicado a Mi Hijo María Rosa Sastre y Ángeles Doñate




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