Biografía de Manuel Belgrano Cronologia de su Vida y Obra



Biografía de Manuel Belgrano
Cronologia de su Vida y Obra

Si bien los textos escolares lo recuerdan como el Creador de la Bandera Nacional y uno de los más importantes jefes del Ejército revolucionario, a Manuel Belgrano (1770-1820) le cabe también una fundamental tarea en el establecimiento de las primeras instituciones educativas y culturales del país.

NACIMIENTO: El 3 de junio de 1770 nació en Buenos Aires el cuarto hijo del matrimonio formado por Domingo Belgrano y María Josefa González, que sería bautizado como Manuel Joaquín del Corazón de Jesús.

Los numerosos hermanos del futuro prócer ocuparon diversas posiciones dentro de la milicia, el clero o la administración pública, entre ellos Carlos José (n. 1761), José Gregorio (n, 1762), Domingo Estanislao (n. 1768), Francisco (n. 1771) y Joaquín (n. 1773).

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Criado en el seno de una acomodada familia porteña, la del comerciante italiano Domingo Belgrano y Pérez (o Peri) y la criolla María Josefa González Casero, Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano se educó en el Real Colegio de San Carlos con la mejor formación que podía encontrarse en la colonia en el último cuarto del siglo XVIII, aprendiendo junto con las primeras letras «la gramática latina, filosofía y algo de teología».

PRIMEROS ESTUDIOS
Luego de realizar sus inicios en el convento de Santo Domingo, Belgrano ingresa en el Colegio de San Carlos, de su ciudad natal, donde se instruye en lógica, física, filosofía, literatura y latín. Allí obtiene el título de licenciado en filosofía.

En 1786, el joven Manuel, es enviado a España junto a su hermano Francisco, para que, bajo la tutela del esposo de su hermana Josefa, José Calderón de la Barca, reciba instrucción sobre comercio.

En España, estudió leyes en Salamanca, Valladolid y Madrid, para recibirse de abogado, finalmente, en la cancillería de Valladolid.

Por esa época, se perfila ya como un intelectual más preocupado en los asuntos económicos que en el estudio de las leyes.

En su Autobiografía, dirá:



«Confieso que mi aplicación no la contraje tanto a la carrera que había ido a emprender, como en el estudio de los idiomas vivos, de la economía política y al derecho público». Estando él en España, ocurre la Revolución Francesa y el joven argentino se ve envuelto por las ideas iluministas que se desprenden de la gesta francesa: «Se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la naturaleza le había concedido, y aun las mismas sociedades habían acordado en su establecimiento directa o indirectamente.»

En 1793 fue designado Secretario perpetuo del Consulado de Buenos Aires, un organismo con funciones económicas y técnicas, relativas al comercio y la producción.

En este rol, Belgrano desarrollará una ardua actividad en la promoción de la industria colonial, de la mejora de la producción agrícola y ganadera, y de las formas de comercio.

Pero también se encuentra Belgrano en Buenos Aires con la más profunda desorganización en todas las materias que interesaban a su función, algo que lo perturbará seriamente: «Mi ánimo se abatió –dirá- y conocí que nada se haría a favor de las provincias por unos hombres que por sus intereses particulares posponían el del común.»

Manuel BelgranoOrienta entonces su prédica a dotar al Virreinato de instituciones educativas (propone la creación de una escuela de matemáticas, y otras de diseño y de comercio), pero chocará con la desidia de las autoridades virreinales.

No obstante, por su iniciativa nace en 1799 la Escuela de Geometría, Arquitectura, Perspectiva y Dibujo, que se fusionará poco después con la recién creada Escuela de Náutica.

En el Reglamento, que redacta, Belgrano le da derechos igualitarios de educación a los indios (tanto como a criollos y españoles) y ordena cuatro vacantes para huérfanos, mostrando así las altas consideraciones sociales que se gestaron en Europa.

En un discurso de 1802, Belgrano presentará sus ideas acerca de lo que esperaba de la Escuela: «…sabéis que de aquí van a salir individuos útiles a todo el Estado y en particular a estas provincias; sabéis que ya tenéis de quién echar mano para que conduzcan vuestros buques; sabéis que con los principios que en ella se enseña tendréis militares excelentes; y sabéis también que hallaréis jóvenes que con los principios que en ella adquieren, como acostumbrados al cálculo y a la meditación, serán excelentes profesores en todas las ciencias y artes a que se apliquen, porque llevando en su mano la llave maestra de todas las ciencias y artes, las matemática, presentarán al universo, desde el uno hasta el otro polo, el cuño inmortal de vuestro celo patrio.»

Publica también la obra Principios de la ciencia económica-política, y se encarga de difundir en Buenos Aires los trabajos acerca del liberalismo económico de Adam Smith. Además se dedica con mucha atención al periodismo colaborando con el Telégrafo Mercantil (entre 1801 y 1802).

En 1806 se producen las primeras invasiones inglesas. El acontecimiento despertó todo el celo patriótico del joven abogado, quién encontró en la tarea de promover la independencia su más alto cometido.



Sin haber vestido nunca un uniforme, ni haber recibido instrucción, se hizo militar. Para sus lamentos, porque halló ejércitos acobardados, sin orden ni disciplina, mal armados y peor acostumbrados.

Y entre los intelectuales criollos, encontró malos patriotas, que no sabían si subordinar el país al rey de España (entonces ocupada por Napoleón) o al de Inglaterra.

Sin embargo, los sucesos europeos alentaron la revolución y Belgrano protagonizará el movimiento independentista.

Más tarde, recordará los sucesos de mayo de 1810 con estas palabras: «Se vencieron al fin todas las dificultades, que más presentaban el estado de mis paisanos que otra cosa, y aunque no siguió la cosa por el rumbo que me había propuesto, apareció una junta, de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por dónde, en que no tuve poco sentimiento.»

De inmediato, se lo convoca para dirigir una campaña militar al Paraguay, a fin de propagar la revolución.

Y a pesar de su escasa experiencia militar, se las arregla para instituir la subordinación y el orden en las tropas, haciendo del respeto por la población civil la máxima premisa de la expedición.

Ya todos reconocen en él las virtudes comunes a muchos patriotas, como la honestidad, la probidad y la austeridad, combinadas con una particular moderación, que para muchos era signo de debilidad de carácter.

Por más, su voz, marcadamente aflautada, y su poca firmeza en los ademanes y gestos, lo hicieron aparecer como impropio de la milicia.

Estas percepciones ayudaran, por ejemplo, a que sea reemplazado del mando del Ejército del Norte, que debió a entregar a San Martín en 1814, luego de los desastres de Vilcapugio y Ayohuma.

Para entonces, con una suerte desigual, Belgrano había comandado el ejército durante un año, demostrando su vocación patriótica de la manera más cruda, y grandes cualidades como jefe.



Ya había sucedido también el episodio de creación de la Bandera nacional, jurada por primera vez a orillas del río Paraná, en Rosario, en febrero de 1812.

A comienzos de 1815, Belgrano abandona completamente sus funciones militares y es enviado a Europa, junto a Rivadavia y Sarratea, en funciones diplomáticas.

Conoce allí al célebre naturalista Amado Bonpland, y lo convence de venir a América, a estudiar la naturaleza y el paisaje de estas regiones.

También se destacará como diplomático, desarrollando una importante labor propagandística, cuya finalidad es que la revolución sea reconocida en el Viejo Continente. (sigue abajo de la icografia)

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SUS IDEAS: Durante su permanencia en España, Belgrano tomó contacto con los escritos de los filósofos franceses más importantes de la época como Rousseau, Montesquieu y Diderot, que desarrollaron en él las ideas de libertad que lo convertirían en un ferviente defensor de la causa revolucionaria.

Otra influencia, tal vez más importante que la primera, fue la de los economistas liberales, a través de los que asimilaría los conocimientos de la época sobre economía política y social. El mismo nombra a Adam Smith, Quesnay (de quién tradujo una de sus obras) y los italianos Genovesi y Galíani, como inspiradores de su pensamiento.

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Regresa al país en julio de 1816 y viaja a Tucumán para participar de los sucesos independentistas, donde tiene un alto protagonismo. Tres días antes de la declaración de la Independencia (9 de julio de 1816), declama ante los congresistas e insta a declarar cuanto antes la independencia.

Propone una idea que contaba con el apoyo de San Martín: la consagración de una monarquía: «Ya nuestros padres del congreso han resuelto revivir y reivindicar la sangre de nuestros Incas para que nos gobierne. Yo, yo mismo he oído a los padres de nuestra patria reunidos, hablar y resolver rebosando de alegría, que pondrían de nuestro rey a los hijos de nuestros Incas.».

No obstante, la propuesta monárquica de Belgrano no prospera, dado que habían corrido rumores de que incluía la cesión de la corona a la casa de Portugal.

Más tarde, Belgrano seguirá desarrollando una ardua actividad político-diplomática: por ejemplo, será el encargado de firmar el Pacto de San Lorenzo con Estanislao López que, en 1919, pondrá fin a las disputas entre Buenos Aires y el litoral.

Además, volverá a encabezar el Ejército del Norte, en el cual, gracias a la fama que gozaba entonces como jefe y patriota, será vivamente admirado por la tropa.

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Aquejado por una grave enfermedad (hidropesía) que lo minó durante más de cuatro años, y todavía en su plenitud, el prócer murió en Buenos Aires el 20 de junio de 1820, empobrecido y lejos de su familia (si bien no se casó, de sus amores con una joven tucumana nació su única hija, Manuela Mónica, que fuera enviada por su pedido a Buenos Aires, para instruirse y establecerse).

Culminaba así una vida dedicada a la libertad de la Patria y a su crecimiento cultural y económico. En este sentido, se destaca de Belgrano que fue el promotor de la enseñanza obligatoria que el virrey Cisneros decretó en 1810.

Se destaca también su labor como periodista (después de su actuación en el Telégrafo Mercantil, creó el Correo de Comercio, que se publicó entre 1810 y 1811, y en el cual se promovió la mejora de la producción, la industria y el comercio); y como fundador de la Escuela de Matemáticas (en 1810, costeada por el Consulado), y de la Academia de Matemáticas del Tucumán, que en 1812 instauró para la educación de los cadetes del ejército.

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE BELGRANO: Tras haber conducido a sus fuerzas hasta la provincia de Córdoba, Belgrano cae gravemente enfermo.

A pesar de las recomendaciones de sus médicos, decide permanecer junto a sus hombres, hasta que varios meses después, habiendo empeorado su estado, pide ser relevado.

De inmediato viaja a Tucumán, pero a pocos días de su llegada, se produjo la sublevación del 11 de noviembre de 1819, encabezada por Araoz.

La pésima actitud de los sublevados hacia Belgrano, a quien tuvieron bajo arresto, y aún quisieron engrillar, se vio en parte mitigada por la intercesión del Congreso en su favor. No obstante esto, le fue negada toda ayuda para viajar a Buenos Aires, y sólo pudo emprender la marcha gracias a los auxilios de su amigo José Balbín.

En febrero de 1820 Belgrano emprende la marcha hacia Buenos Aires, acompañado por su médico, el Dr. Redhead, su capellán el padre Villegas y sus ayudantas, Gerónimo Helguera y Emilio Salvigni, Tras un largo y penoso viaje, arriba a la capital a fines de marzo, instalándose en un principio en San Isidro, para luego mudarse a la casa donde había nacido. Su situación económica, sumamente precaria lo obliga a solicitar al gobierno un auxilio monetario.El estado del erario público no permitió cubrir la suma solicitada por Belgrano, a quien por otra parte, se le adeudaban sueldos por 17,000 pesos.

Diariamente recibía las visitas de sus amigos, entre ellos el doctor Juan Sullivan, Gregorio de Lamadrid y José Balbín.

Finalmente, el 20 de junio de 1820, a las siete de la mañana, fallece de hidropesía.

Junto a él se encontraba su hermano, Domingo Estanislao, que lo había asistido durante toda su estancia en Buenos Aires.

Sus últimas palabras «¡Ay, patria mía!«, dejan claro cuál fue su mayor interés y preocupación hasta os momentos finales.

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Belgrano en Tucumán en 1818
El coronel Tomás de Iriarte fue hospedado en Tucumán a principios de 1818 por el general Manuel Belgrano.

La casa del benemérito patriota estaba ubicada inmediata a la ciudadela de la ciudad, donde estaba acuartelado el ejército. Iríarte relató en sus famosas Memorias su amistad con el general: «Belgrano en su trato era muy fino. Me trazó el cuadro deplorable de la República y conocí que su alma estaba devorada de dolor al ver que la causa de la Patria no contase con hombres de principios inclinados al orden.

Me confió que su autoridad para con el jefe de vanguardia, Guemes, era puramente nominal, pues este hacía, sin su anuencia, cuando se le antojaba, y él tenía que contemporizar disimulando su disgusto en obsequio de la causa pública.

El capellán del ejército, el padre Villegas, porteño, me informó de la escasez de recursos del general, que solamente contaba con trescientos pesos mensuales para sus gastos y edecanes, los que participaban de una mesa bien frugal.

El ejército contaba con dos mil quinientos hombres de todas las armas que maniobraban regularmente, reinando entre ellos la más severa disciplina. El equipo era pobre, pero bien tenido. Se dejaba ver el aseo y un sistema regular de economía. En la maestranza se construían buenas hojas de espada de excelente temple.

El general me obsequió con una en la que hizo grabar mi nombre. La vida de Belgrano en el campamento era muy activa y vigilante. Una parte del día la destinaba al descanso; la otra, al estudio. Por la noche no dormía.

Montaba a caballo acompañado de un ordenanza, recorría los cuarteles y patrullaba la ciudad para ver si encontraba soldados vagando. Yo lo acompañé algunas veces en estas excursiones nocturnas.

El rigor con los jefes y oficiales era extremo. Se lo observé y me contestó: «Amigo Iriarte, yo conozco bien a nuestros paisanos y sin este rigor, que me repugna, no se podría hacer buenos soldados de ellos. Es preciso que pase mucho tiempo para que el punto de honor será el móvil de sus acciones. Las masas están muy atrasadas en nuestro país, río tenemos costumbres «.

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BELGRANO MILITAR: Jean Adam Graaner, oficial sueco agente de su país en la Argentina, conoció a Manuel Belgrano y en un informe a su gobierno dice: «El general Belgrano, hijo de italiano, doctor en leyes, ex secretario de la Tesorería de Buenos Aires (el Consulado), hombre de talento y energía, muy adicto al nuevo sistema americano, fue designado comandante en jefe del Ejército y se desempeñó bien en esa tarea.

Mantuvo una disciplina hasta entonces desconocida y venció en las batallas de Tucumán y Salta al general español Trístán. Entró nuevamente en el (Alto) Perú y en una falta atribuible a su inexperiencia fue derrotado en Vilcapugio.

Cuando Belgrano reemplazó a Rondeau en el mando de las tropas, se encontró que cada oficial mantenía una o varías mujeres en el campamento y que el equipaje de un oficial subalterno ocupaba a menudo de 30 ó 36 mulas (se refiere a cuando Belgrano volvió a asumir la jefatura del ejército luego del fracaso de la tercera campaña)

Él lo cambió todo: cantidad de oficiales han ido dados de baja, las mujeres y las muías de equipaje han desaparecido de la escena: las comedias, los bailes y los juegos de azar han sido desterrados».

El general José de San Martín, en carta dirigida el 12 de marzo de 1816 al Congreso de Tucumán expresó:

«En el caso de nombrar quien deba reemplazar a Rondeau yo me decido por Belgrano: éste es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o un Bonaparte en punto a milicia, pero créame usted que es lo mejor que tenemos en la América del Sur».

El entonces coronel Tomás de Marte conoció a Belgrano en Tucumán a principios de 1816 y escribió en sus Memorias:

«El general Belgrano era un hombre ilustrado. Sus conocimientos militares no eran extensos, pero estaba adornado de virtudes cívicas en grado eminente. Su desprendimiento era ejemplar: la probidad personificada… abrazó con calor la carrera de las armas. Sus costumbres cambiaron, haciendo una repentina transición de la molida a la austeridad de un soldado».

Audio: Reportaje a La Bandera

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PARA SABER MAS…

IDEOLOGÍA DE MANUEL BELGRANO: Belgrano, como economista, luchó por imponer su idea de que los esfuerzos de la ciencia, el trabajo técnico, la organización y las escuelas, preparan a los ciudadanos para construir un gran país.

Llamó la atención hacia la agricultura como verdadero destino del hombre de esta tierra, dando forma técnica a los métodos de plantación, siembra y cosecha. Clamó por la erradicación de la miseria, el ocio y la desocupación, bregando por la organización de una industria estable y técnicamente eficaz. Como civilista, aconsejó evitar la desunión de los argentinos. Se adelantó al concepto de que las tierras son de quienes las trabajan.

Habló y actuó como un filósofo y como un sociólogo, dando siempre el ejemplo de cuanto aconsejaba, como cuando donó a las arcas exhaustas del Estado su magro sueldo, «lamentando que él fuera tan mezquino». Fomentó la creación de caminos, puentes, viviendas dignas, canales fluviales de navegación y puertos; abogó por el cooperativismo; estimuló la creación de gremios para que los trabajadores y el Estado en forma conjunta evitaran arbitrariedades. Aconsejó la construcción de astilleros para que de ellos salieran las embarcaciones que ampliaran el comercio de la nación; estimuló la creación de bancos; fundó pueblos y planificó otros, como Curuzú Cuatiá y Mandisoví.

Instituyó premios para los estudiantes, como estímulo á sus trabajos, e interesó al gobierno para que creara otros para la producción, las ciencias y las artes. Se preocupó por el afirmado de las calles, la higiene, la salud y la adecuada alimentación de la población. Defendió apasionadamente el derecho de los indios a ser tratados como hermanos, dándoseles educación y protección.

Desde el punto de vista religioso, Belgrano fue un devoto cristiano.

La primera mención de la institución del seguro en nuestro país fue hecha por Belgrano, en una Memoria presentada en 1796 al Real Consulado de Buenos Aires, del que era entonces secretario. El documento dice: «Otro de los medios de proteger al comercio es establecer una compañía de seguros, tanto para el comercio marítimo como para el terrestre; sus utilidades son bien conocidas, tanto a los asegurados, y debería empeñarse en semejante compañía al principio todos aquellos hombres pudientes de esta capital y demás ciudades del Virreinato, a fin de que desde sus principios tuviese grandes fondos, dispensándole a este cuerpo toda su protección posible».

Aunque el Consulado no recogió la iniciativa, a fines de ése año se constituyó la primera compañía de seguros en el territorio nacional, que se llamó La Confianza y operó únicamente durante cinco años.

Las Memorias Póstumas de José M, Paz (1790 – 1854) constituyen uno de los testimonios más notables sobre las primeras décadas de la historia nacional. Abarcan desde el comienzo de las guerras por la Independencia (Paz se sumó muy joven, en 1811, al ejército del Norte), las luchas civiles posteriores y la época de Rosas, cuando el autor se desempeñó como destacado jefe unitario.

De esas páginas se seleccionaron estos breves párrafos: «…El general Belgrano, sin embargo de su mucha aplicación, no tenía, como el mismo lo dice, grandes conocimientos militares, pero poseía un juicio recto, una honradez a toda prueba, un patriotismo el más puro y desinteresado, el más exquisito amor al orden, un entusiasmo decidido por la disciplina y un valor moral que jamás se ha desmentido.

Mas a estas cualidades eminentes, reunía cierta ligereza de carácter para juzgar a los hombres con quienes trataba, que le produjo equivocaciones muy notables […] Las primeras impresiones tenían en él una influencia poderosa

[…] Tenía también más facilidad de la que era conveniente para expresarse con respecto a un oficial en punto a valor y [..,] lo hemos visto muchas veces herir la susceptibilidad de un hombre delicado con poco motivo. Si a esto se agrega la falibilidad de sus juicios […] se verá el peligro que había de cometer una injusticia…»!…].

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