Biografia de Santa Teresa de Jesus Resumen



Biografía de Santa Teresa de Jesus

Teresa Sanchez de Cepeda y Ahumada (Ávila,7​ 28 de marzo de 1515​-Alba de Tormes, 4 de octubre de 1582). Reformadora y mística española. Escritora y poetisa de excepción. Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada nació en Avila de los Caballeros el 28 de marzo de 1515. Era el miércoles de Pasión.

El miércoles santo — día 4 de abril — fue bautizada en la parroquia de San Juan. Toda su vida estaría marcada y atravesada por la lanza que culminó la Pasión de Cristo; una lanza, en todo caso, de amor y de dolor. Su padre don Alonso Sánchez de Cepeda sumará hasta doce hijos, su hija Teresa siente predilección por él, mientras, la esposa, doña Beatriz, recluida en la casa, «más gineceo que castillo», prepara para todos el hogar de recogimiento y de oración. Un hogar austero, pero en modo alguno sombrío ni huraño. Teresa lo alegra, especialmente.

Es dicharachera, vivaz, sensible, apasionada y, sobre todo, decidida. Juega — ella misma nos lo ha dicho — con su hermano Rodrigo a erigir conventos y ermitas en el jardín de su casona. Y un día el juego pretende trocarse en realidad: los dos huyen a tierra de moros, para hacerse decapitar por Cristo… la aventura termina a pocos pasos, pues un pariente los encuentra y los hace regresar.

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A los doce años, pierde Teresa a su madre, queda ahora la casa al cuidado de la hermana mayor, María, que vuelca afecto, vigilancia y ternura hacia Teresa. Anda por entonces la niña embebida en la lectura de libros de caballería, a los que su madre fue muy aficionada. Es presumida, coqueta y gusta de hacer valer entre sus parientes y amistades, sus gracias y donaires.

Pero, apenas cumplidos los dieciséis años, María se casa con don Martín de Guzmán y Barrientos y abandona la mansión paterna. Teresa es confiada al monasterio o convento de Nuestra Señora de Gracia, en la propia ciudad. No llegó a permanecer allí ni dos años. Su salud, precaria, debía ser el asidero de la gracia divina.

En el cuerpo la castigaría con rigor para que desde su postración alzara el vuelo la paloma del alma. Teresa fue a convalecer en casa de su hermana, en Castellanos de la Cañada. Durante su estancia en el convento, había decidido ya ser monja. Y fue precisamente durante esa convalecencia cuando se lo confesó a su padre. Ayudóle mucho en esta decisión el ejemplo de su tío, santo varón que, abandonando el mundo y dando a los pobres cuanto tenía, profesó en religión.

El 2 de noviembre de 1536, tomó el hábito carmelita en el convento de la Encarnación, extramuros de Avila. Un convento humilde, sobre un regatillo claro en el que se mira un trozo de muralla. Un año después profesó allí mismo. Persistía la aridez del alma. Teresa no ceja en la oración ni en las mortificaciones; su corazón anhela algo que tarda en llegar; se diría que exige una Presencia que, por ahora, sólo le depara silencio, áspero y seco silencio. Y nuevas enfermedades.

La que se le declara ahora, la entiende y recibe Teresa — y todos — como mortal. Incluso llega a ser amortajada. Una curandera de Becedas le proporciona unos «remedios» tan espantosos que posiblemente ahuyentan incluso a la muerte. Teresa atribuye su curación a San José.

Es necesario entender el «frío» de Teresa como la conciencia de un vacío que ella sabe que únicamente Dios puede llenar. El hermano Juan de la Cruz averiguará muy pronto lo que es eso: Aridez por ansia de un amor hacia el Amado que nunca traiciona. El frío de Teresa quema ya como el amor que espera…



Y Teresa sigue rezando, mortificándose por Dios. Le ofrece los sufrimientos y el dolor que le ocasiona, en 1542, la muerte de su padre. Aunque prosigue, envolviéndola, el inmenso silencio de Dios. Hasta que se da cuenta de que es ese silencio el que amortigua su aridez y dulcifica la hiél que mana de su oración. Ese silencio es Dios mismo.  A partir de este momento, la vida de Teresa corre sobre la arista inverosímil del puro milagro. Las dos vertientes son: la acción reformadora y la contemplación extática. Ni una ni otra son comprensibles vistas en sí mismas.

Resulta casi imposible que una monja de salud quebrantada recorra leguas y leguas fundando conventos, corrigiendo costumbres, aconsejando almas, pidiendo dineros y fe, luchando contra la calumnia. (En la Navidad de 1560, un confesor mezquino y ramplón le niega el perdón de sus pecados si no abandona la reforma del Carmelo: ¡una Navidad que Teresa verá pasar sin sentir en el corazón la presencia del Amado! Pero, ¿acaso el Amado había dejado de habitarla alguna vez?)…

De 1567 a 1582 surgen de sus manos de hada de Cristo, los conventos de Medina, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana (¡Pastrana!: una hermosa y taimada señora, tapados el ojo y el alma, clavará nuevas espinas en la corona de la fundadora), Salamanca, Alba de Tormes, hasta Sevilla… Cada fundación, nuevo semillero de problemas; todos caen sobre la Madre Teresa y para todos tiene una solución, una sentencia, una reprimenda o una caricia.

Por si fuera poco, la emprende también con los hombres. El hermano Juan de la Cruz, su gemelo en el espíritu, y el Padre Jerónimo Gracián, alentados por el empuje indomable de la Madre, comienzan las fundaciones de carmelitas descalzos…

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Éxtasis y transfixión de Teresa de Jesús. Escultura de Bernini que se conserva en Santa María della Vittoria, de Roma. — «¡Yo soy Teresa de Jesús!» «¡Y yo, Jesús de Teresa!». De estas dos breves, pero impresionantes frases, nació el éxtasis teresiano, durante el cual un ángel traspasó el débil y apasionado cuerpo de la granfundadora con el encendido dardo con el que Cristo marca a fuego, para siempre, a sus elegidos. Pero esta posesión inefable con que Cristo confirmó su amor por esta criatura llena de pasión y de ilusión, tuvo que ser un designio muy anterior, pues que en verdad parece inexplicable que durante cincuenta años de intensísimos sufrimientos y achaques corporales, marrida su materia —aun de la reputada y fuerte tierra abulense, crisol de Castilla— por distintas enfermedades a cual más doloroso, Teresa hubiese llevado a cabo tantas empresas titánicas… si Cristo, desde «el primer principio» no la sostuviera en sus manos y «en
volandas».

Resulta casi imposible concebir que entre esas andanzas, desazones, amarguras y privaciones, Teresa pueda abismarse en Cristo, ser levantada en su presencia y conservar en su alma el gozo inefable de la visión divina. La humildad y el conocimiento de su pequenez hacen titubear a Teresa. Pero, ¿no está para afirmarla en su don extraordinario la índole misma del hecho?

En suma, su genio penetrante transmite una experiencia. No puede ella arriesgarse a legarnos un método para ver a Dios cara a cara; pero nos hace ver que esta visión constituye una adquisición del alma… Más de tres siglos después, un filósofo insigne, judío, que esperaba siempre el resultado de la experiencia para avanzar en su metafísica, encontrará en la relación de la Madre Teresa, abierto, inocente, puro y claro, el experimento de Dios; ergo… y de la mano de la Madre Teresa, Henri Bergson, entrará — de vivo deseo — en la Iglesia de Cristo…

Todo ello aparece, casi, como imposible. El casi lo salva la perspectiva, en y desde Dios. ¿Quién será capaz de sostenerse sobre ella? ¿Quién será capaz de hundir su alma en esa monja andariega, que fue hermosa mujer y hoy es vieja prematura, cubierta de polvo y sudor, andando, andando, junto a una borrica famélica, para estremecerse ante el escueto hecho de que Dios va en ella y nos mira por sus ojos mismos?…

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la COMUNIÓN DE TERESA DE JESÚS. PINTURA DE CLAUDIO COELLO. MUSEO LÁZARO GALDIANO.
Madrid. — Claudio Coello (1642-1693) fue uno de los más admirables maestros de la Escuela de Pintura de Madrid. Y aun cuando en la composición de sus obras se sometió al realismo impasible y neto impuesto por Velázquez, supo insuflar en sus criaturas una vehemente impresión romántica que las espiritualiza hasta más allá de la auténtica realidad. Y así lo prueba esta prodigiosa pintura en la que nuestra Madre Teresa de Jesús, la maravillosa andariega y taumaturgo de todas las Caballerías celestiales, recibe al Amado de mano de un santo, al que asisten otros dos santos…

La Madre Teresa ya no puede más. Moría antes porque no moría. Y ahora vive, porque su cuerpo va a morir de verdad. En 1582, la sacan del convento de Burgos para que entregue su alma en Avila.

En Medina del Campo, el vicario general le transmite un mensaje urgente de la duquesa de Alba, doña María de Toledo. Aun ahora, en ese trance de postración extrema y alegría del alma — definitivas una y otra — hay quien necesita de ella. Teresa renuncia a Avila y marcha hacia Alba de Tormes. Llega allí el 20 de septiembre. Sus acompañantes creyeron que moriría en Peñaranda.

Pero Teresa sabe que su amiga tendrá tiempo de recibir el consejo. Y, en efecto, lo recibe. Pero al día siguiente de su llegada, se acuesta la Madre en el lecho, del que ya no se levantará más. El 1 de octubre, con el gozo a flor de piel, anuncia a todos su muerte, su tránsito inminente a Dios; dos días después recibe los Sacramentos y el día 4 entrega el alma, libre ya de un cuerpo marrido y agotado que, pese a todo, fue maravilloso instrumento y apoyo de visiones y acción.

En 1614, Paulo V la declaró bienaventurada y ocho años después, Gregorio XV, la elevó a los altares. España no podía venerar a Teresa como a un santo más. Teresa era, en cierto modo, cifra y hechura de España.

Y el espíritu y escritos de Teresa metieron azogue y comezón espiritual en el alma de España, ya cariacontecida y superada, en muchos aspectos, por la Historia.

Las Cortes la declararon patrona de los reinos de España en 1617. No sin disputa, porque el caballero Quevedo — que en esto lo fue muy poco — se complugo en publicar a los cuatro vientos los mayores méritos concurrentes én Santiago, que, en suma, venían a cifrarse en la supremacía del esfuerzo bélico-heroico, sobre la hondura del alma en presencia de su Creador.

Y fue también Quevedo, en esto, poco perspicaz, al no darse cuenta que, en pleno siglo XVII, una España desgastada y exhausta, necesitaba mucho más encontrar su alma que no manejar una espada.

La huella de Teresa de Jesús en el alma de España parece, con todo, ser el mayor de sus milagros. Su habla directa, desaliñada y certera; su poesía pobre de retórica, inmensa en imágenes íntimas, se han abierto camino hacia el corazón de los españoles.

Hay, realmente, un contacto vivo entre la santa y el pueblo del que ella formó parte. Gracias a ese contacto, la contemplación divina no representa para el español una cima inaccesible. No quiere ello significar que «cualquiera» pueda llegar a mirar a Dios cara a cara (como de hecho miramos al Cáliz y Hostia consagrados durante la Misa), sino la simple certidumbre de que Teresa, la hermana Teresa, lo consiguió.



Y con la hermana Teresa, muchos arrieros, muchos mendigos y muchos nobles, rozaron sus mantos y cambiaron su habla viva e inmortal. Teresa de Jesús demostró— y esto y no otra cosa es calar al pueblo — que en la sencillez está la suprema profundidad de la persona y, correspondientemente, que lo más hondo del alma es, a la fuerza, sencillo.

Fuente Consultada:Enciclopedia Temática Familiar – Tomo I – Grandes Figuras de la Humanidad – Entrada: Santa Teresa de Jesus – Editorial Cadyc

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