Biografia de Eleanor Roosevelt Resumen de su Vida Primera Dama EE.UU.






Biografia de Eleanor Roosevelt

Resumen Biografia de Eleanor Roosevelt: Compañera y ferviente colaboradora de uno de los más grandes estadistas de los Estados Unidos y primera dama de su país durante más de doce años”,Eleanor Roosevelt supo armonizar su papel de esposa y madre con una empeñosa militancia por los derechos del hombre. Su talento le permitió, conjugar la política, la diplomacia y la literatura en una fructífera existencia que hizo de ella el arquetipo de la mujer norteamericana.Biografia de Eleanor Roosevelt

En 1650, el holandés Claes Martensen atravesó el Atlántico y se estableció en las inmediaciones de Nueva Amsterdam, una aldea fundada por compatriotas suyos en la desembocadura del río Hudson, en el corazón de la isla hoy llamada Manhattan. Campesino en Europa, lo fue asimismo en América, donde las nostalgias del pueblo natal lo llevaron a hacerse llamar Claes van Roosevelt.

Dos siglos después, los Roosevelt formaban una rica y distinguida familia estadounidense. Para entonces, Nueva Amsterdam, que había cambiado su nombre por el de Nueva York, al pasar a manos inglesas, contaba ya con casi tres millones de habitantes.

Un día de 1883 Elliot Roosevelt, descendiente de aquel inmigrante holandés, casó en Nueva York con Anna Hall, bella muchacha cuyos antepasados también habían figurado entre los primeros colonos blancos de la región. Y fue en esa populosa metrópoli donde el 11 de octubre de 1884 nació el primogénito de ese matrimonio: una niña a quien dieron el nombre de Eleanor.

Hubo en la infancia de esta más motivos de sinsabores y tristeza que de felicidad. Fue una chiquilla feúcha, tímida y seria, carente por completo del encanto y la simpatía que suelen agraciar a los niños: a tal punto que su madre no disimulaba que, sin dejar de quererla, prefería a Eddie y Hall, sus hijos menores. En cuanto al señor Roosevelt, que para la niña representaba el centro del mundo, solía ausentarse del hogar durante largas temporadas, internado en alguna casa de salud para curarse de su afición a la bebida.

UNA RIGUROSA EDUCACIÓN

Huérfanos de madre en 1892 y de padre en 1894, Eleanor y su hermano Hall (Eddie había muerto poco tiempo después que la señora Roosevelt) fueron a vivir con la abuela Hall, quien los educó sin retacearles afecto, pero según el principio de que décimo resulta siempre más fácil que decir sí. La aristocrática matrona se mostró particularmente severa en la instrucción de su nieta, a la que se propuso convertir, tal como antes había hecho con sus propias hijas, en una dama de buena sociedad. Como primera medida, dispuso que Eleanor estudiara música e idiomas, sobre todo francés, y en 1899 estimó que había llegado el momento de enviarla a Inglaterra a perfeccionarase.

Cuando partió para el viejo continente Eleanor era una muchacha alta, flaca y desgarbada que se vestía sin mayor gusto y que prefería leer un libro antes que concurrir a una fiesta, pues se sentía inferior a las demás jóvenes de su edad. Al regresar, después de permanecer cuatro años como pupila en un exclusivo colegio británico y de haber recorrido Europa en los períodos de vacaciones, estaba preparada ya para hacer su presentación en sociedad: había aprendido a hablar correctamente el francés, el alemán y el italiano, bailaba con soltura y, con pareja habilidad, era capaz tanto de tender una cama como de mantener una casa en orden o de interesarse por las ideas ajenas.

En el otoño de 1903 comenzó a tratar a un primo lejano que estudiaba derecho en la Universidad de Harvard y que se destacaba en la práctica de diversos deportes. Se llamaba Franklin Delano Roosevelt y desbordaba de entusiasmo cada ve/, que las circunstancias le permitían hablar de cuestiones sociales y políticas.

El joven Roosevelt era lo que en su tiempo se llamaba “un buen partido”. No solo disponía de una crecida renta anual, que habría de multiplicarse cuando heredara la cuantiosa fortuna materna, sino que su inteligencia, su simpatía y sus innatas condiciones de líder le aseguraban un brillante futuro. De entre todas las muchachas casaderas a las que frecuentaba, acaso fue Eleanor la única que no se propuso conquistarlo. Y acaso por eso mismo, él no tardó en proponerle matrimonio. La boda se celebró el 17 de marzo de 1905.

HOGAR Y POLÍTICA

A lo largo de los diez años siguientes Eleanor estuvo siempre aguardando un bebé o reponiéndose de haber dado a luz: sus seis hijos (el segundo de los cuales vivió pocos meses) nacieron entre 1906 y 1916. Mientras tanto, en 1910, Franklin Delano Roosevelt, tras obtener su diploma de abogado, había sido elegido, como candidato del partido Demócrata, senador por el estado de Nueva York, y había iniciado una trayectoria que, con los previsibles altibajos, acabaría por llevarlo a la presidencia de Estados Unidos.

Las actividades de su marido impulsaron a Eleanor a interiorizarse de los diversos problemas que plantea la política, a relacionarse con sectores sociales que le eran desconocidos, a tomar contacto con los ambientes proletarios y descubrir las condiciones a menudo infrahumanas en que solían cumplir sus tareas los obreros. Así se identificó con los necesitados y desvalidos de su país, llegó a la conclusión de que era necesario introducir cambios en el mundo, cambios que ella, por su parte, haría, lo posible para que ocurrieran. La causa del sufragio femenino, a la que se vinculó en la primavera de 1919, le permitió aprender algo más: que cuando se quiere instituir una reforma es más fácil lograrla si se tiene derecho al voto.

Dos años después, cuando un ataque de parálisis infantil postró a Roosevelt y lo obligó a apartarse por un tiempo de la escena política, Eleanor, en la certeza de que más que la enfermedad lo humillaría el hecho de ser tratado como un inválido, no interrumpió las actividades en que ella se hallaba empeñada: sin descuidar la atención del hogar ni la educación de sus hijos, integró la Liga de Consumidores, escribió artículos periodísticos, editó una revista femenina, dirigió una fábrica de muebles norteamericanos típicos y dictó cátedras de literatura y de historia en un colegio secundario.

Y en 1928, cuando su marido se sintió en condiciones de retomar la lucha, ella fue su más eficaz colaboradora en las campañas electorales que lo llevaron en 1929 a ser gobernador de Nueva York, y a ocupar la primera magistratura de su país cuatro, años más tarde.

EL ACTO FINAL


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Residencia habitual del presidente de Estados Unidos, la Casa Blanca, emplazada sobre una colina de Washington, fue desde marzo de 1933 y por más de doce años el hogar de Eleanor, puesto que Roosevelt fue reelegido en 1936, 1940 y 1944. Allí, en su condición de anfitriona, agasajó a jefes de Estado, reyes y primeros ministros; allí, como periodista, siguió redactando los artículos que publicaba en las revistas Woman’s Home Companíon, Ladies Hoine Journal y McCaU’s.

En los años de la segunda guerra mundial se encargó de las cuestiones relativas a la defensa civil y realizó numerosos viajes cumpliendo misiones encomendadas por su esposo. Fue por último en la Casa Blanca donde, el 12 de abril de 1945, supo que Franklin Delano había muerto en Warm Springs mientras pasaba unos días de descanso.

Ella misma se encargó de darles la noticia a sus hijos con un cable que decía: “Papá se durmió para siempre. Su deseo habría sido que todos ustedes continúen adelante y que cada uno terminó su trabajo”. En esos dolorosos momentos quizás haya pensado que era su propio trabajo el que había terminado, pues en el tren que la condujo de regreso a Nueva York manifestó a los periodistas: “La historia ha concluido”.

Pero no era así. Ocho meses después de la muerte de Franklin Delano Roosevelt, Eleanor recibió un telegrama en el cual el presidente Truman le solicitaba que integrara la delegación estadounidense a la Asamblea General de las Naciones Unidas que habría de reunirse en Londres en enero de 1946. Vaciló mucho antes de responder, ya que, a su juicio, carecía de conocimientos y de experiencia en materia de asambleas internacionales.

Por fin, aceptó. Al hacerlo, no imaginaba siquiera que asumía una labor que se iba a prolongar hasta 1953 y que le permitiría tener participación decisiva en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, documentos que se cuentan entre los más trascendentes del siglo veinte y cuyo Artículo I reza: “Todos los seres humanos han nacido libres e iguales en dignidad y derechos…”

Al renunciar a su cargo en las Naciones Unidas se dedicó a viajar, a pronunciar conferencias y a escribir. En 1958, con la publicación de Por mi propia cuenta, puso fin a su autobiografía, que se integra además con Esta es mi historia (1927) y Lo que recuerdo (1949).

John F. Kennedy, que la consideraba como un arquetipo de la mujer norteamericana, la designó en 1961 delegada a la decimoquinta Asamblea General de las Naciones Unidas. Esa fue su última misión oficial. El 23 de abril de 1962 moría en Nueva York.
Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder





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