Historia de la Belleza del Cuerpo Humano Evolución Ideales Estéticos



Historia de la Belleza del Cuerpo Humano
Evolución de los Ideales Estéticos

Seguramente alguna vez te ha sucedido  que al contemplar algo realmente hermoso, no encuentras palabras suficientes para expresar lo que sientes en ese instante.

Por ejemplo una fantástica puesta de Sol, la sonrisa de un bebé, las primeras flores de primavera… éstas y muchas otras experiencias bellas poseen la facultad de «dejarnos sin aliento» y sin el poder de la palabra.

bello paisaje rural

Al igual que estas experiencias de lo que podríamos llamar «arte natural» o arte de la naturaleza, el arte creado por el ser humano tiene el mismo potencial de dejarnos sin palabras.

En ocasiones parece que, en el proceso de contemplación de algo bello, «conocemos» con gran certeza algo y, sin embargo, si alguien nos preguntara qué es lo que «conocemos», probablemente nos perderíamos en busca de palabras que lo expresaran.

Sobre gustos no hay nada escrito: El concepto de belleza varía en el tiempo y en el espacio. Es imposible encasillarlo de manera definitiva.

—¡Es tan bonita!
—¿Te parece? Yo la encuentro demasiado delgada.
—Por eso mismo me atrae.

Este breve diálogo ilustra muy bien aquello de «sobre gustos no hay nada escrito». Refrán que se justifica en todas partes del mundo, en especial cuando esos gustos se refieren a la belleza física.

La belleza, en efecto, es un concepto que varía en el tiempo y en el espacio. Es muy difícil, por no decir imposible, definirla de manera unívoca y universal.

LAS VENUS DEL PALEOLÍTICO
El 7 de agosto de 1908 se descubrió en Willendorf (Austria) una extraña estatuilla de piedra rojiza. Esta imagen femenina, quizá la más antigua del mundo —se le atribuyen unos 20.000 años—, es una figura de 11 cm. realizada en caliza porosa, ver la imagen de abajo.



Representa a una mujer desnuda, madura y voluminosa, de enormes senos, vientre prominente, caderas abultadas y nalgas muy gruesas, aunque sin adiposidad excesiva.

Los labia minora de la vulva están señalados con toda precisión.

Es decir que todos los caracteres sexuales, primarios y secundarios se ponen de manifiesto de manera ostentosa.

El rostro, en cambio, no está casi representado.

estatuilla de Willendorf

Otras estatuillas del paleolítico, encontradas en distintas partes del mundo, presentan los mismos caracteres.

Estas Venus prehistóricas nos dicen que la belleza de entonces consistía en una imagen sexual, según la cual la mujer era una especie de máquina de traer hijos al mundo.

El hecho de marcar tanto los caracteres sexuales, dejando en segundoplano el rostro, hace pensar que el artista primitivo transmitía lo que el hombre de su tiempo sentía respecto de la mujer: la compañera que servía, esencialmente, para perpetuar la especie.

Ver: Historia de Venus de Milo Sin Brazos

LOS CAMBIOS EN ELTIEMPO
En la Grecia clásica nos encontramos ya con otro concepto de la belleza, basado sobre todo en el equilibrio y la armonía.



Quien haya visto en el Museo del Louvre la famosa «Venus de Milo» no podrá menos que admitir la maravillosa proporción de sus formas.

Sin embargo… es bastante difícil que un muchacho de hoy se enamore de una mujer con ese cuerpo.

Más cerca del ideal de belleza del siglo XX está la célebre Nefertiti, que es más antigua que la «Venus de Milo».

La estilización de sus rasgos, la esbeltez del cuello e incluso el maquillaje la acercan mucho al sentimiento estético actual.

Pero en ninguno de los dos casos, ni en el de la «Venus de Milo» ni en el de Nefertiti, se pueden observar los detalles de las esculturas prehistóricas.

Al contrario: los caracteres sexuales se suavizan, hasta podría decirse que se desdibujan.

Se llega a un tipo ideal y asexuado, o mejor dicho con una sexualidad neutra.

Esto llevó, en Grecia, a la eliminación de fronteras entre belleza femenina y masculina, asimilando a veces la atracción heterosexual y la homosexual.

Eros, dios del amor, fue incluso representado con órganos sexuales masculinos y femeninos, como un andrógino voluptuoso ambiguo.

Este contrasentido de la naturaleza fue explicado con un mito. Mientras un joven se bañaba en una fuente, la ninfa que habitaba en las aguas se enamoró de él.



La ninfa pidió a los dioses que le concedieran la gracia de confundir su cuerpo con el del hermoso adolescente.

Así nació Hermafrodita, hijo de Hermes y Afrodita.

En el Museo de El Cairo se conserva la estatua de uno de los antiguos faraones egipcios, con caracteres físicos femeninos.

Durante la Edad Media el concepto de belleza cambió. Hubo una «espiritualización» que llevó no sólo a cubrir el cuerpo sino a idealizar la figura femenina.

En el Renacimiento se retornó al desnudo, a la revalorización del cuerpo y de su voluptuosidad.

El descubrimiento del Apolo de Belvedere revolucionó a los artistas, quienes descubrieron que la desnudez humana se podía representar sin caer necesariamente en la grosería o el mal gusto.

Lo demuestran cuadros como la «Venus» de Botticelli, más parecida a un ángel de inocencia que a la diosa del amor.

belleza de Venus de Botticelli

Ticiano, por su parte, pintó desnudos que lo hicieron famoso en toda Europa, pero muchos más sensuales que los de Botticelli.

Y en cuanto a las frágiles damas desnudas de Cranach, en Alemania, si bien son menudas y delicadas, tienen como un «aire de burdel» que acentúa su sensualidad.

damas desnudas de cranach

La Reforma, más adelante, y la Contrarreforma, volvieron a cubrir los cuerpos con auténtica mojigatería.

La belleza perdía nuevamente su sentido natural y sensual.

En lo que podemos llamar «la época galante», es decir el período que precedió a la Revolución Francesa, la belleza se hizo artificiosa y rebuscada.

Tiempo de altísimas pelucas para hombres y mujeres, de rostros empolvados y acicalados, de miriñaques inmensos, parecía alejar cada vez más al cuerpo de la naturaleza.

Después de la Revolución Francesa, en el período napoleónico, la moda llamada «de los increíbles» desnudó nuevamente a la mujer, o mejor dicho la reveló ocultándola en gasas levísimas inspiradas en modelos griegos.

Juana María Teresa de Cabarrús, llamada también «Nuestra Señora de Termidor», casada con el marqués Devin de Fontenay y luego mujer de Tallien, impuso un tipo de belleza altivo y carnal a la vez al crear el estilo directorio.

Sus vestidos de fiesta estaban hechos de forma que se pudiesen apreciar de visu los encantos más íntimos de su dueña.

Encantos que tampoco desdeñaba mostrar la hermana de Napoleón, Paulina Bonaparte, a quien poco   le   importó  hacerse  esculpir desnuda.

La época victoriana trajo como ideal estético el corsé… y la exageración del busto y las caderas.

Pero, al mismo tiempo, el falso pudor y el disimulo de ese entonces hacen decir a Richard Lewinshon en Historia de la vida sexual:

«Todo aquello que podía hacer recordar que las mujeres tenían extremidades inferiores, aun cuando fuese referido a su condición de simples órganos locomotores, estaba austeramente visto, Sólo el pensar en la anatomía de la mitad inferior del ser humano femenino era «schocking» en sumo grado. De la cintura para abajo, las faldas y contrafaldas tenían que caer severamente, como la más inexpugnable censura».

Después de esto… fácil es comprender la reacción de «los años locos» de la década del veinte. Y el desesperado retorno de la belleza a sus fuentes naturales.

LA BELLEZA DE HOY
Llegamos así a fines del siglo XX con una pregunta: ¿hay una «belleza de hoy»? ¿Cuál es el canon estético para hombres y mujeres.

Y nos encontramos con que las respuestas definitivas no son posibles. E

ntre el estilo en los años 70 impuesto por Sofia Loren y el estilo impuesto por Catherine Deneuve hay mucho más que años de luz: centímetros en las medidas tradicionales de busto-cintura-caderas.

Entre la apostura de Alain Delon y la de Paul Newman tampoco hay muchos puntos de contacto.

actores y actrices bellos de los años 70

La belleza, si bien está relacionada con lo sexual, es un concepto profundamente subjetivo.

Por eso aquel refrán que citábamos, «sobre gustos no hay nada escrito», encierra una verdad de la sabiduría popular. Como quizá la encierre también otro que dice: «la suerte de la fea… la hermosa la desea».

El atractivo físico puede darse, entonces, a través de un rostro irregular, de un cuerpo no del todo perfecto.

Porque ese atractivo está vinculado a motivaciones personales de cada uno, y si bien la moda o el estilo de un momento lo condicionan culturalmente, no pueden siempre convertirlo en cosa obligatoria.

Por eso la única definición que daríamos de belleza sería la siguiente: Belleza es lo que encontramos bello. Ni más ni menos.

PARA SABER MAS…
¿Está la belleza en el ojo de quien mira?

Esto nos lleva a la cuestión de la belleza en sí. ¿Existe, acaso un estándar objeto o perfecto de la belleza (como afirma Platón), o bien la definición de belleza varía de una persona a otra? ¿Podemos estar de acuerdo en qué es lo bello, o en realid dad la belleza está alojada en el ojo del espectador, de manera que lo que a mí me parece bello puede no parecértelo a ti y viceversa?

En realidad, hay dos maneras de hablar acerca de la belleza: la manera subjetiva y la manera objetiva.

Cuando hablamos de manera subjetiva acerca de la belleza estamos en realidad expresando algo de nosotros mismos y de nuestras preferencias, más que transmitir un juicio acerca de un objeto.

Con frecuencia, cuando exclamamos «¡qué hermoso!» lo que queremos decir en realidad es algo como «¡es me gusta mucho!».

Hablar de la belleza en el sentido objetivo es suponer que ha cualidades inherentes en el objeto que lo hacen objetivamente hermoso y, quizá también subjetivamente hermoso.

Mortimer Adler, filósofo del siglo XX, se ocupa tal distinción mediante el uso de los términos belleza deleitable y belleza admirable.

Si sólo podemos hablar de la belleza deleitable, debemos llegar a la con clusión de que la belleza, en efecto, está en el ojo de quien mira.

La belleza admirable, al igual que la belleza deleitable, se basa en gran parte en el gusto personal, admite Adler, pero también «puede ser mediada por el pensamiento y depender del conocimiento».

El concepto de belleza admirable se basa en el supuesto de que en los objetos de arte existen cualidades que producen excelencia intrínseca o perfección.

Éstas son cualidades internas, parten del objeto mismo y son independientes del deleite que producen en cualquiera que las contemple.

Así, surge la pregunta de quién está lo suficientemente calificado como para juzgar si un objeto posee excelencia intrínseca o perfección y, si es el caso, hasta qué punto las posee. La respuesta, afirma Adler, es que el experto, y sólo el experto, está capacitado para emitir ese juicio.

Otro filósofo, George Dickie, propone que los criterios o juicios debe emitirlos el público especialista. Los miembros del público de especialistas comprenden que su papel requiere «conocimiento y comprensión similares en muchos aspectos a aquellos que se requieren de un artista».

Quienes poseen las habilidades y la sensibilidad para comprender y apreciar determinado tipo de arte, dice Dickie, son quienes constituyen el público de especialistas y poseen la preparación necesaria para distinguir entre lo que es arte y lo que no lo es, así como también para apreciar la diferencia entre el arte bueno y el malo.

Aquello que atrae a determinada cultura y que se considera poseedor de una excelencia o perfección intrínsecas puede ser muy diferente de lo aceptado como belleza objetiva en otra. El público especialista en arte occidental, por ejemplo, puede quedar totalmente impasible ante la desnudez de un jardín zen japonés; otros pueblos de culturas orientales pueden no llegar a discernir la belleza objetiva de la escultura africana, y los africanos pueden permanecer inconmovibles ante la pintura occidental.

Esto no significa que no existan normas de belleza objetivas; lo que significa es que los miembros del público especialista existen en una relación con el artista y deben compartir determinado conocimiento y experiencias con él o ella.

El crítico Clive Bell, miembro del influyente grupo Bloomsbury del que formaba parte Virginia Woolf, cree que todo arte auténtico trasciende cualquier limitación cultural. El arte, dice (como una evocación del pensamiento de Diotima), sólo puede apreciarlo cabalmente quien se acerque a él como lo hace el amante:

Para él, que corteja, pero que corteja impuramente, ella regresa enriquecido aquello que trae… Pero sólo a un amante perfecto dará un nuevo y extraño regalo, un regalo más allá de cualquier precio. Los amantes imperfectos aportan y sustraen del arte las ideas y emociones de su propia época y civilización… Pero el amante perfecto, capaz de percibir el profundo significado de la forma, supera los accidentes de tiempo y lugar… El gran arte permanece perdurable y diáfano porque los sentimientos que despierta son independientes del tiempo y del espacio, porque su reino no es de este mundo.

Si el arte puede hacer esto, llevarnos más allá del tiempo y el espacio, entonces la belleza tendrá al menos la posibilidad de conducirnos a la verdad.

Fuente Consultada:
Enciclopedia HOMBRE Y MUJER Para Vivir en Pareja Capítulo Sexo Y Sociedad Tomo III Editorial SALMO
Raíces de la Sabiduría Elen Buss Mitchell

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