Biografia de Jesucristo Vida de Jesus de Nazaret Resumen Sintesis



Biografía de Jesucristo
Resumen Vida de Jesús de Nazaret

EL NACIMIENTO DE JESUS DE NAZARET: En la oscura ciudad de Belén, en la desolada provincia de Judea, durante el gran Imperio romano, un niño nació hacia el año 4 a. C. Su madre era una joven llamada María, prometida con José. Aunque el linaje del niño se remonta hasta David y Abraham en el primer capítulo del Evangelio según san Mateo, nadie hubiera sospechado que este niño era el Mesías prometido, el Rey de reyes y el Señor de señores. Su vida, muerte y resurrección constituyen los acontecimientos centrales de la historia del cristianismo.

LA INFANCIA DE JESÚS:  Sabemos muy poco de la madre del niño, tan sólo que era una joven virgen que había concebido por obra del Espíritu Santo. Todavía menos sabemos del padre «adoptivo» de Jesús, José, excepto que era carpintero y un hombre de gran integridad moral. Cuando José descubrió que María estaba embarazada antes de celebrar su matrimonio, decidió romper el compromiso discretamente.

En un sueño, un ángel le avisó de que el niño era de Dios, por lo que debía seguir adelante con el matrimonio.

Cuando Jesús contaba con dos años, aproximadamente, a José se le apareció de nuevo un ángel para advertirle de la exterminación de todos los niños de Belén menores de dos años que Herodes iba a llevar a cabo. José y su familia escaparon a Egipto.

Después de la muerte de Heredes, el ángel informó a José de que podían volver, y la familia se instaló en la ciudad galilea de Nazaret. Los Evangelios proporcionan muy poca información sobre la infancia y la juventud de Jesús. El Evangelio según san Lucas cuenta que un hombre honrado llamado Simeón y una profetisa llamada Ana lo reconocieron como el Mesías.

En el mismo capítulo leemos que Jesús crecía «lleno de sabiduría» (Lucas, 2, 40) y que, cuando tenía 12 años, los doctores religiosos de Jerusalén «quedaron pasmados de su sabiduría y de sus respuestas» (Lucas, 2, 47) cuando Jesús se encontró con ellos durante una fiesta de Pascua.

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Jesús de Nazareth, un humilde hombre…¿Revolucionario, fanático religioso o Mesías? Cada uno de estos términos han sido aplicados a través de los siglos a Jesús de Nazareth. Un hombre que, en el breve plazo de 3 años —algunos entendidos lo hacen más corto—, creó un alboroto religioso que le costó su vida y hasta cambió la historia.

Ninguna información fidedigna sobre su infancia, adolescencia o temprana madurez puede encontrarse, a pesar que el año 4 d.C. es considerado la fecha de su nacimiento. Hasta esto es confuso debido a que el calendario sufrió más tarde una adaptación.

Jesús no escribió nada durante su vida que haya perdurado, y estamos forzados a confiar sólo en los Evangelios de San Mateo, San Lucas y San Juan, todos escritos algunos años después, cuando la conmoción se había calmado, entre los años 65 y 125 d.C.



Estos, desafortunadamente, no pueden ser considerados estrictamente biográficos en su contenido, ya que su mensaje se convirtió en más importante que el hombre para los escritores.

Y hay alguna evidencia de que ellos tomaron el ejemplo de su maestro, quien, en un pasaje del Evangelio de Marcos, les aconseja ceno contar nada sobre mí». Lo que permite suponer que Jesús estaba más interesado en crear una imagen espiritual que física.

Como muchos otros judíos, él cayó bajo la influencia de Juan Bautista, un asceta de mirada penetrante que recorrió las tierras de Galilea y las riberas del río Jordán, predicando el próximo Juicio Final y la necesidad de arrepentirse antes de que ese día llegara.

En el año 28 d.C., Jesús dejó la tranquila vida de Nazareth y se encontró con las multitudes que se habían reunido en el Jordán para ver a Juan. Allí recibió de él el bautismo y cuando salió del agua, vivió una experiencia religiosa profunda en la que escuchó la voz de Dios proclamándolo Su Hijo (Marcos 1:9-11).

Luego pasó 40 días y 40 noches recorriendo y ayunando en el desierto y durante este tiempo fue gravemente tentado por Satán, pero resistió (Lucas 4:1-13).

Cuando regresó de esta prueba, comenzó a enseñar con fervor.

Con el tiempo, Juan Bautista se enredó con las autoridades, es decir, con el rey Heredes, y fue hecho prisionero y asesinado.

Jesús quedó solo; donde Juan había predicado un futuro de fuego y azufre, él tomó una línea más blanda poniendo de relieve la dulzura, la gracia y la misericordia de Dios. Una o dos veces en su vida, pareció aceptar el infierno eterno para los no creyentes, pero estos ejemplos son raros.

Llevó sus enseñanzas desde el desierto a las sinagogas y a las calles de la ciudad. Tenía un magnetismo que atraía a la gente y enseñaba por medio de parábolas —simples historias en cuya interpretación era casi imposible equivocarse.

Jesús se diferenció de Juan Bautista en otra cosa. Mientras el segundo vivía como un asceta, subsistiendo gracias a langostas secas y miel y vistiendo pieles de animales, Jesús era gregario y fácilmente se contactó con grupos de todos los niveles sociales.



En efecto, su primer milagro lo realizó en una boda donde los huéspedes habían acabado el vino. Jesús dijo: «Llenen las tinajas de agua».

Y cuando el agua fue probada, la gente se sorprendió al descubrir que era vino.

No estaba en contra de relacionarse con hombres ricos en los banquetes ni desdeñaba la compañía de taberneros y pecadores, pero estaba más que nada dedicado a los pobres y los humildes, y basó sus principios en ellos.

El pueblo se reunía en torno a él. Su mensaje era simple; su modo de expresarse, directo.

Se convirtió rápidamente en un elemento predicador en la sociedad. Claro que debe entenderse que la atmósfera de Jerusalén era propicia.

Los judíos estaban preparados para cierta “llegada”, pero no estaban preparados para recibir a Jesús. Los romanos, que a la sazón constituían el gobierno de ocupación, estaban intranquilos por la inestabilidad creciente del pueblo.

A pesar de que los invasores romanos no estaban considerados como opresores, se daba la oposición de dos sistemas ampliamente diferentes. Para ellos el Estado era lo primero que consideraban; mientras, para los judíos, Dios y los aspectos espirituales de la vida eran más importantes.

Además, los judíos estaban fragmentados en
grupos seculares de diferentes grados de ortodoxia.

En conclusión, la escena era caótica.

Primeramente Jesús fue visto más como un Mesías político que espiritual. La multitud lo aclamaba como el Rey de Israel, que había sido enviado para derrocar a los romanos y llevar a la cumbre a Judea.

Esta opinión cambió, sin embargo, cuando comenzó a atacar algunas leyes judías y violentamente a los fariseos, que eran sus defensores. Luego se convencieron aún más de que él era, en verdad, el Mesías, y cuando abiertamente lo proclamó, su suerte ya estaba echada.

La aprensión de sus adversarios creció porque su reputación se difundió gracias a los milagros y curas que realizaba. Una cosa fue tornar el agua en vino, pero algo más fue resucitar a Lázaro.

Rápidamente se hizo evidente tanto para los romanos como para el Sanhedrín, el más alto consejo eclesiástico judío, que debían llegar a un acuerdo con este hombre.

«Si le permitimos seguir de este modo, todos creerán en él y los romanos vendrán y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Juan 11: 48). Y el sumo sacerdote continúa:«Ustedes no conocen nada. No entienden que es conveniente que un hombre muera por el pueblo, y que toda la nación no se eche a perder» (Juan 11: 49-5 3).

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Desde esta época, el Sanhedrín trabajó para acabar con él de una manera legal. En febrero del año 30 d.C., se dio a conocer el aviso de que quien conociera su paradero debería notificarlo a las autoridades para poderlo aprehender.

Pero él decidió que el período de Pascua sería el más apropiado para el final que le estaba reservado y permaneció retirado. Una semana antes de esta fecha inició su retorno a Jerusalén y en este camino dirigió su marcha a la cima del Monte de los Olivos.

Se encontró con una multitud de peregrinos que lo escoltaron en una solemne procesión, esperando que interviniera a su favor en política.

Cuando llegó a la ciudad, pasó varios días predicando y curando personas en el templo, pero no fue arrestado inmediatamente porque las autoridades querían evitar un incidente mayor. En lugar de esto, urdieron una forma de aprehenderlo silenciosamente. Fue en este momento que Judas Iscariote ofreció sus servicios por 30 monedas de plata.

Jesús y sus discípulos se reunieron para celebrar la cena de Pascua, en la casa de un amigo en Jerusalén.

Estaba enterado que uno de los discípulos presentes lo había traicionado y abiertamente acusó a Judas durante el transcurso de la noche.

Estaba aparentemente conforme con lo que él sabía que debía ocurrir, pero ansioso porque pasara de acuerdo a lo que pensaba.

Cuando la cena terminó, Él y sus seguidores salieron de la ciudad hacia el Huerto de Getsemaní, donde se escondieron para evitar que lo arrestaran en forma inmediata.

Pero un destacamento de soldados del templo lo encontró; y cuando Judas, besándole una mejilla, lo identificó, fue arrestado y llevado nuevamente a la ciudad para su juicio.

Estaba todavía oscuro cuando se presentó ante Caifas. Los judíos estaban tan ansiosos de iniciar el juicio que ya habían escuchado declaraciones contra Jesús.

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Cuando Caifas le preguntó: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios?».

Se dice que Jesús dijo: «Sí, lo soy». Esto fue justo lo que necesitaban. Se reunieron nuevamente en la mañana y pronunciaron un veredicto que lo encontraba culpable de blasfemia, en aquel momento un delito capital.

Sin embargo, había un problema.

El pronunciamiento de una sentencia de este tipo no era privativo de la autoridad del Sanhedrín desde que el procurador romano, Poncio Pilatos, era la máxima autoridad en la ciudad.

Este hombre tenía fama de ser duro, pero no estaba convencido de que lo hecho por Jesús justificara tan severa sentencia, y tampoco estaba preocupado de que ésta se cumpliera.

No obstante, el Sanhedrín lo presionó políticamente y finalmente devolvió el reo a sus perseguidores diciendo: «No encuentro en él ninguna falta”».

JESÚS MUERE EN LA CRUZ: Los Evangelios nos ofrecen las últimas palabras de Jesús, conocidas como las «siete palabras finales». Pidió a Dios que perdonase a sus torturadores (Lucas, 23, 34); consoló al ladrón penitente que se encontraba crucificado a su lado (Lucas, 23, 43); pidió a Juan que cuidase ie su madre (Juan, 19, 26-27); clamó a Dios (Mateo, 27, 46; Marcos, 15, 34); expresó su sufrimiento físico Juan, 19, 28); declaró finalizada su misión (Juan, 19, 30) y, finalmente, se encomendó a Dios (Lucas, 23,46).

Tras su muerte, la oscuridad inundó la tierra v un terremoto partió la cortina del Templo, separando el Lugar Sagrado del Sagrado de Sagrados (la sala externa y el santuario interno). Muchos de los que habían dudado y se habían burlado de Jesús comenzaron a decir que podría tratarse del Hijo de Dios.

No obstante, los líderes religiosos esperaban dar por terminada la historia de Jesús, para lo cual pusieron guardias junto a su sepulcro.

Así pretendían evitar que alguien robase el cuerpo y afirmase que Jesús había resucitado. A pesar de esta medida, sus discípulos afirmaron al tercer día de su muerte que Jesús ya no estaba en su tumba.

“AL TERCER DÍA RESUCITARÉ”: Los testigos de la Resurrección se contaban por centenares. Después de tres días en la tumba, Jesús se apareció a María Magdalena, a Pedro, a dos discípulos que se dirigían a Emaús, a quinientas personas en una montaña de Galilea, a los once apóstoles que quedaban (Judas se colgó después de traicionar a Jesús), y a otras personas en diferentes ocasiones antes de su ascensión a los cielos.

La veracidad de estos hechos es objeto de debate entre estudiosos de todos los puntos del espectro teológico. Lo que resulta innegable es que todas estas personas creían que lo que habían visto no era un espíritu o alguien que hubiese resucitado en la tumba, sino al verdadero Señor resucitado.

En un principio, incluso los discípulos se mostraban escépticos. Sin embargo, si no hubiesen creído realmente lo que habían visto con sus ojos, escuchado con sus oídos y tocado con sus manos, no habrían arriesgado sus vidas para propagar el mensaje evangélico, sobre todo entre sus hostiles contemporáneos, que podían discutir sus palabras.

La orden para la evangelización, conocida como «Gran Misión», la recibieron los discípulos de Jesús inmediatamente antes de su ascensión: «Id, pues, adoctrinad a todos los pueblos, bautizadlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Y enseñadles a observar todas las cosas que yo os he mandado. Y estad ciertos que yo estaré continuamente con vosotros hasta la consumación de los siglos» (Mateo, 28, 18b-20). Armado con esta exhortación, el fortalecido grupo se puso en marcha para convertirse en testigo de todo lo que sus componentes habían visto y oído.

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