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La Historia de Tierra Santa ha sido ampliamente determinada por su ubicación. El país está situado en una franja de tierra larga y estrecha limitada por el mar Mediterráneo al oeste, y por montañas y desiertos al este. La línea de la costa es recta, con pocos fondeaderos naturales, por lo que el país ha recibido profundas influencias debido a sus relaciones con las tierras que se extienden al norte y al sur, y a los pueblos nómadas que cruzaban los desiertos desde el este.

vista ciudad de jerusalen

Esta tierra mantiene huellas de los diversos pueblos que la han conquistado a lo largo de los siglos  en sus ruinas, pero también en su mosaico de habitantes. Se la llama Tierra Santa por ser el lugar de nacimiento de las dos grandes religiones de la civilización occidental, el judaísmo y el cristianismo.

También el Islam tiene importantes reivindicaciones sobre Tierra Santa y sus lugares sagrados.Los nombres que se han dado a Tierra Santa -o a partes de ella – han cambiado con cada nuevo invasor, y también han variado sus fronteras. Geográficamente, Tierra Santa es definida a menudo como Palestina, un nombre derivado de la palabra hebrea, Pheleshet o Philistia.

Históricamente, se la conoció durante mucho tiempo como Palestina, pero desde 1948, cuando el pueblo judío obtuvo una patria independiente propia, a Tierra Santa se la llama Israel, un nombre que se remonta a los tiempos de los patriarcas judíos.Como puente entre dos culturas – la egipcia al sur y la mesopotámica al norte, donde los ríos Tigris y Eúfrates descienden hasta el Creciente fértil – esta zona se vio influenciada por el comercio a través de dos antiguos caminos.

El más importante, la Vía Maris o Camino del Mar, conducía al norte desde Egipto, a lo largo de la llanura costera y por un paso entre montañas hasta Meguidó, antes de separarse en dos bifurcaciones; una que seguía costa arriba y otra que atravesaba Jasar y llegaba hasta Damasco.La segunda arteria era el Camino del Re: que recorría la orilla este del río Jordán.

Nuestros conocimientos de la historia de Tierra Santa se basan en diversas fuentes La arqueología ha proporcionado mucha información a partir de restos materiales.

La mayoría de excavaciones arqueológica, que se realizan en Israel se llevan a cabo en tells, pequeñas colinas que se han ido formando con montículos de escombros durante miles de años.La tarea del arqueólogo es excavar estos tells, descubriendo capa tras capa de terreno deshabitado. Comparando un estrato con los descubrimientos de otras excavaciones en Tierra Santa, es posible establecer los tipos de culturas que una vez ocuparon el territorio.

El estudio de piezas de alfarería, diversos tipos de tumbas, y de otros restos como semillas de plantas y huesos de animales, ayudan a determina] cómo vivían los pobladores de cierto período. Los metales proporcionan mucha información sobre cómo se libraban las guerras y otros adelantos tecnológicos.La mayor fuente de información sobre Tierra Santa es la Biblia.

El Antiguo y el Nuevo Testamento citan 475 nombres geográficos y muchos de estos concuerdan con lugares arqueológicos existentes. Incluso pueden encontrarse pruebas de guerras mencionadas en la Biblia.Otras fuentes incluyen relatos de historiadores antiguos. Tal vez el más autorizado en este campo sea Flavio Josefa, un judeo-romano. Otras pistas valiosas son las inscripciones descubiertas en antiguas tumbas de Egipto, o en archivos de tablillas de arcilla, como las Cartas de el Amarna. Los Manuscritos del Mar Muerto, encontrados en 1947, han supuesto tanto un tesoro de información como motivo de controversia entre eruditos.



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JERUSALÉN, LA CIUDAD SANTA:

Parece una amarga ironía el que a esta ciudad se le llame “Princesa de la Paz”. Desde hace dos mil años no ha habido paz en Jerusalén, la ciudad en que aconteció la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. En ningún lugar santo del mundo han corrido tales ríos de sangre como aquí. En ningún lugar se ha luchado con tal ardor, se ha odiado tan profundamente como en la pequeña ciudad; en las calvas y grises colinas rocosas de las montañas de Judá. Tres religiones mundiales —judaísmo, cristianismo e islamismo— hicieron de ella la manzana de la discordia de su creencia.

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Vista de la ciudad de Jerusalén, en el centro la Mezquita de la Roca

Sin embargo, tampoco en ningún lugar se han rezado tantas oraciones como en Jerusalén. Pues, según intenta explicarlo el escritor Peter Bamm en su libro Lugares de la cristiandad primitiva: “El motivo de las rencillas acerca de Jerusalén fue siempre la exageración de una virtud, la virtud de la piedad.”

Desde los días de Jesucristo, la ciudad ha sido conquistada once veces y destruida totalmente cinco. Mas sus ruinas siguen guardando los recuerdos del pasado, aunque, según opinión de los arqueólogos, la Jerusalén bíblica descansa bajo una capa de cascotes de 20 m de altura. Por ello resulta tan problemático querer reencontrar, corno viajero de hoy, la Jerusalén de hace 2000 años.

En el año 70 d. de J.C. ocurrió lo que Cristo había predicho: “Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de las naciones.” Las legiones de Tito hicieron que la ciudad cayese pasto de las llamas. Al mismo tiempo se roturaron completamente sus alrededores en un radio de 18 km, convirtiéndolos con ello en un desierto calcáreo que aún subsiste hoy. Se derribó la triple muralla, se destruyó y se mancilló el templo de los judíos.

Más tarde, los romanos destruyeron totalmente sus pobres restos, cuando los judíos intentaron desprenderse el yugo romano, bajo las órdenes de Ben Kochba (nombre transmitido hasta nosotros por medio de los “rollos del Mar Muerto”). Adriano fundó, sobre las ruinas, una nueva ciudad, Aelia Catolina. Doscientos años más tarde llegó desde Bizancio la piadosa emperatriz Elena para buscar los lugares santos. Buscó y halló el Santo Sepulcro.

Desde este instante, Jerusalén se convirtió en juguete de la historia. En el año 614 fue destruida por los persas, en 637 conquistada por el califa Omar, en 1072 por los seljúcidas, en 1099 por cruzados cristianos. En 1187, el sultán Saladino volvió a arrebatar la ciudad a los caballeros francos, en 1617 asaltaron sus muros turcos osmolíes. En 1917 entró en la ciudad el ejército inglés. Y desde 1948, Jordania e Israel luchan denodadamente por la posesión de la “Ciudad Santa”.



Por mediación de las Naciones Unidas se concertó un armisticio. Ambos contrincantes se quedaron con la parte de la ciudad que en aquel momento ocupaban. Surgió una frontera tan casual como absurda. Una salvaje franja con barreras antitanques y alambres de espinos dividió lo que durante milenios había sido una unidad.

Un solo y muy pequeño acceso unía ambas partes de Jerusalén: la Puerta de Mandelbaum.

Los jordanos prohibieron a los judíos rezar ante el máximo santuario del pueblo hebreo, el Muro de las Lamentaciones. Este muro es el último resto del templo destruido por los romanos. Está compuesto por gigantescos sillares de hasta 1,80 m de alto y 11 m de largo. Once hiladas están cubiertas por las ruinas, catorce todavía son visibles.

El Muro de los Lamentos (ampliar)

Desde la “guerra relámpago” de Israel en la península de Sinaí en junio de 1967 y la conquista de la ciudadantigua de Jerusalén, los judíos piadosos pueden volver a cumplir sus oraciones ante el Muro de las Lamentaciones. Los viernes y días de fiesta, hombres de todas las condiciones con largas barbas grises besan las piedras, llorando la destrucción del templo. ¿Podrán arrodillarse también ante el Muro de las Lamentaciones en el futuro? Nadie en estos momentos puede saber con certeza la respuesta. Aún no ha llegado a su fin la tragedia de la «Ciudad Santa”.

Los santuarios cristianos en Jerusalén han tenido que soportar las mismas desgracias que los hebreos. Para los cristianos es el monte Calvario y el Santo Sepulcro, que en realidad son un solo lugar, el polo alrededor del cual gira todo en Jerusalén. Se camina por un laberinto de intrincadas callejas y de repente se llega ante la fachada románica de la basílica del Santo Sepulcro. Hace una impresión sombría y decadente en ella todos los estilos arquitectónicos de los últimos mil años. En la entrada se topa, para gran sorpresa, con el islam: según un antiquísimo privilegio, el portal de la basílica es abierto por una familia musulmana.

En el centro del gigantesco recinto está la iglesia del Sepulcro dentro de un rosario de capillas, todas las cuales hacen referencia a la historia de la salvación. Una de las capillas está construida sobre la misma roca del Gólgota.

Un hoyo enmarcado en plata indica el lugar donde en un tiempo debió de levantarse la cruz. Bajo la cúpula de la iglesia hay una pequeña capilla de mármol con un atrio, la llamada capilla del ángel. En ella se guarda celosamente la piedra que los ángeles apartaron del sepulcro de Jesucristo. Detrás está el Santo Sepulcro.

Llenan el aire nubes de incienso. Lo iluminan 43 lámparas, cada una de las cuales pertenece a una de Las confesiones cristianas. Los muros están revestidos de mármol.



Los peregrinos, sumidos en oraciones, se arrodillan ante la piedra sobre la que debió de haber reposado, en la tumba, el cadáver del Redentor.

Cinco confesiones, la ortodoxa griega, la católica romana, la siria, copta y los jacobitas, una pequeña comunidad religiosa siria, se han repartido el señorío de la iglesia del Santo Sepulcro. Velan celosamente las capillas, las lámparas y limosnas. Junto a la tumba misma se relevan según un plan fijado hasta el minuto vigilando cuidadosamente de que nadie eche su óbolo en el platillo de la religión equivocada.

Fue una labor científica de tipo detectivesco el fijar los Santos Lugares, conl exactitud, en la Jerusalén varias veces destruida. También en lo que hace referencia a la iglesia del Santo Sepulcro, aún no se está de acuerdo en si realmente se ha construido sobre la colina del Gólgota y la tumba de José de Arimatea. Es demasiado grande el peso de los despojos del tiempo sobre lo que sucedió.

Se sabe de la Vía Dolorosa, la calle a través de la cual Jesucristo llevó su cruz, que, en el transcurso del tiempo, ha cambiado de lugar varias veces. La calle que hoy se llama así, una estrecha callejuela, sólo quiere ser un lugar de piadoso recuerdo. Unas lápidas señalan las catorce estaciones del martirio. La primera está junto al convento de las hermanas del Sión francesas. La decimocuarta y última es la capilla del Sepulcro, en la iglesia del Santo Sepulcro.

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Es difícil descubrir bajo el actual Jerusalén la ciudad de Jesucristo. El ajetreo, el comercio junto a los Santos Lugares toma no pocas veces formas repulsivas. Sólo en el jardín de Getsemaní, al pie del Monte de los Olivos, hay tanta paz como hace dos mil años, cuando Jesucristo estuvo allí con sus discípulos. Hoy el jardín pertenece a los franciscanos. El Papa confió a esta orden la vigilancia de los Santos Lugares.

Desde el jardín de Getsemaní se puede echar una amplia mirada sobre la ciudad con sus volubles murallas. Jesucristo entró en Jerusalén, el Domingo de Ramos, montado sobre una pollina, entre los gritos de Hosanna del pueblo a través de la “Puerta Dorada”. Hasta el siglo VIII, el patriarca griego de Jerusalén entraba cada año en la ciudad flor la “Puerta Dorada”. Entonces los árabes la tapiaron.

Temían una antigua profecías según la cual un conquistador cristiano entraría una vez en Jerusalén por puerta. Mas Jerusalén no es tan sólo santuario de cristianos y judíos; los musulmanes la veneran, después de La Meca y Medina, como tercera Ciudad Santa del islam, pues Mahoma parece ser que subió al paraíso sobre la yegua alada Burak desde Jerusalén.

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ALGO MAS…

LA INTERMINABLE GUERRA SANTA: Jerusalén es sagrada para tres religiones: judía, musulmana y católica. Su status de Ciudad Santa la torna un polvorín. En el 637, cuando el ejército del Islam llegó hasta sus murallas, el califa Ornar firmó un pacto de tolerancia con los cristianos, que exigieron una condición: prohibirles la entrada a los judíos.

El judaísmo no nació en Jerusalén sino en Canaán, en el desierto, tras la huida a Egipto, y recién en los siglos XI y XII reclamaron aquella ciudad que los musulmanes sienten suya desde su nacimiento: los primeros oraban hacia ese punto de la brújula porque fue allí donde el profeta Mahoma empezó su vida mística. Durante siglos, lentamente, los judíos fueron llegando a Jerusalén. En 1929, la ciudad santa y Hebrón fueron escenarios de luchas entre judíos y palestinos por su derecho sobre los Santos Lugares.

En 1948, al ser creado el Estado de Israel -la definitiva patria judía-, la Ciudad Vieja y los Santos Lugares quedaron bajo jurisdicción de Jordania. En la guerra de los seis días (1967), Israel ocupó Jerusalén, la anexó, y en 1980, ante la protesta árabe, la proclamó capital. Este es el contexto de sus guerras, del terrorismo, de sus muertes, de la paz tan deseada como acaso imposible.

LAS CUATRO GUERRA:

Febrero de 1948 Se inicia el primero de los enfrentamientos entre árabes e israelíes. De esta batalla surgió la proclamación del Estado de Israel y el fin del mandato Británico en la región.

Octubre de 1956 Conocida como operación Kadesh, fue una de las guerras más rápidas de todos los tiempos. El factor sorpresa y la lentitud de reacción de los egipcios fueron cruciales en la victoria israelí.

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Junio de 1967 El bloqueo egipcio y la actitud hostil de los demás países fue el pretexto utilizado por Israel para desencadenar la tercera guerra contra sus vecinos. La contundencia de sus ataques permitieron, tras seis días de combate, triplicar la extensión de sus territorios y aplastar a los ejércitos enemigos, desarmándolos casi por completo.

Octubre de 1973 El conflicto de Yom Kippur, considerada la primera guerra electrónica de la historia, duró tres semanas. El pueblo árabe recompuso el prestigio perdido tras el enfrentamiento de 1967 y logró su objetivo de obligar a Israel a aceptar el reinicio de las conversaciones de paz en Oriente Medio.

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